Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Tengo que seguir madurando la idea de llamarla o al menos escribirle.

No voy a negar que me apetece saber de ella.

Abogada y enchufada en el bufete de sus padres, no me lo habría imaginado.

Cuando pensaba en ella, fantaseaba que sería una gran editora de una revista, encargada de abrir cada edición con una columna reflexionando sobre la actualidad.

Divorciada, eso me gusta más, porque hubo un tiempo en que me revolvía el estómago pensar en que otros labios, que no eran los míos, la besaban y que otras manos recorrían su cuerpo.

Esto me trae a la mente la ocasión en la que hicimos el amor en la cabaña del bosque, cuando viajamos a Zuriatxe para investigar sobre la historia de su abuela y los encuentros con el erraldoi .

Ese pensamiento me altera. Me siento mal por excitarme con otra mujer que no sea la mía, pero es Clara, y admito que más de una vez he pensado en ella cuando me acostaba con Lola y antes con otras mujeres.

Ahora repiquetea en mi mente la novela que queríamos escribir juntos.

La historia de su abuela me obsesiona desde hace años, pero tal y como se lo prometí, abandoné la idea de escribir sobre ello, porque era una historia de los dos.

Quién sabe, quizá el destino nos ha reunido para dar vida a ese proyecto enterrado hace veinte años.

Se me ocurre que es buena idea buscar a Clara en Internet, igual ella ha publicado algún libro o relato.

Aunque, dedicándose a la abogacía, lo más probable es que su pasión por la literatura haya muerto.

El buscador de Internet me devuelve solo noticias con el primer apellido de Clara, Elizalde.

Muchas de ellas relacionadas con el prestigioso bufete de abogados Elizalde y Asociados.

Su logotipo es una E de tipografía serif .

¿De qué me suena? Me es muy familiar esa E.

De repente, se me encoge el estómago. Abro el hilo de la conversación de WhatsApp que tengo con mi mujer.

Deslizo el dedo en la pantalla para volver hacia mensajes antiguos.

La verdad es que no me escribo mucho con Lola, porque, cuando tiene algo que decirme, me llama con el manos libres para darme instrucciones breves y concisas y cuelga.

¡No me lo puedo creer! Es el logotipo del bufete que ha fichado a la gran Dolores Hernández.

A veces la casualidad y el destino son muy puñeteros.

Me reencuentro con mi primer y gran amor y, horas después, descubro que va a ser compañera de trabajo de mi mujer.

Y lo que es peor, yo nunca he querido contar a Lola nada acerca de Clara.

Ella sabe quién es, pero llevo años desviando todas las preguntas que Lola me lanza para evitar que se me note el profundo amor que he sentido por Clara.

Me levanto para tomarme un ansiolítico y poder conciliar medianamente el sueño si quiero llegar mañana a mi primer claustro de profesores.

Ya me ha advertido mi mujer que tengo que dar la talla en el colegio, porque es un favor que le hace doña Asunción, la directora, y porque además nuestros hijos van a ser alumnos el próximo curso.

Me ha costado levantarme, la pastilla hizo su efecto.

Me ducho y me arreglo la barba, me pongo una de mis mejores camisas, un blazer clásico y, con un termo de café bien cargado, me dirijo al colegio.

Observo mi aspecto de trasnochado en el espejo del ascensor, pero eso no llamará la atención entre mis compañeros acostumbrados a mis ojeras, ya saben que aprovecho las noches escribiendo y documentándome para mis libros.

—Habrás traído algún ejemplar de tu libro para la biblioteca—exige doña Asunción—. No siempre se tiene un maestro escritor entre la plantilla.

—Por supuesto, y uno firmado para usted.

—Ay galán, no me llames de usted. Así me llaman los alumnos, pero tú puedes llamarme Asun—dice coqueta y, si no fuera porque tiene alrededor de 70 años y es amiga de la infancia de mi suegra, parecería que quiere algo más conmigo.

El resto de profesores bromean con esa actitud de la directora hacia mí.

La jornada partida del colegio es una losa para mí.

Se trata de una escuela concertada con normas muy marcadas, con un consejo escolar estricto y muy controlador.

Mi forma de ser y de pensar no coincide para nada con el espíritu de la escuela, pero tanto otros profesores como yo tragamos sin rechistar.

Es obligatorio entregar un plan de estudios detallado y, una vez aceptado, no salirse de él.

No hay oportunidad para el libre albedrío.

Soy el profesor de Literatura de alumnos de bachillerato, adolescentes a punto de entrar en la edad adulta, curiosos y con inquietudes que, en muchos casos, coartan desde la dirección del centro.

Hoy decidimos qué libros vamos a leer en el próximo trimestre.

Una de las alumnas propone El cuento de la criada, de Margaret Atwood.

Admito que HBO ha hecho un buen trabajo con la adaptación y que ha despertado el interés por leer la obra, pero les quito la idea diciendo que es inapropiada para su edad.

Qué ideas tienen. El colegio tiene capilla y se viste de uniforme.

« Nolite te bastardes carborundorum », me digo a mí mismo y me da la risa.

Vuelvo a las seis al apartamento. Me he pasado todo el día pensando «qué pinto yo en este trabajo y qué estoy haciendo con mi vida».

Al final no estoy cumpliendo ninguno de mis sueños, solo estoy siguiendo el guion que me impone mi mujer.

Amo a mis hijos, pero desde hace tiempo no estoy enamorado de Lola.

Encontrarme con Clara ha puesto todos mis sentimientos patas arriba.

Me levanto del sillón donde estoy matando el tiempo. Tomo el libro en el que anotó su número de teléfono, reconozco sus trazos, lo acaricio y, sin pensarlo, busco mi móvil. Dudo si llamar o mandar un mensaje... hasta que me dejo llevar…Sin darme ni cuenta, ya estoy marcando su número...

—Hola, Clara «Rencorosilla»... ¿para cuándo esa cena? Pagas tú.