Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—Sí—ahora he sido directo y contundente.

—Me siento mal porque te divorcies, me da pena que tus hijos sufran. Asumo mi culpabilidad, pero voy a ser sincera, para mí esto no es una aventura, no quiero volver a separarme de ti.

—No eres la culpable, ya te he contado que mi matrimonio estaba destruido y me encargaré de que mis hijos no lo pasen mal. Yo tampoco te considero una aventura extramatrimonial.

Nos vamos al sillón frente al fuego, seguimos hablando de nosotros, de la nueva oportunidad que nos ha dado la vida, del libro.

No paramos de hacernos mimos, besarnos y acariciarnos como dos adolescentes, y nos damos cuenta de que el tiempo juntos pasa volando, porque son las dos de la madrugada y estamos hiperactivos.

—Deberíamos acostarnos para ir mañana pronto a ver al padre Unai —me propone Clara.

—Creía que ibas a decir que deberíamos acostarnos y estrenar la cama —ahora el pícaro soy yo.

—Eso también. Mañana el jacuzzi —me muero por ella y con ella.

Acabo de ser consciente de tres cosas. Una: que ir hasta el pueblo corriendo ha sido una mala idea; dos: que ya no tengo veinte años.

Tres: que debo hacer más deporte y ponerme en forma.

Solo a mí se me ocurre ir a por churros y chocolate caliente a las nueve de la mañana, pero se lo debía a Clara por la cagada de anoche.

No sé por qué fui tan brusco diciendo que no me quiero casar con ella, porque no es del todo cierto. No creo en el matrimonio, no necesito volver a pasar por un altar o un registro para que estemos juntos. Si Clara quisiera, no me separaría de ella ni un minuto más.

Al entrar en la cabaña, me la encuentro en la cama con el móvil en la mano y con cara de preocupación.

—¿Dónde estabas? Me he asustado al notar que no estabas a mi lado.

—Tranquila, no vas a deshacerte de mí tan fácilmente—le digo mientras la beso y la paso por la nariz la bolsa con los churros—. Te traigo el desayuno y vengo corriendo para que no se enfríe.

—¿Por qué no has ido en coche? Hay un paseo largo hasta la churrería.

—No quería llamar la atención en el pueblo yendo con un cochazo a comprar el desayuno —me siento completamente sudado y considero que necesito una ducha urgente—. Voy a asearme —de nuevo me mira pícara—. Pero yo solo, que si no, no llegamos a ver al cura.

Llegamos a la iglesia de la mano y nos atiende el joven párroco, se presenta como Francisco y le extraña que queramos ver al padre Unai.

Nos explica que ya no se encarga de los oficios, aunque sigue residiendo en la vivienda parroquial.

Le contamos la relación estrecha que mantenían los abuelos de Clara con el anciano y nos da paso sin poner pegas.

El viejo cura se muestra muy contento cuando nos ve y rápido la abraza. Yo me quedo en segundo plano para que sea Clara, quien, con su labia y conocimientos sobre el sacerdote, se encargue de sacar información.

—Padre, ayer no me atreví a contarle que Manuel en realidad es mi pareja. Entiéndame que decir estas cosas en la taberna es poco discreto.

—Ya lo creo, hija —admite el sacerdote—. Ya están cuchicheando acerca de quién es el mozo. Bueno, pareja, ¿en qué puede ayudaros un viejo cura?

—Queremos que oficie nuestra boda—el religioso está a punto de interrumpirla, pero Clara se adelanta—.

Sé que usted ya no se encarga de las celebraciones, pero sería algo íntimo y sé que a mis abuelos les hubiese hecho mucha ilusión que yo me casara en esta iglesia y, por supuesto, que usted se encargara de la ceremonia.

—Estoy seguro de que a Mayte le hubiese encantado. ¿Sabes que yo casé a tus abuelos? Estaba recién llegado de las misiones en Guinea y no era aún el sacerdote titular de esta iglesia, pero tu abuelo me lo pidió como favor. Era mi mejor amigo y, dada la circunstancias, no me podía negar.

—¿Qué circunstancias? No me habían contado que hubiese algo especial en la boda.

—Nada, nada importante. Que los jóvenes se suelen casar en primavera, pero ellos tenían prisa y lo hicieron en enero—el religioso disimula—. Fue una boda discreta y repentina.

—Padre Unai, sé que usted es un hombre de mundo. No un sacerdote que no ha salido del agujero, ya sé que mi abuela estaba embarazada, no se apure por mí.

—Eso fue, hija, y que tu bisabuelo tenía muy mala hostia. Perdona la expresión, pero si no les hubiese casado, hubiera molido a palos a tu abuela.

—¿A mi amona ? Eso es cosa de dos, mi abuelo también tendría culpa.

—Él era un bendito y la amaba con locura.

Vino llorando pidiéndome que les casara de un día para otro, sino quería ver a Mayte muerta.

Yo los apreciaba mucho a los dos, nos habíamos criado juntos.

No te digo yo que si no hubiese tomado los hábitos, hoy no sería tu abuelo, porque tu amona era la chica más bonita y encantadora del pueblo.

Te veo y me recuerdas mucho a ella—el padre Unai rompe a reír, pero después se torna serio—.

Más tarde entendí todo cuando confesé a Mayte antes de la boda.

—Padre, sé que eso es secreto de confesión, pero usted sabe cómo era de estrecha la relación con mi abuela y sé que ella me quería contar secretos que no pudo, porque no la dejaron ni mi padre ni el Alzheimer.

Mi amona me insinuó cosas que me gustaría aclarar, necesito saber mis orígenes.

Sé que mi abuelo no era el padre biológico del mío, ¿quién era sino?

¿Qué le confesó mi abuela? ¿Mi verdadero abuelo era el erraldoi ?

—Hija, nunca he faltado a mi secreto de confesión ni a mi palabra. Confesé a tu amona y le prometí de que no contaría nada cuando vino suplicándome que les casara. Tienes que buscar tus respuestas en otro lugar, no aquí.

—Solo dígame si mis sospechas son ciertas, si voy bien encaminada en mi búsqueda —el párroco acaricia la cara de Clara y le guiña un ojo.

—En fin, me imagino que lo de vuestra boda lo tenéis que pensar aún un poco, ¿no? —el cura nos ha calado—. Pero hacéis muy buena pareja, y no os vais a librar de invitarme a comer antes de iros a Madrid y de darme una vuelta con el coche fantástico ese del que hablan en el pueblo.