Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

MANUEL

“Y en mi corazón que está muerto de miedo por tus amenazas.

Que te vas ir”

Llevo dos meses sin ver a mis hijos, pero no es porque yo no quiera, Lola me lo está poniendo difícil. Cuando he intentado viajar a Zaragoza para verlos, se saca de la manga cualquier evento familiar, excursión, actividad de la escuela, para que, de esta manera, desista en mi intento.

Tampoco ha accedido a venir a Madrid con ellos y me consta que ella sí lo ha hecho para reunirse con su jefe del nuevo despacho, es decir, el padre de Clara.

Esta noche hemos tenido la bronca del siglo por teléfono y de lo que más me arrepiento es que ha sido en el apartamento de Clara y ella lo ha escuchado todo, y sé que se siente responsable de mi problema.

Clara y yo vivimos juntos desde el día que volvimos de Zuriatxe. Nos dimos cuenta de que habíamos perdido veinte años y no podíamos desperdiciar un minuto más. Además, tenemos la excusa de investigar y escribir nuestro libro, el cual hemos adelantado mucho.

Me encanta verla escribir en el ordenador con esas gafas enormes con lentes de filtro azul que se pone.

Otro de los motivos por el que me trasladé se llama Alberto. Le costó admitirlo, pero sé que tiene miedo, y no solo a Alberto, también a su padre y lo qué pensará si se entera de lo sucedido.

No he querido dejar mi apartamento, pese al ofrecimiento de Clara, por si venían mis hijos, pero después de esta discusión con Lola, me queda claro que no va a permitir que vivan conmigo tan fácilmente y que me tocará luchar por ellos.

—Manuel, siento lo que tengo que decirte —Clara se sitúa frente a mí. Yo estoy sentado en el sillón del salón con mi cabeza gacha entre mis manos y a punto de llorar—. Te voy a hablar como abogada. No vas a poder ver a tus hijos hasta que no firméis un convenio regulador.

—Pero no puede hacerme esto…

—Lo sé, éticamente no debería, pero Lola está jugando contigo dado el limbo legal en el que os halláis ahora.

—O sea que la única solución es separarnos oficialmente de inmediato. Pero, ¿cómo? No quiere encontrarse conmigo.

—Ya sé que a ti te gustaría dar la cara y exponerle lo que ha sucedido, pero tendrás que recurrir a la vía judicial e interponer una demanda de separación.

—Ja, ja, ja… ¿me estás sugiriendo que lleve a los tribunales a la abogada del diablo?

— No. Tú solo no. Me tienes a mí. Yo soy una abogada mediocre que estudió Derecho obligada por sus padres, pero con muchos contactos. Y entre ellos, la mejor abogada de familia de Madrid, mi compañera de la facultad Irene Sastre.

—Me suena su nombre.

—Claro, la habrás visto junto a algún famoso o famosa llevando sus casos de divorcio.

Menuda labia tiene mi amiga. Ahora mismo la llamo…

—Clara toma su iPhone en la mano y no me da tiempo a decir nada—.

Además, está como loca por conocerte —me susurra mientras espera que le conteste su amiga—.

Hola, bella, tienes que hacerme un favor.

No te lo vas a creer, te voy a pedir que te ocupes del divorcio de Manuel.

Cuando cuelga la llamada, le pregunto qué sabe Irene de mí y Clara me contesta que todo, pues fue su paño de lágrimas cuando se cambió de carrera y le ayudó a superar una ruptura que después de varios años aún no podía olvidar. Es decir, la nuestra.

Acabo de terminar de hablar con Lola por teléfono. Parece que está más tranquila que la última vez que conversamos. Ha recibido noticias de mi abogada, que se ve que es muy eficaz y me ha pedido que nos veamos este fin de semana para hablar en persona.

Considero que tiene sentido y es razonable, después de diez años juntos y dos hijos en común, que hablemos las cosas cara a cara e intentar, al menos por los niños, poner un mejor broche final a nuestra vida en común.

Me ha citado en el hotel donde se aloja, y, por un lado, me alegro de que no se presente en el apartamento en el que ya no vivo.

Clara pone mala cara cuando le digo que voy al hotel Puerta de América a reunirme con Lola.

«Ahí queda la gente de clase alta para verse con su amante», me advierte.

«Pero mi amante eres tú», le susurro mientras le beso el cuello haciendo que se estremezca y ella me responde con un tirón suave de pelo hacia atrás.

Es una pena, pero tenemos que dejar el calentón para luego, porque llego tarde a la cita.

Llamo a Lola desde la acera frente al hotel y me dice que aún no está preparada y que suba a su habitación.

Anuncio en la recepción a qué habitación voy y, al decir mi nombre, me sorprende que ya están avisados y que tengo permitido subir.

Me huele a encerrona, pero no sé qué es lo que pretende Lola hasta que la veo abrir la puerta en ropa interior. Quiere seducirme.

—Perdona, ahora mismo me pongo la ropa. Aunque no es algo que no hayas visto antes, pero sí hace mucho tiempo —me atrae hacia ella bruscamente y me acorrala contra la puerta de la habitación.

Intenta besarme y yo le hago la cobra. No se lo espera y contraataca tocándome la entrepierna, pero yo le retiro la mano y me escabullo como puedo.

—¿De qué vas, Lola?

—¿De qué vas tú? Intento arreglarlo, pero no me dejas.

—Así no se arreglan las cosas. Me has negado que vea a mis hijos, llevas años ninguneándome y tratándome como un ser inferior, y ahora no vamos a solucionar las cosas con un polvo.

—¿Años? Pero si la bronca fue esta Navidad.

—Sí, años. Lo de esta Navidad fue la gota que colmó el vaso y, además, no te voy a engañar, estoy saliendo con una mujer.

—¿Con otra? ¿Tú? —se carcajea—. Bueno, después de diez años es normal echar una canita al aire, yo tampoco te voy a mentir, en mis viajes nunca me ha faltado compañía que me calentase la cama

—¿Estás confesando que estando conmigo has tenido aventuras con otros hombres?

—¿Me estás juzgando, Manuel? Tú has hecho lo mismo.

—Lo mío no es una aventura, es una relación importante y ha comenzado cuando tú y yo ya habíamos roto.

—¿Una relación importante? ¡Qué pena me das! No puedes estar solo. ¿Quién es la zorra roba maridos? —me duele tanto la forma en la que habla de Clara que ya no me importa ofenderla yo a ella.

—Pues sí, la relación más real que he tenido.

Se llama Clara, ¿te suena? —Lola permanece muda y su tez se torna blanca—.

Mi novia de la universidad, la mujer de mi vida —añado—.

Nos hemos reencontrado en Madrid. He accedido a venir aquí para hablar civilizadamente contigo y buscar la mejor solución para los niños.

Pero tú acabas de joderlo todo. Así que...

Ciao, Lola, sabrás de mí por mi abogada.

Me marcho de la habitación dando un portazo.

Mi despedida ha sido un poco teatral, lo sé, y no sé si reír o llorar en el ascensor.

Estoy deseando llegar al apartamento y contárselo a Clara, quien no confiaba demasiado en este encuentro.

Pero tengo un miedo horrible a la respuesta de Lola cuando reaccione a mi órdago.

Es raro en mí, pero en vez de coger el metro para regresar al apartamento de Clara, tomo un taxi.

Necesito llegar lo antes posible, lo admito.

Clara se ha vuelto mi refugio. Sé que sus consejos me serán de utilidad en estos momentos de confusión, y no solo porque sea abogada y mi novia, sino porque la considero una persona razonable, madura y empática.

Llego exhausto, el corazón me va a estallar, no me acost

umbro a plantarle cara a Lola y ya van varias veces. Clara me abre y lo primero que hace es abrazarme, y yo me siento en casa.

La cosa cambia cuando le cuento todo, no sé dónde se ha metido la Clara razonable, madura y empática.

Aunque me asusta, al mismo nivel que me divierte, oírla decir tantas palabrotas y blasfemias seguidas.

Está celosa de Lola y no debería, pero reconozco que me halaga un poco.

Cuando acaba de poner a parir a mi ex, me mira con sus ojos verdes saltones y me increpa.

—¿No me vas a decir nada?

—Que estás muy sexi cuando te enfadas —no puedo evitar reírme.

—Ay, Manuel —suspira profundamente—, me desesperas. Parece que no te tomas nada enserio. ¿No te has dado cuenta de lo peligrosa que es Lola y de que es capaz de todo para jodernos?

—Sé cómo es Lola a la perfección, pero no conocía tu faceta celosa.

—No cambies de tema. No estoy celosa, es que tu ex mujer acaba de intentar acostarse con mi novio, ¿cómo quieres que me lo tome?

—No he sentido nada por Lola, ni amor ni atracción.

Solo te deseo a ti. Te quiero —y nada más pronunciarlo, me doy cuenta de que desde que hemos vuelto no se lo había dicho aún.

Siempre he pensado que no es necesario decirlo, sino demostrarlo, pero hoy deseo que lo sepa ella y todo el vecindario, así que lo grito fuerte—.

¡Te quiero, Clara! ¡Y nunca he dejado de quererte!

—¡Cállate!—los malos humos de Clara han dejado hueco al buen humor y comienza a reírse y forcejar conmigo, poniéndose de puntillas para intentar taparme la boca con sus pequeñas manos—.

No me muerdas la mano, Manuel, deja de gritar…

— ya es tarde, he dejado de morder su mano para morder su boca.

La tomo en vilo y, sin demora, la tiendo sobre el sillón para hacerle el amor.

—Es dura de pelar—admite Irene, mi abogada, que lleva dos meses de duras batallas legales contra Lola para que me deje ver a los niños.

Solo los he podido ver dos fines de semana; por supuesto, he tenido que desplazarme a Zaragoza y alojarme con ellos en un hotel. Me ha costado un ojo de la cara, menos mal que la abogada no me va a cobrar.

—Ya os lo dije, Lola es una hiena en los tribunales —admito resignado.

—Manuel, tu ex mujer me ha dado una carta para ti.

Me ha transmitido que es una petición personal antes de firmar los papeles del divorcio.

La tienes que leer y contestarme con un sí o no a lo que te solicita.

Sé que es muy raro y poco habitual, pero supongo que debe ser algo muy íntimo que no quiere que yo sepa y se ha visto obligada a dármelo, dado que no tenéis otra vía de comunicación.