CAPÍTULO 12 #2
De repente, la sombra de una caja de madera envejecida, sin más adornos que un pequeño cierre oscuro en la tapa, llama mi atención.
Una tormenta de sensaciones nubla en un momento mi mente, mientras los recuerdos y el desasosiego se abrazan alrededor de la boca de mi estómago.
El silencio que de pronto invade la habitación solo se rompe por el suave sonido del roce de mis dedos sobre aquella cubierta arañada por el tiempo y el olvido.
Hacía ya unos años que yo tenía aquella caja llena de instantes pasados que mi abuela había querido regalarme. Pero algo se le había olvidado incluir en aquel extraño testamento: el coraje perdido del corazón de su nieta.
En todo aquel tiempo yo solo había trashojado por encima las cartas y las fotos que estaban escondidos en el interior de aquella caja, como si un miedo irracional a encontrarme con algo para lo que no estaba preparada fuese más poderoso que mi malsana curiosidad de escritora.
O tal vez, simplemente no era el momento adecuado y necesitaba esperar que algo ocurriese, con el fin de reunir el valor suficiente para sumergirme en aquella historia con la que tanto había fantaseado de joven.
Y quizás aquel momento había llegado.
Aquel momento se llamaba Manuel.
La vuelta a la normalidad en el bufete ha sido para mí menos dolorosa que para la inmensa mayoría.
Gran parte de la plantilla había disfrutado de varios días de vacaciones entre Nochebuena y el Día de Reyes, que cada uno había administrado como mejor le había parecido.
En cambio yo había preferido reservarme todas las fechas posibles para tomarme el descanso que estaba planeando.
Y la verdad es que tampoco había sido demasiado duro, pues —y tengo que ser sincera— mi trabajo allí no es tan importante como quise hacer creer a Manuel el día que nos encontramos en la librería.
Cierto es que acabé Derecho, tal y como me habían exigido mis padres —segunda de mi promoción, todo hay que decirlo—, pero la carrera de leyes nunca había llamado mi atención, y eso ellos también lo sabían.
Solo me obligaron a estudiarla para alejarme de Manuel y, una vez conseguido su objetivo y yo haber cumplido con sus expectativas, nos encontramos ante un camino que ninguno estaba seguro de saber continuar.
Y, como siempre, fue mi padre quien dio un paso al frente y decidió por mí que lo mejor era que yo —después de un par de años de becaria en algunas empresas colaboradoras suyas— entrase a formar parte de la plantilla de su bufete: el famoso Elizalde y Asociados.
Pero su plan se torció demasiado pronto, pues más de diez años después de mi llegada a aquella oficina con olor a gomina y desodorante caro, seguía en el mismo puesto de simple documentalista con el que había comenzado mi gran carrera como abogada.
¿Satisfecha? Mucho, porque por un lado había conseguido, en más de una ocasión, crispar los nervios de mi padre cuando rechazaba cualquier tipo de interés de alguno de sus socios para que comenzase a implicarme de forma más seria en los casos que alguno de mis compañeros llevaban, y por otro me encontré con el tiempo y la calma necesarios para dar vida a todas las historias que hasta el momento había escrito Náyade Amaya.
—Buenos días, Clara, ¿qué tal han ido las vacaciones? —llevaba ya un buen rato ordenando papeles en los armarios de la sala de archivo del bufete cuando la voz de Alberto sonó serena y cálida a mi espalda.
Ahora que me doy cuenta tengo que reconocer que es un chico muy guapo.
Perfectamente afeitado, vestido de traje y corbata, lleva el pelo algo más corto que la última vez que nos vimos.
¡Dios! Acabo de recordar cómo fue aquella última ocasión que estuve con él en mi casa, casi inconsciente por la borrachera que me costó algún que otro día superar.
—Hola, Alberto —el rubor de mis mejillas tiene que ser más que evidente, pues su sonrisa es casi como un latigazo en mi alma—, yo no he tenido muchos días libres, pero lo he pasado bien, ¿y tú?
Yo pensaba que la época de la Clara vergonzosa hacía mucho tiempo que había pasado. Pero ahora, rehuyendo la mirada de aquel chico, me doy cuenta de que en el fondo de mi alma sigo siendo la niña insegura de diecinueve años que tenía mucho mundo todavía por descubrir.
—Yo he pasado un par de semanas fuera con un grupo de amigos —lo dice dando un par de pasos cortos para acercarse más a mí—. Lo hemos pasado en grande, la verdad.
—Me alegro que lo hayas pasado bien. A mí no me quedaban días suficientes para tomarme un descanso —miento sin pensármelo. No tengo ganas de que aquel hombre comience a preguntar más de la cuenta—. Quizás para Semana Santa pueda tener unas mini vacaciones.
—¿Y dónde estás planeando ir?
—No lo sé, tampoco ando muy bien de dinero, así que veremos qué hago.
—¿Dinero? ¿La hija del gran Elizalde? Venga ya, seguro podrías escaparte a cualquier lugar del mundo que te apeteciera sin reparar en el coste ni dar explicaciones a nadie.
De pronto, el rubor de la vergüenza en mis mejillas cambia a la ira impulsiva de mi estómago.
—Yo no soy la hija de nadie, no te equivoques, Alberto, o dejaremos de llevarnos bien tú y yo —mi tono es seco y frío, pero la expresión en sus ojos no cambia en absoluto.
—No te enfades, Clara, solo bromeaba. Aquí la gente es muy envidiosa y habla demasiado a las espaldas de los demás.
Ese no era ningún misterio. Todos allí saben quién es mi padre y cómo fue que su hija ocupó de pronto la vacante de la anterior documentalista, repentinamente jubilada a los cincuenta y ocho años de edad.
Pero eran habladurías que a mí nunca me habían afectado.
Yo jamás había intentado ascender en la empresa ni por méritos propios ni por deméritos ajenos.
Así que la tranquilidad de mi conciencia estaba por encima del resto.
Aunque todos somos humanos y la difusa línea que Alberto estaba comenzando a pisar era un límite demasiado peligroso para cualquiera.
—No me importa lo que diga nadie que no tenga que ver con mi trabajo. Ni me interesa ni me afecta, así que puedes irte con ese cuento a otro sitio.
La sonrisa se dibuja más clara en su rostro cuando se coloca a mi lado, rozando mi hombro con el suyo, mientras finge buscar algo en el archivador que hay a mi derecha.
—A mí tampoco me importa quién es tu padre —ahora evita mirarme, al tiempo que ojea con desdén las carpetas marrones colgadas en el interior del armario—. Me interesa quién eres tú.
—Me conoces desde hace ya algunos años, no creo que haya nada nuevo que puedas descubrir de mí ahora.
Creo que, como seductor, Alberto necesita clases de repaso aceleradas.
Si en algún momento en el pasado ha estado interesado en mí, lo ha disimulado muy bien —sobre todo por los rumores que corren por la oficina sobre su homosexualidad nunca confirmada—.
Y más ahora, cuando aquellos extraños esfuerzos por acercarse de aquel modo a mí, me hacen pensar que el verdadero objetivo que le ha llevado a casi susurrarme las palabras al oído es algo distinto del puramente romántico.
—En eso estoy de acuerdo contigo. Creo que hay pocas cosas de ti que no haya visto ya.
Y sin cerrar el archivador que ha quedado totalmente desordenado, mete la mano derecha en el interior de su americana y extrae un papel doblado, algo más pequeño que un sobre postal, y lo deja delante de mí, sobre el expediente abierto que hasta hace unos momentos estaba leyendo, y se marcha sin mirarme ni pronunciar ni una palabra más.
La puerta a mis espaldas se cierra con suavidad y, de fondo, el sonido de los pasos de Alberto al alejarse por el pasillo se funde con el bullicio de la gente que empieza a recuperar el ritmo de trabajo en el bufete.
El sobre ha quedado junto delante de mis ojos, pero la verdad es que no tengo la menor intención de hacerle caso a un tipo que se ha comportado de una forma tan poco educada.
¿Qué se ha pensado, que voy a caer rendida a sus pies de abogado importante?
¡Qué equivocado está! Aunque también es cierto que la curiosidad de escritora es un sentimiento que me ha ganado muchas batallas en la vida, así que al menos quiero saber qué ha escrito en ese trozo de papel: ¿Su número de teléfono?
¿Una dirección para una cita? ¿La oferta para hacerse con la pureza de mi virginidad?
Una carcajada sorda sale de mi garganta e inunda la habitación solo un instante antes de que mis dedos desdoblen la hoja y mi mundo se derrumbe para siempre.