Perpetua Capítulo 17
37%

Capítulo 17

—Está tardando —dije.

—Está tardando lo mismo que siempre. —Loreto no levantó la vista del regulador—. Lo que pasa es que usted ya sabe cuánto es siempre.

Doce minutos dura la vía. En la primera serie me parecieron cuatro y en esta me parecieron veinte, y las dos cosas son mentira, porque el reloj de pared de la menos dos es analógico y no se puede discutir con él.

Cuando cerró, Loreto me puso la pera de goma en la mano derecha, comprobó el pulsioxímetro y recogió el carro.

—Estoy en el anexo —dijo—. Vengo a las once y cuarto para el retorno.

—¿Y la deambulación?

—La deambulación se la hace él. —Enrolló el cable del manguito—. Órdenes del doctor Bran. El aspirado de esta noche entra en centrífuga antes de una hora y alguien tiene que dejarlo montado.

Se fue. La puerta del anexo técnico está en la pared de la izquierda y no cierra del todo, y por la rendija entraba una raya de luz que llegaba hasta la pata del pie de suero.

Nos quedamos los dos.

—Cero coma cuatro —dije.

Él estaba en la camilla, incorporado, con la vía femoral cerrada y la manga izquierda subida. Se giró un poco para mirarme.

—¿En el tercero?

—En el tercero.

—Ya.

Y ya está. No preguntó qué significaba, ni cuál era el rango, ni qué me había dicho Bran, ni si eso cambiaba algo de lo de septiembre.

Un hombre que lleva setenta años dentro de un procedimiento y que se sabe los tiempos de retorno mejor que la enfermera oyó un número que no había oído nunca en mi boca y no hizo una sola pregunta.

Lo archivé como pudor. Llevaba tres semanas archivando cosas suyas como pudor.

A las once menos veinte apreté la pera por sexagésima vez y perdí la cuenta a propósito, para ver si me daba igual, y me dio igual.

Eso es lo primero que hay que decir de la cuarta: que no me encontraba mal.

En la primera tuve frío durante seis horas.

En la segunda me sangró la nariz al agacharme.

En la tercera vomité tres veces delante de un desconocido.

En la cuarta, a los cuarenta minutos de permanencia, estaba caliente, despierta, con la cabeza rápida y con una sensación en el pecho que se parece mucho a tener veintiséis años y haber dormido bien.

Está escrito en el protocolo. «Euforia, sequedad bucal y lucidez transitoria durante la fase de permanencia». Lo escribí yo hace nueve días, copiándolo del manual, sin haberlo sentido nunca, con la mano izquierda sujetando el manual abierto.

—Vamos —dijo él.

Los paseos son cinco metros para allá y cinco para acá, con el pie de suero al lado y con alguien sujetándote por el codo.

Loreto me lleva con la mano izquierda y empuja el pie con la derecha.

Él lo hizo al revés y me dio igual, y a los tres pasos me di cuenta de que no me estaba llevando: me estaba acompañando, que es otra cosa y que se nota en la muñeca del que va detrás.

—¿Por qué se anda? —le pregunté a mitad del primero.

—Porque un cuerpo quieto no termina.

—Eso es lo que pone en el manual.

—Eso pone en el manual porque lo pusieron después. —Cambiamos de sentido junto a la pared—. Los primeros años no se andaba. Se estaba sentado, con una manta, y el que quería dormía.

—¿Y qué pasó?

Tardó cinco o seis pasos en contestar y no aflojó el codo en ninguno.

—Que se quedaban. —Miró al frente—. Uno de Toreno, en el cincuenta y siete, tenía veintidós años y se durmió a los veinte minutos.

Yo estaba en la camilla de al lado y le dije a la señora Constanza que a ese chico había que levantarlo.

Me dijo que se dejara de cosas. Cuando terminó la hora, lo llamaron y no se despertó.

—¿Y entonces se cambió el protocolo?

—Entonces no se cambió nada. —Llegamos a la butaca y se paró—.

Se cambió en el sesenta y uno, después del cuarto.

Cuatro muertos hicieron falta para que a alguien se le ocurriera levantarlos de la butaca y darles dos vueltas a la habitación.

Su madre lo puso en el manual en el noventa y seis, tal cual, con esas dos palabras.

Deambulación asistida.

Yo copié esas dos palabras hace nueve días, de un manual a un protocolo, y las copié sin preguntarme de dónde salían, que es lo que hago yo con las palabras de esta casa desde hace seis años.

En el segundo paseo me paré a mitad de la habitación.

Yo estaba mirando el sitio donde se apoya el carro cuando no se usa, y él estaba esperando a que yo volviera a andar, con la mano todavía en mi codo y el pie de suero parado a mi izquierda, y no dijo nada.

El apartado cuarto, punto tres, del protocolo de series de la casa dice, con mi letra, mi firma y la fecha del ocho de junio:

«No se producirá entre el activo y la donante ningún contacto físico ajeno al procedimiento descrito».

Lo escribí para protegerme de él.

Me giré y le puse la mano abierta en el esternón, por encima de la camisa, y noté una cosa que no esperaba: tenía el pecho caliente. En la primera serie, cuando le tomé el pulso con dos dedos para comprobar una cifra que ya estaba en la pantalla, tenía las manos a temperatura de habitación.

—Está caliente —dije.

—Desde el tercero.

—¿Eso es por mí?

—Eso es por usted.

Le besé con la mano todavía en el esternón. Empujé, además, un poco, lo justo para que se apoyara hacia atrás en la camilla, porque quería que hubiera un movimiento y que el movimiento lo hiciera yo.

No me devolvió el beso enseguida. Tardó dos segundos largos, que conté sin querer contarlos, y en esos dos segundos no se apartó ni cerró los ojos ni hizo nada de lo que hace la gente.

Se quedó quieto y me miró como me había mirado el domingo mientras yo vomitaba, con la misma cara exacta, y después abrió la boca y me devolvió el beso entero y sin ninguna prisa.

El tubo se tensó a los diez segundos. Tuve que soltarme, cambiar de lado, pasar el pie de suero por delante de mí y volver, y en esos ocho segundos ninguno de los dos dijo nada ni fingió que aquello no había pasado, y creo que fue en esos ocho segundos y no antes cuando decidí seguir.

Me subí a la camilla. Me senté encima de él, a horcajadas, con los dos pies en el suelo, que es una postura incómoda y que elegí por eso.

—Escúcheme —dije—. No me sujete las muñecas. No se me ponga encima. Nada que me impida levantarme.

Se lo dije con la boca a un palmo de la suya y con la voz que se pone en un despacho, porque es la única voz que tengo para las condiciones.

—Dígame qué sí —contestó.

—No lo sé.

—Pues empezamos por lo que no.

Le desabroché la camisa desde arriba. Tiene una cicatriz de trece centímetros por debajo de la clavícula derecha, de un hierro, de 1949, y otra en el costado, y las dos son de antes, y las dos son las únicas marcas de todo su cuerpo, porque desde el cincuenta y cuatro no le ha quedado ninguna.

Le pasé la mano por la del costado. No se movió.

Después me subió él la falda, con las dos manos, despacio, y las dejó donde se las puse: una abierta en la cara interna del muslo y la otra en la cadera, encima de la tela, sin apretar.

Yo llevaba el brazo izquierdo estirado, con el esparadrapo tirando del vello a cada movimiento, y lo tenía apoyado en su hombro para no tensar el tubo, y era ridículo, y no me importó lo más mínimo.

Sé exactamente qué hicimos y en qué orden y cuánto duró.

Fue su boca en el cuello primero, del lado izquierdo, que es el lado que no se usa.

Fue mi mano dentro de la camisa. Fue la suya subiendo por dentro del muslo hasta donde le dejé llegar, y me moví contra ella dos veces, tres, con las manos en su cara, y luego más, y en algún momento dejé de tener frases enteras en la cabeza y me quedé con palabras sueltas, que es una cosa que no me pasa nunca.

Le agarré la muñeca en un momento, la de la mano de dentro, y se la sujeté yo a él, y él dejó que se la sujetara y no cambió nada de lo que estaba haciendo.

Hay una cosa que no sabía y que aprendí allí, y es que un hombre que tiene las manos donde se las han puesto y que no las mueve de sitio obliga a la otra persona a pedir.

Le pedí. Le dije dónde y le dije cómo, con la boca en su oreja y con la voz baja y en un idioma que no había usado en cuatro años, y él hizo exactamente lo que le dije y no una cosa más, ni antes, ni después, ni de propina.

—Así no —dije una vez.

—Dígame.

Se lo dije. Y así.

Me quité el pelo de la cara con el dorso de la mano izquierda, la del esparadrapo, y en ese medio segundo lo vi mirarme, y estaba mirándome de la misma manera que en la butaca el domingo, sin cambiar de cara y sin apartar los ojos, y esa fue la única parte de toda la noche que me asustó.

Y a los pocos minutos, con la cabeza apoyada en su hombro y la respiración que tenía, se me presentó una idea completa y en orden, del modo insoportable en que se me presentan a mí las ideas.

Llevaba dentro cuatrocientos ochenta mililitros de su sangre desde las diez y diecisiete de la noche.

Me eché hacia atrás. Me bajé de la camilla poniendo primero un pie y luego el otro, me estiré la falda y me quedé de pie a metro y medio, con el pie de suero entre los dos y con la mano en el respaldo de la butaca porque me estaba temblando algo.

—No sé si esto lo quiero yo —dije.

Él tenía la camisa abierta y una marca mía en el cuello y estaba sentado en el borde de la camilla, con la respiración alta y las manos quietas encima de las rodillas, donde yo se las había dejado.

No se levantó. No alargó el brazo. No dijo que no pasaba nada, ni que lo entendía, ni que siguiéramos hasta donde yo quisiera, ni ninguna de las cuatro o cinco frases que sirven para que la otra persona vuelva.

—No hay manera de saberlo —dijo.

—¿Y usted?

—Yo llevo tres noches con su sangre dentro. —Se abrochó el primer botón y se paró ahí—. Y no me hace falta para esto.

Esa es la única frase de aquella noche que me sé de memoria, y me la sé porque no me sirvió para nada.

—Helena —dijo.

Nada más. Ni una petición detrás, ni una explicación, ni el apellido después para arreglarlo.

Miré el reloj de pared porque necesitaba mirar algo que no fuera él.

Eran las once y siete minutos. A las once y media terminaban las cuarenta y ocho horas de mi correo, y las iba a pasar con la cabeza echada hacia atrás y el pelo apartado con dos dedos.

El apartado de incidencias no había llegado y no iba a llegar.

Loreto entró a las once y cuarto con el carro de retorno. No miró la camilla ni la butaca ni mi falda: miró el monitor, comprobó la hora en el reloj de pared y dijo la frase que dice siempre.

—Vamos con el retorno.

Me bajó el respaldo dos posiciones y me apartó el pelo del cuello con dos dedos.

El retorno de la cuarta duró diecinueve minutos y fue igual que los otros tres.

Es la parte del procedimiento que no se parece a nada y de la que, después de cuatro veces, sigo sin poder decir gran cosa: hay una presión, hay un cansancio que llega muy deprisa y hay veinte minutos en los que una mujer de cuarenta y un años se queda quieta con el respaldo bajado mientras alguien le quita del cuello lo que le ha puesto en el brazo hora y media antes.

Lo único distinto de la cuarta fue que yo iba contando.

No los minutos. Contaba lo otro, y sabía perfectamente que lo estaba contando, y en algún momento del minuto once decidí que lo de la camilla y lo del cuello son dos cosas que no tienen nada que ver, y lo decidí con la misma seguridad con la que se decide una cosa que no se sabe.

Cuando terminó, Loreto le presionó a él la femoral. Dos minutos, no cuatro. En la primera serie fueron cuatro y ella lo apuntó, y esta vez apartó la gasa a los dos minutos y no había nada que presionar.

Se fue a las doce menos diez con el aspirado en la nevera de transporte.

Él se levantó, cogió la manta térmica del carro, la sacudió una vez para desdoblarla y me la puso por encima, desde los hombros, y me la metió por el costado derecho con dos dedos, como se tapa a la gente en las casas.

Después cogió la silla de la mesa, la llevó hasta la pared de enfrente y se sentó allí, debajo de la lámina del puerto, a cuatro metros largos.

—Duérmase —dijo—. Yo estoy aquí.

Me dormí en once minutos con la luz encendida.

Me desperté a las cuatro y cuatro de la mañana, tapada hasta la barbilla y con la manta metida por el costado, y estaba todo igual: la lámpara, el monitor apagado, el vaso de plástico con dos sobres de azúcar sin abrir.

Él seguía enfrente, con la camisa abrochada hasta arriba y las manos en las rodillas, mirando la puerta.

Estuve un rato sin decir nada, calculando cuánto tiempo llevaba así y para qué. Cuatro horas y cuarto sentado en una silla de comedor, a cuatro metros, con la luz encendida y sin ordenador, sin libro y sin televisión, mirando una puerta que se abre desde fuera.

Y lo que me vino a la cabeza, tapada hasta la barbilla en una butaca de piel marrón, fue una idea de las mías: que aquello no tenía nada que ver con vigilarme. Para vigilar a alguien hay que ponerse donde se le vea, y desde aquella pared no se ve la butaca entera.

Desde aquella pared se ve la puerta.

—Puede dormir —dije.

—Ya duermo yo luego.

Me levanté a las cuatro y veinte y subí en el ascensor con la manta térmica doblada debajo del brazo, porque en el carro no cabía y porque no se me ocurrió dejarla en ningún otro sitio.