Perpetua Capítulo 3
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Capítulo 3

El ascensor baja hasta la menos uno con cualquier tarjeta de la casa. Para seguir bajando hace falta una segunda, y esa la tienen tres personas.

Bran me dio la suya en el vestíbulo de la primera planta, delante de la máquina de café, sin ceremonia y sin bajarla del llavero. Tuvo que sacar el llavero entero y desenganchar la tarjeta con las dos manos, y mientras lo hacía se le cayó una moneda.

—Al fondo del pasillo, a la izquierda —dijo—. La puerta está abierta. Siempre está abierta.

—¿Bajo sola?

—Baja usted como quiera. —Recogió la moneda—. Yo bajo cuando toca.

La menos dos huele igual que la primera planta.

Eso fue lo primero. El mismo ambientador de la casa, el mismo aire a veintiuno, la misma moqueta gris de contrato en el pasillo.

Hay ocho metros desde el ascensor hasta la puerta y en la pared izquierda cuelgan dos láminas enmarcadas, un puerto y unos tejados, de esas que se compran por metros para hoteles.

La puerta estaba abierta y no tenía cerradura por fuera.

Dentro había dos habitaciones. La primera era una sala con una mesa, una estantería llena, una televisión de las buenas y una alfombra grande que no pegaba con nada y que se notaba que se había elegido con cuidado.

La segunda, al fondo y sin puerta, era técnica: dos bombas, un carro, un armario de material y una butaca.

La butaca era de piel marrón, con el respaldo alto y las patas de madera, y era lo único de aquel sótano que tenía más de veinte años. En el brazo derecho la piel estaba pulida y más clara, con la forma de un antebrazo.

Todo lo demás se había ido renovando. La sala tenía la misma pintura que la primera planta, el mismo rodapié y los mismos enchufes con puerto de carga que pusieron en 2019 en todo el edificio.

Es lo que pasa cuando un sitio pertenece al mismo presupuesto de mantenimiento que el resto: se moderniza sin que nadie decida modernizarlo.

Él estaba en la sala, en una silla de escritorio, con un libro abierto sobre la mesa y las gafas puestas. No se levantó.

Era delgado de una manera que no se arregla comiendo. Tenía la piel de un hombre que no sale, ojeras de las que no se van durmiendo y el pelo entre gris y castaño, mal cortado por detrás. Le eché cincuenta y muchos.

—Vengo de la dirección jurídica —dije—. Hay que adelantar el calendario de producción del activo cero cero uno.

—Arce.

—¿Perdón?

—Arce. —Pasó la página con el dedo, sin prisa—. El cero cero uno es el número del expediente. Yo no soy el expediente.

Me quedé de pie más tiempo del necesario. En la mesa había un vaso con agua y una servilleta doblada debajo, y me acordé de la bandeja de la cámara y aparté la vista.

—Siéntese donde quiera —dijo—. En esa no.

La butaca de piel.

Me senté en la otra silla que había, que era de plástico y estaba junto a la estantería.

—¿Cuántos años lleva usted en la casa? —preguntó.

—Seis.

—Seis. —Cerró el libro dejando el dedo dentro—. Ha tardado seis años en bajar ocho metros.

—He tenido otras funciones.

—Ya lo sé. Lleva la secretaría del consejo. Redacta las actas. —Se quitó las gafas y las dejó encima del libro—. Es un puesto interesante. En esta casa, quien redacta lo que consta manda más de lo que cree.

Hay una manera de decir esas cosas que suena a halago y otra que suena a diagnóstico. Él usó la segunda.

—El calendario —dije.

—El calendario no es mío. Yo no llevo el calendario. Lo lleva producción, y producción es la señora Vives madre, y ella tampoco lo lleva: lo lleva un cuadro de Excel que hizo alguien en 2009.

—Le estoy pidiendo que empiece antes.

—Me está usted comunicando una decisión. No es lo mismo, y usted lo sabe mejor que yo. —Se echó hacia atrás en la silla—. ¿Ha muerto alguien?

Bran no se lo había dicho. Lo supe por cómo lo preguntó: no como quien sabe la respuesta y comprueba, sino como quien lleva dos días oyendo pasos de más en el techo.

—Sí.

—¿Cuál?

—La cuarenta y ocho.

—Ferrán. —Se pasó la lengua por el labio de arriba, un gesto de sequedad, no de otra cosa—. ¿Con el lote nuevo?

—Con la primera dosis del lote nuevo.

—¿Cuánto tardó?

—Once horas.

Miró la mesa. Tenía las manos encima, quietas, con los dedos separados, y le vi los nudillos de un hombre que ha trabajado con las manos y que lleva mucho tiempo sin hacerlo.

—¿Once? —Levantó la vista—. ¿No días?

—Horas.

Se quedó callado. En la menos dos se oye el aire acondicionado con una nitidez que arriba se pierde entre las conversaciones, y durante ese rato lo único que hubo fue eso.

—¿Se ha inmovilizado el lote? —preguntó.

—Ayer.

—¿Por unanimidad?

Es la clase de pregunta que hace alguien que ha leído actas. No que las ha oído contar: que las ha leído.

—Con el voto favorable de la dirección médica —dije.

—¿Y la presidencia?

—Se abstuvo.

—Su madre se abstuvo. —Lo repitió con las palabras cambiadas de sitio, que es una manera de corregir sin corregir—. ¿Y usted?

—Yo no voto. Levanto el acta.

—Ya.

—Es así. La secretaría no es consejera.

—Ya lo sé, señora Vives. Sé quién vota en esa mesa desde antes de que existiera esa mesa. —Se acomodó las manos en el regazo—. Le he preguntado otra cosa.

—Me ha preguntado si voto.

—Le he preguntado qué se decidió ayer. Y usted me ha contestado quién levanta el acta.

No le contesté. Miré la estantería, que era lo que tenía enfrente, y en la balda de en medio había tres tomos de jurisprudencia de los noventa y algo encuadernado a mano, con el lomo de tela, sin título.

—¿Puedo? —dije.

—Puede.

Era un boletín oficial cosido, de un año que no llegué a mirar, con las páginas dobladas por la esquina en no menos de treinta sitios. Lo dejé donde estaba.

—Ahí abajo hay reformas del noventa y siete —dijo—. Sirven para saber lo que la gente quería tapar aquel año. Los boletines son mejores que los libros: los libros te cuentan lo que se pensaba, los boletines te cuentan lo que se hacía.

—¿Se lo trajo alguien?

—Me lo trajo su abuela. Los primeros. Los últimos me los bajaba el chico de mantenimiento hasta que se jubiló en 2011 y desde entonces me los imprime administración. —Hizo una pausa—. Le costó bastante entender que se los pedía en serio.

Volví a sentarme.

—Voy a hacerle una propuesta —dije.

—Hágala.

—Adelanta el calendario y la casa le compensa. Puedo mover partidas. Equipamiento, material, lo que necesite. Se puede hacer una obra aquí abajo, se puede cambiar todo esto. Se puede estudiar lo de la luz.

—¿Lo de la luz?

—Una ventana no, pero hay soluciones. Se instalan en sótanos, con conductos.

Me escuchó entero, sin interrumpirme, que fue lo peor que pudo hacer.

—¿Con cargo a qué partida? —preguntó.

—A mantenimiento.

—O sea, que usted me está ofreciendo que la clínica se gaste su dinero en el edificio de la clínica.

—Se rascó la ceja con el pulgar—. Yo no puedo tener nada, señora Vives.

No puedo tener una lámpara. Todo lo que hay en esta habitación está en el inventario de la casa, incluidas las gafas, que llevan una pegatina en la patilla con un número. Compruébelo cuando salga si le apetece.

—Dígame usted entonces qué se le puede ofrecer.

—Eso ya es otra conversación. —Se puso las gafas y me miró por encima, no a través—. Pero se lo agradezco. Es la primera vez en treinta y siete años que alguien de esta casa me ofrece algo que no sea comida.

—¿Y en los treinta y tres anteriores?

—En los treinta y tres anteriores se me ofrecían otras cosas. —Volvió a abrir el libro por donde tenía el dedo—. Todas caducaron.

Le pregunté qué cosas.

—Eso también es la otra conversación.

—Señor Arce, hay cuarenta y siete personas con fechas y quedan cuatro dosis.

—Cuatro.

—Cuatro.

—Y siete vencimientos antes del cinco de julio. —Lo dijo sin subir la voz, mirando la mesa—. Eso lo he calculado yo. Llevo setenta años calculando cuándo se muere la gente de esta casa. Es lo único que puedo hacer sin permiso.

Fue la primera vez que dijo la cifra en voz alta, setenta, y no la subrayó de ninguna manera. La dijo como quien dice una antigüedad laboral.

—Entonces entenderá la urgencia.

—Entiendo la aritmética. La urgencia es otra cosa. —Se levantó, y le costó: se apoyó en la mesa con las dos manos, esperó un segundo y luego se enderezó del todo. Era más alto de lo que parecía sentado—. ¿Ha leído usted la analítica de ese lote?

—Está en revisión.

—No le he preguntado dónde está. Le he preguntado si la ha leído.

—No.

—Muy bien. —Fue hasta la puerta del anexo y encendió la luz de dentro sin entrar—. Segunda pregunta. ¿Ha leído usted lo que firmó en marzo de dos mil veinte?

Firmé muchas cosas en marzo de 2020. Entré en enero, y una directora jurídica nueva firma en sus primeras semanas todo lo que llevaba meses acumulándose porque no había quien lo firmara.

Apoderamientos, prórrogas, un paquete de contratos del programa de acompañamiento, la renovación del seguro de responsabilidad civil.

—He firmado muchas cosas en marzo de dos mil veinte.

—Ya me imagino.

No lo dijo con retintín. Lo dijo como quien confirma un dato que ya tenía apuntado, y eso fue peor.

—En noviembre de aquel año entró en esta casa un documento de once páginas —siguió—. Sin firmar y sin registrar. ¿Sabe usted dónde está?

—Está guardado.

—Guardado.

—En mi archivo.

—En su archivo. —Asintió despacio—. Ahí está bien.

Podía haber dicho cualquier otra cosa y ninguna me habría dolido igual. No me acusó de nada. Me dio la razón.

—Yo no he venido a hablar de dos mil veinte.

—¿Tenía hija la cuarenta y ocho?

—Sí.

—Entonces va a haber preguntas. —Se frotó las rodillas con las palmas, despacio—. Las de una hija son las peores, porque no las hace un abogado. Un abogado pregunta lo que puede probar. Una hija pregunta lo que quiere saber.

—Ya ha llamado.

—¿Y qué ha preguntado?

Se lo dije. No sé por qué se lo dije; llevaba dieciocho horas sin decírselo a nadie y él fue el primero que preguntó por la pregunta y no por la muerta.

—Quién firmó —repitió—. Fíjese qué bien. En dos palabras.

—Es una pregunta sin respuesta útil. En una administración intervienen tres.

—En una administración intervienen tres cargos —dijo—. Es distinto.

—Ya. Lo lleva usted diciendo veinte minutos.

—Y usted lleva veinte minutos dándome la razón.

—Se echó hacia delante—. Usted ha venido a que le adelante un lote y a explicarme que la decisión no es suya.

—Se apoyó en el marco de la puerta y se quedó ahí, porque estar de pie le duraba poco—.

Vamos a hacerlo fácil. El instrumento de mil novecientos ochenta y ocho. ¿Lo ha leído entero?

—Once folios. Sí.

—¿Y qué me obliga a hacer?

Lo tenía en la carpeta y no hizo falta abrirla.

—Es una cesión perpetua e irrevocable de material biológico.

—Eso es lo que dice. Le he preguntado qué me obliga a hacer.

Empecé una frase sobre el objeto de la cesión, la puse en condicional a mitad y la dejé caer.

—Nada —dije.

—Nada. —Ni se alegró ni pareció que se lo apuntara—.

Once folios de un notario de Segovia para decir que ustedes tienen una cosa.

Y las cosas no producen: se usan. Su familia lleva treinta y siete años administrando un documento que no sirve para lo único que le hace falta esta semana, y usted es la primera que baja a comprobarlo.

—Se lo estoy pidiendo yo.

—Ya lo sé. Y usted lleva veinte minutos diciéndome que se acordó, que se decidió y que se inmovilizó.

—Se separó del marco—. Dentro de un rato va a subir en ese ascensor y va a pensar que ha venido a comunicar una decisión que no es suya.

Y va a ser verdad. Y aun así, si mañana no hay lote, la casa la va a mirar a usted, porque es la única que ha bajado.

—La casa me mira a mí desde hace seis años —dije—. No hace falta que baje nadie para eso.

—La casa la mira a usted para firmar. Es distinto. —Volvió a la silla y se sentó, y esta vez no disimuló que se sentaba porque llevaba demasiado rato de pie—. Mientras haya lote, usted firma y todo el mundo mira el papel. El día que no haya lote, van a mirar a la persona.

—¿Y usted?

—Yo llevo setenta años siendo la persona a la que se mira. —Se acomodó—. No se lo digo para darle pena. Se lo digo porque va a ser la primera vez que le pase a usted y conviene que sepa cómo empieza.

Miré la alfombra. Era grande, de lana, con un dibujo de rombos en dos tonos de rojo, y estaba puesta de manera que cubría todo el espacio entre la mesa y la estantería y ni un centímetro más.

—¿Esta la eligió usted?

—La eligió su abuela en el sesenta y ocho —dijo—. La bajó ella. Aquí no había nada en el suelo y en invierno la menos dos estaba a catorce grados.

—¿Y no la han cambiado nunca?

—Cambian los sofás de arriba cada seis años. —Se miró los pies, que estaban justo en el borde—. Esta no la ha reclamado nadie. Yo creo que no está en el inventario. Es lo único de aquí abajo que no tiene número.

Miré la hora sin querer mirarla. Eran las siete y veinte y arriba todavía era de día.

—¿Empezamos el lunes? —dije.

—No.

Lo dijo sin levantar la voz y sin adornarlo, igual que lo de los boletines.

—No voy a producir nada.