Capítulo 13
—Necesito que me lo diga por escrito —le dije a la técnica del laboratorio—. No por teléfono.
—Es que ya se lo dije.
—Ya lo sé. Necesito el correo.
Me lo mandó a las once y veinte de la mañana del domingo, desde su casa, con dos líneas y la remisión al apartado cuatro del protocolo de fraccionamiento: por debajo del umbral, una fracción no sostiene, y administrar media dosis a dos pacientes acelera el rebote en los dos.
Lo imprimí, lo grapé a la adjudicación y ya no volví a mirarlo.
A partir de aquel correo, cuatro dosis fueron cuatro dosis de una manera que ya no se podía discutir con nadie, ni siquiera conmigo.
Bajé a las nueve y media.
Él estaba en la sala con la televisión puesta y la quitó, y esta vez no fingió que estaba haciendo otra cosa.
—Tengo una pregunta —dije.
—Tiene usted muchas.
—Tengo una y llevo cinco días con ella.
Dejó las gafas encima del libro.
—Dígala.
—El lote trescientos treinta y uno. Nueve series entre el siete y el treinta y uno de mayo. ¿Quién estuvo en la silla?
Hay gente que cuando no quiere contestar mira a otro lado.
Hay gente que se toma un tiempo y contesta otra cosa.
Y hay gente que se queda exactamente igual que estaba, sosteniéndote la mirada, sin ninguna tensión en la cara, y deja pasar los segundos como si la pregunta no hubiera terminado todavía.
He estado en cuatro declaraciones testificales y en dos comisiones de investigación, y he preparado a testigos.
A un testigo se le enseña a no adornar, a contestar solo lo que se le pregunta y a no rellenar el silencio del que interroga.
Se tarda semanas en conseguir que alguien haga eso y casi nadie lo consigue del todo.
Aquel hombre lo hizo sin esfuerzo, en su casa, un domingo por la noche.
Conté hasta seis.
—Le he preguntado quién estuvo en la silla.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Y usted tiene el bloque de programación en el maletín desde el martes. —Ni levantó la voz ni la bajó—. Lo trajo el jueves y me lo puso encima de la mesa.
—Le estoy preguntando a usted.
—Y yo le estoy diciendo que la respuesta la tiene usted desde hace cinco días y que lo que me está pidiendo es otra cosa.
—¿Qué le estoy pidiendo?
—Que se lo diga yo, para que la que lo dice no sea usted.
Aquello me sentó peor de lo que esperaba, y me sentó peor porque estaba bien visto.
—Se lo voy a plantear de otra manera —dije—. Usted estuvo aquí las nueve noches.
—Yo estoy aquí todas las noches.
—Usted estuvo en esa camilla nueve veces entre el siete y el treinta y uno de mayo, con la misma persona en esa butaca.
—Sí.
—Entonces no le estoy pidiendo un dato de archivo. Le estoy pidiendo lo que vio.
Fue la primera vez en dos semanas que le vi cambiar de postura por algo que le hubiera dicho yo. Se echó hacia atrás, muy poco, y puso las dos manos en los brazos de la silla.
—Yo no soy testigo de nada, señora Vives.
—Es la única persona que estuvo delante las nueve veces.
—Soy la única persona que estuvo delante las nueve veces y a la que nadie va a preguntarle nada, porque para preguntarme algo hay que reconocer primero que existo. —Ni levantó la voz—. Usted incluida. Si mañana lleva esto a un juzgado, ¿a mí cómo me llama? ¿Activo cero cero uno?
No tenía respuesta y él lo sabía antes de preguntarlo.
—Pida la custodia —dijo—. Y cuando la tenga, pida el clínico. Y cuando tenga los tres, siéntese y léalos juntos. Yo no le voy a contar una noche. Le va a salir de los papeles.
—¿Y si de los papeles no sale?
—Sale.
—Le voy a decir lo que hay —dije—. Hay un código repetido nueve veces y hay una cláusula que dice tres. Eso es un incumplimiento y en esta casa lo tengo que gestionar yo. Si usted sabe algo más, dígamelo ahora, porque el miércoles puede ser tarde.
—No le voy a decir nada más.
—¿Por qué?
—Porque lo que le diga yo no le sirve. —Se levantó y fue hasta el vano del anexo, donde ya estaba encendida la luz—. Le sirve el papel. Pida el resto.
—Lo he pedido.
—Pues insista, que es lo que hace usted muy bien.
Subí a por el maletín antes de las diez y me quedé un momento en el rellano de la menos uno, delante del ascensor, con la tarjeta de Bran en la mano.
Lo que acababa de pasar ahí abajo, traducido a un informe, es esto: la dirección jurídica ha requerido información a la fuente y la fuente se ha remitido a la documentación. No hay negativa. No hay obstrucción. No hay nada que reprocharle a nadie.
Y lo que había pasado de verdad es que un hombre me había mandado a leer, por tercera vez en once días, unos papeles que esta casa me estaba entregando en trozos, y que yo llevaba once días leyendo en el orden en que me los daban.
A las diez, Loreto puso el circuito.
Loreto tenía razón: la tercera es la peor.
No sé explicar bien por qué. El cuerpo hace lo mismo que las dos veces anteriores y la cabeza ya sabe todo lo que viene, y eso, en vez de tranquilizarte, te pone por delante de cada minuto.
En la fase primera estuve todo el rato calculando cuánto faltaba para la segunda.
En la permanencia apreté la pera y conté los quince, y a la mitad se me metió en la cabeza la palabra grapadora y ya no se me fue.
La grapadora la había perdido Carlota Ferrán en febrero. Me lo habían contado el día anterior, en un comedor, con la voz de una mujer que llevaba dos semanas muerta.
Y a mí se me había quedado, y en la permanencia de la tercera serie, con la pera de goma en la mano y contando de quince en quince, estuve doce minutos comprobando si podía nombrar todo lo que había en aquella habitación.
Bomba. Carro. Campo. Manguito. Pulsioxímetro. Manta. Batea. Suero. Butaca. Taburete. Timbre. Rejilla.
Los nombré todos y me quedé más tranquila, y después me pareció una idiotez, y después me pareció otra cosa.
Y en el minuto treinta y ocho me subió el mareo de golpe.
Alcancé a decir «voy a...» y no llegué a terminarlo. Loreto me acercó la batea de acero del carro y llegó a tiempo, y aun así se me fue algo a la manta.
Vomité tres veces, y la tercera fue en seco, que es la que duele.
Él se había levantado de la camilla con la vía cerrada y se había puesto a mi derecha, y me había puesto la mano abierta en la frente, con la palma en el nacimiento del pelo, sujetándome la cabeza para que no me diera contra el respaldo.
No me acarició. Sujetó.
Y no apartó la mirada en ningún momento.
Yo lo vi entre arcada y arcada, con los ojos llorando y la cara ardiendo, en el peor sitio en el que me ha visto nadie desde que tengo memoria: un hombre de pie a mi derecha, mirándome vomitar, con la mano abierta en mi frente y sin cambiar de cara.
Cuando terminó, Loreto me limpió, cambió la manta y me dio agua en dos veces.
—Es normal en la tercera —dijo.
—Ya me lo dijo.
—Se lo dije y no sirve de nada. —Retiró la batea—. La cuarta es más fácil.
Él seguía de pie. Se quitó la mano de la frente cuando yo levanté la cabeza y no antes, y volvió a la camilla sin decir nada, y Loreto le abrió la vía otra vez y seguimos.
Loreto quiso parar.
Lo dijo con la batea todavía en la mano, mirando el monitor y no a mí.
—Yo esto lo suspendo.
—No.
—Señora Vives, en el protocolo que escribió usted pone que la donante puede detener el procedimiento en cualquier momento y sin motivación. —Dejó la batea—. Yo se lo estoy proponiendo y así consta.
—Y yo estoy diciendo que no.
—Entonces lo pongo en incidencias.
—Póngalo en incidencias.
Y lo puso. En el registro de la tercera serie, en la casilla de la derecha, está escrito con su letra: «Se propone suspensión por intolerancia. La donante decide continuar».
Es la primera frase de todo este asunto en la que aparezco como sujeto y en la que el verbo es decidir, y la escribió otra persona.
El retorno duró veintitrés minutos. Ninguno había durado tanto.
Después, cuando ya estábamos los dos sentados y a mí me temblaban un poco las manos alrededor del vaso, hablé yo primero.
—Perdone.
—¿Por qué?
—Por lo de antes.
—Ah. —Se pasó la mano por la cara—. Yo he estado en esa butaca con gastroenteritis, con gripe y con cuarenta de fiebre. En la del sesenta y dos, además, sin comer. No tiene usted que pedirme perdón por vomitar en su sitio de trabajo.
—No es mi sitio de trabajo.
—Es donde trabaja usted dos noches por semana. —Se encogió de hombros—. Llámelo como quiera.
—¿Por qué ha parado Loreto?
—Porque tenía que parar. Es enfermera.
—¿Y le ha parecido bien que yo dijera que no?
—A mí me ha parecido que usted ha contestado antes de pensarlo. —Se pasó la mano por la nuca—. Y que ha contestado con la voz con la que se contesta en una reunión.
—Habría perdido la serie.
—Habría perdido la serie. Y habríamos hecho otra el martes y el lote habría salido con dos días de retraso, y su tres de julio se habría convertido en un cinco de julio. —Se acomodó—. Yo también sé hacer esa cuenta, señora Vives. La estaba haciendo mientras usted vomitaba.
Es la frase más fea que me ha dicho nadie en mucho tiempo y es también la única cosa honesta que se dijo en aquella habitación aquella noche.
—¿Y qué habría preferido usted?
—Yo prefiero el lote —dijo—. Siempre voy a preferir el lote. Se lo digo ahora para que no tenga que enterarse en septiembre.
Le pregunté por qué no había apartado la mirada.
Tardó lo suyo en contestar, y contestó mirando el carro.
—Porque a la gente que está mal se la mira —dijo—. Aquí abajo, cuando alguien lo pasa mal, todo el mundo mira la pantalla. Llevo setenta años viéndolo. —Se acomodó—. No es crueldad. Es que si no miras, luego puedes decir que no viste nada.
—Eso lo dice como si fuera una técnica.
—Es una técnica. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Y la enseñan sin enseñarla. Entra alguien nuevo, ve que los de dentro miran el aparato, y a la tercera mira el aparato.
Loreto estaba a dos metros ordenando el carro y no dijo nada, y siguió ordenando el carro.
No sé si aquello iba por ella. Creo que no. Creo que era peor: creo que no iba por nadie.
Y a mí me lo estaba diciendo un hombre que se levanta de una camilla con la vía cerrada, se pone al lado de una mujer que está vomitando y le sujeta la cabeza.
Un hombre al que le acababa de preguntar quién estuvo en esa butaca durante nueve noches seguidas y que había decidido, cuarenta minutos antes, no contestarme.
Las dos cosas caben en la misma persona. Lo escribo ahora con la misma extrañeza con la que lo pensé entonces.
Subí a las doce y cuarenta, con la marca del cuello tapada con el cuello de la camisa, que en junio y a esa hora no engaña a nadie porque no había nadie.
Lo del cuello lo miré en el retrovisor, con la luz de dentro puesta.
No es una herida. Son dos marcas pequeñas, cerradas, en el borde del esternocleidomastoideo derecho, y alrededor una zona de un color que a las doce y media de la noche parece un moratón viejo. Loreto lo había limpiado y no le había puesto nada encima, porque no hace falta.
Lo que hay que decir de eso es que a las dos primeras series no se les ve nada, porque la yugular externa cierra bien, y que en la tercera se ve porque en la tercera hay más volumen y menos coagulación.
Es información clínica y así está escrito en el protocolo.
Estuve un rato mirándomelo en el retrovisor con la luz puesta, en un aparcamiento vacío, y después apagué la luz y arranqué, y en cincuenta y dos minutos de carretera no se me ocurrió ni una sola vez pensar en el miércoles, que es exactamente la clase de cosa en la que una no piensa a propósito.
En el semáforo de la calle de mi casa abrí la nota del móvil, la que no tiene título, y le añadí una línea debajo del nombre.
«Pedir custodia. Insistir».