Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

MANUEL

“Paradise. Every time she closed her eyes”

Paraíso. Cada vez que ella cierra sus ojos

La cabaña conserva su esencia, pero está reformada con mucho gusto.

La chimenea, ahora protegida por un cristal, sigue siendo el centro de la estancia y hay un sofá nuevo frente a ella (sé que no es el antiguo, porque hace veinte años me clavé un par de muelles en él, como consecuencia de nuestra pasión desbocada).

A un lado del fuego está la parte del comedor, juraría que son la misma mesa y sillas, pero ahora hay un pequeño office para preparar comida y una nevera. Al otro lado de la chimenea hay una cama de matrimonio enorme y tras ella, solo separada por una pared de cristal traslúcido, está el baño.

Todo es diáfano, sin puertas, y tiene un aire muy romántico. Justo cuando estoy pensando en ello, Clara me abraza por detrás y me susurra al oído:«La cabaña del amor».

—¿Perdón?

—Que se llama la cabaña del amor, como en uno de los libros de Naya...—Clara interrumpe la frase—. Da igual, seguro que no lo has leído.

—Me gusta, es muy romántico, la cabaña del amor. ¿Y por qué decidiste reformarla?

—La idea fue de mi ex marido. Cuando supo que la había heredado, me propuso que la arreglara y la subiera a una app de alquiler vacacional para estancias románticas y así sacaba un dinero. Dirigí las obras a distancia. Tanto el diseño como los resultados solo los había visto en fotos y vídeos

—Entonces, ¿es la primera vez que estás aquí?

—Sí. No había reunido aún el valor suficiente para volver y, al final, nunca lo he alquilado, porque me da pena. Así que se podría decir que lo vamos a estrenar nosotros.

—Vaya, me dejas sin palabras—pero se me ocurren mil formas de inaugurar este lugar junto a Clara—. ¿Puedo hacer fotos para la documentación del libro?

—Claro, para eso hemos venido.

—¿Pero no nos quedamos a dormir?

—A dormir, a trabajar y a lo que surja.

Clara es tan sexi cuando habla, que tengo que poner la mente en blanco para no reaccionar salvaje a sus insinuaciones y poder hacer las fotos antes de que revolvamos toda cabaña.

Saco mi cámara digital de la mochila y, tras disparar varias fotos, las envió directamente al portátil que he abierto sobre la mesa para así poder añadirlas al archivo de la investigación del libro.

—Creo que nos deberíamos dar una ducha, olemos a agua estancada del lago—la sinceridad de Clara es apabullante—. Te propondría usar el jacuzzi del exterior, pero ahora es de noche y no sé si está lleno ni cómo se pone en marcha.

—¿Jacuzzi?

—Sí, el patio es lo más impresionante de la cabaña. Tiene todo lo necesario para pasar un finde romántico. Parece sacado de una novela erótica.

—Ya veo… yo soy un clásico y me conformo con una ducha.

—Te aseguro que no va a ser una ducha cualquiera...

De nuevo Clara y sus insinuaciones. No tengo más remedio que correr tras ella, que rauda se va desprendiendo de la ropa sin importarle que aún no he encendido el fuego de la chimenea, pero no nos afecta, porque el ambiente ya está caldeado.

Si seguimos así, no nos va a quedar energía para documentar el libro, pero no me puedo resistir.

Tras darme la ducha más excitante y pasional de mi vida, volvemos a la calma y, mientras Clara prepara algo de cena, extiendo las fotos antiguas y abro el archivo sobre el libro en el cual hemos estado trabajando los últimos días, añadiendo fotos y pasando a digital las notas que teníamos en papel.

—Ya sabes que no tengo ni idea de cocinar.

—Una cerveza y un sándwich es mi cena favorita —doy un enorme trago al botellín y Clara me guiña el ojo. Sin que me diga nada, sé que se está riendo de lo sediento que estoy tras la sesión de sexo anterior.

Lo primero que se nos ocurre es establecer una línea temporal de la historia para que lo que contemos tenga coherencia. Para la lluvia de ideas, Clara anota la fecha de nacimiento de su progenitor en un bloc y, a partir de ese año, 1947, empezamos a añadir el resto de los eventos.

—Si tu padre nació en julio del 47, quiere decir que tu abuela y el erraldoi estuvieron juntos en 1946.

—Fred, se llamaba Fred.

—Cierto, no me acordaba. Y si confirmamos que, tal y como hemos investigado, Fred era un nazi o hijo de un nazi huyendo de Alemania, debería estar escondiéndose desde el 2 de septiembre de 1945, que finalizó la Segunda Guerra Mundial. Si no huyó antes, como hicieron otros nazis.

—Bueno, todo eso es una suposición, aún no sabemos quién es él —puntualiza Clara—. Nos lo imaginamos.

—Por supuesto, son hipótesis de dónde tirar. ¿Y qué edad tenía tu abuela en 1946?

—Tenía veinte años. Y si Fred tenía la misma edad, hoy en día tendrá algo más de 90 años, por lo que hay probabilidades de que aún viva.

—Joder, Clara, ¿te imaginas que aún esté vivo y diéramos con él? Sería la hostia.

—No cantes victoria. Es posible que fuese mayor que mi abuela, o que haya muerto, o tenga demencia…—Clara me centra —. Sigamos con la línea temporal. Mi padre nació en Zuriatxe, en 1947, y va a cumplir setenta y un años. ¡Joder, qué mayor es papá!, se podía jubilar e irse a la m…

—Ahora no te descentres tú —me da la risa cuando se enciende y se pone bruta con las palabras—. Sigamos. Tu padre nace en 1947 y se traslada a Madrid cuando cumple catorce, ¿qué pasó durante esos años?

—Mi abuela se casa con mi abuelo, ya embarazada de Fred, en enero de 1947. Mi tía nace cuatro años después y mi abuelo muere cuando mi padre tiene siete años y mi tía tres. Es decir, en 1954.

—¿Y por qué fallece tan joven?

—Mi abuelo empieza a sentirse débil, con fiebre y rigidez muscular. Lo cual le mantiene encamado muchos días y, finalmente, muere por una parálisis respiratoria.

—Debió ser polio. En los años cincuenta en España hubo una gran pandemia, poco después se comenzó a vacunar. Y, según tengo aquí anotado, tu abuela se va a Madrid cinco años después.

—Eso es, mi abuela se traslada sola, pero con una oferta de trabajo como modista en un taller que cosía vestidos para Galerías Preciados.

Pronto destaca entre las demás empleadas y, en menos de dos años, la nombran encargada y alquila un bonito piso en Chamberí, donde se trasladan mi padre y mi tía al comienzo del curso de 1961. ¿Y te preguntarás a qué escuela acuden?

—Ilústrame…

—Al colegio alemán que justo inaugura sus nuevas instalaciones en Concha Espina. ¿No te parece una oportuna casualidad?

—Creo que en esta historia nada ocurre por casualidad.

—¿Y cuál es el relato que nos han contado en casa para dar explicación a que una niña y un adolescente, hijos de una modista viuda navarra, accedieran a ese colegio sin saber ni una palabra de alemán?

La milonga que nos han contado es que mi abuela había hecho muchos contactos con las mujeres de la alta sociedad madrileña, pero yo no me lo trago.

—Habría que tirar de archivos del colegio y del lugar donde trabajaba tu abuela.

—Galerías Preciados ya no existe, estaba en Callao, donde ahora se ubican el Corte Inglés y la FNAC.

La escuela se ha traslado al barrio de Montecarmelo.

Mi padre es miembro honorífico del consejo escolar.

Es un referente para el colegio. De vez en cuando les da charlas de cómo, con tesón, esfuerzo y ambición, pasó de ser un pobre niño a formar uno de los mayores despachos de abogados de Madrid y de España.

—¡La madre que lo parió! Perdón…

—O el padre que lo engendró…

—Parece que la línea temporal está esbozada y también los hilos de los que debemos tirar. Tenemos que investigar acerca de Fred, el trabajo y los contactos de la abuela Mayte y sobre el colegio alemán.

Le propongo a Clara que empecemos el libro con la historia del erraldoi de Zuriatxe, como si fuera una leyenda, y después pasemos a desmentirla. No vamos a usar los nombres de su familia ni de Fred, no queremos demandas. Tampoco el pueblo se llamará Zuriatxe, lo inventaremos.

Tenemos muchas ganas de empezar a darle a la tecla, pero nos hace falta investigar un poco más.

La narración del sacerdote es excelente, sería estupendo que nos dejara grabarle y nos diera más detalles.

Pero tal y como se comportó la dueña de la taberna, notamos que en el pueblo no se quiere hablar mucho sobre el tema.

Concretamos que sería bueno vernos con el cura mañana en la iglesia, pero no sabemos qué excusa emplear para reunirnos con él a solas en la sacristía. Nos vendrían bien las actas de matrimonio de sus abuelos y de los nacimientos del padre y la tía de Clara.

—¿Y si le decimos que nos queremos casar en su iglesia? —propongo a Clara, que me mira con los ojos saltones.

—Manuel, estás casado

—Ya lo sé, y que tengo dos hijos y además soy ateo. Pero celebrar una boda por amor de la nieta de una de tus feligresas favoritas puede ser muy emocionante para un cura de pueblo aburrido.

—Estás muy loco, ¿no? ¿Sabes cuántos años debe tener el padre Unai? Seguro que no celebra bodas. Era quinto de mi abuelo.

—Razón de más… casar a la nieta de un amigo puede que sea de los últimos trabajos que le quede por hacer… y además nos podría contar sus recuerdos sobre el matrimonio de tus abuelos —beso su nariz e intento convencerla—. Vengaaaa, una boda siempre ablanda el corazón.

—O sea que tendré que interpretar una función de teatro.

Me da pena mentirle, es un hombre bueno.

Es de los pocos curas que me caen bien —me mira a los ojos fijamente, se pone seria y, como la conozco, sé que me va a pedir algo a cambio—.

Si la vida fuese de otra manera, o nos hubiésemos encontrado hace diez años, ¿te habrías casado conmigo?

—Uf, no me esperaba esa pregunta, aunque me la merezco.

Creo que no —me mira decepcionada, no he terminado de decirle lo que pienso—.

Me casé obligado por la iglesia sin sentir nada por ese rito.

Si la vida me da otra oportunidad contigo, no quiero casarme, lo que deseo es estar junto a ti y amarte siempre—disimula su decepción, siento que no es la respuesta que esperaba.

—Está feo lo que voy a preguntarte, aunque no puedo evitarlo, ¿vas a dejar a tu mujer?