CAPÍTULO 20
CLARA
“Un vámonos pa allá y un sea donde sea”
El silencio que ha invadido el trayecto en taxi ha sido como un oasis de paz en medio del desierto más infernal.
Los intentos del conductor —creo que más por aburrimiento que por profesionalidad—para tratar de cubrir el vacío que había llenado el habitáculo fueron del todo infructuosos.
Apenas un par de secos monosílabos habían sido mi respuesta a las preguntas de aquel hombre entrado en años, que no tardó mucho en entender y darse por vencido.
Tras el diagnóstico del médico que me había atendido en el bufete después de mi desfallecimiento, mi padre me había dado el resto de la semana libre para que pudiese recuperarme completamente y no tener excusa alguna para faltar a la gran cena de bienvenida de Dolores Hernández.
Qué ingenua había sido.
Por un momento breve, pero conmovedor, había pensado que aquel hombre se había dado cuenta por un instante que, bajo la apariencia de una vulgar empleada, estaba su hija. Esa a la que había olvidado querer. Esa que tantos sacrificios había hecho solo para conseguir su aprobación.
Pero no era así.
Como era lo único que había que esperar, a mi padre solamente le interesaba que yo no lo pusiese en evidencia y me comportase como la hija perfecta que tanto se había esforzado por moldear.
Y yo, metida ya en mi papel de profesional intachable, allí estaba ahora, a las puertas de aquella casa trajeada con un vestido negro largo, con escote palabra de honor y el pelo suelto cayendo sobre mis hombros, buscando las fuerzas necesarias para llamar al timbre y enfrentarme a los horrores que entre aquellas paredes me esperaban.
Pero como tantas otras veces antes, cuando no encuentras el valor, es el valor es el que te encuentra a ti.
Y en esas estaba cuando aquella imponente puerta de madera de roble se abre sin llamada y, tras ella, aparece una mujer pequeña y joven, vestida con uniforme de servicio —parece que el contrato con la empresa de catering iba algo más allá de la comida que se iba a servir durante la cena—y el pelo recogido que me mira con una suave sonrisa en el rostro, un instante antes de apartarse del umbral e invitarme a pasar con el gesto grácil de su mano izquierda.
—Gracias.
Mi vista tarda poco en apartarse de la joven para perderse en la inmensidad de aquella casa, decorada de forma espectacular y modernista.
Sin ser un vivienda excesivamente grande —poco más de 300 metros cuadrados, divididos en dos plantas, diría yo—, la reciente reforma —el olor a yeso fresco y pintura nueva se disimulan por la fragancia de la comida caliente—, con una combinación de techos altos y grandes ventanales, ha creado una sensación de espacio y luminosidad muy notoria, a pesar de que la oscuridad de la noche no hace mucho que envuelve el lugar.
Ya hay mucha gente que deambula por el salón y el jardín trasero, con copas más o menos vacías y algún canapé en las manos.
No solo los empleados del bufete estábamos invitados al evento —obligados, en mi caso concreto—, sino que muchos de los clientes más importantes y directivos de empresas asociadas también iban a estar presentes aquella noche, algo que a mí a penas me importaba, pues el miedo que desde hacía ya un rato ponía a temblar mis dedos no era por tener que enfrentarme a algunas de las personalidades más importantes de la ciudad.
¡Qué va! Nada más lejos de la realidad, pues la angustia que me atenazaba el corazón tenía apellido propio. Más de uno, para ser sincera.
De repente, noto cómo mi nombre resuena en una voz femenina no muy lejana.
—¡Clara! —la joven aparece a mi lado sin que yo haya tenido tiempo de situar la escena— ¿Cómo estás? El otro día nos dejaste a todos muy preocupados, pero me alegro mucho de verte bien y de que hayas podido venir.
Belén trabaja en el bufete desde hace menos de un año, pero no ha tardado demasiado en ganarse el favor de la mayoría de los hombres del equipo.
Rubia espectacular, de ojos azules y labios cincelados por el bótox, ligeramente por encima de la treintena, viste un espectacular vestido de Versace que deja al aire su espalda y gran parte de su busto delantero.
Ella y yo jamás hemos tenido un trato demasiado cercano, pero, en momentos como este, su mirada cristalina es como un remanso de paz en medio de una tempestad infernal.
—Gracias, Belén. La verdad es que me encuentro mucho mejor. Fue un susto gordo, pero espero volver el lunes al trabajo.
—Tu padre ha pasado la semana bastante preocupado —con clara desconfianza, Belén baja el tono y mira alrededor en busca de que sus palabras no vayan más allá de espacio que nos separa a las dos—. En la reunión de ayer estuvo despistado y ausente, y se marchó un rato antes de terminar.
—Quizás tenía algún otro asunto del que ocuparse, yo nunca he sido una prioridad para él —la fría relación entre mi padre y yo nunca ha sido un secreto entre la gente de la oficina, quizás por eso a Belén le interesaba tanto contarme aquel chisme.
—Que sí, te lo digo yo. Le has dejado muy preocupado y seguro que se pone muy contento de verte por aquí tan recuperada.
—Eso me gustaría verlo —mi carcajada es sincera y provoca una sonrisa agradable en Belén—. Por cierto, dónde puedo conseguir algo de beber.
Su copa está ya medio vacía, pero seguro que ambas agradeceremos algo frío que llevarnos a la boca.
—¡Clara Elizalde! Qué bien que hayas podido venir.
La voz a mi espalda ha sonado tan cercana que un escalofrío recorre mi espalda y mi corazón se encoje cuando, al darme la vuelta, la figura imponente de una mujer, con el pelo engominado echado hacia atrás y un vestido blanco que solo deja ver sus brazos y su cuello, aparece como un fantasma que sonríe desde otro mundo para ponerme todavía más nerviosa de lo que hasta ese momento había podido estar.
—Dolores... es un placer conocerte —mi voz es solo un susurro apagado eclipsado por la solemne aura de aquella mujer.
—Por favor, llámame Lola, no estamos ante ningún tribunal.
—Claro, Lola. Mi padre habla maravillas de ti.
—Pues a ti apenas te menciona —su sonrisa ahora es sarcástica, casi pérfida—. Lo que sí me ha contado que esta semana tuviste un problema de salud, pero que esperabas estar recuperada para poder venir hoy.
—Sí, es un evento importante. No quería perdérmelo.
—No, claro que no —Lola mira en torno, de la forma más altiva que jamás vi en nadie antes—, hoy todos sois bienvenidos, da igual socios que abogados que personal de la limpieza. Hoy es una noche para celebrar que por fin estoy con vosotros.
Lo ha dicho de forma tan hiriente que mis piernas tiemblan, mi mente se nubla y mi mirada se pierde en la habitación tratando de evitar el contacto visual con los duros ojos de acero de Lola, hasta que, tras la figura de ella, me doy cuenta de que Manuel está allí y que ha asistido a toda nuestra conversación.
Su gesto afligido dibuja más culpa que tristeza.
Es incapaz de mirarme a la cara y tiene la vista fija en la espalda de su mujer.
—Manuel, ¿no quieres saludar a Clara? —para Lola aquello es una gran victoria y no tiene ningún tipo de vergüenza al restregármelo por la cara.
—Hola, Clara, me alegro de verte bien.
—Gracias, yo también me alegro de que estés bien —mi alma se parte y no lo soporto ni un instante más—, pero, si me perdonáis, me apetece pedirme algo de beber y saludar al resto de compañeros.
—Por supuesto —Lola se aparta y señala un pequeño pasillo a nuestra izquierda—,por allí, en la cocina, pide lo que te apetezca, estás en tu casa.
Y, dicho lo cual, la mujer desaparece entre el gentío cada vez más numeroso, seguida por el perro faldero en el que se ha transformado Manuel.
Me siento mareada, así que creo que lo mejor es pedir algo de beber y salir al jardín. Tal vez las sombras de la noche puedan esconderme del mundo un rato y tenga tiempo para recomponer los pedazos de mi corazón herido, lo suficiente para soportar lo que queda de noche.
En la cocina —casi más grande que todo mi apartamento entero y perfectamente aderezada para servir a los invitados de una noche como aquella— hay tres jóvenes encargándose del catering y las bebidas, atendiendo a unos y otros con una sonrisa en la cara y todo el protocolo que eventos así merecen.
—¿Le apetece algo de beber?
Tras una gran mesa auxiliar repleta de canapés y vasos vacíos, un chico rubio, que me recuerda al joven médico que me había atendido tan solo unos cuantos días atrás, me mira con gesto servicial y las manos cruzadas a la espalda.
—Vino blanco, por favor.
Los movimientos del joven son perfectamente profesionales, preparando con mimo una elegante copa de vidrio que llena directa desde una botella Sorte o Soro, de Rafael Blanco, que seguro cuesta casi doscientos euros. Todo un lujo que bien merece una ocasión como aquella.
La suave brisa que azota mi rostro es un manantial de frescura cuando mis pies pisan el jardín.
Allí, solo unos pocos perdidos que buscan un refugio lejos de la casa para fumar conversan fuera de la protección de las paredes de la vivienda.
Como había pensado, es un buen sitio para esconderme un rato y remendar mi destrozada autoestima por el encuentro con el matrimonio que había terminado de hundir las pocas esperanzas que tenía de que aquella noche terminase de forma aceptable.
Pero qué equivocada estaba.
Envuelta por la soledad que las sombras de la noche me ofrecían, de lejos, de pie en el umbral de la cristalera que da acceso al jardín, puedo ver cómo un último fantasma amenaza con terminar de destruir el mundo que, por momentos, se resquebraja a mi alrededor.
Perfectamente vestido con traje oscuro y camisa blanca, pero sin corbata —posiblemente Armani o Prada, es difícil de distinguir a tanta distancia—, la figura de Alberto ha posado su mirada en mí y con paso firme se acerca con una sonrisa amplia dibujada en el rostro y una copa de champán en las manos.