Capítulo 5
—Trae usted dos papeles —dijo—. ¿Cuál me va a leer?
Estaba en la mesa, con la lámpara encendida aunque no hacía falta, y con un cuaderno cuadriculado abierto por una página en blanco. La televisión estaba apagada. Era viernes y en la sierra todavía había luz para dos horas.
—Traigo tres.
Los puse encima de la mesa, uno al lado de otro. El impreso de restricción alimentaria, sin firmar. La analítica del trescientos treinta y uno con la respuesta de Bran grapada. Y una hoja mía, con cuatro puntos, que era lo que yo había preparado para aquella tarde.
Miró los tres desde donde estaba, sin tocarlos, del revés.
—Empiece por el suyo.
—Le propongo cuatro cosas —dije—. Una: adelantar el calendario y hacer el ciclo con el sistema de siempre.
Dos: revisar el protocolo de traslado, que es donde Bran cree que está el problema.
Tres: que usted supervise el circuito, si quiere, con acceso al parte de cada serie.
Y cuatro: que se me traslade por escrito cualquier cosa que necesite y yo le doy respuesta en cuarenta y ocho horas, con firma.
—¿Eso último qué es?
—Un canal.
—Un canal. —Se echó atrás en la silla—. Llevo setenta años pidiendo cosas de viva voz y llevo setenta años oyendo que se van a mirar. Me ofrece usted que ahora se miren por escrito.
—Le ofrezco que quede constancia.
—De lo que le pido a usted.
—Sí.
—Ya. —Cogió el bolígrafo—. ¿Y de lo que le pido a la casa?
No tenía respuesta y no se la di.
Abrió el cuaderno por la página en blanco y escribió durante un rato largo. Escribía despacio, con la mano entera apoyada, y se paraba a mitad de frase y volvía atrás a corregir. Le vi tachar dos veces y reescribir encima.
Yo, mientras tanto, miré la estantería, y en la balda de abajo, tumbados, había cuatro tomos de una colección de legislación sanitaria con el lomo blanco. El último era de 2019.
—Tres cosas —dijo, y giró el cuaderno hacia mí sin arrancar la hoja.
Estaba numerado. Cada punto llevaba su párrafo y los párrafos no tenían adornos.
—Primera —leyó en voz alta, aunque yo lo estaba leyendo—. El acuerdo original.
—El instrumento de mil novecientos ochenta y ocho lo tengo yo.
—El de mil novecientos ochenta y ocho es el que hay. El original es otro. —Puso el dedo en la línea—. Usted lo leyó anteayer y anteayer se paró en la primera cláusula. Lo sé porque cuando bajó ayer traía la carpeta con una pestaña puesta donde no la tenía el día anterior.
Me quedé quieta.
—Consta acreditada desde el año mil novecientos cincuenta y cuatro —siguió—. Una escritura que se remite a un título anterior dice cuál. Fecha, otorgantes, notario y número de protocolo. Esa no lo dice. Y no lo dice porque quien la hizo sabía perfectamente lo que estaba sustituyendo.
—¿Existe?
—Existe. Lo firmé yo.
Nadie firma un documento en 1954 y sigue vivo para hablar de él sin que eso obligue a hacerse otra pregunta. Yo llevaba tres días sin hacérmela porque llevaba tres días teniendo cosas más urgentes que hacer, y aquella tarde tampoco la hice, y esa es toda la explicación que puedo dar.
—¿Y para qué lo quiere?
Fue la primera pregunta de aquella tarde que le hizo pararse.
—Usted cree que lo quiero para salir de aquí —dijo.
—Es lo que creería cualquiera.
—Pues no. Podría salir hoy. La puerta no tiene cerradura y el ascensor lo abre la tarjeta de Bran, que es la que usted lleva en el bolso desde el miércoles y que se le ha olvidado devolver.
—Esperó un segundo, para que yo comprobara que sí—.
Salí en el sesenta y nueve y volví a los once días.
Salí en el noventa y uno y volví a los cuatro.
—¿Por qué volvió?
—Porque fuera no soy nadie. —Se acomodó en la silla—.
Y no lo digo en el sentido en que lo dice la gente.
Lo digo en el registral. No puedo alquilar una habitación, ni abrir una cuenta, ni ir a un ambulatorio, ni comprar un billete de tren con nombre.
Un hombre sin papeles que además necesita lo que yo necesito cada pocas semanas dura fuera lo que tarda alguien en hacerle una pregunta.
—Entonces lo que quiere es la identidad.
—Lo que quiero es existir en un registro. —Se encogió de hombros—. Es una ambición pequeña y me ha costado setenta años reducirla a eso.
—¿Y ese acuerdo se la da?
—Ese acuerdo dice lo que se me prometió a cambio, y dice cuándo vencía. —Volvió a poner el dedo en la línea—. Lo demás lo tendrá que hacer usted.
—¿Y dónde está?
—Si lo supiera no se lo pediría a usted.
—Volvió al cuaderno—. Segunda. El expediente íntegro del lote trescientos treinta y uno.
Íntegro. No el resumen de producción, no la analítica.
Todo: el calendario, las nueve series, la cadena de custodia, los partes de cada noche, las incidencias si las hubo y las firmas de quien estuvo.
—Eso puedo pedirlo mañana.
—Pídalo. —Se lo pensó—. Y cuando se lo den, léalo entero. No hojeado. Entero.
—¿Por qué?
—Porque llevo tres días esperando a que alguien de esta casa me pregunte por ese lote y usted es la primera que ha bajado, y ni siquiera ha bajado por eso. —No lo dijo con reproche. Lo dijo con la misma voz con la que había dicho lo de los boletines—. Ha bajado a que le adelante el siguiente.
—Tercera —leí yo.
—Tercera. —Se quedó con el bolígrafo en la mano—. Las nueve series las hace usted.
En el cuaderno, el tercer punto tenía tres líneas y una coma en un sitio que yo no habría puesto. Decía: nueve intercambios completos, consecutivos, con la señora Vives como única donante, sin sustitución en ninguna de las series.
—Eso no es posible.
—Es posible. Es lo que no se hace.
—El límite de esta casa son tres por donante. Está en los contratos del programa.
—Está en la cláusula séptima —dijo—. Tres consecutivos y nueve días de recuperación. Lo escribió su madre en 2011 y lo escribió bien.
—¿Y entonces por qué me pide nueve?
—Porque se lo estoy pidiendo a usted y usted no es del programa. —Dejó el bolígrafo encima del cuaderno, alineado con el borde—. Usted no tiene contrato de acompañamiento. No tiene cláusula séptima. No tiene turno, ni ficha, ni código. Puede hacer nueve porque nadie ha escrito nunca que no pueda.
Aquello era exacto y lo era en el peor sentido: era exacto en derecho.
—¿Qué pasa después de tres?
—Después de tres, si se para nueve días, no pasa nada. Se elimina y se vuelve al principio. Por eso se paran a los tres. —Se pasó la mano por la barbilla—. En el cuarto empieza otra cosa. Es reversible, pero necesita los nueve días enteros, no cinco, no siete. Nueve.
—¿Y en el séptimo?
—¿Y si empiezo y lo dejo en el tercero?
—Entonces se para nueve días, se elimina y no ha pasado nada. Y yo tengo tres series y me faltan seis, y usted me trae a otra persona.
—Podría traérsela.
—Podría. —No pareció que le molestara—. Y yo la haría, porque a mí lo que me importa es que exista un lote. Pero entonces esta conversación no habría servido para nada, y usted habría hecho tres noches para nada, que es la peor manera de hacer tres noches.
—¿Y en el séptimo?
—En el séptimo ya no.
Lo dijo igual que había dicho lo del rendimiento y lo de los boletines, sin apoyarse en ninguna palabra.
—¿Ya no qué?
—Ya no se vuelve. —Cogió el vaso, comprobó que estaba vacío y lo dejó otra vez—.
No le voy a explicar más de lo que necesita para decidir.
Si le explico la fisiología entera vamos a estar aquí hasta las once y usted se va a ir a su casa creyendo que ha entendido algo.
Lo que tiene que entender esta noche son dos números. Cuatro y siete.
—Yo no soy donante.
—No. Usted es la persona que firma que otros lo sean.
Estuve un rato mirando el cuaderno. No las líneas: la letra. Era pequeña, inclinada, de las que se aprendían con plumilla, y estaba escrita con una regularidad que no tenía nada que ver con la mano temblorosa de un hombre que necesita apoyarse en la mesa para levantarse.
—Vamos a hablar de la tercera —dije.
—Hablemos.
—¿Qué necesita usted realmente? Porque nueve series suyas con una donante nueva no le dan a usted nada que no le den tres con tres. El lote sale igual.
—El lote sale igual.
—Entonces lo que me está pidiendo no es el lote.
—No.
—¿Qué es?
—¿Y si le digo que no?
—Entonces no hay lote.
—Hay cuarenta y siete personas.
—Cuarenta y siete personas que llevan ahí arriba una media de once años y a las que su familia les vende esto por el precio que usted me ha dicho antes. —Ni levantó la voz ni la bajó—. Yo no las he metido. Yo llevo setenta años debajo de ellas.
—Y si no hay lote, se mueren.
—Se mueren siete antes del cinco de julio y el resto en agosto. —Hizo una pausa exacta—. Yo también, un poco después. A mí no me da de comer la caridad de nadie: me da de comer el mismo circuito que produce sus dosis. Si esto se para, se para para los dos lados.
—¿Y aun así se para?
—Aun así me he parado. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Es lo único que se puede hacer desde aquí abajo, y solo se puede hacer una vez. Si me equivoco de semana, no vuelvo a tener otra en treinta años.
—Tiempo. —Se apoyó en el respaldo—. Nueve series con la misma persona son veintisiete días con esa persona bajando aquí cada setenta y dos horas. Tres con tres son veintisiete días con tres personas que no se conocen entre ellas y que no me van a preguntar nada.
—Puede pedirme veintisiete días de conversación sin pedirme lo otro.
—Puedo. Y usted vendría tres veces y luego dejaría de venir, porque tiene un despacho, una hija de una muerta que la llama de madrugada y cuarenta y siete personas con fecha.
—Se inclinó un poco hacia delante—. Con la vía puesta no se va usted a ninguna parte.
Es una manera fea de decirlo y no tengo otra.
Le ofrecí dinero. No fue exactamente dinero: le ofrecí lo que se ofrece cuando ya no se te ocurre nada, que es un aumento de lo que ya has ofrecido.
Le dije que podíamos revisar todo lo suyo, las condiciones de la planta, el material, el acceso a lo que quisiera, un régimen de visitas de fuera si hacía falta articularlo, y que eso podía negociarse esa misma semana.
Me dejó terminar otra vez.
—Señora Vives, ¿usted sabe cuánto vale una dosis?
—Sé lo que se factura.
—Dígame la cifra.
Se la dije.
—Multiplíquela por cuarenta y siete y por trece lotes al año.
—Ni se movió—. Esta casa lleva treinta y siete años ingresando eso.
Yo no tengo cuenta. No puedo abrirla, porque para abrirla hace falta un documento de identidad y el mío se canceló el doce de noviembre de mil novecientos cincuenta y cuatro.
—Señaló las gafas encima del libro—. Esas están en el inventario porque las compró administración.
Todo lo que usted me ofrezca lo va a comprar administración.
—Entonces dígame qué quiere de verdad.
—Ya se lo he escrito. —Giró el cuaderno hacia sí—. Las tres cosas son la misma cosa vista tres veces. Y me hacen falta en ese orden.
—Una cosa más —dijo—. Lo del canal.
—¿El punto cuatro?
—Ese. Voy a usarlo ahora, para ver si funciona. —Arrancó media hoja del cuaderno y escribió cuatro palabras—. Petición número uno.
Me la dio. Ponía: «Cortauñas. Se pide desde 2019».
—¿Esto es en serio?
—Cuarenta y ocho horas y con firma. Lo ha dicho usted.
—Se lo puedo traer yo mañana.
—No. —Dobló el cuaderno—. Si me lo trae usted en el bolso, es un favor suyo. Y los favores se acaban cuando la persona se cansa. Lo que yo quiero saber es si esta casa puede comprarme un cortauñas por escrito.
Lo pedí el lunes por correo a administración, con copia a mi madre. Llegó al cabo de nueve días, con su albarán y su número de inventario pegado en el mango.
Le pedí la hoja.
Arrancó la página por la línea de puntos, la dobló en dos y la dobló otra vez, y me la dio con las dos manos, que es como se da un documento y no como se da un papel.
—Una última cosa —dije—. Si mañana bajo con las tres aceptadas, ¿qué pasa el martes?
—El martes no pasa nada. El martes se descansa.
—¿Y el miércoles?
—El miércoles tampoco. La segunda es el jueves.
—Se levantó por fin, apoyándose—. Las cuentas las tiene usted, señora Vives.
Nueve series cada setenta y dos horas son veinticinco días de trabajo y doce horas de fraccionamiento.
Si empieza el lunes y no falla ni un día, el lote está en cámara el tres de julio a media mañana.
Yo lo había calculado esa misma tarde, en el coche, antes de bajar. Me salió lo mismo.
Es una cosa rara oír una cifra tuya en boca de alguien que no ha visto tu hoja.
La abrí ya en el ascensor.
Debajo del tercer punto, después del párrafo, había una línea añadida con otra tinta, más apretada, escrita seguramente mientras yo miraba la estantería.
Decía: nueve, seguidos, usted.