Perpetua Capítulo 4
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Capítulo 4

Son tres folios. El primero es un impreso con los datos del activo y la duración solicitada.

El segundo es un informe de la dirección médica que justifica la medida en «reiterada falta de colaboración en el procedimiento».

El tercero es una hoja de seguimiento con una fila por día y una casilla para la temperatura.

Los primeros doce días están rellenos con la misma letra. Del trece al veinte, con otra. Del veintiuno en adelante hay días en blanco.

La casilla del veintinueve está tachada, con una raya sola, y debajo alguien escribió a bolígrafo: «reanuda».

Estuve toda la mañana buscando otra cosa.

Busqué una obligación exigible. Repasé el instrumento de 1988 cláusula por cláusula, con el bolígrafo en la mano, marcando en el margen lo que era declarativo y lo que era dispositivo.

La cuarta cede. La quinta describe el objeto.

La sexta habla de custodia y conservación, y está redactada con los verbos del lado de la clínica: se conservará, se destinará, se someterá.

La novena remite a un anexo de condiciones técnicas que no está.

En once folios no hay un solo verbo cuyo sujeto sea él.

La primera cláusula es la que más veces he citado en seis años y nunca me había parado en ella:

«Objeto. Constituye el objeto del presente instrumento la cesión, con carácter perpetuo e irrevocable, del material biológico de origen humano identificado en el expediente interno bajo la referencia 001, cuya procedencia consta acreditada desde el año 1954».

Cuya procedencia consta acreditada desde el año 1954.

Consta acreditada dónde. En qué. Una escritura de 1988 puede remitirse a un título anterior y decir cuál es: fecha, otorgantes, notario, protocolo.

Esta no se remite a nada. Dice que consta, y quien lo redactó era bueno, porque «consta acreditada» no es una mentira comprobable: es una afirmación sin destinatario.

Marqué la línea con una raya doble en el margen y seguí.

Llamé al archivo y pregunté qué había anterior a 1988.

—Anterior a la escritura no hay casi nada aquí —dijo la archivera—. Lo del sanatorio está en la sierra, en la casa vieja. Ingresos, historias clínicas, esas cosas.

—¿Digitalizado?

—Lo de después del noventa y cuatro. Lo de antes está en cajas. —Se oyó un teclado—. Si quiere le pido que le abran, pero le aviso de que son unos cuarenta metros lineales y no hay índice.

Le dije que ya la llamaría.

Antes de colgar me acordé del cajón.

El informe está en una carpeta de gomas azules, sin rotular, y son once páginas grapadas por la esquina, impresas a una cara, con el interlineado que sale por defecto.

No tiene membrete, ni número de registro, ni firma.

En la primera línea pone: «Reevaluación del programa de mantenimiento. Documento de trabajo».

La página siete es la que importa y lo sé porque es la única que he releído más de dos veces en seis años.

Dice que la interrupción del tratamiento no devuelve al paciente a su estado previo.

Dice que la dependencia deja de ser reversible a partir de la tercera dosis.

Y dice, en el último párrafo, que el programa no admite un cierre ordenado: que cualquier suspensión, escalonada o no, produce el mismo resultado en todos los inscritos.

Debajo, alguien había escrito a mano: «No conclusivo. Faltan casos».

La primera vez que lo leí, en noviembre de 2020, me pasé una tarde entera buscando la manera de convertir aquello en una decisión.

No la encontré. Un informe sin firmar y sin registrar no obliga a nada, y once páginas que dicen que no se puede parar no son una base para parar.

Lo metí en la carpeta de gomas y me dije que hacía falta contrastarlo.

Han pasado seis años y sigo sin haber pedido el contraste.

Cerré el cajón y me lavé las manos, porque el papel viejo deja un tacto en los dedos que no se va frotándolos contra la falda.

A las once me llamó mi madre al fijo, que es lo que hace cuando no quiere que quede en el móvil.

—¿Bajaste ayer?

—Sí.

—¿Y?

—Dice que no.

Oí cómo dejaba una taza en un plato.

—¿Te ha pedido algo?

—Todavía no.

—Cuando te lo pida, no se lo des el mismo día. —Sonaba como si estuviera haciendo otra cosa a la vez, y probablemente la estaba haciendo—. Y no bajes a las siete. Baja a las cinco, que a las siete lleva desde las tres solo y se pone a hablar.

—¿Tú bajas?

—Yo ya no —dijo, y colgó.

A las doce y media me llegó el correo de Bran con el asunto en mayúsculas: ANALÍTICA LOTE 331 — REVISADA.

Cortisol y catecolaminas por encima del rango en las tres últimas series. Coagulación irregular a lo largo de todo el lote. Y una línea al final, en negrita: «No se detectan contaminantes externos. Compatible con muestra mal conservada durante el ciclo».

Le contesté preguntando qué quería decir mal conservada.

Me contestó a los cuatro minutos: «Frío del carro, tiempos de traslado, temperatura de sala. Se está revisando el circuito».

Se está revisando el circuito.

Le pregunté si eso explicaba las tres últimas series y no las seis primeras. Tardó veinte minutos y contestó que el circuito se degrada por uso y que el efecto es acumulativo. Es una respuesta razonable. La imprimí, la grapé a la analítica y la metí en la carpeta del lote.

Bajé a las siete.

Estaba viendo la televisión. Un concurso de sobremesa que ponen a esa hora y que llevaba media hora empezado, con el volumen bajo. Lo quitó cuando me vio en la puerta y no dijo nada de haberlo estado viendo.

—Traigo una pregunta —dije.

—Siéntese.

Me senté en la de plástico. Él seguía en la de escritorio y tenía delante una taza con una infusión que no se había tomado.

—¿Por qué no produce?

—Porque necesito tres cosas y esta es la primera vez en setenta años que tienen ustedes prisa. —Se lo pensó—. Lo he dicho mal. Prisa han tenido otras veces. Es la primera vez que no pueden esperarme.

—Los cuarenta y siete pacientes tampoco pueden.

—Cuarenta y siete personas —dijo—. Prisa tienen ustedes. Ellos tienen fechas.

Saqué el impreso.

No lo saqué para amenazarlo. Lo saqué porque llevaba desde las nueve de la mañana con él en la carpeta y porque quería que hubiera un papel encima de la mesa que negociara en mi lugar. Es lo que hago. Es lo que he hecho siempre.

Lo miró desde donde estaba, sin cogerlo.

—Restricción alimentaria —leyó, del revés, que es como se leen las cosas cuando llevas media vida al otro lado de una mesa—. Léame el primer párrafo.

—Ya sabe lo que dice.

—Léamelo usted.

Lo leí.

—«Vista la propuesta de la dirección médica, se autoriza la restricción alimentaria del activo cero cero uno por un período de veintiún días, prorrogables, con seguimiento diario y suspensión inmediata en caso de deterioro relevante».

—¿Quién autoriza?

Volví a mirar el folio. Arriba estaba el membrete. Abajo, tres líneas de firma con tres cargos debajo. En medio, catorce líneas de texto.

En ninguna de las catorce había un sujeto.

—Se autoriza —dije.

—Se autoriza. —Cogió la taza y la dejó otra vez sin beber—. Yo he estado tres veces debajo de una frase así. Ninguna de las tres me la firmó nadie. Todas se autorizaron solas.

—El del noventa y seis lo firmó Julián Nadal.

—Julián Nadal firmó donde ponía conformidad. —Se levantó, otra vez con las dos manos en la mesa, y fue hasta la estantería—. La conformidad no autoriza. La conformidad acompaña. Se lo digo yo, que estuve veintinueve días acompañado.

—¿Veintinueve? El impreso dice veintiuno.

—El impreso dice veintiuno prorrogables. —Sacó un tomo, miró el lomo y lo volvió a meter—. La prórroga no lleva impreso. Se pone a mano en la hoja de seguimiento.

La hoja de seguimiento la tenía yo en la carpeta, con la raya del día veintinueve y el «reanuda» debajo. No la saqué.

—Cuarenta días es lo que hay antes del letargo —siguió—.

Del letargo se sale con una serie. Su abuela lo comprobó y su madre lo heredó, y las dos llegaron a la misma conclusión: que quitarme la comida no es rentable, porque el que no come tampoco produce y al final se pierden dos meses. Lo hacen igual.

—¿Por qué?

—Porque es lo único que se puede hacer. —Se volvió—. La gente que administra necesita tener algo que administrar. Cuando no queda nada, administra el hambre de alguien.

—¿Y en el sesenta y dos quién lo administraba?

—Su abuela.

—¿Y aguantó usted por algo?

—Aguanté porque en el sesenta y dos todavía creía que se estaba cumpliendo un plazo. —Volvió a la mesa y se sentó—. En el ochenta y uno aguanté por costumbre. Y en el noventa y seis aguanté porque ya sabía que aguantar era lo único que les molestaba.

Le pregunté qué había pasado el día veintinueve.

—Vino su madre y dijo que ya estaba bien. —Se quedó pensando—. No lo dijo por mí. Es que en el noventa y seis había once pacientes y dos venían de Alemania.

Le pregunté si eso lo sabía porque estaba delante o porque lo había leído.

—Estaba delante. —Enderezó la taza en el plato, un centímetro, sin necesidad—. Yo estoy delante de todo lo que pasa en esta casa por debajo de la planta baja. Es lo que hay en el sitio donde me tienen.

Me quedé con el impreso en la mano.

Podía firmarlo. Tenía la facultad, tenía el precedente del noventa y seis, tenía cuarenta y siete personas, cuatro dosis y siete fechas, y tenía a mi favor que en veintiún días, o en menos, aquel hombre iba a decidir que producir era mejor que no producir.

El instrumento de 1988 me amparaba. La dirección médica firmaría el informe sin que hiciera falta pedírselo dos veces. Y el acta la redactaba yo.

Y estaba el detalle de que esta vez me tocaba a mí escribir el nombre debajo, y no a la frase autorizarse sola.

—No lo voy a firmar —dije.

—Ya lo sé.

—No lo sabe.

—Lo sé desde que lo ha sacado. —Se sentó en el borde de la mesa, que fue lo más parecido a acercarse que hizo en toda la tarde—. Si hubiera venido a firmarlo, no me lo habría leído en voz alta.

—Puede que lo firme mañana.

—Puede. —No lo dijo como quien gana—. Entonces mañana bajará usted con dos papeles y solo me leerá uno.

—¿Le puedo preguntar una cosa?

—Puede preguntarme lo que quiera. Otra cuestión es que le conteste.

—Si hubiera firmado hoy, ¿habría producido?

Tardó. No en decidir la respuesta: en decidir si me la daba.

—Sí —dijo—. A los veintiséis o veintisiete días. Y el lote habría salido corto, como el que tienen ustedes en la cámara, y estaríamos los dos aquí de todas formas dentro de un mes.

—¿Corto por qué?

—Pregúnteselo a Bran.

—Se lo estoy preguntando a usted.

—Y yo le estoy diciendo a quién se lo tiene que preguntar. —Recogió la taza y la llevó al fregadero de la esquina, y por el camino se paró un segundo, con una mano en el respaldo de la silla, el tiempo que tarda uno en decidir que no le hace falta pararse—. Buenas noches, señora Vives.

Doblé el folio en dos.

Arriba, en mi despacho, hay un cajón bajo con llave donde guardo lo que no tiene número de registro.

Ahí está el informe de las once páginas, en una carpeta de gomas sin rotular, desde noviembre de 2020.

Metí el impreso encima, cerré, y me quedé un momento con la mano en el cajón porque el llavero se me había enganchado en el forro del bolsillo.

Antes de subir, él me había dicho una última cosa desde la puerta que no tiene cerradura por fuera.

—Mañana le digo lo que quiero.