Capítulo 8
El expediente íntegro del lote trescientos treinta y uno no existe.
Eso me lo explicó Nieves Cabral el martes a las diez de la mañana, con paciencia, mientras yo estaba de pie delante de su mesa con treinta y siete y dos y un jersey puesto en junio.
—Íntegro no está en ningún sitio —dijo—. Está en tres.
—Explíquemelo.
—Programación lleva el calendario y los contratos. Custodia lleva la cadena y los partes de traslado. Y las incidencias van al clínico, que es de Bran. —Giró la pantalla para que lo viera—. Si usted pide el expediente del lote, cada uno le manda lo suyo cuando lo tiene. Por eso tarda.
—¿Y no hay una carpeta con todo?
—La habría si alguien hubiera decidido alguna vez que la hubiera.
El archivo está en la finca, que es la casa vieja, a doscientos metros del edificio nuevo y unida a él por un camino de gravilla con dos hileras de lavanda que alguien riega.
Fue sanatorio hasta el sesenta y dos y ahora es archivo, sala de máquinas y el despacho de Nieves, que tiene una ventana con reja del año cuarenta y un aparato de aire portátil que hace un ruido de motor de barco.
Yo había estado allí dos veces en seis años, las dos para firmar cosas.
Le pedí lo de programación en mano, porque llevaba ocho días pedido por correo y porque a los correos les pasa lo que le pasa a todo en esta casa.
—¿Y lo de antes del ochenta y ocho? —pregunté, mientras imprimía.
Señaló con la barbilla hacia el pasillo.
—Ahí detrás.
El pasillo da a lo que fue el comedor del sanatorio.
Tiene el techo alto, dos ventanas tapiadas y estanterías metálicas del suelo al techo, en cuatro filas dobles, con cajas de cartón numeradas a rotulador.
Muchas llevan una etiqueta antigua escrita a máquina.
Otras llevan la numeración a bolígrafo, más nueva, de cuando alguien empezó a ordenarlo y lo dejó a la mitad.
Conté catorce estanterías. Nieves dice que son cuarenta metros lineales y no tengo motivos para dudarlo.
—¿Ingresos también?
—Ingresos, historias, contabilidad y lo del sanatorio. —Grapó los bloques—. Si busca una cosa concreta y sabe el año, se puede. Si busca una cosa y no sabe el año, no.
Me quedé en la puerta un momento, con la mano en el marco.
Un documento de 1954 en un sitio así puede estar en la caja que le corresponde, o puede estar en la caja de otro año, o puede no estar. Y para saberlo hay que abrir cuarenta metros lineales de cartón, una por una, de noche o los fines de semana, porque de lunes a viernes tengo un despacho.
—¿Puedo venir por las tardes?
—Puede venir cuando quiera. —Me dio las hojas—. Traiga guantes y no abra las ventanas.
Me senté en la sala de reuniones de la planta baja, que está vacía los martes, y leí las cuarenta y una páginas en orden.
El programa se llama de acompañamiento y tiene once personas activas. Ocupa dos folios: una tabla con código, alta, disponibilidad y una columna que se llama «vinculación», y en esa columna hay once números de paciente.
Los once números están en el registro de arriba.
Es decir: las once personas que se sientan en esa butaca son familiares de once personas que dependen de lo que sale de esa butaca. Hijos, sobrinos, una nuera. No hay ni un solo donante en ese programa que no tenga a alguien suyo en la lista de vencimientos.
En la tabla, la columna de identidad va al final, después de la de disponibilidad, en letra más pequeña que las demás.
A-04, alta en 2011, vinculación paciente 19. Aurora Pombo.
A-01, alta en 2005, vinculación paciente 3. Higinio Pardo. El hermano de Amelia, el que me dio las gracias ayer por teléfono cuando le dije que su hermana entraba en las cuatro.
A-09, alta en 2018, vinculación paciente 12. Yolanda Sierra.
Yolanda Sierra me llamó al fijo el martes de la semana pasada, a la una y media, con una obra o una radio de fondo, para decirme que su padre era el trece y que ella estaba libre desde el veinte y que tenía cuatro días de vacaciones por si hacía falta hacer algo.
Yo le dije que su padre iba a estar cubierto.
Ella no me llamó para eso. Me llamó para ofrecerse.
Estuve un rato con esas dos hojas.
Yo he redactado contratos de exclusividad, de no competencia y de permanencia. Sé perfectamente qué es una cláusula que ata a alguien sin decirlo, y he cobrado por escribir varias. Aquello no era una cláusula. Aquello era un criterio de selección.
El contrato tipo es el tercer bloque. Nueve folios.
En el noveno, abajo a la derecha, encima de la línea que pone «Por la entidad», hay una firma.
Es la mía.
No me sorprendió, en el sentido en que no sorprende encontrarse la propia firma en un sitio donde uno ha firmado.
En marzo de 2020 me pasaron un paquete de cuarenta expedientes del programa de acompañamiento, con la ficha delante y el contrato detrás, para regularizar altas antiguas que estaban sin formalizar y para incorporar dos nuevas.
Lo revisé en una tarde y media. Comprobé que el modelo era el mismo en los cuarenta, que las cláusulas estaban completas, que las fechas cuadraban y que nadie era menor de edad.
Comprobé el modelo. No comprobé qué era.
Es una distinción que en cualquier despacho vale como defensa. La dirección jurídica no valida el fondo de un programa clínico: valida que el instrumento sea correcto. Yo he ganado dos veces con ese argumento y las dos veces tenía razón.
La cláusula séptima está en el folio cuatro y dice esto:
«El donante no participará en más de tres (3) intercambios consecutivos por ciclo, debiendo mediar entre series un período de recuperación no inferior a nueve (9) días naturales».
Máximo tres. Nueve días. Lo escribió mi madre en 2011, y lo escribió bien, porque en 2011 alguien decidió que hacía falta un límite y lo puso donde se pone.
El cuarto bloque es el calendario del trescientos treinta y uno.
Es una cuadrícula de nueve columnas, una por serie, con la fecha, el código del donante y dos casillas de firma. Los códigos son de tres caracteres. En la parte de arriba, en el encabezado, viene la asignación prevista del ciclo: tres donantes, tres series cada uno.
Los tres previstos eran A-04, A-11 y A-03.
Miré las nueve columnas.
A-03 en la primera. A-03 en la segunda. A-03 en la tercera. A-03 en la cuarta.
A-03 en las nueve.
Volví al encabezado, por si me había equivocado de fila, y no me había equivocado. Y debajo del encabezado, en una franja gris de dos líneas que en esa hoja parece un pie de tabla, ponía:
«Incidencias de programación: A-04 baja médica desde 05/05 (intervención programada). A-11 excluido por analítica previa (anemia ferropénica) desde 06/05. Sin donantes de relevo en ventana de compatibilidad».
Cinco y seis de mayo. Con un día de diferencia.
Lo primero que pensé fue que aquello estaba montado. Duró poco. Una intervención programada tiene fecha desde meses antes y consta en el sistema de citas, y una anemia ferropénica sale en una analítica de rutina que se hace el día que toca. Nadie organiza eso. Nadie necesita organizarlo.
Lo que hay es que quedó una y se usó nueve veces.
Y hay una cosa peor, que tardé un rato en ver porque estaba mirando las columnas y no las fechas.
Las series van cada setenta y dos horas. La primera fue el siete de mayo. La novena, el treinta y uno. Entre la tercera y la cuarta hay setenta y dos horas, como entre todas las demás.
No hay un hueco.
Si a una donante se le acaban sus tres series y la casa decide seguir con ella, lo mínimo que se ve en un calendario es una pausa: alguien lo consulta, alguien lo autoriza, alguien tarda un día.
Aquí no hay nada. La cuarta serie está donde tenía que estar la cuarta serie si nadie hubiera tenido que decidir nada.
Lo decidieron antes. Lo decidieron el cinco o el seis de mayo, cuando quedó una sola disponible, y a partir de ahí el calendario se limitó a seguir.
Debajo, con otra letra, a bolígrafo y en el margen, había una palabra sola:
«Continuar».
Una palabra escrita al margen de un parte de programación, sin fecha y sin rúbrica, que no es una firma y que en un procedimiento no vale nada.
Yo he impugnado documentos por menos. En el bloque siguiente, en la hoja de cierre del ciclo, estaba la casilla de rendimiento, y en la casilla ponía cuarenta y siete, y debajo el histórico de siempre, mínimo cuarenta y ocho.
Puse los cinco bloques en orden, los metí en una funda de plástico y los guardé en el maletín en vez de en el archivo.
Es la primera vez en seis años que saco documentación de esta casa sin dejar constancia de que la saco. Lo hice sin pensarlo y me di cuenta en el aparcamiento, y volví a subir, y me quedé en la puerta del despacho con la funda en la mano, y luego bajé otra vez con ella.
Después abrí el listado de donantes por el segundo folio y busqué el código.
A-03. Alta en 2020. Disponibilidad: activa. Vinculación: paciente 31.
Y una columna más a la derecha, la de identidad, con un nombre y dos apellidos.
Podría haber llamado a recursos humanos. Está en la tercera planta, tiene dos personas y me habrían dicho en cuatro minutos quién era esa mujer, dónde vivía, cuánto cobraba y desde cuándo.
No llamé. Escribí el nombre en el móvil, en una nota sin título, y cerré la funda.
Tengo dos explicaciones para eso y las dos son verdad.
La primera es procesal. Si pregunto en recursos humanos, queda constancia de que la dirección jurídica está pidiendo datos personales de una donante en relación con un lote que se ha inmovilizado tras una muerte, y eso, dentro de dos meses, en manos de la abogada de la hija de Carlota Ferrán, es una línea temporal muy fea.
Lo mejor que se puede hacer con un dato así es tenerlo sin haberlo pedido.
La segunda es que él me lo había pedido. Me había pedido el expediente entero y me había dicho dos veces que lo leyera, y yo tenía la sensación —y una sensación no es un motivo, pero tampoco es nada— de que aquel nombre era lo que me estaba esperando dentro.
Quería llevárselo yo. Quería ver qué cara ponía.
Eso es lo que había, y las dos explicaciones anteriores estaban puestas encima para no tener que mirarlo.
Aquella tarde, en el ascensor, iba con dos personas de administración que hablaban de un cumpleaños, y me acordé de una cosa que me había dicho el viernes en la planta menos dos y que yo había archivado como una manera de negociar.
Léalo entero. No hojeado. Entero.
Llevaba dos días pidiéndole a esta casa un expediente que esta casa no tenía en ningún sitio, y él lo sabía cuando me lo pidió.
Aquella noche, en casa, hice el cálculo que llevaba dos días sin hacer.
A-03 hizo nueve series entre el siete y el treinta y uno de mayo. Nueve series son veinticuatro días con una vía puesta cada setenta y dos horas, con lo que eso significa en un cuerpo, que yo llevo exactamente una semana sabiendo lo que significa.
Y después, el lote entró en cámara el uno de junio a las once y media. A las doce y cuatro se le puso a Carlota Ferrán. A las once de la noche se murió.
Entre la última serie de A-03 y la muerte de una paciente pasaron veintitrés horas y media.
Cogí un folio y escribí las dos fechas, una debajo de otra, y me quedé mirándolas.
Un lote sale de nueve series. Si el lote está mal, el problema está en el fraccionamiento, en el traslado o en las series. El fraccionamiento lo lleva Bran y lo lleva bien. El traslado es lo que él dice que está revisando.
Quedan las series.
Y en las nueve series hay una sola persona, y esa persona tiene un nombre que yo tengo en una nota del móvil, y a esa persona nadie de esta casa la ha llamado desde el treinta y uno de mayo para preguntarle cómo está.
Eso lo comprobé el martes por la noche, y lo comprobé porque es lo primero que se comprueba: si se ha inmovilizado un lote por sospecha de defecto, se contacta con el donante. Está en el protocolo de incidencias, apartado nueve.
En el registro de llamadas de la clínica no hay ninguna a A-03 después del treinta y uno de mayo.
Hay una anotación, del dos de junio, en el sistema de programación, que dice: «Excluida de rotación hasta nueva orden».
Dos líneas en un sistema de programación, sin firma, del cinco de junio.