Perpetua Capítulo 16
35%

Capítulo 16

Bran pidió mi control de la tercera serie sin decírmelo y lo leyó antes que yo. Cuando entré en el laboratorio, a las siete menos veinte, el monitor estaba girado hacia la puerta y él estaba de pie al lado, no sentado, que es como se coloca la gente que ya ha decidido no discutir.

—Está en el protocolo —dijo—. Control a las setenta y dos horas de cada serie. Lo escribió usted.

—Lo escribí yo.

—Pues eso.

Yo llevaba desde las ocho de la mañana con una hoja abierta en el ordenador que no le he enseñado a nadie. Es un parte de incidencias de donante, el impreso normal de la casa, el que firmo yo cuatro veces al año cuando a alguien del programa le pasa algo. Tiene seis casillas.

Las había rellenado con lo mío.

Temperatura, treinta y seis coma uno. Sueño, seis horas seguidas, sin despertares. Sensación térmica, normal. Apetito, aumentado. Hematomas espontáneos, dos, cara anterior del antebrazo izquierdo, sin traumatismo referido. Otros: cicatrización lenta de herida incisa en nudillo, quinto día.

Está redactado en tercera persona y en la última casilla vienen ya escritas tres palabras: «la donante refiere». Llegué ahí, escribí detrás que no tenía frío, y me quedé mirando la línea un rato largo.

Después cerré el documento sin guardarlo, porque un parte de incidencias que no se guarda no existe, y porque yo eso lo sé mejor que nadie en este edificio.

En la analítica de un donante hay veintitrés parámetros.

Veintidós son de rutina y los conozco desde hace seis años porque los firmo en un resumen trimestral que nadie lee.

El veintitrés no tiene nombre en el impreso.

El laboratorio externo lo devuelve como «fracción no asignada, zona gamma» y en esta casa se llama precursor desde antes de que yo entrara, y aparece en negrita porque el sistema pone en negrita todo lo que sale del rango de referencia.

El rango de referencia de esa línea, para una tercera serie, es cero.

—Cero coma cuatro —dije.

—Cero coma cuatro.

—¿Y en un cuarto control?

—Entre cero coma dos y cero coma tres. —Se cruzó de brazos—. Usted va por delante de su propio calendario, señora Vives. Esto es de una quinta.

Me quedé mirando la pantalla más rato del que hacía falta, porque la pantalla no tenía nada más que enseñarme y porque me estaba costando decidir con qué voz iba a hacer la siguiente pregunta.

—Explíquemelo entero —dije—. Y explíquemelo ahora, porque yo bajo dentro de tres horas.

Bran se apoyó en la encimera del laboratorio y tardó un poco en empezar, y cuando empezó no habló como habla él.

—Del primero al tercero, el cuerpo lo deshace solo.

Se para, se espera nueve días y no queda rastro.

Eso es lo que hacen los donantes de la rotación y por eso la rotación es de tres.

En el cuarto empieza otra cosa: usted deja de deshacerlo y empieza a fabricarlo.

Sigue siendo reversible del cuarto al sexto, pero la reversión son nueve días completos sin nada.

Nueve días sin serie, sin contacto y sin dosis de ningún tipo.

No siete. No cinco. Nueve seguidos, y si se interrumpe el lavado, el contador vuelve a empezar.

—Cambió de mano el bolígrafo—. Del séptimo en adelante no hay lavado. No hay nada.

—¿Qué es «no hay nada»?

—Que ya no se vuelve. —Lo dijo sin ninguna prudencia, que en él es la manera de no repetirlo—.

Y le hago un aviso, porque esto se lo tengo que decir hoy y no dentro de dos semanas: usted ya está haciendo el cuarto con analítica de quinta.

El margen que le queda no es el mío ni el del protocolo.

Es el de su cuerpo, y su cuerpo va deprisa.

Le pregunté por qué.

—Porque no hay sustituciones —dijo—. Esto está calculado para tres tandas de tres. Cada donante se va a casa cuarenta y ocho horas, se recupera, y el siguiente entra limpio. Usted lleva tres seguidas y va a por la cuarta. No es que su cuerpo sea raro. Es que nadie había hecho esto antes.

—Póngame el número del sexto.

—No hay número del sexto.

—Póngame el número que se ha puesto usted esta tarde, antes de llamarme. —Señalé el monitor—. Lleva aquí de pie desde las seis. Se lo ha puesto.

Bran sacó un papel del cajón de debajo de la centrífuga, un papel usado por la otra cara, y dibujó dos ejes y cuatro puntos. Tiene la letra de la gente que escribe mucho a mano y deprisa, con las cifras cerradas.

—Si mantiene esta pendiente, en el sexto tiene usted valores de séptimo —dijo—. Se lo digo con todas las reservas del mundo. No hay serie de datos. Hay catorce donantes de los años cincuenta con analíticas que hoy no valen para nada y hay usted.

—O sea que a lo mejor mi sexto es el séptimo.

—A lo mejor. —Dejó el bolígrafo encima del papel—. O a lo mejor la curva se aplana en el quinto y no pasa nada. Yo esto no se lo puedo prometer en ninguna de las dos direcciones, y por eso se lo digo hoy y no el día que toque decidirlo.

—Nueve días —dije.

—Nueve.

Y me puse a hacer la cuenta delante de él, en voz alta, como se hace una cuenta que ya se ha hecho una sola vez en la cabeza y se ha dejado a medias a propósito.

Si paro nueve días, las seis series que faltan se corren nueve días. El lote sale el doce de julio en vez del tres. Las tres dosis que me quedan cubren el diecinueve, el veintidós y el cinco de julio, y esas tres siguen cubiertas.

El problema son los nueve días de en medio.

—Entre el tres y el doce de julio vencen nueve pacientes —dije.

—Nueve.

—¿Los tiene usted contados?

—Los tengo contados desde el domingo.

Aquí es donde me senté, y me senté porque las piernas se me habían puesto de un modo que no quería que él viera de pie.

Nueve intercambios. Tres donantes. Cuarenta y ocho a cincuenta y dos dosis por lote.

Yo llevaba dos semanas leyendo esos tres datos como si fueran una condición técnica: hacen falta nueve, hacen falta tres, salen cincuenta.

Es como está escrito en el manual de producción y es como se dice en el consejo.

Sentada en un taburete de laboratorio, a las siete y cuarto de la tarde del día en que me tocaba la cuarta, se me ocurrió leerlos al revés.

Hacen falta nueve. Ningún cuerpo aguanta más de tres. Los dos números son el mismo número visto dos veces: la casa reparte en tres precisamente para que nadie llegue nunca al cuarto.

Que es como decir que el cuarto existe. Que alguien lo sabe desde hace mucho. Que la rotación de tres no es una precaución sanitaria: es una tapa.

Y que si una sola persona hace las nueve, esa persona pasa por el cuarto, por el sexto y por el séptimo, y llega al final del lote convertida en otra cosa.

Lo dije en voz alta, delante de Bran, y lo dije mal.

—El que pidió nueve series con una sola donante pidió esto.

Bran no contestó enseguida. Miró el monitor.

—Yo no sé lo que pidió nadie —dijo—. Yo tengo un lote que sacar.

—No le he preguntado eso.

—Ya lo sé. —Se pasó la mano por la boca—. Le estoy diciendo que no se lo voy a contestar.

Es la primera vez en seis años que Bran me dice que no me va a contestar, en lugar de contestarme una cosa que no es.

Debería haberlo agradecido y no lo agradecí, porque lo que hice a continuación fue construirle una salida en la cabeza a un hombre encerrado en un sótano.

Me dije que León Arce llevaba setenta años pidiendo que le trajeran a la misma persona todas las noches porque le da terror que le traigan a alguien distinto.

Me dije que su petición de septiembre era la petición de un hombre que quiere que le vea siempre la misma cara.

Me lo dije con estas palabras y con el orden que llevan aquí, y me lo creí lo justo para poder bajar.

A las ocho menos veinte llegó el clínico.

Treinta y ocho páginas, en PDF, con el nombre de archivo mal puesto —«lote331_HC_def_v2_ok»— y con el escaneo torcido en las cinco últimas, que son las que se hicieron desde el fax viejo de la planta menos uno.

Lo pedí el lunes a las once y media de la noche con un plazo de cuarenta y ocho horas dentro. Llegó tres horas y cincuenta minutos antes de que venciera, que es exactamente lo que hace una casa que quiere que conste que contestó.

Está todo. Constantes de las nueve series, volúmenes, tiempos de permanencia, tiempos de retorno, rendimientos parciales, temperatura del circuito noche a noche, las dos analíticas del producto y el informe de estabilidad.

Lo leí de pie, en el pasillo del laboratorio, empezando por el final, que es como se leen los expedientes cuando ya se sabe lo que se busca.

Los tiempos de permanencia de las nueve series están en una tabla de la página veintiséis. Cuarenta y cuatro minutos la primera. Cuarenta y seis, cuarenta y ocho, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y dos.

Cincuenta y ocho la séptima. Sesenta y uno la octava. Sesenta y cuatro la novena.

El protocolo de la casa fija la permanencia entre cuarenta y cincuenta y cinco minutos y dice, en la línea siguiente, que toda permanencia superior a cincuenta y cinco se hace constar.

Tres permanencias por encima del máximo, tres noches seguidas, y ninguna de las tres consta en ningún sitio de esas treinta y ocho páginas, porque el sitio donde constaría es el apartado que falta.

Ese protocolo lo revisé yo en 2023. El número de arriba lo dejé como estaba y llevo desde entonces creyendo que estaba puesto para proteger a alguien.

El apartado de incidencias no está.

En su lugar hay una página con una línea, en cuerpo doce, centrada:

«El apartado de incidencias de la serie corresponde al bloque de programación y se solicita por el conducto de partes, con el visto bueno de dirección».

Bran seguía en el laboratorio cuando lo abrí en el móvil, y no le pregunté por eso, porque llevaba veinte minutos siendo honesto y no me pareció que fuera a durarle.

Le pregunté otra cosa.

—¿Quién es «dirección» en esa frase?

—Su madre.

—Podría ser yo.

—Podría —dijo Bran—. Pero no lo es.

Volvió a girar el monitor. Lo giró hacia mí, del todo, de manera que la pantalla me quedaba de frente y a él de canto, y en el gesto había algo que tardé en identificar y que era muy sencillo: se lo estaba quitando de la vista.

—Le voy a decir una cosa y me va a dejar terminarla —dijo—.

Yo tengo doce donantes en ficha. Cuatro están en ventana de compatibilidad esta semana.

Con dos de ellos y seis series se termina el lote el mismo día, o con dos de retraso.

Usted se para hoy, hace sus nueve días y a finales de mes no le queda nada de esto en la sangre.

Todavía está a tiempo de que la sustituya cualquiera.

—Eso no es verdad y usted lo sabe.

—Dígame por qué no.

—Porque la condición de las nueve series con la misma donante no es mía. —Cogí el bolso—. Si mañana bajo con otra persona, él para. Y si él para, no hay lote. Siete antes del cinco de julio y el resto en agosto.

Bran asintió despacio, con las dos manos en la encimera.

—Ya lo sé —dijo—. Se lo digo igual, para que conste que se lo he dicho.