Perpetua Capítulo 2
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Capítulo 2

—Doce del trescientos treinta —dijo Bran—. Se administraron ocho la semana pasada. Quedan cuatro.

Eran las nueve y diez de la mañana y estábamos en la sala pequeña, la que no tiene mesa de juntas sino cuatro sillas y una pantalla que nadie enciende. Mi madre no se había sentado. Llevaba el bolso colgado del hombro, como si hubiera entrado a recoger algo.

—Cuatro —repetí.

—Cuatro limpias. Y cuarenta y seis del trescientos treinta y uno que yo no le pondría a nadie hasta saber qué ha pasado.

—Eso no lo decides tú —dijo mi madre.

—Ya lo sé. Por eso lo digo delante de quien lo decide.

Mi madre miró la hora en el móvil. Es un gesto suyo que significa que ya sabe cómo termina la conversación y que le gustaría que terminara antes.

—Si inmovilizas el lote, te quedan cuatro dosis para cuarenta y siete personas —dijo—. Dilo así, que se entiende mejor.

—Si no lo inmovilizo, la siguiente se muere igual que Carlota y entonces no tenemos cuatro dosis: tenemos una querella.

—Tenemos las dos cosas de todas formas.

—Tú lo que quieres es que no exista.

—Yo lo que quiero es que el trece de junio Teodoro Sierra tenga su dosis. —Se colgó mejor el bolso—. Lo demás son maneras de contarlo.

Bran se quedó mirando la moqueta. Es lo que hace cuando tiene razón y sabe que la razón no le va a servir de nada esa mañana.

—Hay una tercera opción —dijo—. Analizamos vial por vial. Cuarenta y seis analíticas. Si sale un patrón, se descarta lo que haya que descartar y se salva el resto.

—¿Cuánto tarda eso?

—Con el equipo de aquí, nueve días. Si mando fuera, tres, y entonces hay una muestra de este producto en un laboratorio que no es nuestro.

—No.

—Ya lo sé. Se lo digo para que conste que lo he ofrecido.

Ahí levantó la vista, y no me la sostuvo a mí: se la sostuvo a mi madre.

—Nueve días son el trece y el dieciséis —dije.

—El trece y el dieciséis salen igual con las cuatro limpias. —Se encogió de hombros—. Yo no estoy proponiendo un plan, estoy proponiendo una prueba. Lo que ustedes hagan mientras tanto es cosa suya.

—Un lote entero por un caso —dijo mi madre.

—Un caso que se ha muerto en once horas.

—Si dentro de tres semanas resulta que era la paciente y no el producto, habremos matado a seis personas por prudencia.

—Y si era el producto y no lo paro, las mato yo por comodidad.

Fue lo primero que dije aquel día en primera persona y me salió sin pensarlo. Mi madre me miró un segundo más de la cuenta.

—Como quieras —dijo.

Yo estaba de pie junto a la ventana con el parte de producción del trescientos treinta y uno en la mano. Es un folio con una tabla de nueve filas, una por serie, y una casilla de rendimiento abajo del todo.

Rendimiento del lote: 47 dosis.

Debajo, en letra más pequeña, la casa imprime siempre el histórico: mínimo 48, máximo 52.

—¿Esto qué es? —pregunté.

Bran se acercó a mirar dónde tenía yo el dedo.

—Mala racha. Pasa.

—¿Cuántas veces ha pasado?

—Es el primer lote por debajo del mínimo desde que llevo yo el fraccionamiento. —Se encogió de hombros—. Puede ser el donante, puede ser el frío del carro, puede ser cualquier cosa. Es un rendimiento, no un diagnóstico.

Lo apunté en el margen del folio con el bolígrafo de la sala, que escribía mal. Puse «47/48» y un círculo alrededor, y luego me quedé mirando el círculo como si me lo hubiera escrito otra persona.

—¿Quién donó este lote? —pregunté.

Bran miró a mi madre antes de contestarme, que es una cosa que hace y que él cree que no se le nota.

—El calendario de donantes lo lleva programación.

—Te estoy preguntando quién.

—Y yo le estoy diciendo dónde está. —Recogió su carpeta—. Yo llevo el fraccionamiento y la administración. Los turnos de acompañamiento los cierra la señora Vives con la enfermera de programación y a mí me llega una serie con un código.

—¿Y si el problema fuera del donante?

—Si el problema fuera del donante, el rendimiento estaría bajo. —Se paró con la carpeta a medio camino y volvió a dejarla—. Está bajo.

Mi madre se colgó el bolso.

—Estáis los dos cansados —dijo—. Pide el calendario por escrito y te lo mandan.

Lo pedí aquella misma mañana por correo, con copia a mi madre y a Bran, y con el asunto bien puesto.

Tardaron ocho días en contestarme. Para entonces ya lo había buscado yo, que es lo que pasa siempre en esta casa cuando algo se pide por escrito: llega, llega completo y llega tarde.

Se acordó inmovilizar la totalidad del lote trescientos treinta y uno. Lo redacté yo esa misma mañana, en cuatro líneas:

«Vista la incidencia del día de la fecha y a la espera del resultado de la revisión analítica en curso, se acuerda la inmovilización cautelar de la totalidad de las existencias del lote 331, con mantenimiento de las condiciones de conservación y sin perjuicio de su reincorporación al inventario disponible una vez concluida dicha revisión».

Quedó constancia en el acta con el voto favorable de la dirección médica y la abstención de la presidencia.

Mi madre se abstuvo mirándome a mí.

Me esperó fuera. Cuando salí con la carpeta me quitó el bolso del hombro, se lo colgó ella y echó a andar por el pasillo.

—¿Has dormido?

—Tres horas.

—Cómete algo antes de las doce, que si no te da la bajada a las cinco y firmas cualquier cosa. —Me devolvió el bolso en el ascensor—. La hija ha llamado ya, supongo.

—A las dos de la mañana.

—¿Qué ha pedido?

—Un nombre.

Mi madre apretó el botón de la primera planta y se quedó mirando los números.

—Dáselo cuando no te quede otra —dijo—. No antes.

A mediodía subí el listado de vencimientos.

La casa llama vencimiento a la fecha prevista de colapso irreversible, no a la fecha de la próxima administración, y lo pone en letra pequeña al pie de cada listado porque hace dieciocho años un abogado que no era yo se lo hizo poner.

Debajo del pie hay otra línea todavía más pequeña que dice que las fechas son estimaciones con un margen de tres días.

Entre hoy y el cinco de julio vencían siete personas.

Teodoro Sierra, el trece de junio. Aníbal Roig, el dieciséis. Amelia Pardo, el diecinueve. Julia Naval, el veintidós. Fermín Olabarri, el veintiséis. Sagrario Toledano, el tres de julio. Y el número uno, el cinco.

El número uno es mi madre. En el listado no figura por nombre.

Figura como paciente 1, igual que los demás figuran por su número, y el nombre solo aparece si abres la ficha.

Los códigos se asignaron al azar en la digitalización de 2020, sobre una tabla anonimizada, para que el orden no dijera nada de nadie. El uno se lo reservó ella.

Cuatro dosis. Siete nombres.

Estuve un rato largo comprobando si me había equivocado en algo. Repasé las fechas contra las últimas administraciones, sumé veintiocho días a cada una, comparé el resultado con la estimación de rebote de cada ficha y me salió lo mismo tres veces.

Abrí una al azar, para ver qué tenía dentro una ficha, porque en seis años nunca había abierto ninguna entera.

Paciente 33. Sagrario Toledano, setenta y nueve años, alta en 2013.

Última administración, el uno de junio. Caducidad, el veintinueve de junio.

Rebote estimado, de dos a cuatro días. Colapso previsto, el tres de julio, con la coletilla del margen.

En la pestaña de contacto, un teléfono fijo, un móvil y un nombre: Ibrahim Toledano, hijo.

En la pestaña de al lado ponía «vinculación con programa de acompañamiento: sí».

La cerré.

A la una y media llamó Yolanda Sierra. Es la hija de Teodoro y trabaja en el programa de acompañamiento desde 2018, y llama siempre al fijo del despacho porque una vez le dije que podía.

—Me han dicho que hay un problema con un lote —dijo.

—Se está revisando.

—Mi padre es el trece.

—Lo sé.

—Ya, si sé que lo sabe. —Se oía una obra de fondo, o una radio—. Lo digo por si hay que hacer algo. Yo estoy libre desde el veinte, me quedan cuatro días de vacaciones y me los cojo cuando haga falta.

Le dije que su padre iba a estar cubierto.

Lo dije antes de haber decidido nada. No era mentira: el trece de junio entraba dentro de las cuatro. Pero lo dije con la voz con la que se dan las cosas por hechas, y colgué, y me quedé con la mano en el teléfono.

Después bajé al laboratorio y pregunté si una dosis se podía partir.

—No —dijo la técnica.

—¿Ni al setenta por ciento?

—Por debajo del umbral no sostiene. —Estaba etiquetando y no paró de etiquetar—. Y si le pone media a dos, no aguantan la mitad cada uno: entran los dos en rebote antes. Es peor que no ponerles nada, porque además se gastan la dosis.

—¿Eso está escrito en algún sitio?

—En el protocolo de fraccionamiento, apartado cuatro. —Levantó la vista un momento—. Lo pregunta usted y lo preguntó el doctor Bran el jueves.

—¿El jueves de la semana pasada?

—El jueves. —Pegó la etiqueta, la alisó con el pulgar y cogió el siguiente vial—. Se lo dije igual que a usted y me dio las gracias igual que usted.

Subí y le mandé a Nuria Salvat la documentación que le había prometido a las dos de la mañana: el expediente de su madre, la solicitud de marzo, la resolución que la desestimaba y el parte de administración del día anterior con el recuadro de observaciones.

Iba todo en un correo con el asunto bien puesto y con las páginas numeradas.

Contestó a los once minutos, con dos líneas:

«¿La letra pequeña del parte es suya?».

«Sí».

No volvió a escribir aquel día.

Bajé a la cámara a las cuatro.

Habían separado las cuatro dosis limpias del resto y las habían puesto en una bandeja de acero en la balda de arriba. Alguien, para que no rodaran, les había metido debajo una servilleta de papel doblada en cuatro.

Estuve mirando la servilleta más tiempo del que hacía falta.

Cuando salí, Bran me esperaba en el vestíbulo intermedio, donde el aire está a una temperatura intermedia y donde la gente de esta casa tiene, por costumbre, las conversaciones que no quiere tener dentro ni fuera.

—Hay una analítica del lote —dijo—. La tenía desde el jueves.

—Lo sé.

—Se la mandé.

—Me la mandaste a las once de la noche de un jueves con el asunto en blanco.

—Se la mandé —repitió, sin subir la voz.

Tenía razón y no me servía de nada que la tuviera. Le dije que me la reenviara con un asunto que se leyera.

—Se la reenvío. —Se apartó para dejarme pasar y no se apartó del todo—. Y otra cosa. Producción no va a adelantar el calendario porque se lo pida yo.

—Ya lo he pedido yo.

—Usted lo ha pedido por correo. —Se quedó con la puerta abierta y la mano en el canto—. Va a tener que bajar.