Capítulo 15
Yo estaba allí el martes desde las once de la mañana.
No hacía falta que estuviera. En una defunción prevista, la dirección jurídica firma después, cuando el certificado está hecho. Yo tenía en el despacho la póliza, dos escritos y una llamada pendiente con el corredor, y me subí a la segunda planta a las once y me quedé.
En la habitación estaban Damián Roig, que es su sobrino, y una auxiliar que entraba y salía.
—¿Usted es de jurídico? —me preguntó.
—Sí.
—Vale. —Y se volvió hacia la cama.
Aníbal Roig tiene ochenta y cuatro años y aparenta sesenta y cinco, que en el programa es poco, porque entró en 2016 y diez años dan para lo que dan.
Estaba consciente a ratos. En uno de los ratos me miró y me preguntó si había venido el chico del jardín, y Damián le dijo que sí, que había venido, y él dijo que bien.
Sobre la mesilla había un despertador de viaje, de esos de cuero que se cierran como una cartera, y una fotografía enmarcada de una mujer en una playa. Le pregunté a Damián quién era y me dijo que su tía, que murió en 2009.
—¿Y el jardín? —pregunté—. Lo ha dicho antes.
—Ha dicho el chico del jardín. —Se frotó los ojos con la base de la mano—. En su casa había un jardín y venía un chico. Hace veinte años.
A la una de la tarde le bajó la tensión y la auxiliar avisó a la planta, y vino Bran, y estuvo doce minutos y se fue.
Cuando se iba me hizo un gesto con la cabeza para que saliera al pasillo.
—Esto es hoy —dijo.
—¿Le puede poner algo?
—Le estoy poniendo lo que se le pone.
—Le he preguntado si le puede poner algo.
Se apoyó en la pared del pasillo, que es de un gris que la casa eligió porque no cansa.
—Tengo tres dosis en la cámara con nombre y fecha en un documento que firmó usted el domingo pasado —dijo—. Si le pongo una a este hombre, el diecinueve no la tiene Amelia Pardo. ¿Se la quito a Amelia Pardo?
—No.
—Pues eso es lo que le puedo poner.
No lo dijo con crueldad. Lo dijo como quien lee en voz alta la única línea que hay.
—Además —añadió, ya andando—, con nueve días de rebote encima, lo que le pongamos hoy le para la caída y no le devuelve nada. Se lo dije el sábado por teléfono.
Me lo había dicho.
Murió a las cuatro y veinte de la tarde.
No fue como Carlota. Carlota se murió en once horas y con un cuadro que no estaba en el manual.
Aníbal Roig se murió como dice el manual que se muere la gente cuando se le acaba: despacio, por partes, con la tensión bajando en escalones a lo largo de nueve días, y el último escalón fue el martes por la tarde.
Estuve las cinco horas en esa habitación o en el pasillo de esa habitación.
No lloré. Es un dato y lo pongo porque me lo pregunté aquella misma noche.
He llorado en tres entierros y una vez en una vista. Aquella tarde tuve calor, tuve el estómago cerrado, me dolió la espalda de la silla y en dos ocasiones me sorprendí mirando el reloj de la pared, que en aquella habitación va cuatro minutos adelantado.
También hice, a las dos y media, una llamada al corredor de seguros desde el pasillo, para lo del anexo de la póliza, porque me había llamado él y porque cogí el teléfono sin pensar. Duró seis minutos. Volví a entrar y Aníbal Roig seguía igual.
Y a las tres y diez, mientras Damián estaba en el baño, me acordé de que Yolanda Sierra sube el día que le toca a su padre y de que a Aníbal Roig, aquel martes, subió su sobrino porque su sobrino trabaja en el edificio.
En la ficha del paciente 40, en el campo de contacto, hay un teléfono fijo, un móvil y un nombre. Damián Roig, sobrino.
Nadie más.
A las cinco y cuarto llegó Bran con el certificado a medio rellenar.
—Insuficiencia multiorgánica en paciente con enfermedad de base —dijo—. Es lo que hay.
—¿Es lo que hay o es lo que ponemos?
—Es lo que hay. —Me dio el bolígrafo—. Y también es lo que ponemos.
Firmé.
Lo firmé de pie, apoyada en el mostrador de control de la segunda planta, con el bolígrafo de Bran, y tardé cuatro segundos.
A las seis y media, Damián Roig salió de la habitación con una bolsa del supermercado.
Dentro llevaba una maquinilla de afeitar, un neceser, unas zapatillas y el cargador del móvil.
Se paró a mi lado, en el pasillo.
—Mañana me toca a mí —dijo.
—¿Perdón?
—Que mañana me toca. Estoy en el turno de este mes. —Cambió la bolsa de mano—. Se lo digo por si hay que cambiarlo, con lo del entierro.
Le dije que se cambiaba. Le dije que no se preocupara por nada y que lo hablaba yo con programación esa misma tarde.
Y él me dio las gracias, en un pasillo, con la bolsa del supermercado en la mano, cuatro horas después de que su tío se muriera de no haber recibido una dosis que yo había adjudicado a otro.
Después me preguntó una cosa más.
—Perdone. ¿Yo sigo en el programa?
—¿Cómo?
—Que si sigo. —Se cambió la bolsa otra vez—. Es que yo entré por él.
Estuve tres segundos buscando la respuesta correcta: el programa de acompañamiento no exige vinculación activa y su alta se mantiene mientras él quiera. La tenía. Sé cómo funciona porque he firmado cuarenta contratos iguales.
—Sigue si usted quiere seguir —dije.
—Ah. Vale. —Miró hacia la puerta de la habitación, que estaba abierta—. Es que el piso lo paga la clínica.
Y se fue por el pasillo, con la maquinilla de afeitar de un muerto dentro de una bolsa del supermercado, y yo me quedé en el mostrador de control de la segunda planta entendiendo por primera vez, con seis años de retraso, la columna de compensación de aquella tabla de once líneas.
A las seis y cuarto llamé a programación para lo del turno de Damián.
Cogió el teléfono una mujer que se identificó como Elvira, de programación, y a la que yo no había oído nunca.
—Mañana lo tenía A-05 —dijo—. Se lo paso a A-07, que está disponible desde ayer.
—¿Se le avisa a A-05 o le aviso yo?
—Le aviso yo. Ya lo tengo apuntado. —Se oyó teclear—. ¿Le pongo el motivo?
—Fallecimiento de su tío.
—Vale. —Una pausa corta—. Lo siento.
Le dije que gracias.
—¿Le pongo el motivo en la ficha o solo en el parte del turno? —preguntó.
—¿Qué diferencia hay?
—Que en la ficha se queda y en el parte se borra al mes.
Estuve dos segundos y le dije que en el parte.
No sé por qué lo dije. Lo dije rápido, como se dicen las cosas de trámite, y colgué, y a los diez minutos me di cuenta de que acababa de decidir que dentro de un mes no constará en ningún sitio que el turno de mañana se cambió porque a un donante del programa se le había muerto el paciente por el que estaba en el programa.
Nadie me lo había pedido. Lo eligió la que contesta rápido.
El preliminar de Nuria Salvat me llegó a las siete y media, reenviado por ella, sin ningún texto en el cuerpo del correo.
Son cuatro páginas. Lo importante está en la tercera, en el apartado de toxicología:
«No se detectan sustancias exógenas, metales pesados, fármacos no prescritos ni compuestos de origen industrial en las muestras remitidas. Los hallazgos son compatibles con una respuesta sistémica aguda de origen no determinado».
De origen no determinado.
Es una fórmula forense y significa exactamente lo que dice: que el cuerpo reaccionó a algo y que en las muestras no aparece el algo. No exculpa al lote. No lo señala. Deja el hueco abierto y con fecha.
Un abogado de la parte contraria lee esa línea y ve una puerta. Un abogado de la casa lee esa línea y ve que la puerta no está cerrada.
Yo la leí tres veces y lo que vi fue que si el tóxico no está en las muestras, y no está en el fraccionamiento, y no está en el traslado, solo queda el sitio donde se hizo.
Llamé a Nuria y le salió el buzón. Le escribí que lo había recibido y que lo estudiaba, y me contestó a los dos minutos con una sola frase:
«¿Sigue usted pensando que fue el lote?».
No le contesté aquella noche.
Lo que hice fue abrir el registro de llamadas.
La centralita de la clínica guarda entradas y salidas con número, extensión de destino, duración y una casilla de asunto que rellena quien coge el teléfono cuando le apetece.
Yo lo abrí para otra cosa. Lo abrí para comprobar si alguien de esta casa había llamado a A-03 después del treinta y uno de mayo, porque quería tener la negativa por escrito y con fecha antes de escribir el informe que llevaba una semana redactando en la cabeza.
Puse el filtro por el número de A-03 y salió lo que ya sabía: nada después del treinta y uno de mayo.
Y salió una entrada.
Del día uno de junio, a las 17:42, con duración de un minuto y cuarenta segundos. Número de origen: un fijo de Madrid. Extensión de destino: programación.
En la casilla de asunto, quien lo cogió había escrito seis palabras:
«Paciente 48 pregunta por Almazán, R.»
Miré aquello durante mucho rato.
El uno de junio a las cinco y cuarenta y dos de la tarde, Carlota Ferrán llamó desde su casa a la centralita de la clínica y preguntó por una donante a la que no debería conocer, por su apellido y su inicial, que es como figura en los partes internos y no como figura en ninguna parte a la que llegue un paciente.
Cinco horas y media antes le habían puesto la primera dosis del lote que esa mujer había hecho sola.
Aquella misma noche estaba muerta.
Comprobé tres cosas antes de cerrar el ordenador.
La primera, si la llamada tenía respuesta. La casilla de resultado dice «se informa de que no procede facilitar información». Es la fórmula que usa programación cuando alguien pregunta por otra persona, y está bien usada.
La segunda, si Carlota había vuelto a llamar. No volvió a llamar.
La tercera, quién cogió el teléfono aquel lunes a las cinco y cuarenta y dos.
En el registro, cada entrada lleva la extensión y las iniciales de quien la atiende. Las de aquella son E.C.
En el organigrama de programación hay dos personas. Una es la responsable, que lleva veinte años. La otra es la enfermera de programación, que se llama Elvira Cid.
No la conozco. La he visto en el pasillo. Sé quién es porque su firma aparece en los partes de turno que yo apruebo cuatro veces al año.
Escribí las iniciales en la nota sin título, debajo de las otras dos líneas, y cerré el ordenador.
Bajé a las once menos veinte de la noche. No había serie: la cuarta era al día siguiente.
—No vengo a nada —dije desde la puerta.
—Ya lo veo.
Estaba en la mesa con el cuaderno cuadriculado, escribiendo algo que tapó con el antebrazo sin ninguna prisa, del modo en que se tapa una cosa que uno no quiere enseñar y tampoco quiere esconder.
Me quedé de pie. No me senté en toda la conversación, que duró once minutos.
Le conté lo de Aníbal Roig. Le conté lo de la cama articulada, lo de la caída en el baño, lo del chico del jardín y lo de la bolsa del supermercado con la maquinilla dentro. Le conté que había firmado el certificado en cuatro segundos y que el turno de la cuarta le había tocado al sobrino.
Él escuchó y no dijo nada durante los once minutos, salvo dos veces.
La primera fue cuando le dije la hora.
—Las cuatro y veinte —repitió.
La segunda fue al final, cuando ya me iba.
—El dieciséis era suyo —dijo—. Aníbal Roig. Está en la fila dos.
—Sí.
—Ya.
No me preguntó por qué. No me dijo que lo sentía. No me dijo que la lista estaba bien redactada, que es lo que me había dicho el domingo pasado.
Subí en el ascensor y me acordé, en los ocho metros de pasillo, de que llevaba once minutos en aquella habitación y de que no le había preguntado ni una sola vez por el sello, ni por la llamada del uno de junio, ni por las iniciales de quien la cogió.
Había bajado con las tres cosas en la cabeza y no había usado ninguna.
Lo que había hecho, durante once minutos y de pie, era contarle a un hombre encerrado en un sótano cómo se había muerto un señor de ochenta y cuatro años al que yo no conocía y a quien había dejado fuera de una lista.
Y él había escuchado, y había dicho cuatro palabras, y una de ellas era la fila en la que estaba.
En el coche, en la A-6, me di cuenta de dos cosas y las dos me llegaron seguidas, en el mismo kilómetro.
La primera es que en esta casa hay ocho personas con las que hablo todos los días y que yo no había bajado a la planta menos dos a informar, porque a la planta menos dos no se le informa de nada. Había bajado a contárselo a alguien.
La segunda es que la cuarta era al día siguiente.