CAPÍTULO 11
MANUEL
“I ain't playing no games. Every word that I say
is coming straight from the heart”
(No estoy jugando ningún juego. Cada palabra que digo
viene directamente del corazón)
Leave the door open. Anderson Paak, Bruno Mars y Silk Sonic. 2021
—Me has dejado un poco en shock—y mientras pronuncia las palabras abre aún más sus enormes ojos, mirándome a través de la carta de postres, la cual apoya sobre la mesa.
—Perdona, no quería incomodarte o traerte recuerdos del pasado que no son agradables —mi disculpa es del todo sincera, no quiero hacerle daño nada más volver a reencontrarme con ella.
—Para nada. Me sorprende, porque yo también he seguido obsesionada con esa historia y con la investigación que iniciamos hace veinte años, y te puedo asegurar que los recuerdos que me trae siempre son buenos —hace una pausa, me mira fijamente, sonríe de medio lado y, por su gesto, ya sé que va a soltar algo sin filtros.
¡Cómo la conozco!—. El único recuerdo desagradable, y que nunca he llegado a comprender, es que me dejaras si me seguías queriendo.
—Yo también me lo he preguntado muchas veces a lo largo de este tiempo.
Hay un silencio incómodo. No sé cómo contestar a aquello, así que opto por desviar la conversación.
—Lo único que no entiendo es por qué no has intentado escribir la historia, convertirla en novela. Tenías material suficiente.
—Pues, porque hace veinte años me prometiste que lo haríamos juntos. Sin ti no tenía sentido —sus ojos se nublan un instante breve, antes de que la sonrisa se vuelva a dibujar en su rostro—. Pero hoy no es el día de hablar sobre ello.
—Eso quiere decir que habrá otros días, otras cenas, otras charlas...—ahora soy yo, vencido al fin el momento violento, el que ríe pícaro y el que está coqueteando.
—¿Pedimos postre o ya estás lleno? —cambia de tema y eso me preocupa—. El coulan de chocolate negro con helado de violetas está buenísimo, pero engorda una barbaridad.
—Podemos pedir uno para compartir y así lo pruebo.
Yo también he cambiado de tema. Algo he dicho o hecho para incomodarla. ¿Se ha notado demasiado que me muero por volver a verla? O quizá cree que soy un interesado por sacar el tema del erraldoi su abuela.
El camarero trae el postre con dos cucharas largas para compartirlo.
Yo me decanto por coger de la parte de chocolate, que es lo conocido para mí.
Clara me insiste en que mezcle el bizcocho caliente de chocolate con el helado, por lo que carga su cuchara mezclando ambas texturas y la lleva a mi boca para que lo pruebe.
Ese gesto me ha parecido muy sensual, me muero por soltar la cuchara y besarla apasionadamente y así notar el sabor de las violetas directamente desde su boca.
Por un momento me lo imagino y creo que me he sonrojado.
Clara lo nota, me conoce a la perfección.
Se ríe y su boca, redonda y carnosa, se afila y me muestra sus dientes, después juguetea con su reloj para no mirarme, en señal de vergüenza.
Es el momento de contraatacar, ser sincero con ella y saber porqué ha rechazado tener una nueva cita conmigo.
—Clara, espero que no te haya molestado al decirte que te quiero volver a ver. Pienso que si el destino nos ha reunido es por algún motivo. Ya sabes lo que me cuesta soltarme, pero necesitaba que lo escucharas.
—No me ha molestado, para nada. He tenido que dejar de mirarte, porque lo que más me apetecía en ese momento es que nos comiéramos el postre en mi apartamento—ahora son mis ojos los que se salen de las órbitas y algo crece en el interior de mis vaqueros.
Respiro hondo, porque sé que existe un pero—,pero estás casado y no me quiero meter en medio de una familia.
—Claro, claro... —me ha dejado sin palabras.
—En cambio podemos quedar como amigos, ya que de nuevo vives en Madrid y, si te parece buena idea, le damos una vuelta a la investigación y al libro sobre la historia de mi abuela. ¿Te apetece?
—Me encantaría.
—Mi abuela murió siete años después de que la conocieras. Fue una dura batalla contra el Alzheimer que la consumió poco a poco. De eso no quiero hablar, porque me pone muy triste. Pero mi amona era una mujer muy inteligente y, tras su muerte, la descubrí aún más.
Veinte años habían pasado y Clara lograba que me quedara absorto escuchándola. Veinte años y parecía que nuestro amor había sido en otra vida, pero hoy se hacía de nuevo presente. Clara comenzó a narrarme, con su entusiasmo habitual, cómo había sido la cómplice de su abuela después de muerta.
Ella había dispuesto todo nada más ser diagnosticada.
Acudió a un notario y formalizó su testamento.
A priori, parecía una herencia con un reparto habitual de sus posesiones e inmuebles a partes iguales entre sus dos hijos.
En cambio, lo inusual es que dejara a Clara como única heredera de la casita y los terrenos que la rodeaban, además de la llave de una caja de seguridad en un importante banco en Pamplona.
El padre y la tía de Clara no entendieron nada, y su progenitor, como experto en leyes, sabía que poco podía hacer por impugnar la herencia, así que la acató y fue cuando ofreció trabajo en su bufete a Clara para tenerla bajo control.
La caja de su abuela contenía fotos, documentos, manuscritos y cartas.
Clara la recuperó del banco y la puso a buen recaudo.
En un principio tan solo la guardó, se sentía incapaz de leer o tocar su contenido, y trató de olvidarse de ella.
Tardó casi tres años en sentirse con fuerzas para averiguar qué le había querido contar su abuela, y nadie, salvo ella, sabía de esos archivos secretos.
—Y de momento hasta aquí puedo contarte, querido Manu.
—Me encanta cuando te pones misteriosa.
—No me pongo, soy misteriosa. Por favor, me trae la cuenta—alzó grácilmente la mano al camarero, quien, devolviéndole la sonrisa, le hizo caso al instante.
Tal y como ha prometido, Clara paga y salimos juntos al exterior del restaurante.
Me hubiese encantado acompañarla hasta su portal, pero de hacerlo no habríamos podido evitar lo inevitable.
Nos quedamos parados en la puerta del local mirándonos y sin saber qué decir.
La abrazo con fuerza contra mí, busco su rostro y la beso en la frente.
No hacen falta más palabras, ella me entiende y me devuelve el beso en la mejilla, a la vez que pasa su mano por mi pelo como era su costumbre.
—Nos vemos, Greñas.
—Te lo prometo.
—Más te vale, no tardes veinte años en volver a llamarme—me advierte.
—¿Y en veinte días?
—Espero tu llamada en cuanto apaguen las luces de Navidad.
—Hecho. Me voy a Zaragoza a pasar la Navidad, pero estoy de vuelta para el comienzo del curso en enero.
Estaré deseando que nos veamos otra vez para hablar de nosotros y de nuestro proyecto común —Clara sonríe al escuchar las palabras nosotros y nuestro.
Yo las pronuncio con respeto y lleno de amor.
Nada más terminar la protocolaria fiesta de Navidad en el colegio, voy a mi apartamento para coger mi maleta y poner rumbo a Zaragoza. Dolores se ha encargado de reservarme el billete de tren. No quiere tenerme ni un día más fuera de casa.
Tomo el metro en Estrecho hasta Atocha Renfe y después camino por el interior de la estación, hasta el punto de check in del AVE. Llego con bastante tiempo, así que aprovecho para coger un café para llevar. Desde hace veinte años soy un aficionado al cappuccino y, de nuevo, la responsable es Clara.
Me sigue sobrando tiempo para pasear por el jardín tropical que hay en el interior de la estación.
La estructura acristalada de esta es el lugar idóneo para contener un invernadero gigante.
No puedo parar de pensar en Clara, este lugar me lo enseñó ella.
Un día paseando por el centro nos sorprendió la lluvia y pasamos a refugiarnos.
Nos acurrucamos en un banco, nos dio calor, y no solo por la densa humedad que provocaba el frío exterior, sino por el ardor de nuestros cuerpos cuando comenzamos a besarnos.
Si no logro dejar a un lado a Clara, Lola me lo va a notar.
Así que trato de pensar en mis hijos y en los planes que quiero hacer con ellos en Navidad.
El viaje es relativamente corto, en apenas hora y cuarto estoy llegando a Zaragoza.
Son las ocho y media, pero es noche cerrada.
No hace más frío que en Madrid, pero se ha levantado aire.
Me vienen a recoger. He quedado con Lola en el exterior, me espera con los niños en el coche, a ella le parece más práctico que esperarme en la estación.
Desde luego es más frío, hace casi dos meses que no los veo.
Mis hijos se ponen a gritar y Lola, enfadada, les abre la puerta del coche y corren hacía mí.
Los cojo en brazos a la vez, me van a romper la espalda, pero en este momento ni lo pienso.
En las manos tienen dibujos que me regalan y los dos quieren contarme cosas a la vez.
Hablo casi a diario con ellos por Skype, pero no es lo mismo.
Me encantan sus voces gritonas, me recuerdan a mis hermanas y a mí cuando llegaba mi padre de trabajar.
Lola me mira con los brazos en jarra. Suelto a los niños, ahora toca saludar a la jefa.
Les digo que vayan montándose en el coche y me dirijo hacia ella.
Yo hacia ella, no al revés. La rodeo con mis brazos y le doy un beso suave en los labios.
En principio, Lola se queda estática y, al final, cede al abrazo y me lo devuelve. Se retira hacia atrás y me dice:
—¿Has venido con esa ropa en el tren?
—Joder, ¿cómo quieres que venga? Pues cómodo, y además no me dio tiempo a cambiarme, la fiesta del colegio acabó tarde e iba súper pillado para no perder el tren.
—Todavía no entiendo porqué no te has llevado el coche a Madrid.
—Nena—intento bajar el tono de la conversación, porque estamos a punto de discutir y llevamos solo cinco minutos juntos—, cuando vivas en Madrid te darás cuenta de que en el centro es mejor moverse en metro.