Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

—Hola, Clara, bonita noche, ¿verdad?—por mucho que lo intento, mi voz se ha perdido y, paralizada por un terror que me consume, no consigo que las palabras broten de mi garganta—. Me alegro de verte recuperada. Estás espectacular.

Con el gesto inundado por la lujuria, Alberto recorre con la mirada cada uno de los rincones de mi cuerpo, deteniéndose un instante de más en el recatado escote justo debajo de mi cuello.

—He hecho la reserva en un hotel muy cerca de aquí, así no perderemos demasiado tiempo en el viaje.

Alberto está ya muy cerca. Puedo notar su aliento muy cerca de mi boca, mientras roza con la mano libre la parte baja de mi espalda, deteniéndose casi obscenamente en cada uno de los pliegues de mi vestido.

—Quizás deberíamos entrar... —mi voz ha vuelto a ser solo un susurro, el mismo que hace tan solo unos pocos minutos se ha enfrentado a Lola.

—¿Por qué? Aquí podemos hablar de nuestras cosas sin que nadie nos moleste.

—Pero... aún hay gente que saludar.

—Igual quieres que vayamos a ver a tu padre, ¿le ves allí? —casi susurrándome al oído, Alberto señala a un grupo de hombres que charla muy cerca de la cristalera que da acceso al jardín, a escasos pocos metros de donde me tiene prisionera—. Ven, tienes razón, me gustaría que me viese contigo.

La mano que Alberto tiene sobre la curva de mi trasero me empuja suavemente mientras su nariz ya se ha perdido entre mis cabellos. Con dificultad consigo mantener en pie la dignidad que me queda, mientras peleo con fuerza para evitar que las lágrimas asomen por mis mejillas demasiado pronto.

Los pasos son lentos, pero la presión sobre mi cuerpo constante.

Una medida de coacción para que claudique por fin y acepte las condiciones de Alberto en una cuenta atrás que cada vez me acerca más a la figura de mi padre.

Mi corazón late desbocado y la ansiedad, que me está estrangulando el estómago, está a punto de hacerme vomitar.

¿Y si cumple su promesa y allí, delante de todos, enseña aquellas fotos?

Mi reputación y, sobre todo, la de mi padre quedarían destruidas al instante, y sin posibilidad de enmienda alguna, junto con todo el trabajo que tantos años de sacrificio le habían costado moldear.

Un escenario perfecto: socios, colaboradores, clientes y empleados iban a ser testigos del fin del gran Ion Elizalde y eso es algo que no puedo consentir.

Solamente mi sumisión puede evitarlo, así que no tengo alternativa y es hora de afrontarlo.

—No...no hace falta... yo...

El golpe no lo veo venir. Solo noto cómo Alberto cae a mis pies chocando brutalmente contra el césped del jardín, mientras una silueta oscura, que ha aparecido de la nada, se abalanza sobre su cuerpo inerte.

—¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar!

Manuel consigue golpear dos veces más la cara de Alberto, antes de que un grupo de tres o cuatro figuras lo agarren por los brazos y consigan separarlo de su presa.

El cuerpo del abogado ha quedado tendido boca arriba, sangrando copiosamente por la nariz y la boca, mientras dos de los jóvenes camareros se arrodillan a su lado para comprobar cuál es realmente su estado.

—¿Qué está pasando aquí?

Mi padre, imponente y autoritario, ha emergido entre la multitud que en un instante se había arremolinado en torno al espectáculo y ahora mira muy de cerca a los ojos de Manuel, que todavía forcejea levemente tratando de zafarse de sus captores.

—Ese malnacido está chantajeando a tu hija, ¡delante de tus putas narices! —Manuel grita con tanta furia que mis piernas tiemblan de nuevo.

—¿Qué dices, desgraciado? Ese es uno de mis mejores abogados —mi padre señala el cuerpo ensangrentado de Alberto, que jadea con dificultad—.Que alguien llame a la policía, por favor.

—Ese es un hijo de puta. Emborrachó a tu hija y después le hizo unas fotos que está usando para obligarla a acostarse con él —los ojos de Manuel están a punto de inundarse de lágrimas antes de que su alma se rompa para siempre— y ahora mismo estaba propasándose, delante vuestro, ¿o es que nadie más lo ha visto?

La pregunta al aire y el murmullo generalizado del tumulto que no se dispersa están haciendo dudar a mi padre, que, sin apartar la mirada de los ojos de Manuel, no encuentra las palabras para afrontar algo así, cuando, de repente, uno de los camareros que está atendiendo a Alberto saca del bolsillo interior de su chaqueta un papel doblado que, sin ojear siquiera, no duda en poner en las manos del gran Ion Elizalde.

El rostro de mi padre palidece de pronto cuando desdobla la foto, deteniendo el rumor del gentío que a nuestro alrededor ha contenido el aliento, un instante que para mí es eterno.

—Soltadle, por favor.

Sin ver cómo los hombres sueltan a Manuel, los ojos de mi padre se desvían de la fotografía para mirarme de frente.

Su gesto ha cambiado. La pena, la vergüenza y la deshonra se dibujan perfectamente en la profundidad de su mirada.

Pero no por la fotografía que con furia rompe en mil pedazos delante de todo el mundo, sino porque estoy segura de que acaba de darse cuenta de que todo aquello es culpa suya.

Que yo soy su hija y que, tal vez, en los últimos años él no ha sido el padre que yo necesitaba.

Sin esperarlo, el abrazo de Manuel me envuelve, mojando con sus lágrimas mis hombros desnudos. Noto cómo su cuerpo tiembla, y sus sollozos de culpa y miedo me desgarran el alma.

—Greñas, sácame de aquí.

Sus ojos de repente se encuentran con los míos y todo lo demás queda borrado para siempre.

Allí no hay nada más que el beso profundo que dura una vida.

Ni mi padre ni la cara destrozada de Alberto ni el resto de personas que, incrédulas, nos observan a nuestro alrededor existen ya para nosotros.

Todo queda atrás cuando Manuel coge mi mano y tira de mí, atravesando pasillos y puertas, hasta que estamos fuera de la casa, muy lejos ya de todo, a un mundo de distancia de lo que allí ha sucedido.

Solo en mi mente queda, mientras nuestra huida nos sacaba de aquella casa, el rostro de la gran Dolores Hernández, derrotada y hundida, viendo cómo el hombre por el que con uñas, dientes y malas artes había peleado se marchaba de la mano de la mujer a la que tanto había subestimado.

No sé dónde estamos. Tampoco tengo muy claro que Manuel conozca la zona, así que tengo la sensación de que hemos deambulado sin rumbo durante casi media hora para acabar recostados en el césped que rodea aquel parque infantil que parece olvidado, con los columpios oxidados y los bancos de alrededor demasiado estropeados para pensar que allí puede sentarse nadie sin poner en serio riesgo su propia seguridad.

Veremos ahora qué le decimos al taxista para que venga a recogernos.

—No sabes cuánto lo siento, Clara.

Hace ya rato que Manuel ha dejado de llorar y ha encontrado, no sé de dónde, las fuerzas suficientes para recomponer su maltrecho espíritu.

Ahora habla con claridad, mientras la soledad de la noche, sin testigos ni nadie que pueda ya interponerse entre nosotros, nos abraza y nos consuela, ofreciéndonos un respiro que a pulso nos hemos ganado.

—Lo sé, y yo también lo siento.

—No, Clara, es todo culpa mía... yo...

—Déjalo ya, Greñas —mi mano se pierde entre su cabello despeinado—, esto ha sido tan culpa mía como tuya. Debí confiar más en ti... no ha tenido que ser fácil... el divorcio, tus hijos. Era mi obligación haberte apoyado más.

—No, Clara —con mucha fuerza de voluntad, Manuel consigue, por fin, mirarme a los ojos—, yo no debí jamás aceptar esto de Lola... sabía que era una trampa y aun así accedí. Fui un cobarde.

—Hiciste lo que hiciste por tus hijos.

—¿De verdad lo crees? —Manuel desvía de nuevo la mirada—. Yo no estoy tan seguro. De lo que sí estoy seguro es que debí quedarme contigo. Siempre contigo.

—Bueno, eso ya ha pasado y ahora tenemos otra oportunidad, la tercera. ¿Crees que será la vencida, Greñas?

—Estoy seguro —los ojos de Manuel vuelven a encontrarse con los míos—. Todo irá bien.

La sonrisa que se dibuja en el rostro de Manuel me tranquiliza.

El latido de nuestros corazones se calma y todos los sinsabores de las últimas semanas son ya solo un mal recuerdo que queda en un pasado tan lejano que parece olvidado.

De nuevo un beso que es eterno, sellando el compromiso de dos almas que jamás debieron separarse ni por un minuto, pero que se vieron inmersas en una lucha ajena al amor que desde hace tantos años los había unido.

—¿Y ahora qué? —cuando mis labios cierran el beso, mi cabeza solo puede pensar en todo lo que tiene que venir a continuación—. ¿Qué vamos a hacer?

—Creo que eso no debería preocuparnos, seguro que la famosa Náyade Amaya tiene el futuro garantizado.

El rubor de la vergüenza que colorea mis mejillas me obliga a dirigir la vista al suelo.

—Lo siento, debí contártelo antes, pero es que nadie lo sabe...

—Yo soy imbécil —sus dedos rozan mi rostro con suavidad fraternal—, ¿cómo una simple documentalista puede permitirse un piso y un coche como el tuyo? Ahí había gato encerrado... Lo que me alegra es que al menos uno de los dos haya cumplido con nuestro sueño de jóvenes.

—Bueno... lo cierto es que las novelas de Náyade me han hecho ganar mucho dinero... pero no era el tipo de literatura que me hubiese gustado escribir.

—Pero entonces serías como yo: una escritora fracasada que escribe libros que nadie lee.

—Cambiaría, sin dudarlo, el dinero de Náyade Amaya por el prestigio de Clara Elizalde.

—Del prestigio no se come, Clara. Puedo garantizártelo.

—La meta de todo escritor no debería ser ganar dinero, sino trascender. Y eso no lo lograré como autora erótica, estoy segura.