Capítulo 11
En Segovia hay que pedir cita y no me la dieron para el viernes, me la dieron para el viernes a las doce y media, que en la práctica es lo mismo pero significa que sales de Madrid a las once y llegas con tiempo de dar una vuelta que no vas a dar.
La notaría está en un edificio del siglo XIX con el portal reformado, y dentro huele a papel y a limpiacristales. Hay cuatro sillas y una mesa baja con dos revistas de decoración de hace tres años.
Estuve veinticinco minutos sentada en una de las cuatro sillas.
Delante de mí había un matrimonio mayor con una carpeta de cartón atada con una goma, y hablaban en voz baja de si hacía falta que estuviera la hija o no hacía falta. Él decía que no hacía falta. Ella decía que si venía la hija se acababa antes.
Yo llevaba tres días con treinta y siete y dos y aquella mañana no tenía nada, y el brazo derecho me molestaba en el sitio de la vía, y me di cuenta, sentada en aquella silla, de que había dormido nueve horas seguidas por segunda vez en una semana.
Duermo mal desde los treinta. Es una de esas cosas que una acepta y sobre las que la gente te da consejos que no funcionan.
Llevaba dos series y dormía.
Lo puse en la lista de cosas que preguntar a Bran y luego, en el coche, se me olvidó, y no me acordé hasta el martes siguiente.
Me atendió un oficial de unos treinta años que se llamaba Rubén y que tenía en la pantalla mi correo abierto.
—La escritura la tenemos —dijo—. Cuatro de julio del ochenta y ocho, número de protocolo mil ciento nueve. Se la puedo dar hoy.
—¿Y lo demás?
—Ha pedido usted documentos unidos o relacionados. —Movió el ratón—. Unidos no hay ninguno. Relacionados, es que depende de lo que quiera decir.
—Quiero decir lo que conste en la nota marginal.
Me miró un segundo con más interés del que había tenido hasta entonces, porque la gente que va a una notaría no suele decir «nota marginal».
—Hay una —dijo—. De mayo de mil novecientos ochenta y nueve.
Tardó otros veinte minutos.
Mientras tanto, leí la escritura de 1988 en papel, que es distinto de leerla en pantalla. En papel se ven las cosas que hizo el notario: dónde apretó el sello, dónde va la rúbrica en cada folio, qué renglones quedaron cortos.
La cláusula primera está en el folio dos y la conocía de memoria.
«Constituye el objeto del presente instrumento la cesión, con carácter perpetuo e irrevocable, del material biológico de origen humano identificado en el expediente interno bajo la referencia 001, cuya procedencia consta acreditada desde el año 1954».
En el papel, «cuya procedencia consta acreditada desde el año 1954» ocupa una línea entera y termina justo en el margen. Debajo empieza la cláusula segunda.
En una escritura que se remite a un título anterior, ahí va el título. Fecha, otorgantes, notario, protocolo. Es lo que se hace, es lo que hace todo el mundo, y es lo que hizo Suances doscientas veces aquel año en aquel mismo libro.
Ahí no hay nada. Hay una línea que llega al margen y una cláusula segunda.
Estuve mirando el folio a contraluz, que es una tontería y lo hice igual. En el papel timbrado de 1988 se ve la marca de agua y nada más.
Rubén me trajo un vaso de agua sin que se lo pidiera y me dijo que la fotocopiadora del despacho de atrás iba despacio.
Después conté los otorgantes. Comparecen dos: la sociedad, representada por mi madre, con cuarenta y un años, y una persona física que interviene «en calidad de titular del material objeto de cesión», identificada por sus datos.
Los datos son un número de documento nacional de identidad y una fecha de expedición.
La fecha de expedición es de 1951.
Un documento expedido en 1951 no se puede exhibir en 1988 ante un notario, porque en 1988 los documentos de 1951 llevaban treinta años caducados y porque la persona que figuraba en él constaba fallecida desde 1954.
Suances hizo constar el número y la fecha y no hizo constar que hubiera tenido el documento delante.
Lo escribió de la única manera en que se puede escribir sin mentir, que es escribiendo menos.
No sé si aquella tarde de julio de 1988 había en aquel despacho tres personas o dos.
Volvió Rubén con dos cosas.
La primera era la copia autorizada de la escritura, con su sello y su papel timbrado, a mi nombre.
La segunda era una fotocopia de un acta de mayo de 1989, de la misma notaría, número de protocolo ochocientos treinta y cuatro. Se llama acta de protocolización de testimonio.
—Es lo que dice la nota —explicó—. En el ochenta y nueve vino la misma sociedad y protocolizó un testimonio de una resolución judicial. Se hace para poder enseñarla sin tener que pedirla cada vez.
El acta tiene dos folios y no dice casi nada: comparece, requiere, se une. Lo que importa está unido detrás.
Son tres folios de un juzgado, con el escudo arriba, mecanografiados con una máquina que se comía las oes.
No voy a reproducirlo entero porque tres folios de una resolución de 1989 son tres folios de una resolución de 1989.
Lo que hacía era resolver que la actividad de conservación y aprovechamiento de material biológico de origen humano llevada a cabo por la sociedad quedaba amparada, en los términos del instrumento de cuatro de julio de 1988, y que no procedía la adopción de las medidas solicitadas por la parte actora.
No había parte actora identificada en el testimonio. Ese folio no estaba.
Abajo, en el último, la fórmula de siempre y una firma a bolígrafo azul, grande, con el trazo de abajo subiendo hacia la derecha.
Y debajo de la firma, mecanografiado, el nombre.
Carlota Ferrán Buendía.
Estuve mirando aquella firma más rato del que se puede mirar una firma en una notaría sin que el oficial te pregunte si va todo bien.
Rubén me preguntó si iba todo bien.
Le dije que sí y le pregunté, para decir algo, si en el ochenta y nueve era normal protocolizar una resolución.
—Normal no —dijo—. Se hace cuando la vas a tener que enseñar mucho.
—¿A quién se le enseña una cosa así?
—A bancos, a aseguradoras, a la administración. —Se apoyó en el mostrador—. Y a los que vienen preguntando.
Volví a la primera página del acta y leí la comparecencia.
Comparece mi madre, en el mismo mes en que la clínica cumplía su primer año, y requiere al notario para que protocolice el testimonio. En la comparecencia hay una frase que dice que se hace «a los efectos de acreditar frente a terceros la licitud de la actividad».
Frente a terceros.
Es una fórmula. Se pone en la mitad de las actas de protocolización de este país. Y significa, palabra por palabra, que en mayo de 1989 esta casa se preparó para que alguien viniera a preguntar, y decidió tener la respuesta encuadernada, con sello, y a mano.
Han pasado treinta y siete años y el que ha venido a preguntar soy yo.
Yo la había visto morir un lunes a las once de la noche. Le había firmado el parte de la administración a las doce y cuatro minutos y le había escrito en el recuadro de observaciones, con mi letra pequeña, que reiteraba su solicitud de cese presentada en marzo.
Le había mandado el expediente a su hija con las páginas numeradas.
En ninguna de esas páginas está esto.
—¿Se la puedo llevar? —pregunté.
—La fotocopia, sí. Si quiere copia autorizada del acta hay que pedirla aparte y se la mandamos la semana que viene.
—Pídamela.
—¿A su nombre también?
—A mi nombre también.
Salí a la calle a la una y cuarenta y estaba a treinta y tres grados. Me metí en el coche, puse el aire, y no arranqué hasta pasadas las dos.
Lo que estuve haciendo esos veinte minutos fue esto: fui pasando los folios y buscando en el testimonio de 1989 una sola línea que dijera de dónde salía el material. Una remisión, una fecha, un nombre.
Un juez que ampara una actividad sobre un material de origen humano pregunta de dónde ha salido ese material. Se pregunta. Es lo primero que se pregunta.
En los tres folios no hay una sola línea sobre el origen.
Hay una remisión al instrumento de 1988, que a su vez remite a que la procedencia consta acreditada desde 1954, que a su vez no remite a nada.
Es un círculo de tres documentos en el que ninguno de los tres dice de dónde viene un hombre, y el tercero lo firmó una mujer que en marzo de este año pidió por escrito que la dejaran salir y a la que yo le puse una dosis el lunes a las doce y cuatro minutos.
Arranqué y me metí en la A-6 y conduje hasta el kilómetro cuarenta y uno con el manos libres apagado.
En el área de servicio hay dos surtidores, una tienda y ocho mesas fuera, bajo una pérgola, donde a las tres de la tarde de un viernes de junio no hay nadie porque hace treinta y cinco grados. Aparqué a la sombra de un camión y me quedé dentro con el aire puesto.
Lo que tenía era esto.
Una escritura de 1988 que dice que una procedencia consta acreditada y no dice dónde.
Una resolución de 1989 que ampara una actividad sin preguntar por el origen y que firma una mujer que murió hace once días.
Un calendario de mayo con nueve casillas del mismo código.
Una cláusula que fija tres. Un rendimiento de cuarenta y siete.
Una anotación que dice «excluida de rotación hasta nueva orden». Un nombre sin título en el móvil.
Y cuarenta metros lineales de cajas en una casa vieja donde puede estar, o no, un papel de 1954.
Cualquier abogado que ve eso hace lo mismo: ordena por fechas, marca los huecos y va a buscar el documento que falta.
Y yo, en un aparcamiento del kilómetro cuarenta y uno, con el aire dado y un acta fotocopiada en el asiento de al lado, estaba pensando en otra cosa.
Estaba pensando en que el domingo tenía la tercera serie a las diez y en que Loreto había dicho que la tercera es la peor.
Aquella noche, en casa, hice tres cosas.
La primera fue escanear el acta de 1989 y guardarla en el cajón bajo, en la carpeta de gomas azules, que ya tenía dentro dos documentos y ahora tenía tres.
La segunda fue buscar en el registro de entrada de la clínica si en 1989 había constancia de algún requerimiento, alguna denuncia o algún expediente administrativo.
Hay un libro de entrada desde 1988, digitalizado hasta 1994.
En mayo del ochenta y nueve hay once entradas y ninguna viene de un juzgado.
Lo que significa que la resolución que mi madre protocolizó en mayo de 1989 no la conoció esta casa porque se la notificaran a esta casa.
La tercera fue coger el móvil y borrar el borrador de un mensaje para Nuria Salvat que llevaba escrito desde el martes y que no había mandado.
Decía: «Hay una cosa de su madre que creo que usted debería saber. ¿Puede el lunes?».
Lo borré porque el domingo tenía la tercera serie y porque una conversación así, con la hija de una paciente muerta, no se tiene sin haber decidido antes qué se le va a contar y qué no.
Eso último es verdad. También es verdad que no había decidido nada, y que llevaba desde el martes sin decidirlo, y que borrar un borrador es una manera de no tener que decidirlo el fin de semana.