CAPÍTULO 10
CLARA
“Fuimos demasiado lejos y ninguno se cubrió la espalda”
—Hola, Greñas... yo recuerdo que eras todo un caballero, ¿de verdad me vas a obligar a pagar?
La melodía de mi teléfono móvil me había sorprendido apagando el ordenador y recogiendo mi mesa de la oficina —era viernes y, por costumbre, el trabajo en el bufete terminaba pronto y algunos de los más jóvenes aprovechaban para tomar unas cervezas en el bar de abajo— y, aunque el número que aparecía en la pantalla no estaba en mi agenda, algo en el fondo de mi conciencia me había obligado a coger la llamada.
—Esa fue tu oferta, no me invento nada —la voz de Manuel suena a disculpa.
—Cierto, tú siempre tan pragmático —aunque sé que la proposición fue mía, reconozco que me ha molestado que haya sido tan directo.
—Un trato es un trato —aunque estoy segura de que él ha notado el malestar en mi tono, no se mueve lo más mínimo de su posición inicial, como si recular ante algo así fuese un deshonor o una derrota. ¿A qué piensa que está jugando?
—Vale, los tratos están para cumplirlos...
Hay un silencio, como si Manuel estuviese eligiendo cada una de las palabras que vienen a continuación.
—Lo siento, Clara, pero me pillas sin blanca, acabo de comenzar en el colegio y este mes no puedo salirme del presupuesto —no era la respuesta que yo estaba esperando, pero me valía.
Manuel nunca había ocultado ni se había avergonzado de sus orígenes humildes.
No es que hubiese tenido una infancia difícil ni que hubiese faltado el pan sobre la mesa de su familia, nada más lejos de la realidad.
Pero al llegar a la facultad, aquel chico de aspecto desaliñado había comenzado a rodearse de gente que había tenido un nivel de vida muy por encima de sus posibilidades. Yo incluida.
—No te preocupes, esta vez invito yo —mis palabras se suavizan y la sinceridad envuelve otra vez la conversación—. ¿Cuándo quieres que quedemos?
—¿Esta noche?
—Hoy no puedo, lo siento, Manuel —él me había ganado el primer asalto y, aunque lo había hecho sin tretas, la pelea continuaba y yo no iba a rendirme tan fácilmente—.
Todos los viernes, un grupo de la oficina nos tomamos algo al finalizar el trabajo y solemos terminar tarde, así que tendrá que ser otro día...
La verdad es que me arrepiento en el mismo momento en el que pronuncio esas palabras, pues podría contar con los dedos de las manos —y me sobrarían más de la mitad— las veces que yo me había mezclado con aquellos snobs trajeados, que usan corbatas de doscientos euros, en aquel cínico ritual al que acuden casi como si de una secta se tratase, para compartir las aventuras y desventuras de una semana llena de demandas, juicios, testigos y alegatos, junto a unos compañeros a los que apenas saludaban durante la jornada diaria y a los que les une el contrato de trabajo y una malsana rivalidad.
—Bueno, otro día entonces... —su voz suena a derrota. Empate, uno a uno.
—¿Comemos mañana? —el entusiasmo de la adolescente que salió de aquella librería el día anterior había vuelto.
—¿Mañana...? —Manuel parece pensarlo un instante de más.
—Bueno, solo somos dos viejos amigos, no creo que a tu mujer le importe.
Lanzo el primer disparo casi sin pensarlo. Al aire. Yo le había contado a Manuel mucho de mi vida privada sin que tuviese que hacer el esfuerzo de preguntarlo, y es cierto que él se había guardado su historia para otro momento. Y yo ahora siento curiosidad.
—No es eso... tenía otros planes, pero seguro que puedo cambiarlos, ¿dónde nos vemos?
Dos a uno. Y si no espabilo, me gana por goleada.
—Podemos quedar por tu barrio, seguro que hay sitios donde comer bien —nueva bala a la espera de que, por fin, me cuente algo más de su vida actual, algo con lo que ir preparada a aquella cita que estábamos planeando.
—Claro, conozco un sitio por aquí cerca, te wasapeo la dirección.
—¿De verdad que a tu mujer no le va a importar? —última bala...
—Nos vemos mañana, Rencorosilla. No llegues tarde.
Manuel siempre había sido un chico reservado, pero jamás se había resistido a contarme cualquier cosa que yo le preguntase.
Por dura o vergonzosa que fuese la anécdota, mis dotes persuasivas siempre habían logrado sacar de él todo aquello que le molestaba o le atormentaba, aprovechando esos momentos para desahogar lo que siempre me había parecido un alma demasiado cansada para un niño de veinte años.
Hasta esta misma noche en la que Manuel había esquivado mis indirectas de forma maestra. ¿Estaré perdiendo facultades? ¿O será que él se ha vuelto inmune a ellas? En fin, mañana saldré de dudas.
—Clara, ¿te bajas a tomarte una birra?
La voz de Alberto a mis espaldas me sorprende sumergida en el mar de dudas que me ha dejado la conversación con Manuel.
Vueltas y más vueltas a sus evasivas sobre su vida privada.
Que esté casado es normal, ¿por qué evita la respuesta?
Yo le conté que estoy separada... ¿y si se ha vuelto gay? Sería divertido, ¿verdad?
—¿Clara?
—Ehm... sí. Perdona, Alberto, que me has pillado con la cabeza en otra cosa...
—En otro planeta será —se ríe sonoramente. Alberto es el modelo habitual de joven abogado importante, ligeramente por encima de los treinta, de pelo negro muy corto y ojos claros, tiene ese atractivo que imprime el misterio de hombre de negocios influyente—. ¿Qué tal si te vienes a por una cerveza?
—Sí, ¿por qué no? —me sorprendo a mí misma por haber aceptado la invitación, quizás busco maquillar la goleada con la que momentos antes me ha ganado Manuel—. Termino de recoger y nos vemos abajo
El bullicio que había llenado cada rincón de la oficina con la hora de salida se ha desvanecido.
Tan solo un murmullo lejano, amortiguado por la puerta cerrada de la sala de reuniones, evita que el silencio absoluto inunde el bufete y yo zozobre en el inmenso océano de mis pensamientos sin sentido.
Un par de cervezas seguro que me ayudan a olvidarme por un rato de los ojos melancólicos de Manuel. Al menos durante unas cuantas horas.
El dolor de cabeza es intenso. El calambre que sube desde la base de mi cuello se ha instalado en mis sienes, batiendo con dureza toda la masa gris que hay dentro.
El espejo del baño de mi piso me devuelve una imagen patética de mi yo más sombría.
El pelo enredado, las bolsas oscuras bajo los ojos y los labios cuarteados por el frío y el alcohol reflejan con claridad los excesos de una noche que se escapó muy pronto de mis manos.
Yo no estoy acostumbrada a beber —más allá de la protocolaria copa de vino que comparto con Isabel en nuestras reuniones de trabajo—, así que era de esperar que, a la tercera cerveza que cayó anoche en mis manos, el mundo a mi alrededor comenzase a naufragar con demasiada rapidez.
Fue el propio Alberto quien me escoltó hasta casa —son momentos que yo recuerdo muy nublados—, imagino que movido por un suave sentimiento de culpabilidad por haber sido el último en sugerirme la idea de acompañar al equipo aquella tarde.
Igual piensa que lo hice porque estoy interesada en él, no lo sé.
Lo cierto es que, por lo que yo recuerdo, se portó como todo un caballero.
Esta mañana me he despertado en mi cama, con la misma ropa puesta que el día anterior.
Así que estoy segura de que Alberto cumplió como buen compañero.
Tengo que llamarle para agradecérselo, eso sí, cuando desaparezca la vergüenza que ha borrado toda mi dignidad.
Dentro de unos diez o quince años, calculo.
El agua caliente de la ducha calma suavemente el malestar generado por la brutal resaca que me invade.
El vaho pronto llena el cuarto de baño, ensombreciendo el aire, transportándome al mundo onírico del que nunca debí haberme escapado.
Tengo que reconocer que hay pocas cosas en mi vida que no cure un buen baño ardiendo.
De repente, la melodía de mi teléfono móvil suena desde el salón —tengo que cambiar ya esa maldita canción, creo que el «¡hazlo!
, como si ya no te jugaras nada, como si fueras a morir mañana, aunque lo veas demasiado lejos», de Leiva, queda ya algo anticuado y poco apropiado para una mujer como yo— y me obliga a volver al mundo real, al de los vivos.
Quizás sea Manuel que quiere contarme algo.
O quizás no, ¿para qué iba a llamarme si nos vamos a ver en un rato?
¿Querrá cancelar la comida? ¿Le habrá pillado su mujer?
Con una toalla cubriendo mi cuerpo y el pelo suelto goteando sobre el suelo de parqué, salgo del baño de puntillas tratando de no resbalarme en el mismo momento en el que el teléfono deja de sonar.
¡Siete llamadas perdidas de la editorial!
Lo había olvidado por completo. Tenía que pasarme por las oficinas para revisar las entrevistas de periódicos y blogs que habían enviado sus preguntas para que Náyade Amaya les hablase de su nueva novela.
Y eso era... ¡Dios mío! ¡Hace una hora que tendría que haber estado allí!
Menos mal que la reunión no es con Isabel, sino con su asistente, Martina, que aunque estaba aprendiendo de la mejor en una carrera al sprint , tiene un carácter mucho más razonable que la bruja de su jefa.
Estas entrevistas son la última tarea pendiente para la promoción inicial de la novela, después tengo pensado tomarme unas vacaciones y replantearme muchos de los puntos esenciales de mi carrera como escritora.
Así que me visto rápido, falda de tubo granate, ligeramente por encima de la rodilla, y jersey negro entallado de cuello cisne.
Sin maquillar y con el pelo todavía suavemente húmedo en las zonas donde el secador se ha olvidado de pasar, salgo a la calle con el único abrigo de mi cazadora de piel negra, sorprendiéndome por la calidez que envuelve las calles de la ciudad en este mediodía de sábado.