Capítulo 6
El sábado a las diez de la mañana el edificio de la sierra tiene doce personas dentro y suena distinto. Se oyen los conductos.
Bran me había mandado a las ocho las siete fichas con las estimaciones actualizadas, cada una en su pdf, con el nombre del archivo bien puesto, que es su manera de decir que ha estado trabajando y que le fastidia.
Yo tenía cuatro dosis y siete nombres y me pasé la mañana buscando una manera de que eso no fuera una decisión.
Es un criterio limpio. Se explica en una frase, no distingue por edad, ni por antigüedad, ni por lo que cada uno haya pagado, y cualquiera que lo lea entiende que no hay favor. Lo puse en un documento y lo dejé abierto.
Después abrí las siete fichas, que era lo que llevaba tres días sin hacer.
Hasta aquel sábado, para mí las fichas eran una fuente. Se abren para comprobar una fecha, se cierra la pestaña y se sigue. Tienen ocho pestañas y en la última hay un campo que se llama «notas de dirección» y que casi siempre está vacío.
La del paciente 8 no lo estaba.
Fermín Olabarri, ochenta y un años, alta en 2007.
Editor. En el campo de notas, alguien había pegado en 2019 el enlace de una columna suya y una línea explicando por qué se pegaba: la columna hablaba de la dictadura del bótox y de la ridiculez de las mujeres que se niegan a envejecer, y en la casa se había planteado si convenía o no que un paciente del programa publicara eso.
Se resolvió que no había inconveniente. La nota la firmaba mi madre.
Cerré la pestaña y abrí la siguiente. Es lo que hay que hacer cuando quedan seis fichas y son las once y media de la mañana.
Después le añadí el margen.
Las fechas de esa columna son estimaciones con tres días arriba o abajo y hay pacientes cuya estimación vale más que la de otros.
Los que llevan más administraciones registradas tienen la horquilla más estrecha, porque el sistema aprende de cada rebote anterior.
La de Sierra tiene dos días. La de Roig tiene cuatro y medio, porque en 2019 estuvo dos años en otro centro y esos datos no están.
Con el margen aplicado, la lista no se movía. Movía las horas, no los nombres.
Y a la una de la tarde añadí el tercer factor, que fue el que hizo el trabajo.
Una dosis administrada cuando el rebote ya ha empezado detiene la caída, pero no devuelve lo que se ha perdido mientras caía.
Está en el apartado seis del protocolo clínico y lleva ahí desde 2011, y significa que la misma dosis no vale lo mismo en dos personas distintas.
En alguien que lleva ocho días deteriorándose compra una parada.
En alguien que todavía no ha entrado compra un mes entero de la persona que era.
La ficha de Aníbal Roig da un rebote estimado de ocho días. Su fecha, el dieciséis, es el final de una cuesta que empezó el ocho.
Lo comprobé tres veces. Abrí las siete fichas, apunté a mano en un folio la duración estimada de cada rebote y la fecha de caducidad de la última dosis, y las ordené por lo que quedaba por conservar. Me salió lo mismo las tres veces.
Roig salía.
Y quedaba una dosis libre.
Aquí es donde tengo que explicar lo que hice, porque lo que hice tiene una explicación técnica y la explicación es buena.
El lote nuevo, si empezaba el lunes y salía sin un solo incidente en veintisiete días, estaría en cámara el tres de julio a las once y media de la mañana.
Esa es la proyección. Está calculada sobre nueve series cada setenta y dos horas, cuarenta y ocho horas de recuperación mínima y doce horas de fraccionamiento, y no admite un solo día de retraso.
Yo llevaba desde el lunes viendo cómo funciona esta casa cuando algo se tuerce.
Tarda ocho días en contestar un correo. Manda una analítica a las once de la noche con el asunto en blanco.
Y su producción depende de que un hombre de la planta menos dos no cambie de opinión durante veintisiete días seguidos.
Una proyección así se reserva. Se guarda una dosis para el extremo del calendario, para el nombre que cae después de la fecha proyectada, porque ese es el que se queda sin nada si la proyección falla por dos días.
El nombre que cae después de la fecha proyectada es el cinco de julio.
El cinco de julio es la paciente 1.
Redacté la adjudicación el domingo por la mañana. Ocupa una página y media. Los tres criterios van numerados y explicados, con la remisión al apartado seis, y debajo hay una tabla de siete filas y dos columnas, y al pie la nota de siempre sobre el margen de tres días.
Llamé a Bran a las diez para preguntarle si el apartado seis se sostenía.
—Se sostiene —dijo—. Es lo único de ese protocolo que hemos comprobado en gente.
—¿Cuántos casos?
—Once. Todos entre 2009 y 2015, todos con rebotes de menos de cuatro días, y todos se estabilizaron.
—Se oía la televisión de fondo, y a alguien pequeño hablando—.
Lo que no tenemos es un caso de ocho días.
Si Roig entra en rebote el ocho y le ponemos algo el dieciséis, no sé decirle qué le devuelve.
—Es decir, que puede que le devuelva bastante.
—Puede. —Bajó la televisión—. Helena, si me pregunta si su criterio es defendible, le digo que sí. Si me pregunta si es verdad, le digo que no lo sabemos.
Le di las gracias y colgué antes de que me preguntara para qué se lo preguntaba.
Firmé arriba, en la casilla de la izquierda, donde va la fecha.
Y firmando la de abajo me di cuenta de que el tercer criterio era el último que había añadido.
Los dos primeros los tenía a las once de la mañana del sábado.
El tercero se me ocurrió a la una de la tarde, después de comer un sándwich de la máquina, y es el único de los tres que necesita remitirse a un apartado de un protocolo interno para sostenerse.
Es el más técnico de los tres. Es el que dice que Aníbal Roig sale y que hay una dosis libre para el extremo.
Estuve con el bolígrafo encima del papel el tiempo que se tarda en pensar tres cosas.
La primera fue que el criterio era bueno. Lo sigue siendo. Cualquiera de los tres se defiende solo y los tres juntos se defienden mejor, y si mañana me sientan delante de un juez con esa hoja, la sostengo.
La segunda fue que tenía dos maneras de quitar a la paciente 1 de esa lista.
Podía suprimir el tercer criterio, y entonces entraba Aníbal Roig y la reserva desaparecía y la proyección del tres de julio se convertía en una apuesta sin red para tres personas.
O podía dejar el tercer criterio y aplicar la reserva al siguiente nombre por el extremo, que es Sagrario Toledano.
El tres de julio. Exactamente la fecha de la proyección, y por lo tanto el peor sitio posible donde poner una reserva.
Las dos maneras tienen un nombre técnico y las dos consisten en cambiar la regla después de haber visto el resultado.
La tercera fue que si lo cambiaba, también estaría eligiendo. Y que estaría eligiendo peor, porque estaría eligiendo sabiendo a quién quitaba y por qué me convenía quitarlo.
Firmé.
A la una y media me llamó mi madre.
—Ha venido el del gas —dijo—. Era el presostato. Le he pagado yo y ya está.
—Te lo ingreso mañana.
—Ingrésamelo cuando te acuerdes. —Se oyó una silla—. ¿Has repartido ya?
—Esta mañana.
—¿Cuántos se quedan fuera?
—Tres.
Hubo dos segundos de nada, que en una llamada son largos.
—Vale —dijo—. Come algo.
No me preguntó cuáles. No me preguntó si estaba ella, ni preguntó por Sierra, que lleva quince años saludándola en el pasillo, ni por Amelia Pardo, que le manda un turrón por Navidad. Preguntó cuántos.
Yo tampoco se lo dije, y no se lo dije por la misma razón por la que ella no lo preguntó: las dos sabíamos que si se decía en voz alta ya no se podía volver a guardar.
A media tarde bajé con la adjudicación y con el impreso de restricción alimentaria, que seguía en la carpeta porque no había encontrado el momento de devolverlo al cajón.
—Empezamos mañana —dije—. Nueve series. Cada setenta y dos horas. La primera, lunes a las diez de la noche.
—¿Y las tres cosas?
—El expediente del lote lo he pedido esta mañana. Del acuerdo no le puedo decir nada todavía porque no sé ni por dónde empezar a buscarlo.
—Por la sierra.
—Eso es lo único que sé.
Asintió. Después miró la carpeta.
—¿Qué trae ahí?
Le di la adjudicación porque no se me ocurrió ninguna razón profesional para no dársela, que es distinto de decir que hice bien.
La leyó entera. Los tres criterios, la remisión al apartado seis, la tabla, la nota al pie. Tardó lo suyo. Leía con las gafas puestas y el papel levantado, a la distancia a la que lee la gente que empezó a necesitar gafas hace mucho y nunca ha ido a que se las gradúen otra vez.
En la fila cinco puso el dedo un momento y siguió.
La fila cinco es la de Fermín Olabarri. Veintiséis de junio, sin dosis.
Me devolvió el folio.
—Está bien redactado —dijo.
—¿Eso es todo?
—Me ha preguntado usted si eso es todo. —Se quitó las gafas—. Yo le he dicho que está bien redactado. Es lo más que le puedo decir de un papel que reparte cuatro dosis entre siete personas.
—Le he enseñado la lista para que me diga si hay algo que se me escapa.
—No se le escapa nada. —Dobló las patillas—. Se le escapa lo mismo que a mí, que es la parte que no está en el papel.
—¿Cuál?
—Que en dos semanas usted va a saber por qué salió corto el trescientos treinta y uno. —Dejó las gafas encima del libro, alineadas—. Y entonces esta hoja le va a parecer otra cosa.
—¿Me está diciendo que hay algo en ese expediente?
—Le estoy diciendo que lo pida entero y que lo lea entero.
Es la segunda vez que se lo digo y no se lo voy a decir una tercera.
—Se levantó y fue al fregadero de la esquina—.
Si se lo digo yo, usted baja mañana y me pregunta si es verdad, y yo le digo que sí, y usted no me cree, porque soy la parte interesada y llevo tres días negándome a producir. Y hace bien en no creerme.
—¿Y si lo leo yo?
—Si lo lee usted, no va a tener que creer a nadie.
Abrió el grifo y aclaró el vaso, y estuvo aclarándolo más tiempo del que necesita un vaso.
—Una pregunta más —dije—. ¿La fila cinco?
—¿Qué le pasa a la fila cinco?
—Se ha parado usted en ella.
—Me he parado en varias.
Era mentira y las dos partes de aquella habitación sabíamos que era mentira, y aun así no había manera de convertirlo en nada, porque a un hombre no se le puede pedir explicaciones por dónde ha puesto el dedo.
Subí a las ocho.
Ya en el coche, con el motor puesto y sin arrancar, releí la nota al pie, que es una línea en cuerpo ocho que dice que las fechas de colapso son estimaciones con un margen de tres días.
La escribió Julián Nadal en 2008 para proteger a la casa de una reclamación.
Tres días arriba o tres días abajo, en siete filas, son cuarenta y dos días de margen repartidos entre siete personas, y yo acababa de repartir cuatro dosis con una precisión que aquel pie de página desmentía entero.
Lo dejé como estaba. Es la fórmula de la casa y quitarla habría sido un cambio de criterio, y un cambio de criterio a las ocho de la tarde de un domingo, con la firma ya puesta, no lo hace nadie.
Mandé la adjudicación a las ocho y veinte, a dirección médica y a enfermería, con copia a la presidencia.
Bran acusó recibo a los seis minutos, con una palabra.
Mi madre no acusó recibo.