Capítulo 9
—Te he traído sopa —dijo mi madre—. Está en el rellano porque no podía con todo.
Eran las nueve y media de la mañana del miércoles y yo llevaba dos horas trabajando desde casa con la excusa de la fiebre, que ya no tenía.
Entró, dejó el táper en la encimera, abrió la nevera, la cerró y encendió el termo del agua sin preguntar.
—¿Cuántos llevas? —preguntó, de espaldas.
Hay dos maneras de contestar a esa pregunta cuando llevas tres días construyendo una versión en la que no eres tú la que baja. La primera es preguntar cuántos qué. La segunda es contestar.
—Uno.
—Bien.
Sacó dos tazas y puso una bolsita en cada una.
Yo esperé. Esperé lo que se espera cuando sabes que va a venir la frase, y ella estuvo cuarenta segundos ocupada con el agua y luego se sentó y me preguntó si había visto lo del edificio de enfrente, que le habían puesto una lona verde y que a saber lo que tardaban.
Hablamos de la lona. Después me preguntó si me había mirado lo del ascensor de mi edificio, que llevaba desde marzo dando el aviso, y le dije que no. Me dijo que ella conocía a uno.
A la media hora saqué el bloque de programación del maletín y le puse el folio cuatro delante, con la cláusula séptima marcada.
—Esto lo escribiste tú.
Se puso las gafas de cerca, que las lleva colgadas.
—En el once —dijo—. Se hizo cuando pasamos de siete donantes a once.
—¿Por qué tres?
—Porque con dos no salía el ciclo y con cuatro empezaban a encontrarse mal. —Se quitó las gafas—. Lo miramos durante un año. A los tres, la gente se recupera en cuatro o cinco días y vuelve. A partir del cuarto ya no vuelven igual.
—¿Y qué quiere decir no volver igual?
—Que faltan más. Que se cansan. Que hay que llamarlos dos veces. —Cogió su taza—. Un programa así se sostiene si la gente puede seguir con su vida. En cuanto no puede, se te cae.
Es una respuesta de administradora. Es, además, una respuesta correcta: la cláusula séptima protege a los donantes y protege el programa, y las dos cosas a la vez, y por eso funciona.
Lo que no dice esa respuesta es qué pasa a partir del séptimo, y yo no se lo pregunté, y ella no me lo ofreció.
En una hora larga no me preguntó por qué había bajado, ni quién lo había autorizado, ni qué me había pedido, ni cuántas veces más pensaba hacerlo.
No me lo prohibió. No me dijo que tuviera cuidado.
No me explicó nada de la casa, ni de mi abuela, ni de por qué en 2011 escribió una cláusula que fija un máximo de tres.
Le enseñé también el calendario del trescientos treinta y uno.
Lo miró de pie, con las gafas otra vez puestas, cuarenta segundos.
—¿Esto lo has visto? —pregunté.
—Esto lo firmo cada mes.
—Hay nueve series con el mismo código.
—Ya lo veo.
—Es tu cláusula.
—Es mi cláusula. —Me devolvió el folio—. Y ese mes se quedó una disponible, y había cuarenta y ocho personas esperando un lote. Eso también lo firmo yo.
—¿Y si te lo pregunta un juez?
—Si me lo pregunta un juez, le digo exactamente lo que te acabo de decir a ti. —Se sentó otra vez—. Que se quedó una y que no había nadie más.
Fue lo único de aquella mañana que se pareció a una conversación entre las dos personas que somos en la clínica, y duró cuatro frases.
Después me preguntó si iba a tomarme la sopa hoy o si la iba a dejar en la nevera hasta el domingo.
Se bebió su té, dejó la taza en el fregadero y la fregó ella, que es lo que hace siempre, y en la puerta se paró.
—Ponte algo debajo del jersey mañana —dijo—. En esa planta hay corriente por el conducto de la izquierda.
Y se fue.
El conducto de la izquierda existe. Baja por la esquina que da al anexo técnico y en esa pared, a la altura de la butaca, hay una rejilla. El jueves comprobé que se nota.
Yo le había preguntado el jueves anterior si ella bajaba, y me había contestado que ya no.
Para saber por dónde entra el aire en una habitación hay que haber estado sentada en ella un rato largo, y más de una vez.
Me quedé un rato en la cocina con el táper todavía caliente y pensando que mi madre acababa de decirme, sin decir nada que yo pudiera repetirle a nadie, que sabía exactamente dónde había estado el lunes por la noche, cuánto rato, y en qué lado de la habitación estaba la corriente.
Me quedé sentada con el calendario delante veinte minutos más, con la sopa enfriándose.
Mi madre había mirado nueve casillas con el mismo código y no le había cambiado la cara.
Eso admite dos lecturas. Una es que ya lo sabía.
La otra es que para ella nueve casillas con el mismo código son una incidencia de programación, del mismo orden que una caldera rota o una baja médica, y que lo que a mí me parecía un incumplimiento con número a ella le parecía un mes malo.
Las dos lecturas tienen el mismo efecto sobre el papel.
Y las dos me dejaban a mí con cuarenta y una páginas en un maletín y con un nombre en una nota del móvil.
A la una fui a la clínica y modifiqué el protocolo.
Lo hice en el ordenador de mi despacho, en el documento que había escrito yo el lunes por la mañana, y tardé once minutos.
Suprimí el punto primero, el de los dos testigos con firma al pie de cada serie, y en su lugar escribí que la serie se desarrollaría con la presencia del personal de enfermería estrictamente necesario para la ejecución del procedimiento.
Añadí una remisión al apartado tercero del protocolo clínico, que es el que dice que la regulación autonómica del donante condiciona la calidad del precursor y que deben evitarse factores de estrés evitables.
Es una remisión buena. El apartado tercero existe, dice eso, y lleva ahí desde 2011.
Lo leí tres veces antes de mandarlo, con esa manera de leer que tenemos los abogados cuando el documento es nuestro y sabemos que va a leerlo alguien que busca el hueco.
El texto aguanta. Un observador sin función clínica es, efectivamente, un factor externo.
El apartado tercero dice, efectivamente, que hay que evitarlos.
La modificación la firma quien redactó el protocolo, que soy yo, y afecta a un procedimiento en el que la donante soy yo, lo cual desde el punto de vista formal no es un conflicto de interés sino una coincidencia de funciones, que es como se llama a un conflicto de interés cuando no hay nadie más que pueda hacerlo.
Lo que no aguanta es la parte que no está escrita.
El lunes hubo dos personas en esa habitación durante veintiún minutos y una de ellas se pasó el rato buscando un bolígrafo en el bolsillo de la bata.
El martes por la mañana yo tenía en la cabeza esa imagen y no la del rendimiento, y a la una de la tarde del miércoles escribí un párrafo perfectamente defendible que quita a esas dos personas de la habitación.
Las dos cosas son verdad a la vez. El párrafo es correcto y el motivo era otro.
En la justificación escribí una frase de dos líneas:
«La presencia de observadores sin función clínica constituye un factor de estrés evitable y puede afectar al rendimiento de la serie».
Lo mandé a las dos y cuarto a dirección médica y a enfermería.
Bran contestó a las dos y media: «Conforme. Yo no iba a estar de todas formas».
A las tres me llamó.
—Una cosa —dijo—. Lo de la modificación está bien y no tengo nada que objetar. Pero le voy a decir algo y usted haga lo que quiera.
—Dime.
—El apartado tercero se escribió para los donantes del programa, que vienen tres veces y se van. —Se oía el pasillo detrás—. Usted no viene tres veces.
—¿Y?
—Que en un procedimiento con un donante repetido, lo que protege al donante es que haya alguien delante. La comodidad protege el rendimiento.
Hubo un silencio de esos que en el teléfono duran demasiado.
—¿Me estás diciendo que no lo modifique?
—Le estoy diciendo que lo he pensado y que se lo digo. —Cambió el tono, y volvió el de siempre—. Y también le digo que el rendimiento de la serie 1 fue el más alto en dieciocho meses con dos personas dentro. Así que lo de los factores de estrés, empíricamente, hoy por hoy, no se sostiene.
—El apartado tercero sí se sostiene.
—El apartado tercero se sostiene. Su frase, no. —Y añadió, antes de colgar—: Se lo digo por escrito si quiere.
No se lo pedí por escrito.
Loreto contestó a las siete: «Recibido. Yo salgo en el retorno y vuelvo para el aspirado. Si me necesita, hay un timbre en la pared de la izquierda».
Ese timbre lleva ahí desde antes que Loreto. Es de los antiguos, de baquelita marrón, con un pulsador que hay que apretar fuerte, y está a la altura del hombro de alguien sentado en la butaca.
Lo miré el jueves, cuando bajé. Está a un brazo de distancia.
Alguien lo puso ahí, en algún momento, a esa altura y en ese sitio, y para ponerlo tuvo que medir dónde queda la mano derecha de una persona sentada en esa butaca con una vía en el brazo. Ese alguien pensó en la posibilidad de que hiciera falta.
No hay ningún registro de que se haya usado nunca.
Las dos respuestas eran razonables y las dos daban por hecho lo que yo había escrito. Ninguna de las dos me preguntó de dónde había sacado el dato del rendimiento, porque no había ningún dato: había una remisión a un apartado y una frase en condicional.
El jueves salí de Madrid a las siete y media.
El segundo intercambio era a las diez. Cincuenta y dos minutos de carretera dan las ocho y media, y una llega, aparca, sube, deja el maletín y baja, y todavía sobra una hora larga.
Aparqué a las ocho y veintiséis.
Estuve dieciocho minutos en el coche con la ventanilla bajada, mirando cómo se apagaba el cielo por detrás de los pinos, que en junio y en la sierra tarda muchísimo. Se oían chicharras y el aire acondicionado de la unidad exterior del edificio nuevo, que está en ese lado.
Repasé lo que llevaba en el maletín: los cinco bloques de programación, la analítica con la respuesta de Bran, el impreso de restricción que seguía sin devolver al cajón y la nota del móvil con un nombre y dos apellidos.
Y una lista de tres cosas que quería preguntarle.
Después subí, dejé el maletín en el despacho, contesté dos correos que no eran urgentes, tiré un café de la máquina a la mitad y bajé a las nueve y diez.
Si alguien me hubiera preguntado por qué había salido tan pronto, habría dicho que por el tráfico de la salida de Madrid, que un jueves a esa hora es malo. Y habría sido verdad.
Nadie me lo preguntó, y llevo desde entonces sabiendo que la respuesta la tenía preparada desde el peaje.