CAPÍTULO 9
MANUEL
“ Desesperándome, te he buscado en mis sueños y ahogándome”
Me siento como si hubiese visto una aparición ante mí.
Casi veinte años después me he reencontrado con mi primer amor.
Me he quedado mudo ante ella y, como siempre, me ha dejado por el suelo con su desparpajo.
Solo las palabras de mi editor, para que inicie la firma de libros a los pocos asistentes a la presentación, me sacan de mi ensoñación.
Mi libro se presenta como un nuevo fracaso, tal y como los tres anteriores. No acierto con el género, el tema o el ritmo para conectar con los lectores. Las regalías de los tres anteriores no me han llegado ni para comprar un nuevo portátil, de modo que escribo en uno heredado de mi mujer.
No tardo en terminar la firma y, tras un intercambio informal de opiniones con los asistentes, ayudo a recoger la mesa con los libros, guardo en una mochila varios ejemplares para dedicar a familiares y amigos que no habían podido asistir a la presentación y, por supuesto, atesoro el que tiene el teléfono de Clara anotado.
Camino hacia Tribunal para coger la línea 1 de metro hasta Estrecho, donde tengo alquilado un pequeño apartamento.
El frío invierno madrileño no logra despejarme del vértigo que me ha provocado el encuentro con Clara.
Helado y confuso, llego al apartamento. Suelto la mochila y me despojo del abrigo y las botas y me voy directo al baño, dejando todo desordenado. Una de las ventajas de vivir solo.
Tras la ducha, intento poner en orden mis pensamientos, pero solo uno de ellos reina entre todos: Clara.
Abro la nevera, está tan vacía que hace eco, y cojo una lata de cerveza, me tumbo en el sillón con los pies en la mesita sin ánimo de hacer nada, pero me dura muy poco el estado de relax, ya que el teléfono móvil suena insistente. Es Dolores, mi mujer.
—Hola cariño, ¿qué tal? —hace tiempo que no me llama cariño, será la distancia que la endulza—. ¿Cómo ha ido la presentación?
—Bien, no demasiada gente, pero más que en otras ocasiones. En la librería hacen todo lo posible por publicitarlo y buscar lectores afines al libro, pero estas fechas son complicadas entre el frío y las compras navideñas.
—Siento no haber estado, es la primera vez que me pierdo una presentación tuya, pero ya sabes que los niños están finalizando el trimestre y, total, en una semana ya nos vemos.
Pero estoy deseando leerlo—Dolores está intentando ser amable, pero es mentira, no es la primera vez que falta a un evento relacionado con mis libros.
—Te pasé el PDF final hace meses... — respondo sin paños calientes.
—Ya, cielo—nunca me llama así, pero ella insiste en dulcificar la conversación—, sabes que a mí me gusta leer en papel. Cambiando de tema, ¿cómo vas con la búsqueda de vivienda?
—Tengo un par de pisos preseleccionados, uno en Cuatro Caminos y otro en Valdezarza.
Son grandes, ambos tienen cuatro habitaciones y son luminosos.
Mañana te paso por mail un enlace de la inmobiliaria para que veas las fotos —le cuento brevemente y me doy cuenta de que, más que su marido, parezco su asistente—.
Te voy a dejar —me disculpo—, me duele la cabeza y mañana madrugo para ir al colegio, es mi primer claustro de profesores y quiero estar despejado.
Cuando finalicé mi relación con Clara, pasó mucho tiempo en el que decidí estar solo.
Ninguna chica me resultaba atractiva ni interesante.
Pasado ese duelo por ella, tuve escarceos sin importancia con varias mujeres, pero ninguna me llenaba, hasta que diez años después conocí a Dolores, o Lola, como la llamamos en familia.
Nos presentaron en la boda de uno de mis mejores amigos, era amiga de la novia y me recordó mucho a Clara, no físicamente, puesto que Lola es una mujer más alta y con los ojos oscuros, sino por su carácter extrovertido y directo.
Fue tal la conexión, que acabamos la boda follando en el asiento trasero de mi coche.
Al despedirnos, nos intercambiamos los teléfonos y me advirtió que no habría segunda cita si no la llevaba a cenar o a un hotel.
Lola tenía su futuro trazado y diseñado con precisión.
Yo vagaba de empleo en empleo y necesitaba un gurú que me orientara, así que me enganché a ella y me dejé llevar.
Lola trabajaba como abogada en un conocido sindicato, orientando y asesorando a los trabajadores en sus pleitos contra las empresas, vivía en Zaragoza y yo en mi pueblo.
Dejé Madrid tras terminar la carrera y no conseguir empleo.
No me costó mucho hacer las maletas y trasladarme al apartamento de Lola, que ya era independiente.
Una vez instalado en Zaragoza, empecé a trabajar, asesorado por mi novia, como maestro de Literatura.
Seguía sus directrices al pie de la letra, me parecía razonable todo lo que proponía, así que después de dos años de noviazgo pasamos por la vicaría.
Es increíble que yo, siendo un ateo convencido, me haya casado en la Basílica del Pilar, pero no quería hacer un feo a mi suegra ni provocar un cisma familiar.
El chaqué me quedaba como a un Cristo dos pistolas, pero debajo llevaba una camiseta de Extremoduro.
A Lola le hizo mucha gracia descubrirlo en la noche de bodas, en cambio ahora odia que siga usando camisetas de grupos de rock para estar por casa.
Un año después nacieron los mellizos, María y Antonio, se llaman así por mis suegros.
Coincidiendo con el nacimiento de mis hijos, la carrera de Lola empezó a despuntar.
El sindicato se quedaba pequeño para una mujer como ella y entró a formar parte de un despacho de abogados que asumía los grandes casos de todo Aragón.
Es una abogada brillante, luchadora, y tengo que admitir que, a veces, sin escrúpulos.
Parece mentira que antes hubiese estado del lado de la clase obrera, porque se adaptó muy rápido a defender a grandes empresas.
Cuanto más grande se hacía Lola, más pequeño me sentía yo.
No me importaba tener más tiempo que ella para criar a mis hijos y dedicarme a la casa, pero era duro el desdén con el que me trataba su familia recordando me que era mi esposa la que llevaba el peso económico de la familia.
Hubo un tiempo en que me daba igual, me mostraba pasota con los comentarios, pero en los dos últimos años la actitud de Lola ha cambiado, su carácter se ha endurecido, es más dominante y se nota incluso entre las sábanas.
En reuniones con amigos le divierte avergonzarme, y lo peor es que a veces lo hace delante de nuestros hijos.
Cuando hace dos meses recibió una oferta de empleo de un prestigioso bufete de abogados de Madrid, lo aceptó sin consultármelo.
Me enfadé muchísimo. Pero luego pensé en las ventajas: volver a un lugar que era conocido para mí y distanciarme del ambiente tóxico de Zaragoza.
Lola me buscó trabajo en un colegio y me he incorporado a primeros de diciembre con el curso ya empezado.
Soy el «recomendado» de la directora. He alquilado un apartamento para mí solo, porque mi esposa, y jefa, me ha mandado como avanzadilla para buscar una vivienda familiar y acomodarla para trasladarse posteriormente con los niños en junio.
El bufete le ha ofrecido ese margen, de modo que los niños no dejen el curso a medias y ella cierre sus casos abiertos en Zaragoza, aunque frecuentemente tendrá que viajar a Madrid para ir tomando cargos.
Le han prometido que, si todo va bien, será socia del despacho en menos de dos años.
Viviré solo desde diciembre hasta junio.
Pese a echar de menos a mis hijos, va a ser un lujo para mí.
Un soplo de aire fresco. Lo que nunca me habría imaginado es que, a mi regreso a la capital, volvería a ver a Clara.
«¿No decían que en Madrid no te puedes encontrar con un ex?
». Me doy cuenta de que Clara siempre ha estado en mi mente.
Dejé esta ciudad porque la añoraba. Me atrevía publicar por el impulso que ella me dio.
Elegí a Lola porque se parecían. Seguí veraneando en Cádiz para recordar nuestro verano allí, e incluso llamé Clara a un personaje de una de mis novelas...
Clara no se ha ido nunca, la tengo tatuada en mi mente.
Me tumbo en la cama y sigo pensando en ella.
Qué atrevida ha sido al acercarse y darme su número de teléfono.
Anotarlo en mi propio libro ha sido muy característico de ella.
«Llámame, que te invito a comer. Tenemos muchas cosas de las que hablar».
Sus palabras y su voz aún resuenan en mi cabeza.
Me incorporo de un salto para coger el libro con su número de teléfono que está en mi mochila y vuelvo a la cama.
Añado el número en los contactos del móvil y abro la aplicación de WhatsApp para buscar su imagen de perfil.
¡Bingo! Ahí está ella. Es una foto en blanco y negro.
Al fondo, la escultura de acero y aluminio del Atomium de Bruselas.
Sigue tan guapa como antes y, de hecho, los años le han imprimido carácter a sus facciones, pero mantiene ese halo de misterio y el brillo de ilusión en sus ojos.