Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—¿Entonces? ¿A qué tienes miedo? —Manuel vuelve a concentrar su mirada en la carretera, al tiempo que parece alejar su alma a un millón de kilómetros de allí—. Ya te dije que voy a dejar a mi mujer. Yo no tengo dudas sobre eso ni sobre nada más.

—Yo tampoco tengo dudas, pero hay cosas que no te he contado... y son cosas que quizás cambien la idea que tienes sobre mí.

—Clara, de verdad que me estás asustando mucho —suavemente, y tras levantar ligeramente el pie del acelerador, Manuel pone una mano fraternal sobre mi rodilla—. Cuéntamelo.

—No es fácil para mí.

—Ya lo estoy viendo, pero aún nos quedan más de tres horas de coche... creo que tenemos tiempo.

Su sonrisa es cálida, tierna, deliciosa. Y cuando me mira con esos ojos de roquero rebelde no puedo si no suspirar profundamente, sentirme a salvo y confiar en que sus brazos frenen la caída a los infiernos que estaba a punto de protagonizar.

—Vale... es algo que pasó la semana que nos reencontramos, pero que es ahora cuando está pasándome factura.

Con los ojos húmedos por las lágrimas y un nudo amargo en la boca del estómago narro, con todos los detalles que puedo recordar, aquel extraño encuentro con Alberto en la sala de documentación de mi oficina.

Cómo dejó aquel papel en mi mano que, al abrirlo, proyectó una imagen de mí misma, semidesnuda en mi cama, la noche que ese cerdo me acompañó tan caballerosamente a mi casa y que había aprovechado para guardarse una carta bajo la manga con la que ahora trataba de chantajearme, y que estaba usando a diario para convertir mi vida en un infierno.

—¿Y qué es lo que quiere? —Manuel había absorbido toda la historia casi sin pestañear, con la vista fija en la carretera. Tan solo desviaba su mirada cuando mis palabras cesaban.

—Acostarse conmigo.

—¡Me cago en su puta madre! —Manuel golpea con furia el volante con el puño de su mano derecha cerrado—. ¡Voy a partirle la cara!

—No digas tonterías, te meterías en un lío.

—Pues denunciémosle. Seguro que la policía podrá hacer algo.

—No puedo. Si voy con el cuento a la policía y hace algo con esas fotos, como publicarlas en Internet, puede arruinar la reputación de mi padre y su bufete, y eso son palabras mayores.

—¿Y por qué no acudes a tu padre directamente? Cuéntaselo y que él se encargue de ese hijo de puta.

—¿Cómo voy a contarle esto a mi padre? ¿Qué pensará de mí? Sabes lo tradicional que es. Me culpará a mí y a saber qué más. No, esa tampoco es una solución.

Manuel permanece callado un momento, barajando opciones y alternativas.

Noto como su corazón late con fuerza —con furia más bien—, desbocado ante algo que no es capaz de asimilar, de asumir.

La ira y el odio crecen de forma exponencial cada segundo que el silencio que se ha instalado entre nosotros nos separa al uno del otro.

—Hasta el momento lo he podido esquivar, pero no sé cuánto tiempo más resistiré ni hasta cuándo Alberto esperará.

—Tranquila, saldremos de esta, juntos —y de pronto, cuando sus ojos se cruzan con los míos, una sensación de calma se adueña de mi corazón justo en el instante en que los dedos de su mano rozan mi mejilla empapada de lágrimas—. Te lo prometo.

La ducha de agua caliente que recorre mi cuerpo no consigue del todo calmar la angustia que me abraza el estómago desde hacía unas cuantas horas.

Por mi cabeza pasan muchos momentos, y demasiadas pesadillas, que acompañan mis noches de las últimas semanas.

Un callejón sin salida que amenaza con derrumbar una vida que muy ilusamente se había llenado de color.

—¿Dónde guardo mis calzoncillos?

Manuel lleva desde que llegamos a mi piso en Madrid trasteando entre armarios y cajones —tal y como habíamos hablado, iba a instalarse de forma más o menos definitiva conmigo aquí, para estar juntos y vivir por fin de forma plena aquella relación que llevaba tanto tiempo esperando—.

Cuando de repente asoma la cabeza por la puerta entreabierta del baño, mientras mi mente todavía está a un millón de mundos de distancia de allí.

—¿Qué dices? —bajo ligeramente la presión del agua de la ducha para poder oír lo que está intentando contarme.

—Que dónde puedo guardar mi ropa —pero su tono ya se ha desvanecido al meterse, totalmente vestido, bajo el suave chorro de agua que no tarda demasiado en empaparle por completo.

—Estás loco.

El abrazo fuerte de su cuerpo contra el mío y los besos que con tanta pasión es capaz de ofrecerme son la única terapia que consigue calmar el dolor de mi alma y, por solo unos momentos, lograr que me olvide de todo lo demás.

—Prométeme que todo saldrá bien —oculto mi rostro entre los pliegues mojados de su camisa para esconder las lágrimas que de nuevo inundan mis ojos.

—Te lo prometeré tantas veces como quieras. Todo irá bien. Nada en el mundo logrará separarme ya de ti.

El tono de su voz es tenue, suave, plenamente capaz de enterrar todos los fantasmas que me persiguen.

—Solo hay una cosa que no me gusta —Manuel pronuncia la frase de forma seria, cortante, y por un momento mi rostro se ensombrece— tenemos que buscar un sitio para colocar la litera de los niños.

Una sonrisa enorme se dibuja en mis labios.

—Te quiero.