Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Poco antes de llegar al fondo de la librería, un pequeño espacio diáfano de apenas unos cuantos metros cuadrados concentra a un reducido grupo de personas que escuchan, más curiosas que realmente interesadas, cómo Nacho, uno de los socios del local, sentado tras una larga mesa plegable, está presentando una novela histórica ambientada en el juicio de Galileo Galilei ante la Santa Inquisición en el siglo XVII.

«¿A qué gilipollas se le ha ocurrido escribir sobre eso?

». Es un tema tan aburrido que solo una mente pobre se habría atrevido a transformar en libro algo así.

La verdad es que la curiosidad de los cuatro espectadores —hay más de una docena de asientos vacíos—que escuchan atentos cómo Nacho habla de «la mejor historia jamás contada sobre Galileo Galilei» se queda corta comparada con la mía, pero el ángulo de visión que hay desde el pasillo en el que me encuentro tan solo me permite ver la parte trasera de la oreja del autor y una americana de tweed bastante pasada de moda.

Así que decido moverme un poco y colocarme ligeramente tapada detrás de una estantería que no se apoya en ninguna pared, desde donde el campo de visión es mucho más amplio.

De frente, la mirada apagada del escritor me traslada de pronto a una época que creía olvidada.

—Hola, Greñas, ¿cómo te va la vida?

Había escuchado muy atenta los más de tres cuartos de hora que había durado la presentación, escondida tras la pila de libros que ponían un océano de historias no contadas entre nosotros, totalmente embobada por la visión de aquel hombre que no había perdido ni su esencia ni su alma en las dos décadas que llevábamos sin vernos.

—¿Clara?  Pero, ¿cómo? —su rostro palidece cuando sus ojos se encuentran con los míos—, ¿qué haces aquí?

—Esto es una librería, y siempre me gustaron los libros.

—No quiero decir aquí de aquí, en este sitio, sino cómo tú por aquí.

Manuel siempre tan elocuente, capaz de expresarse sin el más mínimo síntoma de dignidad ni elegancia. No ha cambiado nada.

—Trabajo muy cerca de aquí y me gusta pasar de vez en cuando a echar un ojo —el color está volviendo tímidamente al rostro de Manuel, mientras su gesto se suaviza un poco—.

He oído de lejos que estaban haciendo una presentación e imagina mi sorpresa cuando te he visto ahí sentado...

Al final lo conseguiste, ¡eres escritor!

—Sí, bueno... —hace una pausa mientras su mirada se aparta casi con vergüenza—, siempre fue mi sueño, y creo que, en cierto modo, lo he conseguido.

—¿En cierto modo? ¿Cuál es el pero?

—No lo sé. Es decir, son muchas cosas, pero en fin... no voy a aburrirte con mis tonterías —la sonrisa vuelve a sus labios mientras su mirada me reencuentra—.Y tú, ¿qué tal? ¡Te veo estupenda!

No sé si Manuel lo cree de verdad o solo intenta ser amable. Mi pelo negro recogido en una coleta, el suave maquillaje matutino medio borrado de mi rostro, el pantalón vaquero de hace tres años y el abrigo oscuro que oculta el resto de mi cuerpo no habían sido la elección más elegante de mi vida.

—Yo sobreviviendo a estos tiempos, pero, en general, estoy muy bien, no puedo quejarme.

—No sabes cuánto me alegro...

—Sabes... al final me cambié a la carrera de Derecho y mi padre me consiguió un buen trabajo en su bufete, así que no puedo protestar.

Abogada, quién lo iba a decir —con las manos metidas en los bolsillos casi siento vergüenza por reconocer algo así sin que Manuel tan siquiera me haya preguntado— ¿Y a ti cómo te va? ¿Cuántos libros has publicado ya?

—Pues este es el cuarto —Manuel sonríe tímido—, pero de momento ninguno con demasiado éxito. En realidad, soy profesor de Literatura y acaban de darme una plaza en un colegio en Chamberí.

Habían pasado veinte años. Mucho tiempo para cualquiera, pero no tanto para Manuel que, a pesar de la americana hortera que lleva puesta, conserva ese aire roquero de finales de los noventa que tanto me había enamorado.

Su sonrisa golfa de rebelde y su semblante melancólico son los mismos que siguen vivos en mi memoria, a pesar de la eternidad que nos separa.

—En fin, Clara, me ha encantado verte, pero tengo que marcharme —sus palabras suenan a despedida, pero su cuerpo no se mueve, mientras sus ojos siguen perdidos en los míos.

—Por supuesto, yo también debería estar trabajando... aunque estos ratitos son las ventajas que tiene ser la hija enchufada de uno de los socios —por más que lo intento, mis pies tampoco avanzan y mi mente viaja fugaz al pasado, buscando el sabor a otra vida que el destino nos arrebató

—Creo que me reclaman... —una voz pronuncia el nombre de Manuel a su espalda—. Me ha encantado verte...

—¿No vas a pedirme el teléfono? —como siempre había sido, soy yo quien tiene que dar ese paso que para Manuel era tan complicado.

—No sé si es adecuado... quizás estás...

—¿Casada? —mi carcajada resuena por toda la librería—. Casi. Estoy divorciada, y de eso hace mucho...

—Pues entonces, quizás, algún día podamos tomar un café y ponernos al día...

Sin esperar que Manuel siga poniendo excusas que ni él comprende ni yo comparto —la alianza en el dedo anular de su mano izquierda no va a ser para mí un obstáculo para recuperar al menos un trozo de pastel de una vida que casi había olvidado—, alargo la mano y saco la pluma que guarda en el bolsillo interior de su chaqueta, escribiendo bien en grande el número de mi teléfono móvil en la primera página del libro que lleva en su mano.

—Llámame, que te invito a comer. Tenemos muchas cosas de las que hablar.

Y sin decir una palabra más, doy la espalda a aquel hombre que se ha quedado tan asombrado que no es capaz de vocalizar ni media digna despedida, y desaparezco por el mismo pasillo que me llevó hasta allí hacía apenas una hora.

El aire de la calle ya se ha vuelto muy frío y la sensación térmica me golpea con fuerza el rostro, tratando de sacarme de lo que me ha parecido un sueño demasiado auténtico para ser verdad.

Tantas vidas después, tantos amargos sinsabores y demasiadas desventuras superadas y, de repente, como un fantasma del pasado, la sensación de tener de nuevo a Manuel tan cerca ha avivado las brasas de la niña que una vez fui y del gran amor que sentí por él.

Manuel fue el primero. Mi primer amor, el primer chico que me besó, que realmente me escuchó y me comprendió, mi primera vez, mi primer verano de verdad... la primera vez que me sentí mayor, que me sentí adulta y libre.

Y ahora está de nuevo aquí y ha llegado en medio del torbellino en que se ha convertido mi vida. Quizás el destino sea tan caprichoso que esté dándonos una segunda oportunidad. ¿Por qué no?

De repente me viene a la cabeza la melodía de una canción que, por casualidad, le escuché a un grupo de jovencitas en el metro hace un par de días: «¿Qué más, pues?

¿Cómo te ha ido? ¿Sigue soltera o ya tiene marido?

Sé que es personal, perdona lo atrevido.

Te pedí en Navidad y Santa no te ha traído».

Creo que cuando J Balvin y María Becerra pensaron en cantar esta canción nos imaginaron a Manuel y a mí justo en este momento y decidieron poner letra a lo que, sorprendidos y divertidos, habían presenciado.

Hace muchos años que dejé de fumar, pero ahora mismo mataría por un cigarrillo.