Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

No me planteo si está bien o no lo que voy a hacer, pero es lo que siento.

Ella tampoco tiene dudas, así que me devora con sus ojos y yo ataco su boca.

Nos debemos veinte años de besos y caricias.

Mientras nos besamos, me va dirigiendo, supongo que a su dormitorio, porque no veo ante mí nada más que sus enormes ojos verdes.

Si me pongo prosaico, diría que también me va a llevar al paraíso.

Porque veinte años deseándola son muchos.

Reconozco que su cuerpo ha cambiado, es más mujer, más poderosa, pero su forma de amar es la misma.

Hacemos el amor sobre sus sábanas sin tener ninguna duda y sin temer a nada.

Me encanta su manera de tocarme el pelo, solo con eso ya me tiene entre sus redes.

Al terminar, ella está sobre mí y me mira, no sabemos qué decir, se me ocurre una frase que seguro que no ha olvidado: «Me pones a cien».

«Ha-cien-do el ridículo», me contesta, y comenzamos a reír.

Sé que después de esto vendrá el «tenemos que hablar» y me he prometido a mí mismo contarle todo sobre mí, mis hijos y Lola.

—Ahora te enseño el apartamento —se ríe—. Como te imaginas, este es el dormitorio, solo hay uno, y si me sigues te enseño el baño.

—No cambias...

—Tú tampoco has cambiado mucho—me dice mirando mi desnudez, mientras se levanta desnuda de la cama sin ningún pudor. Yo tampoco lo tengo y la sigo.

Después de la ducha me enseña el salón-cocina-comedor-despacho...

todo es una misma pieza enorme y muy bien decorada.

Dispone de un ventanal inmenso que muestra una parte de la ciudad.

Clara pone dos copas sobre la isla de la cocina y saca el vino de una vinoteca con la puerta de cristal.

Tras la ducha se ha vuelto a poner la camiseta de los Ramones, y yo se la volvería a quitar.

Mientras paladeo el vino observo que tiene una pared repleta de libros.

Me alegra que no haya perdido la afición por la literatura.

—Me encanta tu apartamento, en especial tu librería. Un poco pijo, pero es lo que te pega.

—¿Ah sí? Pues no es mío. Es de mi ex marido, le pago un alquiler por vivir en él. Yo no tengo nada en propiedad, salvo mi ordenador y mis libros. Ah, miento, la casita que heredé de mi abuela y el terreno que lo rodea.

—Me encantaría volver allí. Es uno de mis recuerdos favoritos.

—Y volveremos... tenemos una investigación pendiente de nuestro futuro proyecto—me mira a los ojos y nota mi gesto preocupado, creo que lee mi pensamiento—. Tenemos que hablar, ¿no?

—Creo que teníamos que haberlo hecho antes de... al menos era mi plan cuando venía de camino.

—¿Te arrepientes de lo que ha pasado? —me dice mientras coge mi mano y toca mi alianza—. Lo siento, yo no debí haber sido tan efusiva, no lo pude evitar.

—No me arrepiento de nada. Me da miedo que lo hagas tú.

—Pensarás que es mi modus operandi , pero es la primera vez que estoy con alguien casado o que tiene pareja.

Pero contigo es diferente. Desde que nos encontramos sentí que debíamos volver a estar juntos, que nunca tendríamos que habernos separado.

Y por eso no me arrepiento de lo que ha pasado, pero estoy deseando que me pongas al día de tu vida.

Y no vengas con eso de que «estoy casado, pero apunto de separarme», que es un clásico.

—Ja, ja, ja —estallo a reír—. No exactamente. Estoy casado desde hace años, pero es cierto que en los últimos meses las cosas entre Lola y yo no están bien y esta Navidad ha explotado todo.

Clara escucha atentamente todo el relato sobre mi vida con Lola.

Nunca me había desahogado tan íntimamente con nadie.

Cuando llego a la parte de cómo me siento ninguneado por mi mujer y de cómo amo a mis hijos, rompo a llorar como un niño.

No me avergüenza llorar. Clara se abalanza sobre mí y seca mis lágrimas con sus manos, besa mi frente, mi nariz y llega a mis labios.

Me rodea por completo con su pequeño cuerpo y me siento protegido por ella.

—No sé qué decir. Perdona por haber bromeado contigo sobre que os ibais a separar.

Para mí la separación no fue traumática.

Cuando se acabó, nos dijimos adiós y volvimos a ser amigos.

Pero debe ser muy complicado teniendo hijos en común —Clara se separa de mí y busca su teléfono móvil—.

Voy a pedir algo de cena, sino vamos a terminar caminando a gatas con tanto vino.

¿Comida china? Hay un restaurante en la misma calle y son muy rápidos.

—Vale —digo, dando un trago de vino para intentar recomponerme.

La escucho pedir exactamente los platos que me gustan.

Aún lo recuerda. Pollo con almendras, rollito vegetal y noodles con gambas.

Cuando estábamos juntos cenábamos muchas veces en un restaurante chino en Malasaña muy adaptado a mi economía.

Cuando cuelga, le pido que me hable de ella y de su vida en estos veinte años.

—Pues poco más que contar que lo que ya te he esbozado.

Me cambié de carrera para hacer Derecho, que es lo que se esperaba de mí.

Tus augurios sobre que acabaría con uno de mis compañeros de la universidad pija no se cumplieron.

Se ve que me van más los chicos barriobajeros como tú—sé que lo dice irónicamente para picarme—.

Para decepción de mis padres, nunca he tenido novio formal que presentarles y que viniera a comer a casa los domingos, el único control que tienen sobre mí es que trabajo en el despacho de mi padre.

Soy la enchufada, pero tengo un puesto de bajo perfil como documentalista de los casos.

Odio la abogacía, pero me deja un sueldo bastante decente para vivir como quiero y viajar por todo el mundo.

—Pero te casaste, ¿no?

—Sí, pero te vas a caer de culo. Conocí a mi ex, Marcos, de una forma bastante común.

Es el primo de uno de mis amigos. Comenzó a salir con mi grupo de amigos, porque se acababa de separar.

Es mayor que yo—diez años— y con tres hijos ya crecidos.

Nos caímos bien y, además de ser amigos, empezamos a intimar.

Ninguno de los dos queríamos compromiso, pero en un viaje se nos fue de las manos y nos casamos.

—¿Qué dices?

—A mis padres casi les da un infarto, pero literal. De broma nos casamos en Las Vegas, a la vuelta se nos ocurrió intentarlo, pero solo estuvimos juntos un año. Yo no estaba enamorada de él y Marcos se enamora de todas las que conoce.

—Pero si es el dueño de este piso, no creo que sea un chico malo barriobajero...

—No, es un chico malo que se dedica a la especulación inmobiliaria. Compra pisos viejos, los restaura y los vende o alquila por el triple de su valor inicial. Menos a mí, que pago una miseria por él.

—Igual piensas que es una pregunta absurda: ¿te hubiese gustado tener hijos?

—¿Con Marcos? Ni de coña. Era un amante estupendo, un amigo divertidísimo, pero una pésima pareja y según su ex mujer, y lo que observé durante nuestro año de matrimonio, un padre poco sacrificado.

Creo que mi instinto maternal nunca se ha activado.

Ya que preguntas sobre hijos, enséñame una foto de los tuyos.

Me sorprende la petición, pero voy al dormitorio donde he dejado tirado mi móvil y las llaves cuando nos desnudamos. Abro la galería y le muestro varias fotos de estas navidades. Sin querer, en una de ellas sale Lola, pero deslizo rápido el dedo.

—Qué monos... se parecen un montón a ti, tienen tu pelo rizado y el niño tiene tu hueco en los dientes... Ella también es muy guapa y elegante.

—Perdona, no debí enseñarte su foto—alcanzo la botella de vino, lleno mi copa y la apuro casi hasta el final—. Tengo que contarte mi historia hasta el fin.

—Adelante... estoy preparada para todo

—Pues... —titubeo un poco, pero necesito contarle todo y, por una vez, ser valiente con ella.

No me perdonaría perderla de nuevo—,te dije que Lola es abogada y que me he trasladado a Madrid, porque ella inicia un empleo aquí en junio —paro, dudo en seguir, me tiemblan las manos, pero Clara de nuevo me las coge y me imprime seguridad—. Va a ser tu compañera de trabajo.

—Ja, ja, ja—estalla a reír—. ¿Qué me estás contando?

¿Es el nuevo fichaje de mi padre? —pone el rictus serio—.

Joder, Dolores Hernández, buah —hace que lloriquea—.

En la oficina ya la temen antes de que llegue.

Sabes una cosa, si mis planes salen bien, me queda poco tiempo para trabajar allí. Tengo un plan B y tú me vas a ayudar.

Estoy sorprendido de que se lo esté tomando tan bien.

Suena el portero automático, es la cena.

Clara no me deja pagar al repartidor, que la mira de arriba abajo cuando abre la puerta descalza y solo con la camiseta que le tapa lo justo.

Me pide que elija otra botella de vino de la vinoteca y ella prepara la cena sobre la isla de la cocina.

No me atrevo a preguntar sobre el plan B, tampoco hablamos más sobre Lola.

Charlamos sobre sus viajes y su vida actual.

Nos reímos sobre recuerdos del pasado. Parece que no han pasado veinte años, la complicidad entre nosotros está intacta.

Al terminar de cenar, solo es necesario mirarnos para saber lo que deseamos.

Esta vez no nos da tiempo a llegar a la cama.

La pasión nos sorprende en el sillón. Clara solo me pide una cosa:«Quédate a dormir».

Yo cumplo sus deseos, pero me dan ganas de contestarle: «Para siempre».

No será el único ni el último día que yo duerma en su apartamento.