CAPÍTULO 18
CLARA
“Tú. Supiste encenderme y luego apagarme”
La noche es calurosa, casi agobiante, a pesar de que el mes de mayo apenas ha asomado en el calendario, así que el camisón ligero es obligado después de una ducha y una cena suave.
Los últimos días han sido una noria de pesadillas que me han asaltado tras cada esquina, esperando pacientes cada instante que mi mente se ha parado un segundo de más.
Y sé que, en cierto modo, es culpa mía y eso es lo que más me ha atormentado durante la última semana.
Quizás fui demasiado dura con él y tal vez no le di la oportunidad de demostrarme que lo que hacía lo hacía por sus hijos, y nada más.
Quizás fui muy testaruda y Manuel no lo merecía, solo trataba de ser justa conmigo y con él.
Al fin y al cabo, todos tenemos un pasado que no desaparece porque queramos empezar algo nuevo.
Ese pasado va a perseguirnos siempre y el de Manuel no iba a ser menos.
Pero, ¿a quién quiero engañar? ¿A mí misma?
Trato de convencerme de algo que no es verdad, que nunca lo será.
Y yo lo sé muy bien. He diseñado y descrito en mis novelas tantas veces esta situación que sé muy bien cómo acaba siempre.
Promesas y más promesas de que van a dejar a su mujer por mil y una razones diferentes, pero al final, después de más o menos altibajos, el matrimonio siempre triunfa y la amante —en este caso yo misma— acaba trastornada por un amor al que han traicionado una vez más.
Demasiadas veces lo he visto, leído y escrito para estar segura de que de yo no quiero ser una víctima más.
Otro capricho pasajero que se desecha como basura cuando la cosa realmente se pone seria.
¿Cuál iba a ser ese momento? No muy tarde, seguro.
Después de que Manuel pasase un par de semanas de nuevo con sus hijos...
con su todavía esposa... disfrutando otra vez del bienestar de una familia que, seguro, echa tanto de menos, ¿cuánto iba a tardar en llamarme para decirme que se lo había pensado, que era mejor dejar las cosas como están y seguir cada uno su camino?
Seguro que no tardaría ni dos semanas. Es más, la verdad es que lo entiendo: volver a la comodidad de su vida anterior con la espectacular Lola metida entre sus sábanas.
Qué tonta he sido.
Todo, al fin y al cabo, es una mentira más, una ilusión que es mejor borrar de mi mente, pasar página y seguir hacia delante.
En mi cabeza, una vez más, suena Camila y su canción Mientes .
Y entonces los oigo cantar muy cerca de mi oído: «Llegas cuando estoy a punto de olvidarte.
Busca tu camino en otra parte, mientras busco el tiempo que perdí, que hoy estoy mejor sin ti».
Meterme en la cama con un Orfidal de 1 miligramo es la mejor alternativa en este momento, así que no hay nada más que hablar.
La tele ya no me entretiene y el trabajo con la novela de Manuel ha quedado aparcado, así que nada me retiene despierta.
Quizás mañana, al amanecer, mi vida despierte con otro color. Qué ilusa soy.
De pronto, de pie bajo el umbral de la puerta de mi habitación, el sonido sordo de unos golpes me sobresalta. Tardo solamente un momento en situarlos y darme cuenta de que alguien, cerca de las once de la noche entresemana, está llamando con los puños a la puerta de madera de mi apartamento.
No es normal que yo tenga visitas a aquellas alturas del día —o de la noche, como es el caso— y no se me ocurre nadie que pueda necesitar nada de mí a esas horas, así que sin moverme un instante, y con la mayoría de las luces del piso apagadas, aguanto la respiración unos segundos esperando que el visitante se marche por donde ha venido.
De nuevo tres golpes fuertes aporrean la puerta y, esta vez, una voz los acompaña
—¡Clara, sé que estás ahí! ¡Ábreme!
Es Manuel. Pero un extraño titubeo en sus palabras me hace sentir que algo no marcha bien.
—¡Clara, venga! Tengo algo que necesito contarte, ábreme.
Está borracho como una cuba.
Mi respiración todavía no ha vuelto a la normalidad, pero siento, muy en el fondo de mi alma, la necesidad de saber qué ha traído a Manuel a la puerta de mi casa en esas condiciones.
Así que, de puntillas y sin hacer el menor ruido, me acerco a la puerta para ver por la mirilla y allí le encuentro a él, con los ojos hundidos por el insomnio y el alcohol, muy lejos de ser el hombre que por segunda vez me había robado el corazón.
—Márchate. Tú y yo no tenemos nada que hablar, ya no. Y menos en ese estado.
—¿En qué estado?¿Borracho? Venga ya, ábreme, tienes muchas cosas que explicarme.
—Yo no tengo nada que explicarte, creo que entre tú y yo todo ha quedado muy claro.
—¿Estás segura? —Manuel parece tambalearse y está a punto de caer al suelo—. Tienes muchos secretos que contarme, señora importante.
Algo en su mano se agita frente a la mirilla de la puerta. Es un libro.
—¿Qué quieres?
Un libro... la portada... los colores...
¡mierda! Es una edición bastante nueva de La cabaña del amor , de Náyade Amaya.
Es decir, una de mis últimas novelas en la que incluí uno de los escenarios principales la casita del bosque de Zuriatxe.
Manuel no es tonto y seguro que ya ha atado cabos y se ha dado cuenta de quién soy en realidad.
—Solo quiero un autógrafo, señora escritora —su tono, rozando el tartamudeo, es ahora burlón—.
Todo este tiempo juntos y resulta que eres la mujer que se esconde tras las escritora erótica del momento.
¡Qué calladito te lo tenías! ¿Y a qué has estado jugando conmigo?
¿Qué necesitaba la gran Náyade Amaya de un escritor fracasado como yo? ¿Eh? ¿Qué querías de mí?
Las lágrimas ya inundan mis mejillas cuando Manuel lanza con fuerza el libro contra la puerta cerrada de mi apartamento, y tras un «vete a la mierda» oigo cómo los pasos irregulares del que hasta hace poco ha sido el amor de mi vida se pierden por el fondo del pasillo a mi derecha, sumergiendo mi vida en un mundo de tinieblas del que, estoy segura, jamás voy a poder escapar.
Demasiadas noches en vela están empezando a mermar muchas de mis capacidades motrices y sensoriales.
La imagen de una mujer fuerte y valiente que cada mañana me devolvía el espejo de mi cuarto de baño se ha desdibujado hasta convertirse en una caricatura irónica de lo que una vez fui.
Y es un estado que no puedo ocultar y que ya me ha costado más de una bronca la última semana en el despacho de mi padre, pues, como buen abogado que es, no tiene ni la más mínima intención de empatizar con los problemas anímicos de su hija y lo único que le preocupa es que el rendimiento del equipo no se vea desgastado por nimiedades sentimentales de una cuarentona fracasada.
—No puedo consentir que vengas a trabajar en ese estado —a su gesto serio y demasiado severo lo acompaña un exagerado braceo que deja muy claro el nivel de mosqueo que tiene el jefe—, y me importa una mierda si tienes que ir al médico, al psicólogo o empastillarte hasta más no poder, pero soluciona ya lo que sea que te pasa o tomaré cartas en el asunto.
¿Estaba mi padre amenazando con despedirme?
Qué va, no iba yo a tener tanta suerte. Darme este trabajo solamente fue una forma poco original de seguir manteniéndome bajo control, a pesar de que la niña adolescente que una vez fui hacía muchos años se había marchado para no volver.
Pero él es un hombre con recursos, capacidades y motivación suficientes para hacer de mi vida un infierno mucho más intenso del que en este instante estoy sumergida.
Únicamente me consuela pensar que, tal vez, en algún momento de mi infancia aquel hombre fue un padre cariñoso, tierno y fraternal, al que el poder y el dinero habían corrompido el alma que alguna vez tuvo.
Lo que él no sabe es que, por mucho que se empeñe, jamás podrá ofrecerme un escenario más duro del que estos días estoy viviendo. Ni de lejos podría nunca imaginarlo.
La luz roja que parpadea en la pantalla táctil de la fotocopiadora me saca de un ensueño que ha durado lo suficiente para alejarme del mundo el momento justo para que no haya notado cómo una figura alta y vestida de traje haya aparecido muy cerca, a mi espalda, sin hacer ruido alguno, pero con una intención muy nítida.
—Hola, Clara. Estás muy guapa hoy —la voz susurrada de Alberto suena muy cerca de mi nuca, empujando con su aliento los cabellos sueltos de mi melena.
—Gracias, pero tengo trabajo pendiente —solo una súplica velada que busca una ruta de huida que no estoy segura de poder encontrar.
Se mueve despacio, con su mano suavemente apoyada en mi cintura, justo por encima de la curva donde mi falda marca el final de la espalda, saboreando cada segundo como solo él sabe y ha hecho durante estas últimas semanas cada vez que me ha abordado a solas en algún rincón del bufete.
—Tú y yo tenemos algo pendiente y se me acaba la paciencia.
—Déjame en paz, Alberto, eres un cabronazo.
—Sí, soy todo lo que tú quieras, pero sabes lo que quiero y lo que pasará si no me lo das.
Aquella foto va a perseguirme durante el resto de mi vida. Me consolaría pensar que fue un error, que todo la gente a mi alrededor lo entenderá, pero eso es solo una ilusión y sé muy bien que el mundo me devorará si Alberto cumple su palabra.
—Eres un cerdo.
No soy capaz de mirarle a la cara, pero estoy convencida de que está disfrutando mucho con todo esto.
Puedo sentir el ardor recorriendo su cuerpo y el brillo de la lujuria en el fondo de sus ojos.
Y no lo soporto, pero no veo un camino fácil para salir de aquello sin que signifique el fin de mi vida personal y profesional tal y como hasta este momento la he conocido.
—Este viernes es la cena de presentación de la nueva compañera, Dolores Hernández —los dedos de Alberto juguetean con mi pelo rozándome la espalda—, voy a reservar en un hotel bonito y, cuando termine la celebración, tú y yo nos iremos juntos, ¿te gusta el plan?
—Vete a la mierda.
—Es tu última oportunidad, o el sábado todos verán por Internet tu lado más sexual.
Y sin más palabras, rozando con su mano mi mejilla derecha, Alberto se marcha envuelto en un halo de victoria que saborea casi con lascivia, y eso es lo que más asco me produce, que sabe que ha ganado y no hay nada que yo pueda hacer para solucionarlo.
Al final de esta semana, el viernes por la noche, acabe como acabe aquello, mi mundo tal y como lo conozco habrá terminado.
Y no solo por Alberto y sus exigencias, sino porque la cena de celebración por la incorporación de Lola al bufete —a la que debo asistir, pues mi padre ha insistido en que mi presencia es algo más que obligatoria— es en la casa de ella, en la que el equipo al completo vamos a conocer su hogar y su familia y donde volveré a encontrarme, tantos días después, tan cerca de Manuel que no estoy segura de poder soportarlo de una forma dignamente aceptable.
La luz sigue parpadeando y la bandeja del papel continua vacía. No puedo pensar y casi no puedo respirar. La ansiedad que invade mi pecho me ahoga y noto que mi mirada se nubla un instante antes de que todo se vuelva oscuro y el mundo a mi alrededor se desvanezca.
Solo veo sombras difusas que susurran palabras que no puedo entender. Un manto lechoso lo envuelve todo y ruidos apagados de pasos lejanos, que van y vienen, resuenan como agujas en el interior de mi cabeza.
—...parece que despierta... ¿Clara? ¿Puedes oírme?
De pronto, la figura imprecisa de un hombre vestido de un amarillo casi fluorescente se recorta contra la luz de los focos del techo. Rubio, ligeramente por encima de la treintena, tiene las manos sujetándome la cabeza mientras sus ojos tratan de encontrarse con los míos.
—…¿me oyes?
—Sí... te oigo —mi voz suena frágil, casi apagada, cuando me doy cuenta de que estoy tumbada en el suelo del pasillo del bufete, muy cerca de la luz roja de error encendida de la fotocopiadora.
—Te desmayaste y al caer te has dado un buen golpe en la cabeza, ¿puedes entenderme?
—Sí, te entiendo... me duele.
—Te va a salir un buen chichón, pero por lo demás estás bien, ¿qué has comido hoy?
—Pues... —trato de recordar el desayuno y el almuerzo, pero una nube difusa inunda mi memoria—, no lo recuerdo.
—Parece un bajón de azúcar y además tiene la tensión por los suelos—ahora el joven rubio se ha puesto de pie y parece hablar con alguien que está muy lejos de allí—. Solo tiene que descansar y comer algo, da la sensación de que lleva más de un día sin nada en el estómago.
—Yo me encargaré de ella, no se preocupe.
La voz de mi padre ha llegado muy clara a mis oídos y noto, en el tono de sus palabras, una inquietud que hacía mucho tiempo no escuchaba y había desaparecido para mí.
¿Es posible que el todopoderoso abogado Ion Elizalde sienta por su hija algo más que vergüenza?
¿Ha vuelto ese hombre a ser otra vez el padre que tanto he echado de menos?