Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

La hora que marca la pantalla del móvil me dice que solo tengo algo más de una hora para llegar a la editorial, repasar las entrevistas con Martina y salir corriendo si quiero llegar a tiempo a mi cita con Manuel.

Así que, decidida, me subo la cremallera de la cazadora hasta el cuello y me lanzo calle arriba en busca de cumplir unas metas que, a aquellas horas, se me antojan casi inalcanzables.

Yo creo que es la primera vez que llego tarde a una cita.

Y no sé muy bien cómo ha sucedido. El alcohol, la depresión como escritora y, sobre todo, Manuel habían confabulado con el universo en mi contra, y a mis espaldas, en las últimas veinticuatro horas.

Pero eso ya no importa, porque, aunque llevaba más de tres cuartos de hora esperándome —sin rechistar, sin una llamada de pánico ni un mensaje desesperado—, Manuel me recibe levantándose cortésmente de la silla en la que estaba sentado, con los brazos abiertos y la sonrisa más adorable que un ser humano puede dibujar en su rostro.

—Mil perdones, he tenido que pasar por... la oficina para recoger unas cosas —tenía que concentrarme seriamente para evitar detalles que pusiesen en alerta a Manuel sobre mi vida como escritora. Podía ser desastroso para la editorial.

A duras penas había conseguido meterlos más de cuarenta folios que Martina tenía preparados para mí sobre su mesa —creo que en clara venganza, pues bien podía haberlos grabado en una memoria USB o enviármelos por correo electrónico—.

Tenía el gesto serio, enfadado, como si fuese de mal gusto hacerla esperar casi dos horas para una reunión de veinte minutos un sábado por la mañana, cuando seguro no tenía nada mejor que hacer —creo que la ironía me ha quedado bastante obvia, ¿verdad?

— y ni todas las disculpas que se me pudieron ocurrir consiguieron suavizar lo que parecía el mosqueo del siglo.

—Bueno, vamos con las entrevistas, que son muchas y tengo ganas de irme a casa —la voz de Martina sonaba tan molesta que, solícita y sin rechistar, asistí a un monólogo que aquella joven asistente había tenido tiempo de sobra para preparar.

Pero ya había pasado todo y ahora estaba allí con Manuel, a punto de recuperar veinte años perdidos de nuestras vidas, así que todo lo demás ya no importaba. Era momento para otras cosas, para otras historias.

—Acababa de pedir algo de beber, espero que no te moleste —el camarero llega con dos cervezas y un plato con unos montaditos de jamón—. No estaba seguro de si ibas a tardar mucho más y, en el peor de los casos, me habría bebido los dos tercios.

—Tranquilo, para comer pediremos vino, si no te importa, pero ahora seguro que la cerveza me viene bien para refrescar el sofocón por la carrera —mi sonrisa es fingida. No tengo la certeza de que mi estómago sea capaz de tolerar demasiado alcohol más.

—Hoy te veo distinta —su mirada me sigue de arriba abajo mientras tomo asiento justo frente a él—. No sé cómo explicarlo.

—Hace veinte años que no nos vemos, tú también estás más mayor.

—No, ¡qué va!, no hablaba de la edad... era en plan bien, como un cumplido. Te veo fantástica, en serio. Como si manejases la vida con la seguridad de una mujer valiente y atrevida. ¡Esa cazadora te queda genial!

—Vaya, pues, gracias —el rubor colorea tímidamente mis mejillas. Entiendo perfectamente lo que dice, pero no esperaba de su parte esas palabras, aunque difusas, llenas de nostalgia y recuerdos—. Yo también te veo estupendo. Imagino que si estás aquí es porque la vida te ha tratado bien.

Por un momento allí sentada puedo olvidarme del resto de mi vida actual y soy capaz, a través de la mirada taciturna de Manuel, de viajar a otro tiempo en el que todo era más sencillo, donde todo tenía sentido y en el que creo que fui muy feliz.

Pero ahora hay una inmensidad de tiempo y circunstancias que nos separan, que nos alejan, a pesar de lo cerca que ahora está mi mano de la suya, de lo próximo que noto su aliento y de lo mucho que me gustaría agarrarle del brazo, montarnos en un coche y desaparecer del mundo que en algún momento engulló todos mis sueños e ilusiones.

Sin embargo, somos adultos, cuarentones, a quienes las obligaciones y los deberes nos tienen atrapados en una vida que, a los veinte, creíamos era nuestra, pero que pertenece a bancos, jefes, familia y otros tantos acreedores que reclaman, a diario y sin compasión, su trocito del pastel de nuestra felicidad.

Así que todas las fantasías de una niña llena de esperanzas se reducen a una ensalada de tomate y unos raviolis con carne a los que les falta un buen puñado de queso. Eso sí, el vino tinto con el que acompañamos la comida bien merece cada euro que voy a pagar por él.

—Entonces, ¿esta es la cuarta novela que publicas? —la conversación, como acostumbrábamos Manuel y yo, se enrosca en torno a libros, proyectos e historias.

—Sí, la cuarta ya. ¡Toda una hazaña! Porque estuve a punto de dejarlo todo antes de empezar... menos mal que tú me convenciste para seguir.

—Bueno, yo no podía permitir que desperdiciaras tu talento en otras cosas —un poco de queso mancha mis labios y tengo que hacer una pausa antes de continuar, quizás la siguiente pregunta sea incómoda—, aunque, ahora que lo pienso, nunca he visto ninguno de tus títulos publicados en ninguna librería.

Y mira que yo soy mucho de comprar y almacenar libros.

—Es que he vivido todo este tiempo en Zaragoza y la editorial que me ha llevado hasta ahora es pequeña, y apenas han invertido en promoción. Pero allí se han vendido muy bien —sé que Manuel está mintiendo, o al menos enmascarando la realidad—. A la gente le ha gustado mucho.

—Pues tendré que buscarlos por Internet para hacerme con ellos.

—No te preocupes, se los pediré a la editorial y yo te los regalaré —me guiña un ojo, satisfecho por haber encontrado una nueva lectora—, pero, a cambio, quiero tu sincera opinión.

—Por supuesto que la tendrás. Soy una devoradora de libros, así que me los acabaré en una semana.

—Trato hecho. Y después te invito yo para comentarlos, aunque sea al Burger.

Manuel se ríe, ahora sí, sincero. Parece haber olvidado también un pasado del que no he conseguido arrancar nada en todo el tiempo que llevamos allí sentados, juntos, hablando como si el peso del olvido de todos estos años se hubiese esfumado con el suave soplo de la brisa fresca de la mañana.

—Y esta nueva novela que has presentado, ¿estará disponible en Tipos Infames o en otras librerías de por aquí?

—Sí, por supuesto, pero de eso no te preocupes, que de esta nueva te doy una copia esta misma tarde.

—Pues te lo agradezco mucho. Con esto queda compensada la comida de hoy.

—Pensaba que mi compañía era suficiente para ti, Clara —Manuel vuelve a reír, divertido. Tengo la sensación de que hace mucho que no lo hace. No al menos de una forma tan natural y espontánea.

Ahora hay un momento de silencio, en el que él aprovecha para terminar con los últimos restos del chuletón que ha engullido sin casi parpadear.

Tengo la impresión de que algo en su cabeza acaba de conectar —o de desconectar, quién sabe— y está buscando la forma de expresarlo con palabras.

La intriga me consume y estoy a punto de romper la tensión, cuando Manuel lo escupe sin anestesia alguna.

—¿Te acuerdas de aquella historia que me contaste en la universidad sobre tu abuela y la leyenda del monstruo del bosque?

—¿El erraldoi ?

—Ese mismo... de cómo tu abuela lo encontró y todo lo que pasó después.

—Veo que lo recuerdas bien

—No he dejado de pensar en ello ni un solo día de mi vida.