CAPÍTULO 8
CLARA
“Te perdí el rastro por distraído”
Como dice el tango de Gardel «... sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada… ».
Es una arpía.
—¡Joder, Clara! Te estás relajando y se nota mucho en esta última novela —se toma un instante mientras me mira directamente a los ojos—. Para mí ha sido un rotundo fracaso. Siento ser tan directa contigo, pero es la verdad.
Es una puta arpía. Una de esas mujeres ambiciosas y manipuladoras que suenan tan perversas y codiciosas, que rozan muy de cerca la barrera que separa el amor propio de la humillación.
Poco importaba que aquel libro hubiese sido el más vendido, no solo del año, sino de toda mi carrera profesional, además de cosechar magníficas opiniones entre crítica y lectores.
Pero es la mejor editora de este país —en el que cualquiera con tres mil seguidores en Instagram puede destruir los sueños de cualquiera con solo cuatro publicaciones y un par de stories —, y buena muestra de ello son los ocho súper ventas que hasta el día de hoy he publicado con su editorial.
—Lo sé, pero estoy cansada del género y de mi personaje —cabizbaja, con el tenedor jugueteando entre las hojas de lechuga y los trozos de tomate de la ensalada que hay en la mesa, mi mente está muy lejos de allí—. Creo que podría haber llegado el momento de buscar algo nuevo, un nuevo horizonte.
—No sé si estoy segura de comprenderte, Clara.
—Que quizás debería empezar a planificar y escribir otro tipo de historias.
—Debes estar loca si piensas realmente así —su gesto se volvió tierno, casi maternal—. Tu talento para la novela erótica es algo fuera de lo común, no deberías desaprovecharlo, podemos sacarle todavía mucho partido.
—No hablo de abandonarlo, sino de hacer algo distinto de vez en cuando. Olvidarme de Náyade Amaya y ser yo alguna vez.
Hacía algo más de once años que Isabel Duarte se había cruzado en mi camino, como todo lo bueno que pasa en esta vida, por casualidad un día casi soleado de invierno.
En aquel momento, ella ya era una de las promotoras literarias más influyentes dentro del universo de las letras españolas.
Un café, muchas risas, y la oferta no tardó demasiado en estar sobre la mesa.
Todavía hoy creo que fue su atracción física hacia mí lo que realmente la empujó a presentarme aquella propuesta, mucho más allá que todo el talento que esa mujer —rubia con el pelo corto y los ojos azules, que apenas era unos pocos años mayor que yo— hubiese visto en mí.
El plan era sencillo. Escribir una novela erótica, fuerte, impactante, que tuviese profundidad y mensaje, disfrazada de historia real, que quedase enmascarada por un pseudónimo diseñado para preservar el anonimato de la autora.
Algo que impactase a los lectores, algo duro sobre una mujer real que escribe para aliviar una vida demasiado difícil para ser una invención.
Alguien en el que otras mujeres pudiesen ver reflejado su propio espíritu de superación y amor propio.
El resto no importaba, daba igual: sadismo, fetichismo, sumisión o cualquier otra práctica sexual que ofreciese el trasfondo de una historia que iba a escandalizar a demasiadas personas de este país.
Y en ese instante nació Náyade Amaya, mi alter ego, mi yo más desenfrenado que daba rienda suelta a todas aquellas historias físicas y emocionales que una chica de clase acomodada como yo nunca había podido disfrutar.
Y fue un éxito. Más que un éxito, fue una bomba escrita con mayúsculas.
Ni las mejores previsiones elevadas al cuadrado habrían podido imaginar que aquellas doscientas cincuenta y tres páginas vendiesen más de cien mil ejemplares en los primeros tres meses de lanzamiento.
Aún hoy sigo pensando que fue el trabajo de la editorial, la estrategia, la labor de marketing y, sobre todo, el poder de influencia que Isabel tenía en aquel momento lo que convirtió el sueño de una jovencita que se hacía mayor en el más grande pelotazo literario de los últimos años.
Desde entonces, una novela cada año, o año y medio, vendía más ejemplares que la anterior, colocando el nombre de la editorial y el de Náyade Amaya, muy pronto y sin techo visible, como referentes en el mundo de las letras españolas.
Yo había adoptado muy pronto el papel de mi personaje y nadie, fuera de la editorial, sabía nada sobre aquella doble vida que en ocasiones me hacía sentir como una heroína que de noche se disfraza, se pone un antifaz y salta de tejado en tejado buscando salvar el mundo.
Mentiría si dijese que había cosas que fueron muy difíciles de asumir para mí y que todavía hoy siento que faltan, para sentirme realmente completa y realizada como escritora.
Las presentaciones, las firmas de libros, las entrevistas...
todo aquello que me estaba vetado y que me negaba el aplauso público de mis lectores era lo que peor había soportado durante la época más fabulosa de mi vida.
Cierto es, y todo hay que decirlo, que sin la máscara de la súper heroína Náyade Amaya y su historia real, quizás nada de todo esto hubiese sido posible.
—Confía en mí, Clara, estas crisis son muy normales en vosotros los escritores, pero son pasajeras. Tómate unas vacaciones, desconecta y después hablamos de nuevo, ¿qué me dices? —la suave expresión de su rostro casi parecía sincera.
Ya en la puerta del restaurante, Isabel puso su mano sobre mi hombro, mientras intentaba, con el gesto más dulce que una mujer como ella puede dibujar, transmitirme la confianza en mí que estoy segura ella nunca ha perdido, pero este mundo es despiadado y el éxito de su trabajo se basa en que gente como yo esté centrada en escribir cada novela mejor que la anterior.
—Lo pensaré. Quizás pida unos días en la oficina y haga un viaje —mi sonrisa en aquel instante tampoco era del todo sincera—. Gracias por todo, Isabel, te debo mucho.
Su abrazo sí que fue sincero, afectuoso y cálido, apretando mi cuerpo menudo y frágil contra su estiloso traje oscuro de dos piezas de Armani.
La verdad es que, a pesar de haber cumplido ya los cincuenta años, aquella mujer todavía desprendía la elegancia y el atractivo de una joven veinteañera en su máximo momento de esplendor y belleza.
—Haz lo que necesites, pero no olvides llamarme cuando vuelvas.
Veo cómo su silueta se aleja calle arriba, fundiendo su estela entre el gentío que a aquella hora inunda sin piedad las calles de Madrid a tan solo una semana de Navidad.
Hace frío, o al menos esa es la sensación que se ha quedado alojada en el fondo de mi estómago, difuminada entre sentimientos de angustia y culpa que aquella conversación con Isabel me han producido.
No estoy segura de cómo expresarlo con palabras, pero de lo que sí estoy convencida es de que ni todas las vacaciones posibles podrán aliviar la frustración que cuelga de mi corazón por no tener la oportunidad que tanto tiempo llevo buscando.
Una oportunidad que ni toda la fama ni todo el dinero del mundo podrán ofrecerme jamás.
Se hace tarde y el paseo hasta la oficina es aún largo, así que me ajusto bien la gruesa bufanda de lana gris y echo a andar en dirección opuesta a la que momentos antes he visto desaparecer, al girar una esquina apenas un centenar de metros después, la figura distinguida de Isabel.
Cuando acabé la carrera de Derecho, mi padre se esforzó mucho por encontrarme un hueco en su bufete de abogados y así seguir manteniéndome controlada y vigilada.
Yo jamás le perdoné que me obligase a cambiar de universidad y que, al final, también me convenciese para abandonar Filosofía y Letras y centrarme en lo que él quería y no en lo que yo soñaba ser.
Estuve muchos años enfadada, pero no tanto con mis padres como lo estaba conmigo misma, por someterme a una vida que no deseaba, que no me hacía feliz, y olvidar poco a poco todos aquellos proyectos y anhelos que pronto se disiparon como humo entre los dedos.
Mi pasión por la literatura nunca llegó a morir del todo y en mi pequeño piso del centro de la ciudad acumulo libros y más libros, como una obsesión enfermiza que trata de disimular un vacío que me acompaña desde hace mucho tiempo.
Por eso nunca rechazo una invitación a comer cuando Isabel me llama, porque en medio del camino de vuelta, en el barrio de Malasaña, hay una librería que me tiene enamorada y que todos los jueves por la tarde a aquella hora tiene algún acto literario programado.
Y no me importa lo que sea, o si es para niños o adultos, siempre me permito unos minutos para disfrutar de todo aquello que a mí, como escritora, se me ha negado desde el principio de mi carrera.
Tipos Infames es uno de esos lugares que tienen sabor propio —y no solo porque, además de especialistas en libros independientes, se dediquen a los vinos de autor y a las cervezas artesanales—, que huelen a tinta, papel y recuerdos, entre cuyas paredes podrías perderte durante horas sin más compañía que los cientos de personajes que inundan sus estanterías.
Así que fiel a mi cita, y con la necesidad latente de salir de allí con un par de libros más para mi colección —los títulos no los tengo claros, pero es algo que tampoco importa demasiado—,me sumerjo en el interior de la librería, dispuesta a concederme unos minutos de paz que a pulso me he ganado.
De repente, leyendo la sinopsis de la contraportada de la última novela de Alaitz Leceaga, el susurro de unas voces de fondo me llama la atención:«¡Hoy hay presentación! El trabajo de la oficina tendrá que esperarme un rato más».