Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

CLARA

“ Es vida lo que me das. Vida tu caminar”

Querida Clara:

Siempre has sido una niña muy inquieta y estoy segura de que pronto surgirán en tu alma un millón de dudas sobre tu pasado, tus orígenes y sobre tu lugar en el mundo.

Si no es así, dobla esta vieja carta y quémala.

Pero te conozco bien, mi niña, y me siento en la obligación, y estoy segura, hoy que aún la cabeza me funciona como debiera, de contarte todo aquello que en algún momento habrás imaginado o imaginarás.

En mi época de moza yo era una cría muy guapa, como tú.

Tu mirada, tu rostro, tu pelo y ese aire de mujer independiente que siempre te ha envuelto.

Pero, en cambio, en aquellos tiempos el amor no era algo que una mujer como yo pudiese elegir.

Aunque no te confundas. Yo amé a tu abuelo cada minuto que estuvo a mi lado y él se encargó de mí, y de nuestro hogar, hasta el día que se marchó.

Pero como te decía, el amor en mis tiempos era otra cosa.

Nada comparado con el romanticismo que hoy en día os vuelve locos a los jóvenes.

El amor era una obligación moral y social para con tu familia y tu comunidad.

Algo que te imponían, sí o sí, para que todo fuese como debiera ser.

Para que la vida continuase donde tus padres la habían dejado preparada para ti.

Y ahí es donde colocaron a tu abuelo, cuando yo todavía era bien moza, para que no olvidase nunca cuál iba a ser mi lugar en el mundo.

Pero como buena rebelde que yo siempre había sido, era solo cuestión de tiempo que todo se torciese para nunca poder volver atrás.

Y así fue, porque entonces apareció él. Alto, rubio y de ojos verdes, pero también perdido, herido, temblando de frío y de miedo. En mitad del bosque, una noche de invierno, me encontré a un hombre que sangraba tímidamente por un corte abierto en su hombro izquierdo.

Y no me preguntes por qué. No tengo una respuesta para ti, porque tampoco la tuve en ese momento para mí ni creo que jamás, en lo poco que me queda de lucidez en el mundo, pueda encontrar una razón coherente de por qué hice lo que hice.

Simplemente creo que fue lo correcto en aquella noche y sigo pensando que fue así, que obré como buena cristiana, católica, que no puede negar la ayuda a un semejante, sea quien sea, o luche bajo una bandera u otra.

El resto te lo puedes imaginar. Con las cuatro sencillas palabras que aquel hombre sabía pronunciar en un muy mal castellano, yo encontré el amor romántico que con tu abuelo se me había negado.

Alojada en la cabaña que te he dejado como herencia, viví con aquel joven toda una vida en unos cuantos días, pero distinta a la que mi familia, mis padres, con tanto celo habían dibujado para mí.

Aquel joven desapareció de mi vida una tarde en la que un coche enorme aparcó frente a la cabaña y, con más prisas de las necesarias, se lo llevaron de mi lado para borrar lo que para mí había sido la historia más bonita de mi vida.

Por supuesto tu abuelo, por aquel entonces todavía mi prometido, montó en cólera cuando se enteró de que yo estaba embarazada.

Como puedes imaginar, él y yo, tal y como marcaba la tradición, todavía no habíamos yacido juntos, pues pasar por la vicaría era presto y necesario para consumar un amor que ninguno de los dos sentía.

El resto lo puedes imaginar. Una boda que se precipitó.

Una familia que tardó mucho tiempo en normalizar la situación.

Y un bebé que nació, tu padre, nueve meses después, fuerte, hermoso, hijo de su padre, y al que tu abuelo trató, desde el mismo momento que vio su rostro, como si de un ángel se tratase.

Y no me explayo más. Toda la historia, y lo poco que me guardo por contarte, podrás encontrarla entre las cartas y las fotos que te dejo junto a esta confesión.

Yo pronto no recordaré ni quién eres ni quién es tu padre ni quién fue aquel atractivo alemán al que solo el Alzheimer será capaz de borrar de mi mente. Pero no olvides una cosa. Que yo amé con locura a tu abuelo, a tu padre, y que te quiero a ti, mi hermosa niña, más que a mi propia vida.

Nunca lo olvides.

Tu abuela.

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí aquella carta y cómo las lágrimas tardaron muchos días en secarse de mis ojos, no por lo que mi abuela contaba, sino porque lo hacía antes de que su mente, rota por la enfermedad, no fuese capaz de darme más respuestas que las que aquellos papeles guardados en una caja de madera podían ofrecerme.

Un buen puñado de cartas escritas en un español bastante deficiente y un montón de fotografías sin color que contaban una historia completa, sin fisuras, que solo necesitaba componerse sobre un papel para contar todo lo que allí solamente se intuía.

Y ahora, tanto tiempo después, estaba compartiendo aquellas confesiones con Manuel, en la misma cabaña en la que mi abuela había tenido una historia única como la que yo estaba viviendo por segunda vez.

Y en ese momento decidí que yo no sería mi abuela y que nadie iba a volver a decidir sobre mi vida ni sobre mi corazón.

Ya no me importaba nada más que aquella historia, la mía con Manuel y la que los dos teníamos entre manos, ambas llenas de notas y planes, de apuntes a mano sobre un libro que íbamos a reescribir como a nosotros se nos antojase, sin más prólogo que el ya vivido y con un capítulo final que debería terminar con el veneno de Romeo resbalando por sus labios, mientras Julieta apuñala su abdomen rota por el dolor de la pérdida de su amado.

—… sería un gran final, ¿verdad?

—¿Perdona? —Manuel levanta la vista de la pantalla del portátil y me mira a los ojos. Yo había pronunciado aquella frase en voz alta, sin tener en cuenta que el resto de pensamientos me los había guardado para mí misma.

—Nada, disculpa, que solo pensaba en alto y creo que ya estoy mezclando ideas —rodeo con mis manos sus hombros cansados que muestran la tensión de un trabajo al que estamos dedicando toda nuestra pasión—, así que creo que deberíamos dejarlo ya e irnos a la cama, que mañana hay que volver a Madrid y deberíamos aprovechar lo que queda de noche.

—Claro, termino de pasar estas notas y nos vamos a dormir.

—¿Quién ha hablado de dormir? —y antes de que él entienda lo que mis palabras casi susurran comienzo a desnudarme lentamente, acompañando el breve camino que me conduce a la cama con un suave contoneo de caderas que pronto sacan de la mente de Manuel todo lo que no sea estrictamente hacerme el amor como si no existiese un mañana para nosotros más allá de aquellas caricias que jamás debieron habernos arrebatado.

La bruma de la mañana había dejado en la hierba un gélido manto de rocío que estaba manchando las zapatillas viejas de Manuel, mientras yo observaba por la ventana de la cabaña cómo cargaba las últimas mochilas en el maletero del coche tarareando, con la radio encendida, «es vida lo que me das, vida tu caminar, vida que arrampla cobarde, que lucha, que sueña y que perderás».

Qué grande Dani Martín cuando escribió Qué bonita la vida para ilustrar la sensación de nostalgia que ahora mismo inunda mi corazón.

—Venga, Rencorosilla, que es hora de irnos... y me toca conducir...

No voy a ponerle pegas, pues se lo había prometido apenas un par de días antes. Aunque no había sido la única promesa que nos hicimos y que no estábamos dispuestos a volver a romper.

—Voy, Greñas, que parece que tienes mucha prisa por marcharte de aquí.

Aunque no puedo verle el rostro, noto cómo una sonrisa suave se dibuja en sus labios cuando cierra el maletero del Tesla y se pone al volante del coche.

—Pues sí, tengo mucha prisa, pero porque quiero empezar ya esta historia.

Y yo también, por supuesto. Aunque hay en mí un miedo aterrador a enfrentarme a la realidad que me espera en Madrid.

Mi padre y el trabajo en el bufete, Isabel y las presiones de la editorial y, por supuesto, el tema de Alberto, que todavía no le he contado a Manuel.

Y no estoy segura de por qué. Quizás porque temo que algo así enfríe lo que hemos recuperado.

Quién sabe. ¿Y si sus ojos empiezan a mirarme de otra forma?

¿Y si sus sentimientos hacia mí cambian?

Lo único que tengo totalmente claro es que debo contárselo lo antes posible, que lo sepa por mí, con mis palabras, y que entienda que, pase lo que pase, yo estoy con él y que jamás será de otra forma.

El tráfico que nos espera a la salida del pueblo es suave. Solo un par de coches de excursión dominguera interrumpen la visión de una carretera desierta que nos acompañará durante las próximas cuatro horas.

—Estás muy callada, Clara, ¿te sucede algo?

La verdad que me sorprende que Manuel haya pronunciado mi nombre de pila.

No recuerdo cuándo fue la última vez que algo así sucedió.

Y más aún me sorprende el tono serio y adulto con el que lo ha hecho.

Creo que ha sido la primera vez, desde que nos hemos reencontrado, que me doy cuenta realmente que ya no somos dos niños y que hay en nuestras vidas muchas más cosas que debemos abordar si queremos que una relación así, como la que ahora tenemos, funcione al fin.

—Nada grave, Manu, no te preocupes —sonrío tímida, tratando de evitar mirarle directamente a los ojos—, solo que nos veo aquí, a ti y a mí, cuarentones que se comportan como dos críos sin obligaciones ni deberes. Y quizás haya cosas de las que deberíamos hablar más calmadamente.

—¿A qué te refieres?

—A todo y a nada en concreto. Solamente digo que hay cosas que me asusta poner en voz alta y no sé si seré capaz de hacerlo.

—No me estarás diciendo que tienes dudas sobre lo nuestro.

El rostro de Manuel había blanqueado sus facciones, mientras su cabeza, en solo unos segundos, empezaba a dar millones de vueltas alrededor de unas palabras que quizás no debería haber pronunciado.

—¡No! Para nada. Si hay algo de lo que estoy segura es de lo nuestro, de que quiero estar contigo. Y estoy segura de que tú quieres estar conmigo también.