CAPÍTULO 14 #2
Las apenas cuatro horas que nos separaban de Zuriatxe habían sido casi un completo monólogo de Manuel.
Por primera vez desde que nos conocemos había conseguido saltar el muro de hormigón que, a demasiada temprana edad, edificó entre él y el resto del mundo y había pasado la mayoría del trayecto contándome batallitas de la editorial, de los mil y un trabajos en los que apenas había durado unos meses, de lo bien que se encontraba de vuelta en Madrid, de sus alumnos, de nuestro reencuentro y muy, pero que muy de fondo, del inmenso fracaso en el que se había convertido su matrimonio.
Yo, sin más, le dejé hablar.
Fue muy pronto cuando noté que —muy lejos de oídos indiscretos— Manuel tenía la necesidad de desahogarse, de contar todo lo que había sido su vida hasta ahora.
Los instantes buenos, como sus hijos, y los no tan buenos.
Es cierto que en algunos momentos, cuando ahondó suavemente en su rota relación con su mujer, me sentí muy culpable por haberme metido sin pedir permiso en medio de una pareja que tenía toda una vida programada.
Pero pronto me di cuenta de que Manuel no lo veía así y que él y Lola hacía mucho tiempo que no eran los amigos y amantes que se enamoraron hacía muchos años, y que su relación se había convertido en un contrato casi laboral por horas donde ella dirigía y él obedecía.
Sin embargo, lo que realmente me sorprendió de aquel discurso —al que yo solo asistía con preguntas simples y sin mayor trascendencia—era la ilusión y el optimismo con los que Manuel envolvía todas las palabras mientras me miraba a los ojos.
Y eso solo podía tener una explicación.
—Pues ya hemos llegado y en un tiempo récord —señalo la hora con el índice en la pantalla táctil del vehículo.
—Mujer, no vas a comparar este coche con el Clío que nos trajo aquí por primera vez...
—¿Qué pasó?
La pregunta golpea de lleno el rostro de Manuel que blanquea de forma alarmante.
—¿Qué... qué pasó...? ¿Con... con qué?
Su tartamudeo hace que no pueda contenerme la risa, mientras la frente de Manuel comienza a perlarse de sudor.
—Veo que todavía tienes muchos secretos, ¿eh? —le miro con ojos tiernos intentando que calme sus nervios ante lo que no ha sido más que una broma—. ¿Qué pasó con el coche? Con el Clío rojo.
—¡Joder, Clara! Pensaba que me habías traído aquí solo para echarme en cara que desapareciese hace veinte años y ahora ibas a dejarme tirado aquí y marcharte tú.
—¿Tan mala crees que soy? —de nuevo el rostro de Manuel pierde el poco color que había logrado recuperar cuando mi mirada se endurece— ¡Qué tonto eres! Venga, que aún nos queda un rato antes de la hora de comer y quiero enseñarte algo.
Hacía mucho tiempo que no pasaba por aquella zona —y, por supuesto, jamás conduciendo yo misma—, pero recordaba perfectamente que los coches podían llegar mucho más lejos de donde nos habíamos visto obligados a aparcar, a la sombra de una gran arboleda a las afueras del pueblo, para caminar bajo un calor sofocante muy impropio de aquella época del año, por un estrecho camino que se adentraba en las profundidades del frondoso bosque que bordeaba Zuriatxe en todo su linde noreste.
—Sigo pensando que esto es una encerrona, que vas a salir corriendo y que me vas a dejar tirado aquí por venganza —Manuel camina apenas un par de pasos tras de mí, pues la senda no es suficientemente ancha para que lo hagamos uno al lado del otro sin arañarnos el rostro con las ramas de los árboles que acompañan nuestro paso.
—No creas que no se me ha pasado por la cabeza, pero antes quiero enseñarte algo.
El cansancio empezaba a aparecer en mis pies, calzados con unos zapatos planos, pero poco adecuados para parajes como aquel —todo hay que decir que este plan se me había ocurrido sobre la marcha, en pleno arrebato de sinceridad sobre matrimonios rotos, a apenas un par de kilómetros de llegar al pueblo—, cuando de pronto el camino se ensanchó de forma abrupta y ante nosotros asomó un enorme lago rodeado totalmente por el bosque, ocultando su existencia, estoy segura de ello, a la mayoría de la gente de Zuriatxe, entre los altos árboles que amurallaban todo un paraíso.
Aquella masa de agua redonda, de un color mucho más azulado del que cabría esperar, era uno de mis mejores recuerdos de la infancia, cuando el grupo de amigas que pasábamos juntas los veranos en el pueblo, nos escapábamos de la vigilancia de nuestros padres, apenas con diez o doce años, y veníamos a este nuestro rincón secreto a darnos un baño, mientras disfrutábamos de la compañía de unas amistades que serán eternas.
—¡Guau, Clara! Parece un sitio sacado de un cuento —él se ve realmente sorprendido por el lugar.
Pero antes de que Manuel pueda reaccionar, yo ya me he quitado toda la ropa y salto al agua desde una roca cercana, a tan solo algo más de un metro por encima del nivel del agua.
—¡Clara, estás loca! —Manuel chilla fuera de sí—. ¡Estamos en invierno, el agua debe estar helada!
—Venga, que estamos a casi treinta grados fuera. Desnúdate y salta —los aspavientos con mis manos no son suficientes para convencerle, así que lo mejor es sacar la artillería— o me ahogaré, ¡qué no sé nadar!
Chapotee divertida un momento antes de hundir mi cabeza por completo en el agua helada del lago, justo un momento antes de ver cómo Manuel comenzaba a quitarse los zapatos, decidido a salvarme de una muerte segura.
Sumergida en el agua noté las brazadas de Manuel cada vez más cerca, hasta que sus brazos llegaron a mi cintura y me sacaron de las profundidades de la laguna, dándose cuenta de que el nivel del lago tan solo le cubría ligeramente por encima del ombligo, y entonces su gesto —a diferencia de lo que yo esperaba— se relajó y empezó a salpicarme con todas las fuerzas que le quedaban.
—Esta era mi venganza, pero creo que no la he calculado bien.
—Sí que vas a ser una rencorosilla de verdad.
—Sabes que lo soy y que hay cosas que no te perdonaré jamás.
Entonces Manuel me abrazó fuerte, rodeándome por completo la cintura, uniendo nuestros cuerpos desnudos en un beso del que solo el bosque fue testigo.
De vuelta en el coche, con muchas partes de la ropa todavía mojadas y el sabor dulce de la pasión que ambos acabábamos de vivir bajo el agua de unos de esos sitios mágicos que todos tenemos en los recuerdos de nuestra infancia, mi mente necesitaba un respiro.
Habíamos planeado que iba a ser un fin de semana intenso —y no solo de sexo, que también— repleto de tareas, conversaciones, visitas y fotos, pero era hora de tomarnos un descanso, comer algo y poner las ideas en orden.
—Si no lo han cerrado, hay un sitio muy cerca de la iglesia en el que se comía de maravilla, ¿te apetece que paremos allí antes de ir a la cabaña?
—Claro, pero esta vez déjame invitarte yo, que desde que nos hemos vuelto a encontrar estoy cansado de pagar hamburguesas.
—Vale, pero algo ligerito, que tenemos muchas cosas que hacer.
Conduje el Tesla de nuevo hacia el pueblo y, al volver a pisar las calles empedradas del lugar, los recuerdos de mi infancia y de mi primer viaje con Manuel se proyectaron vívidos en mi memoria, mientras de fondo el rumor del río que corría muy cerca de las casas envejecidas ofrecía al lugar un tono ocre, como de otro cuento de hadas distinto.
—Casa Carmen —con mi dedo señalo una fachada de piedra vetusta, con muchas partes manchadas por el musgo propio de la humedad y la sombra que arroja sobre el edificio la imponente iglesia románica que tiene justo en frente.
—Tiene pinta de que vamos a comer como reyes.
—No lo dudes.
Solo al atravesar la puerta de entrada, el olor a cocido, carne y especias impregna nuestros sentidos en una explosión de sensaciones que pelean entre ellas por acomodarse lo antes posible y disfrutar de lo que, estoy segura, va a ser una de las mejores partes de este viaje.
—¿Mesa para dos?
La mujer —rechoncha y con el pelo recogido, que por su edad debe ser la hija o la nieta de Carmen—ha aparecido a nuestro lado casi como un fantasma, mientras Manuel y yo todavía estábamos babeando por el olor del lugar.
—Sí, claro, dos para comer.
Mientras acompañamos a la mujer a una de las muchas mesas libres que hay en el local —revestidas las paredes interiores con ladrillo visto que le confiere una atmósfera todavía más hogareña—, me doy cuenta de que una de los que en este momento comen allí es el párroco del pueblo y, decidida, sin pedir permiso alguno, cambio de rumbo y de planes.
—Padre Unai, ¿se acuerda usted de mí?
El hombre, no muy lejos del siglo de vida, levanta suavemente la cabeza para que sus ojos velados ya por la edad y el cansancio encuentren mi mirada.
—¿Clara? ¿Eres Clarita? Qué alegría.
El anciano, vestido escrupulosamente con sotana y alzacuellos, trata de ponerse en pie, pero es la joven que nos ha atendido quien se lo impide posando suavemente la mano sobre su hombro.
—Padre, ¿conoce a esta pareja?
—Ella es Clara, la hija de Elizalde, son de aquí de toda la vida, su tía todavía viene a misa cada domingo... pero el chico... —ahora el anciano mira con ojos recelosos a Manuel—, ¿te conozco?
—No, padre, yo no soy de aquí, solo soy amigo de Clara.
El gesto del cura se relaja y vuelve a acomodarse en la silla.
—¿Podríamos acompañarle en la comida? —a veces pienso que soy demasiado impulsiva, pero no podía dejar pasar la ocasión de hablar con aquel hombre, quizás el más anciano de cuantos en los alrededores vivían—, ese marmitako tiene muy buena pinta.
—Claro, hija, sentaos y me hacéis compañía, que últimamente ese curilla aprendiz mío prefiere escaquearse para fumar. ¿Y qué te trae otra vez por el pueblo, hija? Hacía mucho que no se te veía por aquí.
Ya los tres sentados a la mesa y con un buen plato de marmitako delante, era momento de ponerse manos a la obra.
—Sí, padre, mucho tiempo. Es que ya sabe, el trabajo y las obligaciones hacen que nos olvidemos de las tradiciones y de la familia.
—Una lástima, hija mía, aquí fuiste muy feliz.
—Lo fui. Tuve una infancia muy alegre gracias a este pueblo y por eso he querido traer a Manuel.