Perpetua Capítulo 1
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Perpetua

Perpetua

Por Mara Echevarne

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Capítulo 1

La aguja entró a las doce y cuatro minutos y Carlota Ferrán me miró a mí, no al brazo.

—¿El parte lo trae usted o lo trae Loreto? —preguntó.

—Lo traigo yo.

—Entonces siéntese donde yo pueda verlo.

Había una butaca junto a la ventana y me senté en ella con la carpeta en las rodillas.

La habitación estaba a veintiuno y en la mesilla había una botella de agua de cristal con el tapón puesto.

Fuera hacía treinta y uno. En junio, la clínica pone el aire a una temperatura que no se parece a nada de lo que hay al otro lado del cristal, y los pacientes lo agradecen, y nadie llama a eso otra cosa que confort térmico.

Loreto trabajaba deprisa y bien. Carlota tenía setenta y cuatro años, la cara de una mujer de cincuenta y cinco y las manos de las suyas, que es lo único que el programa no arregla. Se las miró mientras entraba el líquido.

—En marzo pedí salir —dijo.

—Lo sé.

—Se me contestó que suspender el tratamiento me mataría.

—Ese fue el criterio clínico, sí.

—Criterio clínico. —Repitió las dos palabras como quien lee un documento en voz alta para ver si suenan igual fuera de la página—. Yo he escrito frases así durante treinta años. Se escriben para que nadie tenga que firmar debajo la que sí dice algo.

Loreto le ajustó el regulador y no levantó la vista. Se sabe los nombres de todos y no participa en las conversaciones.

—Usted pidió que estuviera presente la dirección jurídica —dije—. Estoy presente.

—Pedí que estuviera usted. Es distinto.

—¿Por qué yo?

—Porque a Bran le tiembla la voz y a su madre no le tiembla nada. —Movió los dedos de la mano libre, uno detrás de otro, como quien comprueba un instrumento—. Usted es la única de esta casa a la que todavía no he visto decidir nada.

Le contesté que mi trabajo no era decidir. Me contestó que ese era exactamente el motivo.

El parte de administración de la casa cabe en una cara. Arriba, paciente, número y fecha. En medio, lote, referencia y volumen. Abajo, tres casillas y tres firmas: enfermería, dirección médica y conformidad jurídica. La tercera es la mía y se firma después de las otras dos.

La casilla que hay encima de mi firma dice: «Analítica de lote revisada». Tiene dos recuadros pequeños, sí y no.

Estaba sin marcar.

Cuatro días antes, en el pasillo de la primera planta, Ismael Bran me había dicho que la analítica del trescientos treinta y uno estaba pendiente de valoración y que se lo mirarían el lunes.

Yo iba con prisa y contesté que bien. Es una conversación que no consta en ninguna parte porque no hay ningún sitio donde consten las conversaciones de pasillo.

Podría haber preguntado quién tenía que marcar esa casilla. Se marca en producción. No es un trámite de la dirección jurídica.

Firmé.

—¿Este es de los nuevos? —preguntó Carlota.

—Es el lote de junio.

—No le he preguntado el mes.

Loreto retiró la palomilla y le puso el apósito con dos dedos, apretando el borde para que el adhesivo agarrara bien en un brazo que ya no tiene mucho donde agarrarse.

—Es un lote nuevo —dije.

—Bien. —Cerró los ojos un momento y los abrió otra vez—. Los viejos me sientan peor.

Loreto recogió el carro.

—Media hora tranquila y le subo la comida.

Carlota esperó a que saliera.

—¿Cuántos quedamos?

—Cuarenta y ocho.

—Cuarenta y ocho. —Se acomodó en la almohada—. Cuando yo entré éramos catorce y la mitad no sabían dónde estaban. Usted es la primera abogada de esta casa que se sienta donde le digo.

—Es una butaca cómoda.

—No he dicho que fuera un mérito.

Le pregunté si quería que avisáramos a su hija. Dijo que su hija tenía clase hasta las tres y que no había ninguna necesidad de que dejara a treinta críos con un examen a medias para venir a ver a su madre recibir una inyección.

—Si algún día hay que llamarla, llámela usted —dijo—. Y llámela con el nombre. No con el número.

—¿El de su hija o el suyo?

—El mío. El de mi hija no lo tienen ustedes. —Se estiró el embozo—. Eso lo comprobé yo.

Después me pidió el parte otra vez.

—Abajo del todo hay un recuadro de observaciones —dijo—. Escriba usted en él lo que le dicte.

Saqué el bolígrafo. El recuadro de observaciones tiene tres líneas y en dieciocho años de impresos se usa para poner que el paciente ha tolerado bien la administración.

—«La paciente manifiesta que reitera la solicitud de cese de tratamiento presentada en marzo y que la administración de hoy se produce en contra de esa solicitud».

Levanté el bolígrafo a la mitad.

—Eso no es una observación de enfermería.

—No. Es una declaración. —Tenía los ojos cerrados y hablaba despacio, sin ninguna dificultad—. La hago yo, la recoge usted, y usted ya ha firmado. Es todo perfectamente regular.

Cabía en las tres líneas si escribía pequeño. Escribí pequeño.

—¿Se lo doy a la dirección médica?

—Se lo da usted a quien corresponda. —Abrió un ojo—. Yo, si fuera usted, me quedaría una copia.

Se le empezaron a cerrar los ojos a la una menos cuarto. Le dejé la carpeta encima de la mesilla, con el parte hacia arriba, por si al despertarse quería leerlo. Es la clase de cortesía que no cuesta nada y que a mí me parecía, entonces, una manera de tratar bien a la gente.

A las siete de la tarde volví a Madrid. Hay cincuenta y dos minutos entre la clínica y mi despacho y a esa hora todavía había luz de sobra. Los pinos de la sierra estaban secos y en el parabrisas se me quedaron dos insectos que no quise limpiar hasta el peaje.

En el despacho me esperaban dos cosas. Una era la renovación de la póliza de responsabilidad civil, que llevaba tres semanas en la bandeja porque el corredor había vuelto a mandar el anexo mal.

La otra era el libro mayor del Fondo de Acompañamiento, que se me pasa a firma cada trimestre y que tiene cuarenta y una líneas: pisos, nóminas, dietas, seguros médicos privados y un epígrafe de gastos varios que nunca ha llegado a los seiscientos euros.

Firmé el libro mayor sin leerlo. Se firma cada tres meses desde 2013 y lo prepara administración.

Escaneé el parte de Carlota antes de guardarlo, con el recuadro de observaciones y todo, y me mandé el archivo a mí misma.

Después estuve veinte minutos con el anexo de la póliza y con el corredor al teléfono, discutiendo si la cobertura de responsabilidad civil profesional incluía o no la actividad de investigación, que es una discusión que tenemos cada año y que cada año gana él porque yo firmo antes de acabarla.

A las nueve cerré. Comí de pie en la cocina, arroz del día anterior, y me acordé de que tenía que llamar al del ascensor de mi edificio y no lo llamé.

A las once y veinte sonó el móvil.

Era el jefe de planta de noche. Dijo que la paciente cuarenta y ocho había entrado en parada a las once y dos minutos y que no había respondido a nada.

—¿Está Bran?

—Está subiendo.

Volví a coger el coche. De noche los cincuenta y dos minutos son cuarenta y uno.

Bran estaba en el pasillo con la bata encima del brazo, como si se la acabara de quitar y no supiera dónde dejarla. Es un hombre de cincuenta y ocho años que habla muy despacio cuando quiere que le crean.

—No es la cascada —dijo.

—¿Qué es?

—La cascada tarda entre diez y veintidós días y empieza por el riñón. Esto ha empezado por todas partes a la vez y ha tardado once horas. —Se pasó la mano por la cara—. No se parece a nada del manual.

—¿Al de la casa o a los de fuera?

—Al nuestro. Los de fuera no sirven para esto.

—¿Puede ser la interrupción? Pidió salir en marzo.

—No interrumpió. Le pusimos la dosis a las doce. —Cambió la bata de brazo—. Lo que ha matado a esa mujer es lo que le hemos puesto, no lo que le hemos quitado.

Le pregunté si eso lo iba a poner por escrito. Tardó lo suficiente en contestar como para que la respuesta ya no hiciera falta.

—Voy a poner que hay que revisar el lote.

—Ismael.

—Voy a poner lo que puedo sostener a las tres de la mañana. —Se apoyó en la pared—. Mañana a las nueve estará su madre en esa sala y me va a preguntar si tengo una prueba. Y no la tengo. Tengo una analítica rara y una mujer muerta, y con eso no se para nada.

—Con eso he parado cosas más grandes.

—Usted ha parado obras y contratos. —No lo dijo con desprecio—. Aquí, si para, la cuenta no sale.

Entré a verla. La habían dejado sola, con la luz baja, y alguien le había subido la sábana hasta el pecho y le había puesto los brazos por encima, que es lo que se hace cuando ya no hay que volver a pincharlos.

En el dorso de la mano izquierda tenía el apósito de las doce, todavía puesto, con el adhesivo levantado por una esquina.

La botella de agua seguía cerrada.

En la mesilla estaba mi carpeta, abierta por donde la había dejado. La cogí.

—Voy a bajar a la cámara —dije.

—Helena.

—Solo voy a mirarlo.

La cámara está en la planta menos uno, detrás de una puerta doble con lector de tarjeta y un vestíbulo intermedio donde la temperatura ya es distinta. Dentro huele a acero limpio y hay un zumbido bajo que se oye mejor cuando cierras la puerta a tu espalda.

El trescientos treinta y uno ocupa la segunda balda. Los viales van en gradillas de doce y llevan una etiqueta impresa en verde con el número de lote, la fecha de fraccionamiento y un código de barras que no lee nadie porque el inventario se sigue llevando a mano.

El verde es del año pasado. Antes las etiquetas eran blancas con una franja, y las cambiaron porque en la cámara, con esa luz, el blanco sobre acero cansa la vista. Lo decidió una comisión de tres personas y hay un acta. La redacté yo.

Conté. Es un gesto tonto: la cifra está en el sistema y el sistema no se equivoca. Pero conté.

Cuarenta y seis.

Tres gradillas de doce, una de nueve y un hueco de la anchura de un dedo donde había estado el que le pusieron a Carlota a las doce y cuatro minutos.

La gradilla no se recoloca hasta que la balda se vacía; se queda el hueco.

Es una manera de saber, sin abrir el sistema, cuánto se ha gastado ese día.

Cuando salí, el jefe de planta de noche estaba en el vestíbulo intermedio con dos cafés de máquina.

—Es para usted uno —dijo.

—Gracias.

—La familia ha preguntado por la autopsia.

—¿La familia o la hija?

—La hija. —Sopló el suyo—. Le he dicho que eso se habla por la mañana con dirección.

Le di la razón. Era la respuesta correcta y la que yo misma le habría dicho que diera.

A las dos y cinco de la mañana me llamó un número que no tenía guardado. Estaba todavía en el aparcamiento, con el motor apagado y la carpeta en el asiento del copiloto.

—¿Helena Vives?

—Sí.

—Soy Nuria Salvat. Soy la hija de Carlota Ferrán.

—La acompaño en el sentimiento.

Hubo un silencio corto. Oí un mechero, o algo que sonaba como un mechero.

—¿Quién firmó?

No preguntó de qué había muerto su madre.

—Perdone, no la entiendo.

—Sí me entiende. Mi madre me contó en marzo que había pedido salir de ahí y que le habían dicho que no. Eso lo tuvo que decidir alguien y lo tuvo que firmar alguien. —Se le oía andar. Andaba deprisa, en una casa con suelo de madera—. Quiero saber quién.

Le dije que le enviaríamos toda la documentación.

—No le he pedido documentación.

—Es lo que puedo enviarle esta noche.

Se paró de andar. Cuando volvió a hablar lo hizo más bajo, que en algunas personas es lo contrario de calmarse.

—Mi madre fue magistrada treinta y un años. Sabía perfectamente lo que era pedir algo por escrito y sabía perfectamente lo que le iban a contestar. —Una pausa—. Si lo pidió igual, es que quería que quedara.

—Quedó.

—¿Dónde?

—En el expediente. Y en el parte de hoy.

—¿En el de hoy? —dijo—. Ella ha muerto hoy.

Le dije que sí, que en el de hoy, y que se lo mandaría por la mañana. Colgó sin despedirse y yo me quedé con el móvil en la mano y con la carpeta al lado, en el asiento del copiloto, y con el aparcamiento entero para mí.