Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 11 #2
50%

CAPÍTULO 11 #2

—Bueno, eso ya lo veremos. Creo que me voy a comprar un coche eléctrico y se acabó el problema. Vamos a casa, tengo la cena preparada y los niños están agotados.

Por supuesto, Lola conduce. La estación está tan solo a unos kilómetros de nuestra casa.

Vivimos en un adosado en el barrio de Mirabel.

Es un lugar tranquilo y la casa es muy bonita, pero a Lola le hubiese gustado vivir en Montecanal, una zona más exclusiva de la ciudad donde viven sus padres. Siempre me lo está reprochando.

Cuando llegamos a casa nos organiza como el sargento de un cuartel y nos manda, por turnos, a la ducha antes de cenar, mientras ella pone la mesa en el office de la cocina.

Después nos sirve la cena y tiene especial interés porque los niños se acuesten pronto; en cambio, yo no me quiero quedar a solas con ella.

Alude que están cansados, pero desde luego no lo parece.

Me parto de risa con la energía que tienen, así que los meto en mi cama mientras ella está en la ducha.

Nos escondemos bajo el edredón y jugamos a inventar historias terroríficamente divertidas, usando la linterna del móvil para hacer sombras.

Todo se acaba cuando nos pilla Lola y un «vamos a la cama» enfurecido sale de su boca.

Sin decir nada, me levanto con los niños para acostarlos y vuelvo con las orejas gachas.

Cuando regreso a mi dormitorio,  Lola me espera en la cama, pero su gesto no es el de enfado que esperaba. Me sonríe y me acomodo junto a ella.

—Quería que estuviésemos a solas un rato.

—Claro, nena—la abrazo y la beso en la mejilla, pero se revuelve hacia mí, buscándome la boca con ímpetu.

Me quita la camiseta y los calzoncillos y ella se desnuda rápido bajo las sábanas.

No puedo negar que mi mujer me excita mucho.

Me encanta cuando se pone sexi y descarada.

Esta noche no me quiere dar tregua y quizá es lo que necesito para dejar a un lado a Clara y enfocarme en salvar mi matrimonio.

Ella me aborda, me domina y se coloca a horcajadas sobre mí.

No es que me disguste este rol en la cama, pero echo de menos dedicarle tiempo a los preliminares e intercalar y combinar con momentos más dulces.

Lola siempre quiere follar. Con Clara hacía el amor.

¡Oh no!, acabo de meter a Clara en mi cama.

Vuelvo a centrarme en Lola. La señora letrada pierde la compostura en la cama, se vuelve ordinaria y barriobajera. Me agarra el pelo, pero no lo hace como Clara. Otra vez Clara y, para colmo, me dice «lo tienes demasiado largo, no me gustan estas greñas».

De manera inmediata, y sin previo aviso, me baja la erección y no puedo seguirle el ritmo.

Ha sido un desastre. Empiezo a poner excusas absurdas que no me creo ni yo.

«Será el cansancio», «me ha parecido escuchar a los niños», «me estabas poniendo tanto que me he puesto tenso».

Lola se levanta murmurando algo en bajini, va directa al aseo cogiendo su ropa esparcida por la cama.

A los diez minutos vuelve y, sin decirme nada, se acuesta, gira hacia un lado y apaga la luz de su mesilla.

Yo la abrazo por detrás y le pido perdón. No me contesta.

Al día siguiente no hablamos nada de lo sucedido.

Lola está completamente centrada en la fiesta de Nochebuena que está organizando en casa.

No ha contado conmigo. Ha invitado a su familia y a algunos amigos suyos, por supuesto.

Habrá catering y la mesa decorada como en la portada de una revista.

Mucho postureo y adoración a la líder. Ya me lo imagino.

Yo no participo de nada, solo me encargo de los niños, que estén aseados y arreglados a la hora prevista.

La fiesta de Nochebuena ha sido un éxito para ella, que se apunta un tanto más con su familia.

Yo he sido correcto y me he puesto la capa de invisibilidad.

He sido un buen canguro, encargándome de los niños toda la noche para que ella disfrutara.

Cuando se van los invitados, intento acercarme a ella y paliar el fracaso de la otra noche, pero me rechaza.

«Hoy estoy cansada yo». Hasta tengo la sospecha de que tiene un amante y eso debería angustiarme, pero no lo hace.

El resto de días laborables entre las fiestas de Navidad y Nochevieja, Lola tiene trabajo en el despacho y yo me encargo de mis hijos, llevando a cabo todos los planes que les había prometido en las vídeollamadas.

Tengo que coger energía para la superfiesta que han organizado mis suegros de Nochevieja.

Me obligan a llevar traje y corbata. Con eso lo digo todo.

Este año, como en los dos anteriores, Lola no ha contado con mi familia.

Antes nos turnábamos y dividíamos las fechas festivas.

No sé cómo lo he aceptado ni en qué momento surgió que dejáramos de ir a mi pueblo.

Desde el primer año que sucedió, porque a Lola no le daban permiso en el trabajo, se instauró como una costumbre para quedarse.

Nochevieja. Qué asco de noche. Hoy soy invisible sin tener que usar la capa.

Será una locura, pero a veces pienso que mis suegros me ven como un donante de esperma.

No me respetan ni como el padre de sus nietos y Lola no hace nada por defenderme ni por protegerme de ellos.

El barrio de mis suegros está cerca, hoy conduzco yo, así que tan solo me tomo una copa de vino en la cena y cedo a Lola la oportunidad para que se desmelene.

Voy al baño, abro mi camisa y me descojono con la camiseta que me he puesto debajo:«Soy ateo, pero respeto que tengas tanta imaginación», admito que me la he puesto por joder.

Me subo la bragueta, me lavo las manos y salgo a la fiesta.

Lola lo está dando todo bailando con las pijas de sus primas.

Tengo la feliz idea de mandar un WhatsApp para felicitar a Clara el Año Nuevo.

No hay doble check , pero, por si acaso, silencio el chat con ella.