Perpetua Capítulo 14
30%

Capítulo 14

Custodia mandó lo suyo el lunes a las once y catorce, dos horas después de que yo llamara por segunda vez, lo cual quiere decir que lo tenían preparado desde hacía días y que nadie había decidido mandarlo.

Empecé por los accesos porque era lo más corto.

El sistema registra tarjeta, hora de entrada y hora de salida. En una noche de serie hay, por sistema, dos accesos: enfermería y dirección médica. Cuando baja alguien más, se ve.

En las series uno a seis del trescientos treinta y uno hay dos accesos por noche.

En la siete, cinco. En la ocho, cinco. En la nueve, cinco.

Los mismos cinco las tres veces: enfermería, dirección médica, presidencia y dos tarjetas de personal auxiliar que en el listado salen como AUX-2 y AUX-6.

Miré las horas. Las tres noches, las cinco tarjetas entran entre las nueve y cincuenta y las diez y cinco, y salen entre las once y cuarenta y las doce y diez.

Después abrí la cadena.

El formulario tiene una fila por serie y cuatro columnas: fecha, volumen del aspirado, incidencias y firmas. La columna de firmas tiene tres casillas pequeñas con las iniciales debajo: E de enfermería, DM de dirección médica y D de donante.

Series uno a seis: tres firmas cada una.

Series siete, ocho y nueve: dos firmas cada una. La casilla de la D, vacía.

Volví a las series uno a seis para comprobar cómo se firma la D.

Es una casilla de doce por doce milímetros. Ahí no cabe una firma normal, así que la gente pone una inicial, o dos, o un garabato. En las seis primeras del trescientos treinta y uno hay una A y una raya, seis veces, con la misma inclinación.

En la siete, la ocho y la nueve, la casilla está vacía y limpia. No hay tachón. No hay un intento de firma. No hay una raya de bolígrafo que se haya salido.

Nadie acercó el papel.

Y en la columna de incidencias, en las tres, un sello.

Es un sello de goma de los de tampón, con el borde ovalado, estampado un poco torcido en las tres y con la tinta más gastada en la última. Dentro pone, en dos líneas y en mayúsculas:

INCIDENCIA DE

COLABORACIÓN

Estuve mirando aquello sin entender qué me molestaba, porque lo primero que se piensa es que alguien no firmó y que en una casa que funciona mal hay firmas que se quedan sin recoger.

Y entonces me di cuenta de qué era.

El sello.

Un sello es un objeto. Alguien lo pidió. Alguien redactó las dos palabras que van dentro, decidió que fueran esas y no otras, lo mandó a hacer, lo pagó con cargo a una partida, lo recibió en un sobre acolchado y lo puso en un cajón de la planta menos dos.

Llamé a Nieves Cabral y le pregunté por el catálogo de sellos.

—Está en el manual de identidad —dijo—. Espere.

Tardó cuatro minutos.

—Lo tengo. Sellos de uso interno, revisión de 2016. Hay dieciocho. El de incidencia de colaboración es el número once.

—¿Y quién los aprobó?

—Van todos en el mismo anexo. —Pasó una hoja—. Aprobado por dirección, marzo de 2016.

—¿Se usa mucho el once?

—Espere. —Otro silencio—. En custodia lo tienen registrado nueve veces desde 2016. Tres son de este lote y las otras seis están repartidas.

Le di las gracias y colgué.

Nueve veces en diez años. Es un sello que se manda hacer, se aprueba en un anexo y se usa una vez cada catorce meses, y aun así alguien decidió en 2016 que hacía falta tenerlo hecho.

Hay dos maneras de leer eso.

La primera es que la casa quiso normalizar el registro de las noches en que un donante se pone difícil, porque un donante que se pone difícil es un dato clínico y hay que anotarlo.

La segunda no la escribí aquel lunes.

Lo que sí hice fue una tabla. Es lo que hago cuando no sé qué estoy mirando: pongo las cosas en columnas y espero a que la tabla me diga algo que yo no había pensado.

Lo hice en la mesa de la cocina, con las hojas de custodia a la izquierda y el bloque de programación a la derecha, y con un rotulador que había comprado para otra cosa.

Puse nueve filas y cinco columnas. Serie, fecha, personas dentro, firmas y sello.

Uno a seis: dos personas, tres firmas, sin sello.

Siete, ocho y nueve: cinco personas, dos firmas, sello.

Y en la columna de la fecha, en la fila siete, el veinticinco de mayo.

Fui a buscar en el bloque de programación qué había pasado el veinticinco de mayo y no había pasado nada. Es la séptima serie de un ciclo que empezó el siete. Cae donde tiene que caer, a setenta y dos horas de la sexta.

Aquella tabla tiene una raya horizontal entre la fila seis y la fila siete y la raya la puse yo con un rotulador, y la puse antes de saber por qué.

Aquella tarde bajé antes de cenar, a la hora del concurso.

Estaba viéndolo.

—Espere —dijo—. Dos minutos.

Me quedé de pie en la puerta con el maletín en la mano, porque no se me ocurrió sentarme, y él estaba inclinado hacia delante en la silla de escritorio con las gafas puestas mirando a un hombre de unos cuarenta años que tenía que decidir si se plantaba.

El hombre se plantó.

—Ya está —dijo, y quitó el sonido, y se echó hacia atrás—. Todos los martes igual.

—¿Todos los martes?

—Ese lleva doce programas. —Se quitó las gafas—. Y no ha fallado ni una y no se ha jugado nada. Se planta siempre en la cuarta. Siempre.

—A lo mejor va sobre seguro.

—Va sobre seguro. Claro que va sobre seguro.

—Dejó las gafas encima del libro y se giró hacia mí, y en ese giro había más energía que en cualquier cosa que le hubiera visto hacer en dos semanas—.

Es que el premio no es del que gana. Es del que se queda.

El que se planta doce veces se lleva doce veces lo mismo, y el que sigue una vez se lleva el bote de los doce.

Ese hombre lleva doce martes llevándose la cena y cree que está ganando.

—Es su dinero.

—Es su dinero y puede hacer con él lo que quiera —dijo—. Y lleva doce semanas saliendo por la tele delante de tres millones de personas para enseñarles a plantarse. Eso ya no es su dinero.

Y me reí.

Me reí en voz alta, de golpe, en un sótano, delante de un hombre al que le habían quitado el nombre en 1954, por un concursante de televisión que se planta en la cuarta pregunta.

Él no se rió. Levantó una ceja y volvió a coger las gafas.

—No tiene gracia —dijo—. Llevo doce semanas enfadado.

Y entonces me reí más.

Estuve unos segundos así, con el maletín todavía en la mano, y después me senté en la silla de plástico y dejé el maletín en el suelo y me quedé mirando la pantalla muda, donde ya había otro concursante.

—¿Usted ve esto todos los días? —pregunté.

—A las siete y media.

—¿Desde cuándo?

—El programa lleva cuatro años. —Se acomodó—. Antes había otro a esta hora, con una señora que hacía preguntas de geografía. Ese duró nueve.

—Nueve temporadas.

—Nueve años. —Se encogió de hombros—. Aquí abajo el tiempo se cuenta con lo que hay.

Le pregunté cuál le gustaba más.

—El de la señora. —Cogió el mando y lo dejó otra vez—. En ese la gente perdía. En este se planta todo el mundo.

Reírme no me asustó. Me asustó lo bien que sentaba.

Llevaba desde el uno de junio sin reírme de nada, y llevaba desde el uno de junio comiendo de pie, contestando correos a las once de la noche y firmando cosas que reparten dosis, y aquel sótano era, a las siete y media de un lunes, el sitio más cómodo en el que había estado en dos semanas.

Lo pensé mientras estaba sentada, y me levanté a los diez minutos.

—Tengo que subir.

—Suba.

Le enseñé el sello antes de irme. Le puse el folio delante, con las tres filas de abajo, y le pregunté si sabía lo que era.

Lo miró tres segundos.

—Sé lo que pone —dijo.

—¿Y sabe qué es?

—Sé lo que pone, señora Vives.

—Se lo pregunto de otra manera. ¿Qué es una incidencia de colaboración?

—Una incidencia de colaboración es lo que la casa escribe cuando alguien no colabora.

—Eso es una tautología.

—Eso es un sello. —Volvió a mirar el folio, esta vez más rato—. Los sellos son tautologías. Por eso se hacen.

Le pregunté si el sello estaba en la planta.

—En el cajón de la mesita del anexo —dijo—. Con el tampón, en una bolsita de plástico. Lleva ahí desde que lo trajeron.

—¿Lo ha visto usar?

—Lo he visto usar.

—¿Cuántas veces?

Volvió a coger las gafas, se las puso y abrió el libro por donde tenía el dedo, que es una manera educada de dar por terminada una conversación.

—Pida el clínico —dijo.

Fui al anexo antes de subir, encendí la luz y abrí el cajón de la mesita.

Está el sello, con su tampón azul, dentro de una bolsa de plástico con cierre. Al lado hay dos bolígrafos, un rollo de esparadrapo, unas tijeras de punta roma y un paquete de pañuelos.

Lo saqué de la bolsa y lo giré para verle la goma.

En una goma de sello, cuando se usa mucho, las letras se redondean por los bordes y el tampón deja el dibujo desgastado. Esa goma está entera. Se le ven las esquinas de las letras.

Nueve veces en diez años, y la última hace tres semanas.

Lo volví a meter en la bolsa, cerré el cierre y dejé el cajón como estaba, y al pasar por la sala él no levantó la vista del libro.

Aquella noche, en casa, escaneé la cadena de custodia entera y me quedé el papel.

Sacar documentación de la clínica sin dejar constancia era ya la segunda vez. La segunda cuesta menos, que es exactamente lo que dicen todos los informes de compliance que he escrito en mi vida.

Y a las once y media, con las nueve entradas encima de la mesa de la cocina, mandé el tercer correo del expediente.

Iba dirigido a Bran, con copia a mi madre y a Nieves Cabral, y decía:

«Solicito la remisión íntegra del historial clínico asociado al lote 331, incluyendo el apartado de incidencias, en el plazo de cuarenta y ocho horas».

Es el primer correo que he escrito en seis años en esta casa con un plazo dentro.

Un plazo, en un correo interno, no obliga a nadie.

No hay sanción, no hay caducidad y no hay consecuencia.

Lo único que hace es dejar por escrito la fecha en que se pidió y la fecha en que se debió contestar, para que dentro de tres meses, cuando alguien reconstruya lo que pasó, la distancia entre las dos fechas signifique algo.

Se lo he explicado a clientes cuarenta veces.

Es la primera vez que lo hago dentro de mi propia casa y contra mi propia casa, y lo hice a las once y media de la noche de un lunes, en pijama, con las hojas de custodia extendidas sobre la mesa de la cocina y con una raya de rotulador entre la fila seis y la fila siete.

Al mandarlo miré el reloj del ordenador. Cuarenta y ocho horas eran el miércoles a las once y media.

El miércoles era la cuarta serie.