Perpetua Capítulo 7
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Capítulo 7

—Aquí pone dos testigos —dijo Bran, con mi protocolo en la mano—. ¿Testigos de qué?

—De que se hace lo que pone ahí.

—Yo tengo que estar dentro de todas formas, y Loreto también. Lo que usted ha escrito no añade a nadie. Le pone un nombre distinto a la gente que ya iba a estar.

—Le pone un nombre que consta.

Eran las nueve y media de la noche del lunes y llevábamos veinte minutos en el anexo técnico. Cuatro por cinco, dos bombas, un carro, un armario de material y la butaca.

El protocolo lo había escrito yo esa mañana en hora y media.

Tres páginas. Presencia de dos testigos con firma al pie de cada serie.

Registro escrito de tiempos, volúmenes e incidencias.

Y un punto cuarto que dice que la donante puede detener el procedimiento en cualquier momento y sin necesidad de motivación.

Bran leyó el cuarto en voz alta y no hizo ningún comentario, que fue peor que si lo hubiera hecho.

Sobre el carro, Loreto había puesto el material en el orden en que iba a usarlo, de izquierda a derecha, que es como se pone cuando el procedimiento se hace muchas veces: dos campos estériles, clorhexidina, dos catéteres de distinto calibre, esparadrapo cortado en tiras antes de empezar y pegado por un extremo al borde del carro, un pulsioxímetro, una manta térmica doblada en tres y un vaso de plástico con dos sobres de azúcar al lado.

Y una pera de goma roja, de las de tomar la tensión antiguas, con el tubo cortado.

—¿Y eso? —pregunté.

—Ahora se lo explico —dijo Loreto.

—¿Se ha puesto la vía alguna vez? —preguntó después.

—Me han sacado sangre.

—No es eso.

Me hizo sentarme en la butaca de piel marrón.

Es más baja de lo que parece y tiene el brazo derecho gastado y más claro, con la forma de un antebrazo.

Me subió la manga y me puso el manguito.

Después me pidió que me bajara la cinturilla del pantalón por el lado derecho y me limpió una zona de la ingle con clorhexidina, y ahí fue cuando entendí por dónde iba a ser.

—Femoral —dijo—. En él, digo. En usted es periférica, en el brazo.

—¿Por qué en él la femoral?

—Porque saca quinientos en menos de cuatro minutos y por un brazo no salen.

Fue toda la explicación que hubo antes de empezar, y fue la correcta, porque las demás me las dieron después y ninguna me sirvió para nada.

Él estaba en la camilla, al otro lado, a metro y medio. Se había quitado el jersey y llevaba una camisa vieja con las mangas subidas. Loreto le puso el campo y trabajó deprisa, sin hablarle, y él miró el techo todo el rato, que era exactamente lo que llevaba setenta años haciendo.

—Circuito a treinta y siete —dijo Bran—. Sin heparina.

—¿Sin anticoagulante?

—La heparina degrada el precursor. —Comprobó una llave—. Por eso va corto y caliente y por eso hay que ir rápido. Cuatro minutos desde que sale de él. Si nos pasamos, no se forma nada y hemos tirado la noche.

—¿Y qué pasa conmigo sin anticoagulante?

—Que le va a costar cerrar los puntos de punción. —Ni levantó la vista—. Tenga cuidado esta semana con los cuchillos.

Empezó a las diez y cuatro minutos.

La fase primera dura doce minutos y es lo más parecido a una donación normal que hay en toda la noche, con la diferencia de que el tubo no va de mí a una bolsa: va de él a mí.

Se ve venir. Es un tubo de plástico transparente calentado y se ve el color subiendo por él, y cuando llega al codo se nota la temperatura, que es la de otra persona y no la tuya, y no se parece a nada.

No duele. Es caliente y va despacio y ocupa un sitio dentro del brazo que normalmente no está ocupado por nada.

Loreto miraba el reloj de pared, no el de su muñeca.

—Tres cuarenta —dijo, y Bran cerró.

Y entonces empezó la parte larga, que es la que nadie cuenta.

—Ahora tiene usted que trabajar —dijo Loreto, y me puso una pera de goma en la mano derecha—. Cada quince segundos. Yo le marco.

—¿Cuánto rato?

—Entre cuarenta y cincuenta y cinco minutos. Depende de usted.

Apreté la pera cada quince segundos durante cuarenta y ocho minutos. Loreto llevaba la cuenta en voz baja las primeras diez veces y luego dejó de llevarla porque ya la llevaba yo sola.

Hay una respiración pautada, que es cuatro dentro y seis fuera, y hay dos paseos.

Los paseos son la parte de la que no me acordaba cuando lo redacté todo por la mañana, porque en el protocolo interno vienen en una línea que dice «deambulación asistida, dos series».

Deambulación asistida quiere decir que a la media hora te levantan de la butaca con el brazo puesto, te sujetan por el codo y te hacen cruzar la habitación dos veces con el carro al lado.

Cinco metros para allá y cinco para acá.

Loreto me llevaba del codo con la mano izquierda y con la derecha empujaba el pie de suero, y no me habló.

Yo tenía calor. No fiebre: calor de estar caliente por dentro, en un sitio que estaba a veintiuno. Tenía la boca seca de una manera concreta, como después de correr, y una lucidez rara.

Eso es lo que no me esperaba. Estaba lúcida.

Estaba mareada, sudando y contando de quince en quince, y al mismo tiempo se me ocurrían cosas ordenadas: que había que pedir el expediente por escrito otra vez, que el margen de tres días del pie de página tenía que revisarse, que Nuria Salvat iba a llamar el jueves.

Tomé nota mental de tres asuntos mientras me llevaban del codo por una habitación de cuatro por cinco.

Él seguía en la camilla, con la vía cerrada, mirando el techo.

—¿Está usted bien? —me preguntó, a la mitad.

—Estoy trabajando.

—Ya lo veo.

En el segundo paseo me falló la cuenta. Perdí un quince y me di cuenta a los treinta, y a Loreto no se le escapó.

—No pasa nada —dijo—. Se recupera. Siga.

—¿Y si se pierden muchos?

—Entonces el lote sale corto. —Me sujetó mejor el codo en la vuelta—. Por eso hacemos los paseos: usted se despeja y el brazo trabaja.

Fue una de esas cosas que se dicen a una paciente mareada para que se tranquilice y que después no se te quitan de la cabeza.

—¿Y si alguien no puede? —pregunté—. Si a alguien le da una bajada de tensión y no puede seguir.

—Se para.

—¿Y el lote?

—Se pierde la serie y se repite otro día.

Bran no levantó la vista de la tablilla y dijo, con el tono de quien completa un dato administrativo:

—Se pierde la serie. Si es al principio.

Loreto me llevó de vuelta a la butaca.

Él no volvió a hablar hasta el final.

A las once menos cinco, Bran miró la pantalla y dijo la hora en voz alta para el registro.

—Retorno.

Aquí es donde hay que contarlo despacio, porque es la parte por la que existe todo lo demás.

La sangre no vuelve por el tubo. Se ha probado.

Está en el histórico de la casa, hay tres intentos documentados entre 1955 y 1963, y el precursor se degrada en el plástico y en el aire durante la vuelta, y lo que sale al final no sirve.

La máquina hace la mitad aburrida. La otra mitad no se ha conseguido mecanizar en setenta años y no es por falta de presupuesto.

Loreto me quitó el manguito, me giró la butaca, me bajó el respaldo dos posiciones y me apartó el pelo del cuello con dos dedos, con la naturalidad de quien lleva años haciendo eso mismo.

—Yugular externa —dijo—. Es más rápido y molesta menos que la femoral. La primera vez lo hacemos por aquí.

—¿Y las siguientes?

—Como usted prefiera.

Bran se puso al otro lado del carro con la tablilla. Es un hombre de cincuenta y ocho años y en aquel momento estaba mirando el registro con una concentración que no requería el registro.

Él se levantó de la camilla y se sentó en el taburete que Loreto le había puesto al lado de la butaca, a mi derecha. Tenía peor cara que a las diez.

—Se lo voy a decir una vez —dijo—. Dura entre dieciocho y veinticinco minutos. Va a notar la primera parte y después va a dejar de notarla. Si en algún momento quiere que pare, dígalo y paro. No hace falta que dé ninguna razón.

—Eso lo he escrito yo esta mañana.

—Ya sé que lo ha escrito usted. Se lo digo porque escribirlo y oírlo no es lo mismo.

—Una cosa —dije—. ¿Usted come?

—Perdón.

—Que si esto es comer. Se lo pregunto porque en el protocolo he escrito «retorno» catorce veces y quiero saber si estoy usando la palabra que corresponde.

Bran movió la tablilla.

—Es un ciclo de retorno —dijo—. El material vuelve a la fuente.

—Le he preguntado a él.

Él se pasó la mano por la boca, hacia abajo, una vez.

—Las dos cosas —dijo—. Es lo que me mantiene y es de donde sale su producto. Nunca ha hecho falta separarlo, porque las dos ocurren a la vez y en esta casa siempre se ha llamado retorno. —Miró el carro—. Si quiere que le diga la verdad, prefiero retorno.

—¿Por qué?

—Porque a la otra palabra le hace falta que haya un plato.

Loreto cerró la llave, comprobó la hora en el reloj de pared y se apartó dos pasos.

Duró veintiún minutos.

No voy a describirlo más de lo que hace falta.

Fue una cosa física, larga, en una habitación con luz de techo, con dos personas de pie a tres metros que tenían orden de estar y que se pasaron veintiún minutos mirando una pantalla y una tablilla.

Al principio hubo dolor, del corriente, el de una aguja gruesa sin anestesia.

Después hubo una pérdida de temperatura muy rápida, de dentro afuera, y una especie de sueño con los ojos abiertos.

Lo que recuerdo con precisión es otra cosa. Recuerdo que en el minuto once me acordé de la servilleta de papel doblada en cuatro debajo de los viales, y de que a alguien se le había ocurrido ponerla ahí para que no rodaran, y de que ese alguien no aparece en ningún acta.

Recuerdo también que Bran se puso a rellenar el registro a mano y que se le acabó el bolígrafo, y que buscó otro en el bolsillo de la bata sin hacer ruido, y que aquel fue el sonido más incómodo de los veintiún minutos.

Y recuerdo que él tenía una mano apoyada en el brazo de la butaca, en la parte gastada, y que no me tocó en ningún momento con la otra.

En el minuto diecisiete abrí los ojos y vi a Loreto de pie junto a la pantalla, mirando la pantalla, con las manos cruzadas por delante.

Llevaba así desde el principio. Es la postura de un funeral y en aquella habitación era, además, la única postura profesional disponible: en el protocolo que escribí yo por la mañana pone que los testigos permanecen presentes durante toda la serie, y no pone dónde tienen que mirar.

Eso lo corregí al día siguiente. Es lo único de aquel protocolo que corregí.

Cuando terminó, Loreto me puso la manta térmica y me subió el respaldo, y me dio un vaso de agua con azúcar que estaba demasiado dulce y me lo bebí entero.

Él volvió a la camilla y se tumbó, y Bran le puso la vía otra vez.

—¿Qué hacen? —pregunté.

—El aspirado —dijo Loreto.

Entre quince y veinte minutos después del retorno se le extraen a él entre sesenta y ochenta mililitros. De ahí sale el factor. Se estabiliza en frío, se guarda, y cuando hay nueve se agrupan y se fracciona.

De ahí, y solo de ahí.

—¿De mí no sale nada? —pregunté.

—De usted no sale nada —dijo Bran—. Usted es donde ocurre.

Lo dijo sin ninguna intención. Estaba anotando el volumen del aspirado y llevaba desde las diez de la noche de pie, y era, además, la explicación exacta.

Estuve mirando aquel tubo pequeño, que era el único de toda la habitación que iba a salir por la puerta.

Yo había leído la palabra donante cuatrocientas veces en seis años. Está en el nombre del programa, está en la cláusula séptima, está en los contratos que firmé en marzo de 2020 y está en el epígrafe de gastos del libro mayor que firmo cada trimestre.

Yo no había donado nada. Lo que había hecho durante hora y media era ser el sitio donde aquello ocurría.

Loreto me acompañó hasta el ascensor y me dijo que no condujera hasta que se me pasara, y que si me encontraba mal parara en el área de servicio del kilómetro cuarenta y uno, que está abierta toda la noche.

—¿Se lo dice a todos? —pregunté.

—Se lo digo a todos.

—¿Y paran?

—Algunos. —Sujetó la puerta del ascensor con el pie—. Hay que comer algo dulce antes de una hora. Si mañana tiene fiebre, es normal. Si le dura más de dos días, me llama a mí y no a dirección.

Le pregunté por qué a ella y no a dirección.

—Porque dirección le va a decir que es normal —dijo, y quitó el pie.

Salí de la clínica a las dos menos veinte.

En el aparcamiento me senté en el coche y no arranqué.

Tenía el brazo con dos apósitos, la ingle sin nada porque a mí no me habían pinchado ahí, un hematoma que a esa hora todavía no era nada y que a los tres días me llegaba de la cadera a media pierna, y un mareo que me duró hasta el martes por la tarde.

Vomité dos veces, la primera en el aparcamiento y la segunda en mi casa, y tuve treinta y siete y dos durante treinta y seis horas.

Paré en el área de servicio del kilómetro cuarenta y uno.

Compré un batido de chocolate en la máquina porque era lo único dulce que quedaba y me lo bebí de pie, al lado del coche, mirando dos camiones aparcados.

Me acordé de que Loreto se lo dice a todos y de que a todos quiere decir a once personas que llevan años bajando a esa habitación y que también han estado ahí de pie, a las dos de la mañana, con un batido en la mano.

No sé por qué eso fue lo que me sentó mal. No lo de dentro: lo de la máquina.

Y estaba a las dos de la mañana en un aparcamiento de la sierra, en junio, con la ventanilla bajada.

Bajé la ventanilla porque me sobraba la manta térmica que me había traído puesta sin darme cuenta, y luego me quedé un rato con el brazo fuera.

En la sierra, a las dos de la mañana y en junio, hace catorce grados. Yo siempre he tenido frío. Llevo chaqueta en agosto y en mi despacho hay un radiador eléctrico que enciendo en mayo y que mi madre me ha comprado tres veces porque se me estropean.

No tenía frío.

Al día siguiente, a las once de la mañana, Bran me mandó el parte de la primera serie con el asunto bien puesto y una línea al final que decía: «Rendimiento de la serie 1 por encima de la media histórica. Se registra».