CAPÍTULO 17 #2
Lola y yo no nos comunicamos ni por mail ni por teléfono. Desde el encuentro en el hotel, solo lo hacemos a través de Irene. Abro el sobre perfectamente lacrado y hay una nota manuscrita. Siempre me encantó su caligrafía, elegante y perfectamente alineada. Ella presumía de ello.
Querido Manuel:
Después de algo más de diez años de tanto amor, de dos hijos sanos y maravillosos, es una lástima terminar lo nuestro de esta manera.
Pero así es la vida. Admito que hace tiempo algo no funcionaba entre nosotros y ahora entiendo que tú nunca dejaste de amar a Clara.
Lo sé, porque evitabas pronunciar su nombre y cuando eso pasa es porque aún duele.
No es mi intención mantener a mi lado a un hombre que no me quiere y, por lo tanto, estaré dispuesta a firmar el divorcio con un buen acuerdo económico y con la custodia compartida que solicita tu abogada, si accedes primero a lo que te voy a pedir.
Tómatelo como un último favor a la que fue tu mujer y es madre de tus hijos.
Mi incorporación al despacho Elizalde y Asociados se llevará a cabo a primeros de junio.
Los niños ya estarán evaluados en su colegio actual y se mudarán conmigo.
Ya tengo una casa alquilada. Necesito que me ayudes en ese traslado y en la adaptación de los niños.
Sé que esto no será un esfuerzo para ti.
Lo que viene a continuación es el favor que te pido.
Quiero que finjas que seguimos casados cuando me incorpore al despacho.
Habrá una presentación y organizaré un par de cenas informales en casa con los compañeros y todos, especialmente don Elizalde, deben pensar que somos la familia perfecta.
Es un hombre muy conservador y sé que valora el concepto de familia tradicional.
Por lo tanto, el favor incluye que te traslades a casa con nosotros. No tendrás que dormir ni, por supuesto, intimar conmigo, tendrás tu propia habitación.
A estas alturas de la carta sé que estarás negando con la cabeza y llamándome loca. Pero es lo mejor que puedes hacer si quieres un buen divorcio y ser libre para estar con Clara. Que, por cierto, ya sé que es la hija de Elizalde y que trabajará conmigo.
Si no lo haces tendrás el divorcio más duro y largo de la historia. Abandono de hogar, mal padre, maltrato emocional, infidelidades… no suena bien, ¿verdad? Mucha gente en Zaragoza me apoyaría con su testimonio: mis padres, amigos, vecinos, maestras…
Solo será un mes, después firmaré el mejor acuerdo que podrías esperar. Piensa en los niños, en tu familia, en tu reputación y en tu amada.
Lo dejo en tus manos, confío en que tu decisión será la correcta.
Con cariño.
Lola
—Contéstale que sí —me levanto y salgo del Starbucks donde estaba reunido con Irene y camino sin rumbo por la ciudad durante horas, hasta que suena el teléfono. Es Clara.
—¿Dónde estás, Greñas? Irene me ha dicho que te fuiste muy preocupado de la cita, pero de eso hace tres horas.
—Estoy cerca del Parque del Oeste, ¿te apetece venir a ver la puesta de sol en el Templo de Debod?
—Ahora mismo voy —Clara ya sabe que algo no va bien.
Cuando llega se sienta a mi lado. Me abraza y ambos miramos en dirección al Palacio Real, donde el cielo está tomando un color ambarino.
Le muestro la carta y lloro y grito de rabia por la decisión que he tomado.
Lola de nuevo me maneja como un títere. Creí que Clara me iba a entender, pero no es así.
«Esto se llama chantaje», me dice y, aunque yo también lo sé, sigo opinando que es mejor aceptar su propuesta, porque me aterra Lola. De nuevo soy un cobarde.
El sol cae aún más, el día se acaba. Los turistas se apiñan grabando con sus móviles el atardecer. Tomo la mano de Clara que está hecha un mar de lágrimas.
—Cuando todo esto pase, mi amor, estaremos juntos para siempre. Lola ya no se interpondrá más—intento convencerla—. Te presentaré a mis hijos y te enamorarás de ellos y ellos de ti. Nos casaremos.
—Manuel —me mira con los ojos empapados—. No lo podré soportar. Y no es que desconfíe de ti porque vivas con ella, es que si aceptas esta condición, después te pondrá otra y así sucesivamente, y siempre te tendrá cogido por los huevos.
—Lo hago por los niños, ya sabes lo duro que han sido estos meses sin verlos. En cuanto tenga el divorcio y la custodia solucionada ya no tendrá nada con lo que hacerme daño.
—¿Sabes lo que se puede dilatar eso en el tiempo? Yo sí. Sigo siendo abogada. ¿Y nuestro libro? ¿Nuestros proyectos juntos? ¿Eso para cuándo?
—Un mes cariño, solo me pide un mes. ¿Qué es eso después de veinte años buscándonos?
—Ni un mes ni un día ni un minuto. Me prometiste que todo iría bien, que me cuidarías y que estaríamos juntos para siempre.
Lo siento, Manuel, ahora soy yo la que te tengo que decir que lo nuestro se ha acabado —me rodea la cara con las manos y me besa.
Se incorpora y sale corriendo sin echar la vista atrás. Yo me quedo congelado en el sitio.
Unos jóvenes que están sentados en el césped miran atónitos la escena.
Después siguen a lo suyo, entrechocan a modo de brindis sus latas de cerveza y uno de ellos sube la música del altavoz al reconocer una melodía pegadiza.
No es mi estilo de música, pero reconozco a quien canta, mis alumnos me han puesto al día.
Es el madrileño C. Tangana y entona una rumbita : «No me vale con mis buenas intenciones (que no, que no).
No me vale con mis buenas acciones (No me vale).
A ella no le vale con que le escriba canciones. Ingobernable, el amor de mis amores».
Efectivamente, acabo de dejar escapar al amor de mis amores. Y de nuevo me siento un cobarde como hace veinte años.
Soy el pringado del siglo. La casa que ha alquilado Lola está en la periferia. El piso de Clara estaba a tan solo unas paradas de metro del colegio donde trabajo y donde vamos a escolarizar a los niños. Ahora tendremos que madrugar el doble e ir en coche.
Soy un paria, me ha tocado recibir al camión de mudanza con todos los enseres de Zaragoza.
Soy un imbécil, acabo de perder por segunda vez al amor de mi vida.
Lo único de la casa que me gusta es que voy a tener una habitación propia. En un futuro será biblioteca y despacho, pero ahora he colocado mi cama. Y qué mejor lugar que compartir espacio con libros.
Monto una estantería y comienzo a desempaquetar las cajas que contienen los libros.
Me estoy cagando en todo. Han mezclado los míos con los de Lola, así que me toca reorganizarlos, espero poder irme pronto de aquí y llevármelos al apartamento de Clara.
No pierdo la esperanza de que me perdone, esta vez no estoy dispuesto a perderla.
Tomo un libro con una portada muy bonita que me recuerda a Zuriatxe. Leo el título La cabaña del amor . Su autora es Náyade Amaya. Me pica mucho la curiosidad por saber cómo escribe esta mujer y poder criticarla con argumentos sólidos.
Me tumbo en mi nueva cama con el libro entre mis manos. Según la sinopsis, trata de dos personajes que son infieles a sus respectivas parejas y viven un tórrido fin de semana en un lugar mágico y, desde ese día, ya nada es igual para ellos.
¡Joder! La pluma de la autora me recuerda demasiado a… ¡no puede ser! La cabaña donde huyen es igual a…