Capítulo 10
—Ha venido pronto —dijo.
—He salido pronto.
—No es lo mismo.
Estaba de pie, no sentado, y estaba colocando dos sillas alrededor de la mesa de la sala, la de escritorio y la de plástico, de manera que no quedaran enfrente sino en ángulo. Cuando terminó se apartó y lo miró como se mira una cosa que se ha hecho a propósito.
Había también un tercer vaso en la mesa, boca abajo sobre un plato, y una jarra.
—¿Espera a alguien?
—Espero a que baje usted a las diez y son las nueve y diez. —Cogió la jarra y la llevó al fregadero para cambiar el agua—. Si el agua lleva ahí desde las cinco no se la voy a dar.
Es una tontería y la escribo porque estuve pensando en ella toda la vuelta a Madrid. Un hombre que lleva setenta años ahí abajo sigue cambiando el agua de una jarra cuando va a venir alguien.
Habían pasado tres días desde la primera serie y aquella tarde subió la escalera de servicio conmigo hasta el rellano de la menos uno, para dejar una caja de material vacía, y no se paró a la mitad.
Yo me di cuenta y no dije nada. Él tampoco.
Le puse los cinco bloques encima de la mesa.
—Programación. Es el primero de los tres.
—¿Los tres?
—El expediente no existe en un sitio. Está en programación, en custodia y en el clínico. —Me senté en la silla que había puesto en ángulo—. Esto es un tercio.
Lo leyó por orden y sin saltarse nada, que es exactamente lo que él me había pedido a mí y que yo no había hecho hasta el martes. Tardó veintitantos minutos. En la tabla de los once donantes se paró y volvió atrás una vez.
—¿Esto lo ha leído usted entero? —preguntó.
—Sí.
—¿Y qué ha visto?
Le dije lo del calendario, lo de las nueve casillas con el mismo código y lo de la cláusula séptima. Le dije que los otros dos donantes previstos habían quedado fuera por una operación y una anemia, con un día de diferencia, y que eso no lo organiza nadie.
—¿Y de la tabla de los once?
—Que los once tienen un paciente.
—Eso.
—Eso ya lo sabía. Está en el nombre del programa. Se llama donación dirigida.
—Se llama donación dirigida, sí. —Puso el folio encima de los demás—. Yo llevo cuarenta años viendo pasar a esa gente por ahí abajo y le voy a decir lo que se ve desde la butaca: que ninguno pregunta nada. Ninguno. En cuarenta años.
—Firman una confidencialidad.
—Una confidencialidad se firma y luego uno pregunta igual, aunque sea al de al lado. —Se echó atrás—. Estos no. Y no es por el papel.
Le pregunté por qué era.
—Porque cada uno de ellos tiene arriba a alguien con una fecha —dijo—. Preguntar es arriesgarse a que te contesten. Y si te contestan, ya no puedes volver el mes que viene como si nada.
A las diez, Loreto puso el circuito y no había nadie más en la habitación.
Todo fue más rápido. La vía en el brazo la cogió a la primera, la fase primera duró once minutos en vez de doce y Loreto no tuvo que llevarme la cuenta de la pera ni una sola vez. En el segundo paseo no me falló ningún quince.
—Va usted mejor —dijo.
—¿Eso es normal?
—Es lo que suele pasar. La segunda es más fácil que la primera y la tercera es peor que las dos.
—¿Por qué la tercera?
—Porque en la tercera ya sabe usted lo que viene y todavía no se ha acostumbrado.
—¿Y la cuarta?
Loreto estaba comprobando el gotero y no levantó la vista.
—De la cuarta no le puedo decir.
—¿No las ha visto?
—Yo llevo aquí nueve años. —Ajustó la rueda—. Aquí nadie hace cuatro.
Lo dijo sin ninguna intención, del mismo modo que un contable dice que en esta empresa nadie factura en agosto, y siguió con lo suyo, y a mí se me quedó dentro de una manera que en aquel momento no supe explicarme y que atribuí al mareo.
A las once menos diez, Loreto cerró la llave, comprobó la hora, dijo «salgo» y salió, y la puerta del anexo se quedó entornada como se quedan las puertas cuando alguien sale para volver.
Duró diecinueve minutos.
De lo que pasó dentro de esos diecinueve minutos, lo único que cambió respecto al lunes fue que no había dos personas mirando una pantalla. Todo lo demás fue igual, y sin embargo no lo fue, y la diferencia no está en nada que yo pueda poner en un parte.
Lo intenté. El viernes, redactando el registro de la serie, estuve un rato buscando la casilla donde cabría, y no hay ninguna. El registro tiene volumen, tiempos, constantes e incidencias. Lo que hubo el jueves no es una incidencia.
Lo que hubo fue que en una habitación con dos personas hay un procedimiento, y en una habitación con una hay dos personas.
Después, mientras yo esperaba a que se me pasara la parte tonta, hablamos.
—Suances —dijo—. Higinio Suances. Notaría de Segovia, calle de la Victoria. La escritura es de julio del ochenta y ocho.
—Eso ya lo tengo.
—Tiene usted la copia que hay en la caja fuerte de dirección. Le estoy diciendo dónde está el protocolo.
—¿Y qué hay en el protocolo que no haya en la copia?
—A lo mejor nada. —Se pasó la mano por la cara—. Pero una copia la hace quien quiere que exista, y el protocolo lo guarda alguien a quien le da igual.
Se le notaba el cansancio de después. Es un cansancio raro, el suyo: no se le ponen los ojos pequeños ni se le baja la voz, se le queda la cara quieta.
—Suances se jubiló —dije.
—En 2012. El protocolo lo tendrá su sucesor. Pida copia autorizada y pídala a su nombre.
—Eso deja rastro.
—Sí.
—¿Le conviene a usted que yo deje rastro?
—Me conviene que exista una petición hecha por la dirección jurídica de esta casa y con fecha. —Se acomodó—. Si dentro de tres semanas resulta que hay algo, la diferencia entre que usted lo mirara y que usted no lo mirara la marca esa petición.
—Me está diciendo que me proteja.
—Le estoy diciendo lo que se hace.
—¿Y por qué le importa a usted que yo esté protegida?
—Porque si a usted la apartan de esto en septiembre, viene otro y yo empiezo de cero. —Se encogió de hombros—. No le voy a decir que es por su bien.
—Se lo agradezco.
—No hay de qué. —Cambió de postura en la camilla—. Y hay una segunda razón, que es que el que pide una copia autorizada a su nombre está diciendo por escrito que quiere saber. Eso no se puede deshacer después. Es lo más parecido a una decisión que va usted a tomar esta semana.
Tenía razón en las dos cosas y las dos me molestaron por sitios distintos.
—Una pregunta más —dije—. ¿Por qué julio del ochenta y ocho?
—Porque su madre entró en la dirección en enero de aquel año.
—Eso lo sé.
—Y porque en junio del ochenta y ocho murió el último médico del sanatorio que había estado con su abuela. —Miró el techo—. Se llamaba Feliciano Rus. Estuvo aquí desde el cincuenta y siete. Cuando se murió, en esta casa no quedaba nadie de antes.
—Nadie menos usted.
—Nadie que contara.
Loreto volvió a las once y veinte, con el carro, y le puso a él la vía para el aspirado.
Sacó los ochenta mililitros, los pasó al frasco, lo etiquetó, lo metió en la nevera pequeña y después cogió del carro una jeringa precargada y un tapón de bioconector.
—Le pongo esto y ya está —dijo.
Él se incorporó a medias.
—No.
Loreto se paró con la jeringa en la mano.
—Es un antiemético. Es para usted, no para el frasco.
—No.
—Le va a sentar mal a las tres de la mañana, como siempre.
—Pues me sentará mal.
Nadie discutió. Hubo una negativa dicha dos veces, la segunda un poco más alta que la primera, y Loreto dejó la jeringa en el carro sin decir nada más y siguió con lo suyo.
—Ya sabes cómo es —me dijo, no a él.
—¿Le pasa siempre?
—Con todo lo que va por vía. Vitaminas, hierro, un suero. —Recogió el campo—. Lo que sea, si le entra a él y no ha salido de él antes, no lo quiere. Lleva así desde que yo estoy.
Él se había vuelto a tumbar y miraba el techo.
—¿Es por algo? —pregunté.
—Es por mí —dijo—. Es una manía. Lo pongo en la lista de cosas que no le va a costar nada respetarme.
Lo apunté mentalmente en el sitio donde se apuntan las manías de las personas mayores que han pasado mucho tiempo en una institución, que es un sitio muy cómodo y en el que caben muchas cosas.
En ese sitio tengo, por ejemplo, que un paciente de la segunda planta no permite que le abran las persianas antes de las nueve, y que otro exige que el suero se lo pongan siempre en el brazo izquierdo aunque tenga el izquierdo hecho un desastre.
Se anota en la ficha, en el campo de preferencias, y se respeta.
Es lo que distingue a una casa cara de un hospital.
Escribí en el parte de la serie, en incidencias: «Se ofrece antiemético. Rechazado por el activo, como es habitual».
Tardé cuatro segundos en escribirlo y no volví a pensar en ello.
—Le voy a decir una cosa que llevo dos horas pensando —dijo cuando Loreto salió—. Y no se la digo para molestarla.
—Dígala.
—Lleva usted media hora hablándome del expediente sin decir una sola vez «yo». Ha dicho «se pidió», «se remitió», «se está a la espera» y «consta solicitado». Cuatro veces «consta».
—Es cómo se habla de un expediente.
—Es cómo se habla de un expediente que no quiere uno tener delante.
Me levanté a por el vaso de agua con azúcar, que estaba en la mesa de la sala, y me lo bebí de pie.
—Usted tampoco —dije.
—¿Yo tampoco qué?
—Usted lleva dos semanas sin decir «yo» ni una sola vez cuando habla de setenta años. Ha dicho «se me contestó», «se autoriza sola», «se me ofrecían otras cosas» y «lo que se me prometió». —Dejé el vaso—. Todas en pasiva. Todas sin nadie que las hiciera.
Tardó en contestar.
—Es verdad —dijo.
Y no dijo nada más, y aquello fue lo único que ocurrió aquella noche que yo no había previsto al bajar.
Recogí el maletín. En el bolsillo interior estaba el móvil con la nota sin título, que no es un sitio pero funcionaba como si lo fuera.
Tenía tres preguntas preparadas desde el peaje y le hice dos.
La tercera era el nombre.
No se la hice. La estrategia no tuvo nada que ver: a las doce menos veinte de la noche de un jueves, con la vía puesta hacía una hora y con la boca todavía seca, se me ocurrió que si le decía aquel nombre y él ponía una cara, yo iba a tener que hacer algo con esa cara al día siguiente. Y al día siguiente me tocaba Segovia.
Es una manera muy educada de decir que lo dejé para después.
Subí a las doce y media. En el coche, antes de arrancar, escribí un correo a la notaría de Segovia pidiendo copia autorizada de la escritura de cuatro de julio de 1988 y de cuantos documentos figurasen unidos o relacionados con ella.
Lo firmé con mi nombre, mi cargo y mi número de colegiada.
Lo mandé desde el aparcamiento, a las doce y treinta y cuatro, sin releerlo.
Aquello dejaba constancia, con fecha y hora, de que la directora jurídica de Clínica Vives había solicitado el título del que trae causa el instrumento de 1988 seis días después de la muerte de una paciente.
Él me había explicado, media hora antes, por qué convenía. Me lo había explicado bien y me lo había explicado en su beneficio, y yo lo había hecho de todas formas, y en el coche estuve pensando si lo había hecho porque convenía o porque me lo había pedido él.
Las dos veces que me he hecho esa pregunta en mi vida profesional, la respuesta ha sido que daba igual, porque el acto era el correcto.
Sigue siendo el correcto.