Perpetua Capítulo 18
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Capítulo 18

El jueves por la mañana lo abrí por la parte que no se firma, que es el desglose por código.

Y en la línea diecinueve, sin nombre, porque el desglose va por código:

Miré el movimiento de la tarjeta, que es lo único que aparece en el libro mayor con fecha.

Se ha usado seis veces en junio. La última, el día trece.

En el libro mayor no consta dónde está ese piso. El desglose lleva código, importe y periodicidad, y la dirección está en el contrato de arrendamiento, que lo firma la sociedad y lo custodia patrimonio.

Llamé a patrimonio a las nueve y veinte.

—Los de vivienda están todos en la gestoría —me dijo el chico que lo lleva—. Desde la mudanza del veintidós. Aquí tenemos el alta contable y el número de contrato, pero el papel está allí.

—Necesito la dirección del A-03.

—La dirección va en el contrato.

—¿Y en el alta contable no?

—En el alta contable va el importe y el número. —Se oyó teclear—. Es que los de acompañamiento se firman a nombre de la sociedad, no del ocupante. En el sistema, el arrendatario es Valdesalce.

—¿Y quién pide esos contratos normalmente?

—Nadie —dijo—. Usted es la primera este año.

Le dije que lo pedía por escrito y colgué. Lo pedí a las nueve y veinticinco, con copia a mí misma y sin copia a nadie más, y en el asunto puse «revisión trimestral del Fondo», que es mentira, porque la revisión trimestral la firmé yo en enero, en el coche, apoyada en el volante.

Dos o tres días, me dijeron.

Y a las diez menos cuarto mi madre llamó dos veces con los nudillos en la puerta abierta, que es su manera de entrar sin pedir permiso y de que conste que ha llamado.

Traía el abrigo de entretiempo en el brazo, en junio, y una carpeta que no llegó a abrir en toda la conversación.

—Has dejado de ponerte la chaqueta —dijo.

—Hace calor.

—Hace el mismo calor que hacía en mayo, cuando venías con la chaqueta puesta y con la calefacción del coche a veintitrés. —Dejó el abrigo en una de las dos butacas y se sentó en la otra—. ¿Cuántas llevas?

—Tres.

—Tres.

—Y esta noche pasada, cuatro.

Mi madre tiene setenta y nueve años, y desde hace dos la ropa se le ha quedado por delante.

No le queda grande: le queda de otra persona.

Los hombros de la americana se le apoyan medio centímetro más afuera y las mangas le llegan medio centímetro más abajo, y ella lo sabe y se la sigue poniendo, y sigue entrando en las habitaciones antes que las demás.

La voz es exactamente la misma que la de las cintas de las juntas de 2004.

—La hija ha pagado un forense —dijo.

—Lo sé.

—Lo sé yo también, y lo sé desde el sábado, y no me lo has dicho tú. —No lo dijo como un reproche. Lo dijo como se dice una fecha—. ¿Qué le sale?

—De momento, nada. No hay tóxicos externos. Compatible con una respuesta sistémica aguda de origen no determinado.

—Eso es un no sé.

—Eso es un no sé con membrete —dije—. Y un no sé con membrete se puede aportar a un juzgado y obliga a la otra parte a explicar el sí.

Mi madre se quedó un momento con la mano en el brazo del sillón.

—¿Y qué vas a hacer con ella?

—Contenerla.

—No. —Negó una vez con la cabeza, despacio—. Contenerla es lo que hicimos en el noventa y siete con el hijo de la señora Bermejo, y aquello costó ocho años y una consejera. Esa mujer no quiere dinero, Helena. Se le nota en que ha pagado el forense antes de llamarnos.

—Ya lo sé.

—Entonces no la contengas. —Se acomodó—. Dale algo verdad. Pequeño y verdad. Es lo único que compra tiempo con la gente así.

Es el mejor consejo profesional que he recibido este año y me lo dio la persona que tiene más que perder si lo sigo, y todavía no he decidido si me lo dio por eso.

—Tú crees que yo monté esto —dijo.

—Yo creo que tú lo industrializaste.

—Sí. —Ni parpadeó—. Eso lo hice yo. Cuarenta y ocho plazas, tres turnos de enfermería, un programa de donantes con contrato, seguro y compensación, y un producto con trazabilidad. Antes de mí eran once personas y una libreta.

—Y catorce donantes muertos.

—Catorce entre el cincuenta y cinco y el sesenta —dijo—. Con mi madre. Conmigo no se ha muerto ninguno.

Se quedó un momento callada y se apoyó en el brazo del sillón para cambiar de postura, y le costó, y no disimuló que le costaba.

—Yo no inventé nada, Helena. Yo heredé una cosa que ya tenía cuarenta y siete personas dentro.

—Levantó la mano antes de que yo contestara—.

Déjame terminar, que llevo dos semanas oyéndote pensar por el pasillo.

Todo lo que se te ha ocurrido a ti se le ocurrió a mi madre antes y a mí después.

Cerrarlo. Anunciarlo. Llevarlo a un ministerio.

Sacarlo fuera. Buscarle una alternativa química, que es lo que lleva Bran diez años haciendo con presupuesto y con mi firma.

Todas las salidas se han estudiado en esta casa y todas terminan en el mismo sitio: alguien tiene que estar en esa silla.

Y ahí es donde tengo que escribir la única cosa que importa de aquella mañana.

Mi madre dijo «alguien tiene que estar en esa silla» y yo pensé en él.

No pensé en mí, que estaba en esa silla ocho horas antes. No pensé en las once líneas de la tabla de donantes, ni en A-03. Pensé en un hombre sentado en el borde de una camilla, abrochándose el primer botón de la camisa.

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que acababa de hacer, y lo que hice después fue seguir la conversación como si no hubiera pasado nada, que es lo que hago yo.

—Entonces la diferencia entre la abuela y tú es el tamaño —dije.

—La diferencia entre mi madre y yo es que yo lo he mirado.

Se inclinó hacia delante.

—Ella no bajaba. Firmaba arriba, cobraba arriba y se murió sin haber estado nunca en esa habitación un martes por la noche.

Yo he bajado. Yo sé cómo suena esa máquina, sé lo que pesa una manta térmica y sé la cara que tiene un hombre a las dos de la mañana en la novena serie.

—Se puso derecha otra vez—. Y he seguido.

Eso es mucho peor y es lo único que estoy dispuesta a que me digas.

Es la mejor razón que me ha dado nadie en seis años, y me la dio mi madre, y no me sirvió para levantarme y hacer lo contrario.

—¿Y a él quién lo mira? —dije.

—Bran.

—Bran mira un rendimiento.

—Bran mira lo que le dejo mirar. —Cogió el abrigo del respaldo y no se levantó todavía—. Y tú llevas quince días bajando dos veces por semana y creyendo que eso es mirarlo. No lo es. Eso es estar dentro.

—La ruta sintética.

—Once millones —dijo—. Desde 2014. Once millones de euros de esta casa y de dos fondos que se fueron en 2019 porque a los seis años les pareció mucho. Catorce series de ensayo. Dos que llegaron a la mitad y se pararon en el mismo sitio.

—Eso es que va por buen camino.

—Eso es que hay un camino y que no lo terminamos. —Se puso el abrigo en las rodillas—. Yo llevo doce años pagando la única cosa que nos quitaría de en medio, y cada trimestre firmo la partida y cada trimestre pienso lo mismo: que si sale, la mitad de los que están arriba no llegan a verlo.

—Y aun así la firmas.

—Y aun así la firmo. —Me miró—. Eso es lo más decente que he hecho en mi vida y no me sirve de nada, porque no ha salido.

Después dijo la frase.

La dijo yendo hacia otro sitio, para explicarme que la casa lleva medio siglo dándole vueltas a lo mismo, y la dijo con el abrigo ya en el brazo y sin cambiar de tono.

—Todo esto lo he leído yo, ¿eh? Lo del cincuenta y cuatro. En el setenta y uno leí una cosa que se llamaba acuerdo.

Acuerdo.

En esta casa, del cincuenta y cuatro solo hay un documento y se llama cesión, y lo he citado por su nombre en catorce escritos, y mi madre lo ha leído y corregido en tres de ellos.

No se corrigió. No se paró. No hizo ninguna de las cosas que hace la gente cuando se le escapa algo, y por eso tardé hora y media en entender lo que había oído: que no se le escapó porque no le pareció que estuviera diciendo nada.

Ella se levantó.

Yo tenía sobre la mesa, boca abajo, una hoja con tres líneas escritas a mano, y una de las tres decía «Almazán, R.», y estaba a cuarenta centímetros de su cadera.

Estaba mi madre delante, sentada, con tiempo, y sin ninguna prisa por irse.

Y no le pregunté.

No le pregunté quién es Ruth Almazán, ni por qué esta casa le paga un piso a una donante excluida de rotación, ni quién escribió «continuar» al margen de un parte de programación.

Tenía las tres preguntas ordenadas desde el lunes y en el orden correcto, y las tres se quedaron encima de la mesa, debajo de una hoja puesta boca abajo.

Me dije que era estrategia. Que preguntárselo a ella era decirle exactamente por dónde iba yo, y que en dos horas el bloque de programación estaría cerrado por el conducto de partes con el visto bueno de dirección, que es ella.

Que un contrato de arrendamiento que llega en dos días por la vía administrativa vale más que una respuesta oral de mi madre, porque el contrato tiene fecha de petición y su respuesta no tendría nada.

Eso es verdad y sigue siendo verdad hoy. Lo firmaría en un escrito.

También es verdad que llevo seis años sin preguntarle a mi madre nada cuya respuesta pueda obligarme a hacer algo, y que aquella mañana tenía cuarenta centímetros y hora y media y una silla puesta.

Se acercó a la mesa antes de salir, me metió dos dedos por dentro del cuello de la blusa, me lo sacó hacia fuera y me lo estiró, que es una cosa que me hace desde que tengo trece años.

—Este cuello lo llevas mal desde que has entrado —dijo—. Come algo a mediodía.