CAPÍTULO 19
MANUEL
“Y es que tú eres tan perfecta y yo solo un perfecto idiota”
En el mismo instante en el que veo el libro de La cabaña del amor volar por los aires me siento arrepentido. Mi orgullo me ha jugado una mala pasada y mi soberbia no ha frenado el lanzamiento.
Salgo del portal de Clara. El «vete a la mierda» que he gritado no iba dirigido a ella, sino a mí mismo.
Pero, después del espectáculo deplorable que acabo de montar, cualquiera lo defiende.
Debe estar pensando ahora mismo que soy un amargado, un rabioso y un borracho, y tendría razón, salvo en el último calificativo.
Tengo por costumbre ahogar mis frustraciones en música y lectura. Nunca he bebido para evadirme de los problemas y, mucho menos, me he comportado de esta forma. No me justifico, mas la presión que ejerce Lola sobre mí me está sacando de quicio.
Tomo un taxi para regresar a casa. Me gustaría poder ir andando para despejarme, pero no puedo olvidar que mi nueva morada está en Mordor y es justo donde merezco vivir, ya que me comporto como un orco y tengo a mi Lola-Sauron dominándome desde la oscuridad.
En el taxi me siento cada vez más mareado.
Justo cuando el taxista llega a mi destino, asomo mi cabeza por la puerta trasera derecha del vehículo y vomito, como la niña del exorcista, en la entrada de mi nueva casa.
Me limpio un poco con la mano y ofrezco un billete de cincuenta euros al taxista, sin esperar el cambio, como propina después de la escena que acabo de protagonizar.
Me arrastro por el jardín que da acceso a la vivienda, abro la puerta como puedo y se activa el sistema de alarma, por suerte el pedo que llevo no me ha hecho olvidar la clave: el día que besé a Clara por primera vez.
Consigo llegar a mi habitación, me desnudo y me tiendo en calzoncillos sobre las sábanas.
Todo me da vueltas, preciso lanzar el ancla, es decir, saco la pierna de la cama para evitar volver a vomitar y solo de esta forma consigo caer dormido.
«¡Maldita resaca!», grito, mientras soy consciente de que debo seguir abriendo cajas y montando algunos muebles de la casa. En unos días llega Lola y no quiero broncas con ella. Sigo ordenando los libros, en calzoncillos y con una taza de café solo, doble, sin azúcar.
Observo que Lola tiene varias novelas de Náyade Amaya. Las tomo en mis manos, las extiendo sobre la mesa y las ordeno por fecha de publicación. Por suerte, mi ex mujer tiene el primero que publicó.
Abro sus páginas y me sumerjo en su lectura. He de reconocer que me ha encantado. La historia es fresca, chispeante, llena de matices, con personajes redondos y muy bien ambientada. Las escenas eróticas son ardientes, sin llegar a ser soeces, y me llevan a un estado agradable de excitación.
Debido al tiempo que he dedicado a leer, no he hecho nada de lo que tenía que hacer en la puta casa, y es más, no lo voy a hacer.
Voy a contratar a una empresa de servicios del hogar para que lo haga por mí y le voy a pasar la factura a Lola.
«¡Qué la den!». Es mi pequeña venganza. Le voy a contar que tengo unos trabajos y exámenes que corregir y, mientras, me voy a leer todos los libros de Clara al sol, echado en la tumbona del jardín.
El que más me apetece tener es La cabaña del amor y lo estoy pidiendo por Amazon, dado que mi ejemplar se quedó tirado en el descansillo de Clara.
He pasado toda la semana con Clara entre mis manos. Leerla ha sido un placer. Me trago todas mis palabras sobre la literatura romántica y erótica. Cuán gilipollas me siento por las cosas que le dije sobre sus novelas. Nunca más volveré a juzgar un libro por su portada.
Me encantaría decirle todo esto en la cara.
Pedirle mil perdones, suplicarle que vuelva conmigo, que no se separe de mí jamás.
Confesarle que nunca he sido más feliz ni me he sentido más completo que estando a su lado.
Pero me temo que, después de la que líe a la puerta de su apartamento, he perdido todas las oportunidades.
Me lo merezco, por cobarde y por imbécil.
Mañana llegan Lola y los niños. La casa está bastante apañada.
Se ha creído mi coartada. Parece que no es una abogada tan perspicaz.
Debe considerar que me tiene dominado, pero tengo clarísimo que cuando este mes que le he dado de fianza pase, me voy a ir de aquí y voy a seguir adelante con el divorcio, aunque no continúe mi relación con Clara.
—¡Hola, papi, te hemos echado mucho de menos!—exclama mi hija María, mientras se lanza a mis brazos. Su hermano corre detrás para imitarla. Después de comérmelos a besos, les tomo de las manos y, sin mirar siquiera a su madre ni saludarla, me adentro en la vivienda para mostrársela.
No son tontos y algo perciben. Cuando llego a mi habitación, la que será la biblioteca, les explico que voy a dormir allí y cierro la puerta para hablar en privado con ellos.
—No sé si mamá os ha dicho algo. Pero sois muy inteligentes y ya os imaginaréis que mamá y yo no estamos bien.
—Sí—contesta triste Antonio—. Mamá y tú estáis enfadados.
—Cierto—hago una pausa y les pido que se sienten a mi lado en mi cama—. Y las personas no pueden estar siempre enfadadas y discutiendo.
—Sí, papá, pero cuando María y yo discutimos nos dices que hay que hablar las cosas, entender al otro y pedirse perdón.
—Tienes razón, hijo. Pero mamá y yo ya hemos intentado arreglarlo y no ha sido posible. No nos entendemos y, como queremos lo mejor para vosotros, es mejor que no seamos una pareja, pero seguiremos juntos como padres…
—Os vais a divorciar, ¿verdad?—dice María—. Muchos niños del colegio tienen papás y mamás separados.
—Eso es, mi niña. Pero repito, no nos alejaremos de vosotros jamás. Tu hermano y tú seréis nuestro punto de unión para siempre. Queremos estar felices y disfrutar del tiempo cuando estemos con vosotros y que no nos veáis con caras tristes, como nos habéis visto estos últimos meses.
Nos fundimos en un infinito abrazo de tres. Les explico que estaremos en esta casa unos días, hasta que papá encuentre una guay para los tres, y que no nos verán discutir más. Esto me lo prometo a mí también. No voy a dejar que mis hijos presencien una guerra entre Lola y yo.
En pocos días están instalados y yo pronto cierro el curso para pasar el verano con mis hijos.
Ventaja de ser maestro. La directora del colegio me ha presentado mi renovación por un año más y yo la he firmado gustoso.
No es el trabajo de mi vida, pero me permite seguir viviendo en Madrid, estar cerca de los niños y el tiempo suficiente para escribir.
Lola pasa horas al teléfono y frente al ordenador, aún a caballo entre casos de Zaragoza y reuniones con el nuevo bufete.
Me pregunto si habrá coincidido ya con Clara en la oficina.
Además, anda ajetreada preparando un mega evento en casa con su jefe, socios, compañeros y clientes importantes del despacho.
No quiero saber nada del tema, tan solo me vestiré con un traje elegante y haré el paripé que me ha pedido.
De los niños se encargará una amiga de Lola que vive en Madrid y se los llevará a su casa para pasar el día.
Me he ofrecido como canguro, pero me ha rechazado, me quiere al ciento por ciento en el rol de marido perfecto.
—Esta tarde viene el director de la empresa de catering y decoración para ultimar el evento. Quiere ver in situ dónde ubicar cada cosa—anuncia Lola.
—Muy bien. Yo me voy a montar en bici con los niños —respondo sin más.
—¿No te quedas para dar alguna idea? —mira hacia otro lado y se contesta ella misma—. Vale, tampoco haces falta. ¿Sobre qué hora volveréis?
—Tarde, para ducharnos y cenar. Nos llevamos un picnic para merendar.
—Pasadlo bien —me dice desahogada.
Como le he contado, nos vamos con nuestras mochilas, merienda y bebida de sobra para pasar toda la tarde de excursión. Los niños están eufóricos por hacer esta salida.
Horas después, al volver, veo un coche deportivo aparcado fuera.
Miro el reloj y son las ocho. «Sí que ha dado de sí la decoración del jardín.
De la que me he librado». Cerramos la verja de la cancela exterior y aparcamos las bicicletas.
Los niños entran trotando en casa, emocionados por contar donde han estado, y se cruzan con un joven atractivo que baja la escalera corriendo.
Lo hace tan rápido que se da casi de bruces contra mí.
No me pasa desapercibido que tiene desalineados los botones de la camisa.
—Hola, buenas. Soy Javier, de Cucadas Catering y Eventos —me ofrece la mano, pero no se la estrecho—. Bueno, yo…—tartamudea— ya me iba. Encantado.
—Un placer —digo sonriendo de medio lado y subo la escalera encontrándome a Lola en su dormitorio retocándose el pelo en su tocador.
—Bueeeenas—extiendo la palabra y me río.
—Hola—contesta—. ¿Lo habéis pasado bien?—pregunta demasiado cordial para nuestra relación casi inexistente.
—Parece que he pillado a la señora letrada en un renuncio. Debería ser usted más discreta —cierro la puerta del dormitorio para que no nos oigan los niños.
—Imbécil —murmura en bajito—. Una mujer como yo tiene necesidades que saciar. Esto no hubiese ocurrido si…—no le dejo terminar la frase.
—No me metería de nuevo en tu cama ni por todo el oro del mundo.
Como dicen los jóvenes de ahora: «No te toco ni con un palo».
Me parece perfecto que folles con quien quieras, solo te pido discreción por los niños.
A mí, me resbala — touché , parece que he dejado muda a Sauron.
Lo que no sabía es que me la iba a devolver con sus peores armas.
Ha llegado el día de la fiesta. Me apetece una mierda.
En casa está todo preparado. Hay que reconocer que Javier tiene muy bien gusto para los arreglos florales…
y para otras cosas. Se fue tan avergonzado que, en vez de presentarse él, ha enviado a su socia junto a la legión de camareros para supervisar que la fiesta sea un éxito.
Lo siento por Lola, acabará el evento durmiendo sola.
Antes de que lleguen los invitados, Lola llama a mi puerta.
Abro y admito que estoy impresionado por su look.
Viste totalmente de blanco, como si quisiera dar una imagen angelical, nada más lejos.
Viene a revisar que yo me haya puesto el traje que me ha comprado y que no lleve deportivas, como yo había planeado.
—Perfecto. Estás muy guapo —me hace un cumplido gratis—.¿Y qué camiseta hortera llevas debajo?
—Ninguna. Con lo que llevo se transparentaría—visto un traje azul Klein de Hugo Boss y una camisa blanca—. Además, a ti qué te importa.
—Me sigue haciendo gracia que hagas esas tonterías de crío.
No te pongas así —su actitud es melosa, se acerca demasiado, me susurra al oído y pasa su mano suavemente por mi entrepierna—.
Si no es una camiseta, seguro que llevas un calzoncillo reivindicativo—me aparto con cara de asco y rabia, porque lleva razón.
¡Cómo me conoce! En mi ropa interior dice:«¿Abogado? El que llevo aquí colgado».
—Lola, ya te he dicho que no quiero nada contigo. Como abogada deberías saber que esto es acoso.
—Aún eres mi marido—el rechazo le enfurece y eleva el tono de la conversación.
—Por poco tiempo—la estoy cabreando cada vez más, se lo noto en sus ojos, va a disparar con toda la artillería.
—No sé si vendrá Clara a la fiesta, como lleva unos días enferma…—deja caer y se aleja, haciendo que sea yo quien la persiga para obtener más información.
La sigo hasta la cocina. Dos camareros están colocando unas bandejas con canapés y nos miran de reojo. La tomo del brazo por detrás para frenarla y pedirle explicaciones sobre el tema que ha esbozado. No sé nada de Clara desde que aporreé su puerta y estoy desesperado.
—¿Enferma? ¿Cómo sabes eso? ¿La has invitado?
—Pisa el freno… las preguntas de una en una.
Serías buen fiscal—me mira con superioridad y se dispone a darme la información—.
Por supuesto que está invitada, es parte del personal del despacho y la hija del fundador, don Elizalde.
Tengo un contacto en la oficina que me ha contado que se desmayó allí y se ha quedado unos días en casa.
—¿Un contacto? Será un topo. ¿Y qué más te ha cotilleado tu informador o informadora?—ahora soy yo quien usa un tono brusco.
—Pues, que seguramente venga con su actual pareja, Alberto, un guapísimo abogado que trabaja en el bufete.
Puede que en la fiesta hagan oficial lo suyo, dado que andan escondiéndose por los despachos.
También es posible que esté embarazada y, si lo está, me pregunto quién será el padre…
¿crees que la has podido dejar preñada? Pensaba que no querías tener más hijos— Lola me suelta toda esta información casi sin pestañear.
No sé qué parte de su declaración es verdad y qué parte es mentira para hacerme daño. Me gira todo alrededor, siento que el suelo se va a desprender bajo mis pies.
—¡Basta! —logro gritar—. No quiero saber más. Eres un demonio.
El timbre de la puerta suena y comienzan a llegar los invitados.
Sigo mareado y camino dos pasos por detrás de Lola, mientras ella saluda a sus colegas y me presenta.
Solo asiento como una marioneta, ni siquiera oigo lo que dicen, solo un zumbido en mis oídos y unas palabras que me taladran el cerebro: Enferma, Alberto, actual pareja, embarazada…
Lola me saca de mi ensimismamiento, que empieza a hacerse notable, dándome un pellizco en mi trasero y me susurra:«Compórtate, allí está Elizalde».
Nos acercamos hacia él. Le saluda afectuosamente y me presenta:«Don Elizalde, este es Manuel, mi marido».
Ion, muy marcado de arrugas que simbolizan el paso del tiempo, conserva el frío gesto en su mirada y me provoca el mismo miedo que sentí al verle por primera vez cuando aún era un chaval y Clara me lo presentó.
Nunca olvidaré ese día sentado en su salón, mientras me temblaban las piernas y me sudaban las manos.
Me escudriña con sus profundos ojos claros, los mismos que Clara, pero con una expresión severa. Me pregunto si me reconocerá.
—Encantado—titubeo y le extiendo la mano.
—Un placer, Manuel. Me suena tu cara, pero ahora no caigo, ¿de qué nos podemos conocer?—me sonríe afectuosamente.
—No sé. Soy maestro, así que estoy seguro de que no ha sido en un juzgado —intento hacer un chiste, río y muestro mi característica separación de los dientes incisivos delanteros. Él me devuelve la broma.
—Espero que tampoco te haya visto en la cárcel— todos reímos la chanza sin gracia y me alivia comprobar que no me ha reconocido. Mira por encima de mi hombro y llama la atención de Lola—. Querida Lola, al fin vas a conocer a mi hija, Clara. Parece que se ha recuperado para venir a la fiesta.
Me giro y allí está ella. Diría que está más bella que nunca, pero mentiría. Su físico, sus ojos, su pelo y su ropa son perfectos, pero el gesto de tristeza y angustia le resta la vitalidad, alegría y belleza natural que posee. Necesito su risa, su mirada, sus caricias, sus besos.