Capítulo 12
Yolanda Sierra estaba en el pasillo de la segunda con dos bolsas del supermercado a los pies.
—Le he traído melocotones —dijo—. Ya sé que no se puede subir comida, pero se los dejo en la nevera de la office y se los dan a media tarde. Es lo que hacemos siempre.
—¿Ha venido para esto?
Subimos juntas en el ascensor. Habló del calor, de que su padre duerme mal con el calor y de que la habitación de la segunda da al este, que es lo peor. Yo le pregunté si trabajaba cerca y me dijo que en un colegio, en administración, y que por eso lo de las vacaciones.
En ningún momento de aquellos cuarenta segundos me dijo lo otro. Y yo tampoco.
Teodoro Sierra tiene setenta y siete años y fue notario en Guadalajara hasta 2010. Estaba sentado en el sillón, no en la cama, con la bata puesta y bien afeitado, que es lo que hace la gente que sabe que hoy viene alguien.
—Ah, la abogada —dijo—. ¿Viene usted a todas?
—A esta sí.
—Antes no venía nadie de jurídico. Antes esto lo llevaba Nadal y a Nadal no lo vi en la vida.
Loreto le puso la vía en tres minutos. A Teodoro Sierra le cuesta encontrar las palabras a media frase y se para, y espera, y luego sigue; lo hizo cuatro veces mientras hablábamos del tiempo.
A las once y cuatro entró la dosis.
A la una y media, cuando bajé a firmar el parte, estaba sentado en el mismo sillón leyendo el periódico en papel, pasando las páginas con el índice mojado en el labio, y no se paró ni una sola vez en la frase con la que me despidió.
Eso es lo que impresiona. No la cara. Las frases enteras.
—¿Ha visto? —me dijo—. Esto dura tres semanas y luego se va otra vez.
—¿Cómo lo nota?
—Empiezo a dejarme la mitad de las cosas por el camino. —Dobló el periódico por la mitad exacta, que es como lo dobla un notario—. Al principio creía que era el sueño. Se lo dije a Bran hace dos años.
—¿Y qué le dijo?
—Que el producto conserva el tejido. —Volvió a doblar—. Se lo pregunté otra vez el año pasado y me dijo lo mismo con las mismas palabras. Se lo he preguntado tres veces en total y me lo ha dicho tres veces igual.
Es una fórmula. La reconozco porque yo he escrito fórmulas así, y porque una fórmula bien hecha se puede repetir palabra por palabra durante años sin haber contestado nunca.
—¿Y usted qué entendió?
—Yo entendí que el tejido se conserva. —Me miró—. Yo soy notario, hija. Lo que entendí es que me estaba diciendo exactamente lo que se conserva.
Aquello lo dijo el sábado a la una y media, con el periódico en las manos y las frases enteras, y yo lo escuché como se escucha a un señor mayor que está de buen humor porque le han puesto la dosis esa mañana.
Cinco horas después una mujer muerta me lo explicó con otras palabras en un comedor de Chamberí, y solo entonces lo entendí.
Yolanda me acompañó hasta el ascensor.
—Gracias —dijo.
—No me dé las gracias.
—Le doy las gracias porque usted me llamó y me dijo que estaba cubierto, y yo me pasé desde entonces sin dormir hasta que colgué. —Apretó el botón ella—. Y ya está.
Entró en el ascensor y bajó a la planta baja, y yo me quedé en el rellano de la segunda, y no le dije que su padre estaba cubierto porque yo había escrito un criterio en tres puntos un sábado por la mañana y porque a un hombre que se llama Aníbal Roig y que no tiene a nadie que le lleve melocotones le tocaba el dieciséis.
Antes de salir de la clínica pasé por administración y pedí el consentimiento informado que firman los pacientes al entrar en el programa.
Son dos folios. El primero describe el tratamiento como terapia de mantenimiento con hemoderivado de origen humano, informa de la periodicidad, del carácter indefinido y de la imposibilidad de interrupción sin riesgo vital. El segundo son las firmas.
En el apartado de efectos y limitaciones hay siete líneas. Seis hablan de reacciones locales, de la vía y del riesgo trombótico.
La séptima dice: «El tratamiento no revierte procesos degenerativos preexistentes».
Eso es todo lo que hay escrito, en el documento que firman cuarenta y ocho personas, sobre lo que el producto no hace.
Preexistentes.
Lo leí dos veces en el ascensor y me pareció una redacción defendible. Sigue siendo una redacción defendible. Lo que hace es cargar el peso en una palabra que traslada al paciente la carga de haber traído su enfermedad de casa.
Yo he escrito esa clase de palabra. La he escrito muchas veces y siempre por el mismo motivo: no me obligan a decir más y decir más nos deja peor.
Nuria Salvat vive en un tercero sin ascensor de la calle Cardenal Cisneros, en un piso que tiene los techos altos y las paredes llenas de estanterías de las de tornillo, con libros de texto, novelas y cuatro carpetas de anillas etiquetadas por cursos.
Me abrió con un lápiz detrás de la oreja y me pidió disculpas por el desorden, que no había.
—Corrigiendo —dijo—. Últimas de junio.
Puso agua a hervir sin preguntarme si quería. En la mesa del comedor, apartada a un lado para dejar sitio a los exámenes, estaba la caja de zapatos.
—¿Ha traído lo que le pedí?
—Le mandé el expediente el martes.
—Le pedí lo que faltaba en el expediente.
—En el expediente está todo lo que hay.
Me miró por encima de las gafas, que se había puesto para corregir y que no se había quitado.
—Siéntese —dijo, y sacó el móvil.
Lo dejó en la mesa, entre las dos, y buscó en las notas de voz, y en la pantalla vi que tenía muchas. Docenas. Con la fecha debajo.
—Mi madre me llamaba y hablaba veinte minutos —dijo—. Yo las grababa desde hace tres años porque se repetía y a veces me contaba una cosa dos veces y yo quería saber si era la misma o eran dos veces distintas. Empecé a grabarlas por eso. Por comprobar.
—¿Ella lo sabía?
—Se lo dije. Le pareció bien. Dijo que así por lo menos alguien tendría la versión buena.
Puso una del catorce de febrero. Dura seis minutos y pico. Nuria adelantó hasta el minuto cuatro.
La voz de Carlota Ferrán suena exactamente igual que la del lunes pasado. Eso fue lo primero. No suena a mujer mayor: suena a ella.
«...y no es la memoria, Nuria, la memoria la tengo bien, es otra cosa. Es que ayer tuve que parar en mitad de una frase porque no encontraba la palabra "grapadora". Y no es que no me saliera. Es que no estaba».
Nuria tenía las dos manos alrededor de la taza y no la había levantado.
«El cuerpo me lo dejan igual. Eso lo hacen muy bien, hija, eso hay que reconocérselo. Yo tengo el corazón de una mujer de cincuenta y cinco años y la tensión de una de cuarenta. Es lo otro lo que se me está yendo, y a lo otro no llegan».
Un silencio en la grabación. Un ruido de vajilla.
«Se lo pregunté a Bran en enero, con el informe delante. Me dijo que el producto conserva el tejido y que el sistema nervioso central va por su cuenta. Se lo pregunté dos veces para que me lo dijera con las mismas palabras, y me lo dijo con las mismas palabras».
Otro silencio.
«Así que voy a tener el cuerpo perfecto y no voy a saber quién eres. Y eso no lo firmé yo».
Nuria paró la grabación.
Estuvimos las dos calladas el tiempo que tarda una en decidir qué hacer con la cara.
—¿La tiene entera? —pregunté.
—Tengo tres años enteros.
—¿Hay más de esto?
—Hay dos más de enero y una de abril. —Puso el móvil boca abajo—. En la de abril ya no habla de eso. En la de abril me pregunta dos veces por el mismo viaje.
Le pregunté si me las podía enviar.
—No.
—Nuria...
—No, y le voy a decir por qué, para que no se lo tome como una guerra.
—Dejó las gafas encima de un examen—. Si se las mando a usted, mañana están en un expediente de esa clínica.
Y mi madre, en esas notas, habla de mí, de mi padre, de una cuñada que le caía fatal y de que le da miedo la cocina de gas. No voy a meter eso ahí dentro.
Es exactamente lo que yo le habría aconsejado si hubiera sido mi clienta.
—Le voy a mandar transcrito el minuto cuatro al seis —dijo—. Con la fecha y con mi firma. Lo demás, no.
—¿Por qué me lo manda?
—Porque usted ha puesto la cara que ha puesto.
—Yo esto no lo sabía —dije.
—¿El qué no sabía?
—Lo del sistema nervioso.
—Es usted la directora jurídica.
—Sí.
—Y no sabía qué hace y qué no hace el producto que le ponen a cuarenta y siete personas.
—Sé lo que dice el consentimiento informado que firman. Sé lo que dice la ficha técnica interna. —Puse las manos encima de la mesa—. Lo que acabo de oír no está en ninguno de los dos.
Ahí fue cuando me di cuenta de que había dicho cuarenta y siete y de que ella había dicho cuarenta y siete, y de que ninguna de las dos lo había mencionado hasta entonces.
—¿Su madre lo dijo en algún sitio por escrito?
—Mi madre pidió salir en marzo, por escrito, y le dijeron que no. —Cogió el móvil y lo apagó del todo—. Usted ya tiene esa parte. La tiene con su letra pequeña.
—Puedo pedir que se revise la información que se entrega a los pacientes.
—Bien.
—Lo digo en serio.
—Ya sé que lo dice en serio. —Se levantó a por el agua—. Lo que pasa es que a mi madre le da igual.
En el maletín, apoyado contra la pata de la silla, llevaba yo la adjudicación de siete nombres y cuatro dosis. La llevaba porque la llevo siempre desde el domingo.
Estuve una hora larga en aquella casa y no la saqué.
Le expliqué el procedimiento de la revisión analítica del lote, los plazos, el régimen de responsabilidad y lo que podía y no podía pedirle ella a la clínica. Fue una explicación correcta, completa y ordenada, y ninguna de las dos creyó ni por un momento que fuera lo que estábamos haciendo allí.
A mitad me interrumpió una vez.
—Perdone. Una pregunta tonta.
—Dígame.
—¿Cuántos hay como mi madre?
Es la pregunta más sencilla que me han hecho en seis años y la única para la que no tenía preparada una fórmula.
Podía decirle que esa información es confidencial, que es verdad.
Podía decirle que el programa tiene un número reducido de inscritos, que también es verdad y no dice nada.
Podía preguntarle a qué se refería exactamente con «como mi madre», que es lo que se hace cuando una quiere ganar cuatro segundos.
—Cuarenta y siete —dije.
Se quedó quieta.
—¿Cuarenta y siete personas?
—Sí.
—¿Y todas están...?
—Sí.
Cogió la taza, se dio cuenta de que estaba vacía y la volvió a dejar.
—Vale —dijo—. Siga.
Y seguí, con los plazos y el régimen de responsabilidad, durante otros diez minutos, en el comedor de una mujer que acababa de enterarse de que su madre era una de cuarenta y ocho.
Cuando me iba, en la puerta, señaló la caja de zapatos con la barbilla.
—Eso son cosas de mi madre. Todavía no lo he abierto.
—No tiene por qué.
—Ya. —Se apoyó en el marco—. El preliminar me llega el martes.
—¿Se lo manda quién?
—El forense que he pagado yo. —Lo dijo sin ninguna agresividad, como quien informa de un trámite—. Se hizo sobre muestras. Antes de la incineración. Lo pedí el mismo martes.
En el portal miré la hora. Eran las siete y diez y todavía había luz para tres horas.
El dieciséis vencía Aníbal Roig y era martes, y el preliminar de Nuria Salvat llegaba el martes, y las dos cosas estaban en mi cabeza a la vez mientras buscaba las llaves del coche en un bolso donde no estaban porque las llevaba en la mano.