Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

—¿Tu marido?

—No, padre, no, somos amigos desde la universidad, y además es escritor —el cura volvió a mirar con el mismo recelo de unos instantes antes a Manuel, que por primera vez pareció sentirse incómodo ante la antipatía del sacerdote—.

Es profesor de Literatura y también escribe novelas históricas, de las serias, de las que tanto le gustan a usted, padre Unai.

¡Buff!, por un momento pensé que lo perdía, pero de repente recordé la enorme biblioteca del despacho de la iglesia, repleta de libros sobre historia antigua, teología y ensayos.

—Eso está bien, hijo, la historia hay que conservarla, porque los jóvenes de hoy tienden a olvidarla con demasiada facilidad —con una patada suave bajo la mesa, lejos de los ojos velados del sacerdote, empujé a Manuel para que apostase fuerte por la siguiente mano.

—Por eso me gusta escribir sobre historia, padre, porque como profesor quiero que mis alumnos conozcan su pasado y sean capaces de valorar todo lo que sus antepasados han hecho por ellos.

Y, en cierto modo, eso es lo que me ha traído hasta aquí, porque Clara me contó unas cosas cuando éramos compañeros de universidad que me han tenido obsesionado durante veinte años.

—¿Y qué es lo que te ha contado Clara, si se puede saber?

—Una leyenda encantada sobre el bosque. La leyenda del erraldoi .

El anciano sorbe el último trago de sopa que queda en su plato, mientras deja con suavidad la cuchara sobre la mesa y se limpia con serena paciencia los restos de caldo que han quedado bañando sus labios.

—Clara era muy pequeña cuando esa leyenda era popular en el pueblo, no creo que se pueda acordar de demasiadas cosas.... pero si no tenéis prisa, y me invitáis al postre, os contaré toda la historia completa.

Tras terminarnos los tres pedazos de tarta de chocolate del postre y charlar durante casi dos horas con el padre Unai sin que Carmen —efectivamente nos contó que era la nieta de la fundadora del lugar— nos interrumpiese, Manuel, tal y como prometió, pagó la cuenta de los tres y salimos juntos al exterior del edificio, donde el aire ya soplaba de forma gélida, la tarde había avanzado mucho y el atardecer empezaba a velar con un toldo ocre la fachada de la iglesia que teníamos delante.

Por suerte, las carreteras más concurridas del pueblo habían mejorado mucho en cuanto a calzada e iluminación en los últimos años, por lo que el camino en coche hasta la cabaña que mi abuela me había dejado en herencia se había hecho bastante más ameno.

Habíamos hecho el trayecto de poco más de quince minutos en silencio, tratando de digerir tanto la comida como la historia que el padre Unai acababa de contarnos con pelos y señales.

Tal vez, muchas de las partes de aquel relato no eran más que los desvaríos fantasiosos de un hombre demasiado mayor para recordar con claridad cuál era exactamente el día en que vivía.

Pero eso ya era labor nuestra: separar fantasía de realidad.

O tal vez no. Un relato como aquel era un diamante en bruto que había que pulir con paciencia y respeto.

Aparco el coche a un costado de la cabaña —a Manuel le había sorprendido mi insistencia en pasar allí el fin de semana, pues la última vez que estuvimos en el lugar aquello no era más que una choza que valía poco más que el suelo que ensuciaba— y, mientras trasteo en el interior de mi bolso, veo cómo Manuel deambula por los alrededores buscando algo en la ya bastante intensa penumbra que rodea el lugar.

—¿Qué buscas, Greñas?

—La llave para entrar, ¿no la tenías en un tronco de por aquí?

Mi carcajada es tan sonora que hace que Manuel se sonroje de vergüenza y de rabia.

—No seas crio, tengo mi propio juego de llaves —–digo, al tiempo que agito el llavero en el aire—. He tenido tiempo en estos años de cambiar algunas cosas, como la cerradura.

La puerta abre suave con solo un ligero empujón.

Aunque desde la muerte de mi abuela yo no había vuelto a pisar el lugar, me había ocupado económicamente en restaurarlo y mantenerlo, porque para mí era algo más que un hogar.

Los muebles, las paredes, la ligera decoración, e incluso la chimenea, habían sido remodelados según mis instrucciones, aunque los resultados solo los había visto por fotos enviadas a través del correo electrónico.

Aquello para mí era más que una inversión.

Era velar por el legado de mi familia, por la memoria histórica de mis antepasados.

Una obligación. Pero ahora estaba allí con Manuel, sin un plan de futuro definido más allá de aquellos próximos dos días que, pensábamos, íbamos a exprimir al máximo.

—He traído unas cosas que quizás nos ayuden a ponernos en situación —Manuel saca de su mochila un sobre del que asoman un puñado de fotografías antiguas tomadas en aquel mismo lugar, veinte años antes—.

Pensé que te gustaría volver a verlas. Ver de nuevo todo esto con los ojos con los que lo vimos la primera vez.

De pronto, entre las manos de Manuel aparece una imagen distinta, especial. «Esta es mi favorita», dice. Soy yo misma de espaldas, con el pelo negro suelto bajo una vieja boina de lana, frente a la desvencijada puerta de aquella cabaña la primera vez que estuvimos juntos. Allí donde todo empezó.

Soy una romántica. Una clásica y una romántica, y una lágrima está a punto de resbalar por mi mejilla justo cuando Manuel me besa. Ya dan igual los planes, el futuro o las obligaciones. Solo estamos él y yo. Y un plan que hay que poner en marcha.

—Anda, enciende el fuego, que tenemos cosas en las que trabajar.