Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

CLARA

“Eres mi rincón favorito de Madrid”

Dos niños juegan a la pelota vestidos de diario y perseguidos por un chucho con collar, pero sin correa, bajo la mirada lejana de una pareja que empuja un carrito de bebé de color rosa demasiado llamativo, mientras, de fondo, las campanas de una iglesia tañen cerca bañadas por el cálido sol de la segunda mañana del nuevo año.

Los enormes pasillos verdes de El Retiro son mi refugio cuando necesito esconderme un momento del mundo que quiere devorarme.

Tengo que reconocer, no es ningún secreto, que mi carácter frágil e indeciso me ha obligado a lo largo de los años a crear una coraza propia para proteger mi alma del exterior, de la gente que me rodea o de los inciertos problemas que inundan mi día a día.

Y esa guarida, donde cobijo mi corazón cuando necesito curar mis heridas, es aquel parque con tantos rincones y recovecos en los que perderme durante un par de horas para olvidarme de cuanto pasa a mi alrededor.

En mi mente, de pronto, los pasajes de Madrid, de Pereza, comienzan a resonar con demasiada nostalgia: «Y qué gusto da estar enamorado y pasear contigo del brazo, traigo rosas rojas para ti... eres mi rincón favorito de Madrid».

Pero no siempre funciona. La estampa de ese padre gritando a los niños que juegan muy cerca del agua para evitar que se den un chapuzón innecesario en busca del balón, o los gritos de alguno de sus hijos, me recuerda cuántas cosas me he perdido en la vida.

Ya no pienso tanto en qué pasa o qué hubiese pasado con mi carrera de escritora si esto o aquello hubiese sucedido.

Ahora mi cabeza está en la vida que tuve y que perdí, veinte años atrás, cuando vi aquel destartalado coche, y la silueta oscura de Manuel tras su sucio cristal trasero, girando la esquina por última vez.

—¡Ares! ¡Vuelve aquí!

La voz del niño me ha sorprendido. Sumida en mis cosas ni me había dado cuenta de que el perro sin correa, pequeño, peludo y juguetón estaba revoloteando alrededor de mis piernas buscando una atención que yo no había podido prestarle.

—Señora, lo siento, es solo un cachorro.

¿Señora? ¿En serio? El crío me mira con unos profundos ojos azules, mientras agarra al perro por el collar y lo saca de entre mis piernas con menos delicadeza de lo normal.

Ahora lo veo alejarse en busca de su padre, quien, a la distancia, le hace aspavientos con la correa del chucho en la mano para que el niño obedezca y puedan llegar a tiempo a casa para la hora de comer.

De repente, el día de Año Nuevo en casa de mis padres me viene a la mente.

La Navidad nunca ha sido mi época favorita del año, y menos lo es desde mi divorcio.

Siempre he tenido en la memoria el recuerdo de gestos torcidos, caras largas y discusiones en voz demasiado alta durante los días más señalados de estas fechas.

Mi familia se ha tomado —al menos desde que yo tengo uso de razón— estos días muy en serio, compitiendo en lugar de compartiendo, batallando en lugar de celebrando, exigiendo en lugar de regalando.

Tanto fue que perdieron desde muy temprano el verdadero espíritu navideño.

Luego mi abuela se marchó. Y lo que ya estaba torcido murió del todo.

Y aunque llegué a pensar que aquel matrimonio, en el que me vi envuelta casi sin darme cuenta, era para mí una nueva oportunidad para recuperar algo que creía que se me debía, debo aceptar ahora que tan solo fue un espejismo que se esfumó con la misma rapidez que se desvanecieron los sueños románticos de mi adolescencia.

En fin, nada nuevo que realmente no esté presente en mi vida el resto de días del año. Solo que ahora, con los Reyes Magos tan cerca, la angustia que generan estas fechas en mi estómago es aún más amarga. Más dolorosa. ¿Qué podría ser peor?

Con la mirada fija en las siluetas lejanas de la familia que se marcha, la vibración de mi teléfono móvil me devuelve al mundo de los vivos.

Manuel: Hola, Rencorosilla, ¿qué tal el Año Nuevo? ¿Mucha resaca?

No sé por qué, pero el WhatsApp de Manuel me obliga a sonreír, mientras mis mejillas se sonrojan ligeramente.

Clara: Hola, Greñas. Para resaca la tuya. Seguro que Los Esaboríos ya habéis hecho alguna que otra en lo poco que llevamos de año.

En cierto modo le envidio. Poder escapar del mundo que nos rodea hasta un paraíso de la infancia, donde todo lo que te envuelve te recuerda a una felicidad pasada, inmensa y eterna.

Es justo lo que yo necesito en momentos como este, cuando la angustia y las dudas invaden mi vida y no hay puerta por la que escapar.

Manuel: No seas tan dura, que ya nos hemos hecho mayores y algunos hemos madurado. Otros no, por supuesto. Je, je, je.

Clara: No te creo. Estoy segura de que ninguno de vosotros ha madurado del todo.

Manuel : Tendrías que vernos ahora... bebiendo cerveza 0,0 mientras una manada de niños revolotea a nuestro alrededor. Penoso.

Niños. ¿Sus hijos? Manuel parece haber bajado la guardia, quizás por la comodidad del entorno en el que está o porque aquella coraza que se puso días atrás está a punto de derribarse.

Clara: Seguro que lo estás pasando genial con tu mujer y tus hijos en el pueblo. Qué mejor manera de disfrutar las vacaciones.

En el momento justo que el mensaje se envía, pienso que quizás he sido demasiado directa. Espero no haberle asustado.

Manuel: No recordaba que fueses cotilla. Rencorosilla sí, pero cotilla...

Vuelvo a sonreír. Hasta aquí no había notado cuánto había echado de menos estos momentos.

Veinte años después acabo de darme cuenta de que ningún hombre —ni tampoco ninguna mujer— ha conseguido que las mariposas revoloteen en mi estómago como lo hacen cuando hablo con Manuel.

Y quizás esto me asuste un poco más de lo normal, pues, más allá de sus cuatro libros y nuestra historia en común, no sé nada del hombre maduro, sereno y tímido que me encontré hace un par de semanas en aquella librería.

Clara: Jamás he sido cotilla, parece que no me conoces. Solo es que no sé nada de ti. Aparte de que eres profe de Instituto.

Quizás por la vía sincera y transparente tenga mejores resultados que con las indirectas.

Manuel: Prometo que cuando vuelva a Madrid te invito a una hamburguesa y te cuento lo que quieras saber, ¿hay trato?

Clara: Por supuesto que hay trato. Dame un toque a tu vuelta y nos vemos un rato

Manuel: Hecho. Te llamaré. Disfruta de las fiestas.

Una promesa que en este instante parece un faro encendido en medio de la peor de las tormentas.

Algo que acaba de iluminar un día demasiado oscuro para lo soleado que está el cielo sobre mi cabeza.

Siento vergüenza al reconocerlo, pero ahora mismo ya no me importa si Manuel está divorciado, separado o es gay.

Ha sido un pacto que me acaba de quitar veinte años de encima, para transformarme en aquella jovencita alegre y decidida que pensaba que la vida era de color de rosa. Qué equivocada estaba.

Tengo un padre muy pesado. Y lo ha sido siempre. Más allá de sus normas estrictas, de sus directrices de comportamiento y de sus dotes de mando, ha sido el tipo de persona que jamás se ha dado por vencida. Por estúpido que fuese el reto, él jamás se rinde.

Me acabo de pasar una hora al teléfono hablando con él, poniendo mil y una excusas—unas más absurdas que otras— para evitar ir a comer con ellos alguno de los días que quedaban de navidades, antes de guardar las luces del árbol en su caja de cartón y volver a la rutina de todos los días.

—No, papá, lo siento, he quedado con unos amigos para comer el Día de Reyes y ahora no puedo decirles que no voy a ir —mi padre gruñe algo al otro lado del teléfono—. Lo siento. Prometo ir a comer a casa el finde siguiente.

Dos mentiras en la misma frase. Ni he quedado con nadie para Reyes ni pienso ir a comer con mis padres, al menos hasta marzo. Y, además, estoy segura de que mi padre lo sabe, por lo que no dudo en que jugará su próxima carta dentro de poco.

La realidad es que no me apetece ver a nadie.

Me gustaría encerrarme en mi piso los días que restan de fiestas y desaparecer hasta que el mundo torne a la normalidad.

No creo que la Navidad vuelva a tener nunca para mí un significado especial, así que tengo que empezar a buscarme un plan para eliminarla de mi calendario de ahora en adelante.

Son las cuatro de la tarde y todavía no he comido.

De hecho, ni siquiera me he quitado el pijama de satén granate que me acompaña desde ayer por la mañana.

Debería darme una ducha y cambiarme. Arreglarme el pelo y salir a la calle a buscar un sitio donde tomar algo caliente que me devuelva al mundo de los vivos.

Mañana es la noche de Reyes y, quizás, merezca una última oportunidad.

Manuel: Hola, Rencorosilla, ¿qué les has pedido a los Reyes Magos?

El WhatsApp lleva dos horas sin respuesta en mi móvil, pero, en fin, que sufra un poco.

Clara: Hola, Greñas. No te lo voy a contar, que entonces no me lo traerán

Manuel: ¿Me estás llamando gafe?

Clara: Tú me llamaste cotilla hace dos días. Empate.

Manuel: Vale, empate. Te veo en unos días. Sé buena.

De nuevo las mariposas revoloteando dentro de mi estómago. Jamás lo reconoceré, pero estoy deseando volver a ver a Manuel y los días que faltan para que vuelva a Madrid se me van a hacer eternos.

Necesito despejar la mente, así que voy a retomar el plan que aquella última ojeada al teléfono móvil ha pospuesto. Ducha y comida. Es así de simple, pero seguro que me ayuda a despejar la mente y calmar los nervios.

El inmenso armario que cubre la pared de mi habitación es una montaña colmada de ropa, zapatos, bolsos y todo aquello que una mujer es capaz de comprarse en los mil y un mercadillos de la ciudad.

Estoy segura de que por algún rincón, muy al fondo, guardé hace un millón de años unas zapatillas Nike rosa que quedarán genial con los nuevos jeans skinny negros que me compré hace una semana y todavía no he estrenado.