Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

MANUEL

“ No quiero quedarme en tu memoria para siempre”

Irme al pueblo a ver a mi familia con mis hijos ha sido la mejor decisión que he tomado en los últimos años.

La mejor, y casi que lo único que he decidido por mí mismo en mi matrimonio sin ser aconsejado, inducido, coaccionado, y hasta obligado, por Lola.

Es muy fuerte esto que estoy sintiendo, pero llevo años siendo el títere de mi mujer y solo ahora, que me encuentro con mi pasado, la nostalgia de lo que fui hace poner las cartas sobre la mesa.

Lola nunca me ha tenido en cuenta, siempre me ha hecho de menos e incluso me ha humillado.

Dejarme que siguiese escribiendo era tan solo una pequeña concesión, siempre y cuando no influyese en nuestra dinámica familiar, perfectamente organizada y estructurada alrededor de ella.

Los recuerdos del pasado que me ha traído Clara no son solo acerca de mi pasión por la escritura, también son sobre el amor y lo que se debe sentir para que sea verdadero.

Con Clara amar era fácil, sentir sin tapujos.

Era frescura, ilusión, pasión, respeto. Ahora me doy cuenta de que nosotros no teníamos problemas, era el exterior el que nos los causaba.

He sido un cobarde con Lola estos años aceptando todas sus imposiciones, pero ahora me doy cuenta de que fui aún más cobarde por dejar a Clara amándola profundamente, tanto que, como dicen los abuelos, donde hubo fuego quedan ascuas, y estas ascuas todavía están vivas.

Están vivas en cómo nos miramos, cómo nos hablamos, cómo nos respetamos, cómo nos amamos y, por supuesto, en cómo nos deseamos.

En el pueblo he retomado la amistad con Los Esaboríos.

La mayoría de ellos están casados o viven en pareja, con o sin niños.

Como es lógico, al ser un pueblo pequeño pocos de ellos viven allí, pero acuden con frecuencia a visitar a la familia, así que el extraño soy yo, que desde hace años no pisaba mi hogar.

Pero ellos no me han tratado como un extraño, ha bastado un abrazo y un brindis con botellines en el bar del pueblo para volver al punto donde lo dejamos.

Esa es la verdadera nobleza y valor de la amistad, ser capaces de retomarla como si te hubieses visto el día anterior.

Sin hablar de la alegría que se han llevado mis padres y mis hermanas.

Mis hijos han encajado tan bien que, tras una visita a una granja con mi padre, ya quieren ser veterinarios.

«Alguno lo llevará en la sangre», dice mi padre con ilusión.

Cuando le cuenten esto a Lola se va a horrorizar, seguro que tiene su futuro diseñado a medida, pero esta vez sí me encargaré de que ellos tomen sus propias decisiones.

Lo peor ha sido el encuentro con Lola en Madrid.

Hemos quedado en la estación del AVE, no ha querido pasar por el apartamento, ha venido con el tiempo justo para coger el siguiente tren de vuelta a Zaragoza.

Solo nos hemos tomado un café para hacer tiempo.

La cafetería cuenta con unas mesas de madera que dan al patio interior de la estación.

Los niños corretean entre las plantas tropicales del invernadero.

—¡María, no toques las plantas, pueden ser venenosas! —grita Lola.

—Mujer, como van a ser venenosas, es un lugar público, la gente pasea por aquí con niños —le tranquilizo.

—Claro, tú lo sabes todo sobre Madrid. Yo soy la provinciana —cambia de tema—. Te dejo a cargo de la búsqueda de casa. En menos de seis meses tengo que estar incorporada en el despacho y no pienso alojarme en el cuchitril que has alquilado. Ya te he dicho cómo quiero la casa.

—No, Lola —de nuevo me impongo—.Yo no voy a buscar la casa, no tenemos los mismos gustos ni las mismas expectativas, de eso te vas a encargar tú misma. Todas las inmobiliarias tienen páginas web, incluso con visitas virtuales.

—¡¿En serio?!

—Sí, totalmente en serio. Además, voy a estar muy liado con el trabajo y con la investigación de un nuevo proyecto —hago una pausa, apuro mi capuchino, miro el reloj y añado—.

Quedan diez minutos para que os vayáis, voy a despedirme de los niños —me levanto calmado de la mesa, tomo mi móvil, lo meto en el bolsillo trasero del pantalón y me acerco donde están mis hijos.

Mis hijos han roto a llorar en la despedida y, aunque he tratado de calmarlos con bromas para no hacerla tan dura, al final entre risas se me han escapado las lágrimas a mí también.

¡Cuánto los amo! Son tan sensibles, creativos y espontáneos que no parecen hijos de la Lola actual.

Está demasiado cambiada, la ambición y el poder la han corrompido.

Nos miramos sin saber qué esperar el uno del otro, no se acerca a besarme, tiene los brazos cruzados como una barrera que se interpone entre los dos.

No sé qué hacer, pero al final hago lo que debo y no lo que siento, por el bien de mis hijos.

Si finalmente Lola y yo terminamos, ya habrá tiempo de explicarles lo que pasa, pero ahora no es el momento.

Me dirijo a ella y la atraigo hacia mí en un abrazo, es frío y poco pasional, pero a la vista de los niños sigue siendo un abrazo entre sus padres.

Ella tampoco hace por darle calidez, y mucho menos pasión, pero me da un casto beso en los labios.

Después cojo a María en brazos, con una mano llevo a Antonio y con la otra arrastro una de las maletas con ruedas.

Lola coge la otra maleta y nos dirigimos al andén.

Una vez acomodados en el vagón, bajo al exterior.

Mis hijos se arremolinan en la ventanilla para decirme adiós.

Cuando el tren se pone en marcha ya no puedo parar de llorar.

Lola no se inmuta. ¿Cuándo se rompió lo nuestro?

¿Cuándo dejé de importarle? ¿Le he importado alguna vez?

Es mejor que deje de hacerme preguntas para las que no tengo respuestas.

La última vez que chateé con Clara estaba en el pueblo.

Creo que me pasé de afectuoso. Estaba un poco achispado, porque estaba tomando el vermut con mis amigos.

Ellos se rieron de mí al verme sonreír a la pantalla del móvil.

«¿Hay reconciliación?»,preguntaron. Yo solo asentí con la cabeza, si llegan a saber que me he reencontrado con Clara no me hubiesen dejado en paz y hay ciertas cosas que es mejor llevar en secreto, sobre todo con Los Esaboríos.

Ellos, como todos los de mi alrededor, adoraban a Clara y sintieron nuestra ruptura.

Han pasado tres días desde que me separé de mis hijos.

He vuelto a la rutina de las clases, pero aún me siento desanimado.

Hoy me apetece hacer una videollamada a mis hijos, aviso a Lola antes para que prepare el ordenador a los niños y ella ni siquiera me saluda, se aparta en cuanto ve que la conexión es correcta.

Al acabar la llamada me he quedado hecho polvo.

Sabe cómo hacerme daño. Voy a darme una ducha y después me prepararé una cena a base de pizza ultracongelada y todas las cervezas que pueda tomar al más puro estilo Homer Simpson.

Lo sé, es penoso. A la segunda cerveza suena una notificación de WhatsApp , miro el móvil con la esperanza de que Lola haya recapacitado, pero es mejor aún, tengo un mensaje de Clara.

Clara : Hola, Greñas.  No sé nada de ti. Ya estás en Madrid, supongo.

No espero ni un segundo para contestarle.

Manuel : Hola, Rencorosilla. Sí, ya me he incorporado a las clases. Perdón por no haberte escrito para vernos como te dije, pero llevo unos días de bajón.

Clara : ¡Uf! Pues júntate conmigo, he tenido días, meses y años mejores...

Manuel : Estamos apañados. Pues igual juntos conseguimos algo. Si me ves ahora mismo doy pena. Estoy calentando el horno para comer una pizza asquerosa y llevo dos botellines.

Clara : Yo voy a abrir una botella de Ribera del Duero Reserva que nos regaló mi padre en la oficina y no voy a parar hasta que me la tome entera.

Manuel : Eso es mucho vino para ti sola

Clara : Si quieres la podemos compartir.

Manuel : ¿En tu casa o en la mía?

Clara deja de escribir, pero en un minuto me envía su ubicación y un mensaje con la dirección de su casa.

No contesto, corro a la cocina para apagar el horno, me lavo los dientes y me visto con unos jeans , una camiseta negra y las zapatillas.

Bajo a la calle y cojo un taxi, le indico la dirección y, en diez minutos, estoy en la puerta de su portal.

No sabía que vivíamos tan cerca. No tengo dudas, llamo al portero y me abre.

Vive en el octavo piso. En el ascensor pienso lo que le voy a decir, tengo que hablarle con sinceridad, no sabe nada de mí, es hora de que la ponga al día.

Cuando llego a su planta, me espera en la puerta, lleva el pelo recogido en una coleta, viste con una camiseta de los Ramones y unos vaqueros desgastados, está descalza y encoje los dedos de los pies, porque el suelo está frío, siempre hace eso.

Clara es una mujer elegante se vista como se vista, pero como más guapa está es cuando lleva ropa informal.

Cuando sus ojos se cruzan con los míos no hay nada más que decir.

Nos fundimos en un abrazo y de esta forma me adentra en su casa, pero también me introduce de nuevo en su vida.

Al cerrar la puerta de su apartamento somos de nuevo ella y yo, los Clara y Manuel de hace veinte años, nos miramos a los ojos y nos reconocemos.