Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

CLARA

“Tantos sueños por cumplir, alguno se ha de vivir.”

«Ah, cómo hemos cambiado. Qué lejos ha quedado aquella amistad. Y así como el viento lo abandona todo al paso, así, con el tiempo, todo es abandonado. Cada beso que se da, alguien lo abandonará...».

Tengo que confesarlo: soy una clásica. Una romántica y una clásica.

Allí, de pie, mientras anochece esperando un autobús que lleva casi media hora de retraso, con los auriculares puestos y la música a todo volumen, solo aquella canción de Presuntos Implicados es capaz de calmar los nervios que azotan sin control mi corazón.

«Y lo mejor que conocimos separó nuestros destinos que hoy nos vuelven a reunir.

Tal vez si tú y yo queremos, volveremos a sentir aquella vieja entrega, ah...

». Y tal vez yo sea la tonta más estúpida del planeta ahora mismo, pero lo único que deseo es agarrarme a aquellas letras que —y no sé muy bien cómo— infunden en mi alma un coraje que me está transformando en la mujer más valiente y más insensata que jamás he visto reflejada en el espejo.

Y todo por él. Casado y con dos niños. El «Clara, tienes cuarenta años, ¿qué estás haciendo?» ha estado sonando en mi cabeza desde que Manuel se marchó aquella mañana de mi piso, con la ropa arrugada del día anterior y los bolsillos llenos de esperanzas.

—¿Espera usted a alguien? —una voz familiar me saca de golpe de mis ensoñaciones. La música alta y mi mente perdida en otros universos no me han permitido darme cuenta de que el autobús por fin ha llegado y que Manuel está a mi lado tratando de devolverme al mundo de los vivos.

—¡Uf!, me has asustado —una mano cae sobre mi pecho para teatralizar la escena—.Llegas tarde.

—Perdona, el transporte público —Manuel ladea la cabeza señalando el autobús que ya reemprende la marcha—, toda una lotería. ¿Llevas mucho tiempo esperándome?

Veinte años, me hubiese gustado decir, pero, sosegada, trato de ser algo más pragmática.

—No, solo unos minutos —retiro los auriculares de mis oídos, mientras, con gesto exagerado, hago ondear mi melena negra al viento. Sé que es algo que vuelve loco a Manuel.

—Estás muy guapa hoy.

Aunque sus frases son bastante poco originales, la ternura con la que pronuncia las palabras sonroja mis mejillas cada vez que las escucho.

—¿Qué tal la semana en el instituto? —la verdad es que es algo que no me importa demasiado, pero solo trato de buscar una excusa para que me hable de él y consiga que yo me olvide de la pesadilla en la que se está convirtiendo mi vida.

—Bien, los chavales me han aceptado desde el principio y el claustro de profesores me trata casi como una estrella... como también soy escritor —la sonrisa que se perfila en su rostro es más de lástima que de orgullo—, aunque ninguno de ellos haya leído ninguno de mis libros.

—Ellos se lo pierden —aprovecho el momento para agarrarme con fuerza a su brazo y sentir el calor de su cuerpo muy cerca—. Yo ya he terminado el que me regalaste y me ha gustado mucho.

—¿En serio que, te ha gustado? —ahora sí que su rostro es de satisfacción cuando me mira a los ojos.

—Por supuesto, siempre te dije que tenías mucho talento, aunque... —un silencio incómodo, pero necesario, para buscar las palabras que no hieran demasiado un corazón moribundo— quizás deberías escribir sobre otro tipo de temas. Esas partes de la historia no le interesan a nadie.

Sus pasos se frenan en seco y su rostro se endurece un instante, mientras sus ojos se pierden entre los libros expuestos en el escaparate de una librería pequeña que tiene a la vista un sinfín de títulos sin ningún tipo de orden.

—Y según tú, ¿sobre qué debería escribir? —ha lanzado la pregunta sin mirarme, con la vista perdida entre el montón de libros que tiene delante— ¿Qué hago, me pongo a escribir novela erótica que tanto les gusta a las marujas fracasadas de hoy en día?

—Yo no...

—Mira esos libros, los de Náyade Amaya, ¿acaso tengo que escribir esa basura para que la crítica me reconozca como un buen escritor? ¡Pues me niego!

La puñalada ha sido tan profunda que me deja sin aire. Y Manuel, por supuesto, lo nota.

—¿Qué te ocurre, Clara? —posa sus manos sobre mis codos, mientras su expresión cambia de la ira a la preocupación—. ¿Estás bien?

—Eres un cretino, ¿lo sabes?

De un gesto brusco me deshago de su tímido abrazo y, dándome la vuelta, me alejo a grandes pasos, mientras noto cómo Manuel corre para intentar alcanzarme, hasta que de nuevo siento su mano sobre la mía y mi corazón se calma.

—¿He dicho algo que te haya molestado?

Con ternura, su otro brazo envuelve mi cintura y sus ojos inmensos me miran con la dulzura que solo Manuel sabe proyectar. Su cuerpo tan cerca del mío y el calor de su abrazo terminan por calmar un enfado épico que no puedo explicar.

—No deberías menospreciar así el trabajo de los demás.

—¿El trabajo de los demás? ¿A qué trabajo te refieres, a esa pseudoliteratura que se vive de las novelas eróticas? —su sonrisa se vuelve pícara, mientras sus dedos acarician mi mejilla—.No me digas que te gustan.

—¿Y qué pasaría si me gustasen? No por eso soy una maruja fracasada ni mucho menos.

—Vale, lo entiendo. Perdóname, no trataba de burlarme ni de infravalorar el trabajo de nadie, solo estaba desahogando mi propia frustración.

En el fondo sé muy bien qué es lo que le pasa a Manuel.

Un sueño que se cumple, pero unas expectativas que han quedado muy lejos de una realidad.

Estoy segura de que él jamás ansió la fama cuando decidió que lo que quería era dedicarse a las letras, pero también entiendo que el que nadie reconozca tu esfuerzo, tu talento y tu trabajo es un sentimiento tan decepcionante que hace que muchas veces te plantees si merece la pena.

Y eso, aunque él no lo sabe, es algo que ambos tenemos en común.

—No, perdóname tú a mí, quizás me he enfadado sin motivo. No sé cómo explicarlo, pero yo tampoco me siento muy valorada en mi trabajo y tu comentario me ha dolido —y aunque Manuel no lo pueda imaginar, su «broma» me ha tocado la fibra demasiado de cerca.

—Bueno, olvidémoslo, que habíamos quedado para cenar y hoy me toca pagar a mí. ¿Burger o McDonald’s?

El plan es tan tentador que no puedo quitarme la sonrisa de los labios en lo que resta de noche.

Había llovido a cántaros durante toda la noche, como si el fin del mundo estuviese cerca y la idea de un nuevo amanecer solo fuese un utópico horizonte que parecía demasiado lejano.

El crepitar del viento contra las persianas me había mantenido despierta gran parte de la madrugada, pero, aun así, el sonido estridente del despertador había llegado como música celestial a mis oídos.

Tenía planes. Y esos planes incluían a Manuel.

Dos días atrás me había costado promesas de horas extra, juramentos sobre compromisos familiares a los que hacía años que no asistía, y casi alguna que otra lágrima, que mi padre accediese a darme un día extra de vacaciones aquel viernes de finales de enero para que Manuel y yo pudiésemos retomar una aventura que quedó interrumpida veinte años atrás.

Con la maleta preparada y el agua caliente de la ducha todavía perlando mi cuerpo, me vestí con unos vaqueros ceñidos, una camiseta básica y la cazadora de cuero que tanto le gustaba a Manuel.

Me subí al coche y conduje, tratando de templar los nervios que me consumían por dentro, hasta el edificio en el que él me esperaba en el portal con solo una pequeña mochila al hombro y su sonrisa más encantadora dibujada en el rostro.

—¿Espera usted a alguien? —había bajado la ventanilla del copiloto para gritarle, tratando de que saliese de su asombro al ver el coche en el que acababa de llegar a recogerle.

Con paso dubitativo bajó los apenas cuatro peldaños que separaban el umbral del edificio de la calzada, hasta apoyar un brazo en la puerta del vehículo.

—¿Es este tu coche, Clara? —por primera vez en su vida, lo primero en lo que se Manuel se fija cuando está conmigo no soy yo.

—Sí, ¿tanto te extraña?

—Es un Tesla 3 nuevecito... este coche cuesta cincuenta mil euros... ¿cómo...?

—Ya te lo dije, privilegios de niña enchufada... pero, si lo prefieres, podemos alquilar un Clío rojo, como aquel primer coche que nos llevó de viaje... ¿quieres?

—Este también es rojo, así que me vale...

Y sin decir más, Manuel subió al coche, incapaz de apartar la vista de todos los detalles del habitáculo del vehículo. Y lo reconozco, eso me puso un poco celosa, así que le golpeé suave al brazo con mi hombro y le pedí«amablemente» que dejara de babear sobre los asientos.

—Lo siento, Clara, es que no creía que pudieses tener un coche así... quiero decir... que pudieses pagarlo...

—Como te decía, ha sido un regalo de mi padre —es una excusa muy pobre, lo sé.

Por mucho que mi padre gane dinero y que me quiera tener controlada, un coche como este llama demasiado la atención y quizás debería haberlo pensado un poco antes, pero parece que, al menos de momento, Manuel se ha tragado la mentira y no parece que vaya a poner demasiados problemas.

La verdad es que fue Isabel, mi editora, quien me convenció para comprarme aquel coche apenas hacía un año.

Cuando mi séptima novela batió los récords de ventas de la editorial, ella pensó que me merecía un homenaje a la altura del éxito que había conseguido.

Y no sé cómo lo logró —en realidad no sé cómo esa mujer logra de mí todo lo que se propone—, pero acabé saliendo del concesionario conduciendo mi nuevo y flamante coche eléctrico, de 240 cv de potencia y 448 kilómetros de autonomía.

—Necesito que me prometas una cosa, Clara —al fin Manuel había dejado de juguetear con la pantalla táctil de 17 pulgadas del coche y me miraba directamente a los ojos.

—Me das miedo, pero dime.

—Que me dejarás conducir un ratito.

—Si te portas bien, te dejo que hagas el trayecto de vuelta.

Y sin más ruido que el revoloteo de las hormonas del hombre que, a mi lado, volvía a tener veinte años, nos pusimos en marcha para retomar una historia que habíamos dejado aparcada demasiado tiempo atrás.