Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Con que me invites a tu residencia el fin de semana a dormir, me conformo.

Te quiero, Greñas—y no pudo evitar tocarme de nuevo mi cabello de abajo hacia arriba, poniéndome la carne de gallina como solo ella sabía hacerlo, despeinando los mechones que ahora se esparcían por el suelo de la peluquería.

No quería que nadie me volviese a tocar el pelo, por eso me deshacía de él.

Clara llegó alegre a su casa. Alegría que tan solo duró unos segundos.

Fue soltar la maleta y sus padres, que la estaban esperando, explotaron de ira.

Sabían todo. Su tía les había informado la misma noche que llegamos al pueblo.

Conocían todos los detalles: con quién había ido, el deseo de ver y hablar con la abuela, dónde se había alojado y hasta lo que había comido.

Maldita chivata. Lo único que no sabían, al parecer, era su excursión a la cabaña.

Pese a la bronca, Clara comenzó a sonreír cuando su madre le echó en cara que había bebido cerveza.

Su padre, al ver como escondía la risa, estalló y le dio una bofetada.

—¡Menos risa, niñata! Tienes terminantemente prohibido ver al macarra de tu novio. Lo único que me faltaba es que te vuelvas una porreta, borracha, y que además te haga un bombo. En mi casa no entran golfas.

—¡Papá! —se quejó Clara—. No me puedes prohibir ver a nadie. Soy mayor de edad. Y todo lo que estás diciendo es una barbaridad. No conocéis a Manuel, es la mejor persona que conozco. Nunca me faltaría al respeto como lo acabas de hacer tú. Te odio.

—Es mi casa y son mis normas. Estás castigada sin salir. Solo podrás ir a la universidad. Los fines de semana los aprovecharás para estudiar.

De esta manera su padre zanjó el tema, encerrando a Clara en una jaula de cristal.

Pero a nosotros nos dio igual. Nos veíamos cada día en clase, eso no lo podían impedir.

Y pasados unos días, sus padres volvían a estar más preocupados por su carrera profesional y solo veían a su hija durante la cena.

Cumpliendo ese horario, mi amada y yo continuamos nuestra relación como si nada.

Éramos afortunados, porque mi compañero había empezado a salir con otra compañera de la residencia y nos había cedido la habitación, casi a tiempo completo, donde permanecíamos atrincherados.

Cuando finalizó el curso, Clara les dio una gran lección a sus padres sacando unas notas inmejorables. Las mías también lo fueron y, por ello, me hice un autorregalo. Compré el Renault Clío rojo a mi compañero. De tanto pedírselo prestado, ya parecía casi nuestro.

—Mañana, a las 7:00 h, te espero en la puerta. No lleves demasiado equipaje. Vamos a pasar casi todo el día en bañador, con poca ropa o...

—O follando como animales —completó mi frase.

—¡Hala, señorita!, no hable usted así, no es propio de una mujercita de buena familia. Si le escucha su padre, la deshereda.

Teníamos planeado escaparnos juntos todo el verano. A primeros de julio, aprovechando que sus padres estaban de crucero y que Clara se había quedado al cuidado de Antonia, que se había convertido en nuestra cómplice, nos fuimos.

La primera parada fue mi pueblo, para visitar a mi familia y acudir a la boda de mi prima Julia. Mi familia al completo vivía en una pequeña localidad de Cuenca. Ellos ya sabían de la existencia de Clara y estaban deseando conocerla.

Mi madre, maestra, y mi padre, veterinario, nunca se habían querido mover del pueblo, pero tanto a mis dos hermanas mayores como a mí nos habían inculcado la necesidad de viajar y formarnos. A mi padre le hubiese gustado que yo tomara su testigo, pero nunca se opuso a que eligiese otra rama.

Mi hermana mayor, Ángela, en cambio, nunca tuvo dudas y después de ser la mejor de su promoción en la Universidad de Murcia, volvió al pueblo para trabajar codo con codo con mi padre.

A mi hermana menor, María, la universidad nunca le llamó la atención, pero le encantaban los niños y trabajaba en un jardín de infancia.

Yo siempre había querido ser escritor. Tener una madre profesora de Lengua y Literatura y estar siempre con ella, escuchando sus cuentos y leyendas, me había marcado.

Nuestra llegada al pueblo fue una fiesta.

Clara estaba alucinada de recibir tantos besos, abrazos y elogios, pues estaba acostumbrada a la frialdad de su familia.

Mi madre la tomó del brazo, le enseñó la casa y le indicó que podía dejar sus cosas en la habitación de María.

Ángela, al escucharlo, se opuso totalmente.

—¡Mamááááá, no seas antigua! Déjalos que duerman juntos. Después se van a la playa, ¿y crees que van a dormir separados?

Aprovechándola intervención de Ángela, cogimos nuestras bolsas y nos dirigimos a mi habitación. Clara, como era tan organizada, deshizo su bolsa y colgó en mi armario el vestido que traía para la boda. De imaginarla con él puesto, me excité y la atraje hacia mí para besarla sobre mi cama.

—No —trató de zafarse de mí—. Ni de coña. En casa de tus padres seamos respetuosos.

—De acuerdo—aparté mis manos de su trasero—, tendré que llevarte al huerto.

Efectivamente cumplí la promesa. No hubo sexo en mi habitación de adolescente, pero admito que tuvimos que escaparnos más de una vez al huerto, al río, al coche...

En mi cama solo estaban permitidos los besos y abrazos infinitos.

No pasábamos juntos una noche completa desde el viaje a Zuriatxe y acostarme junto a ella, sintiendo su cuerpo y su respiración, era un verdadero placer.

A día de hoy, la esencia, el olor y la presencia de Clara aún perdura en mi habitación del pueblo.

En la boda, mi chica, con su alegría, belleza y entusiasmo, encandiló a toda la familia, de forma que años después me siguen preguntando por ella.

Tan solo pasamos dos semanas con mi familia, pues era lugar de paso para nuestro siguiente destino: Tarifa.

Un amigo mío nos dejó la casa de su abuela.

Estaba muy destartalada, pero no necesitábamos nada más.

Teníamos planes de pasar el día en la playa, surfear, tomar ideas para nuestra novela y por la noche, tras cenar en la terraza, hacer el amor hasta quedar exhaustos.

Cuando Clara calculó que sus padres estaban de vuelta de su viaje, les llamó por teléfono.

Contestó su padre. Como era de esperar, discutieron.

Los gritos, insultos e improperios de su progenitor se oían al otro lado del teléfono.

Clara no se puso a su nivel, con tono tranquilo le respondió que era mayor de edad y que no podían impedírselo, y que si quería que volviese a llamar a lo largo del verano, tenía que tranquilizarse.

Su padre no se calmó, pero Clara llamó cada cuatro días al teléfono del servicio y preguntaba por su madre, que con tal de que la volviese a llamar, no le echaba nada en cara.

Pasamos tres semanas maravillosas en Cádiz. Además de surfear en Tarifa, recorrimos toda la provincia en coche. La última semana de agosto volvimos a mi pueblo y el primero de septiembre dejé a Clara en la puerta de su casa. Ahí comenzó el declive de nuestra relación.

Nuestro verano fue perfecto, pero tuvo consecuencias en la vida de Clara y, por consiguiente, en la mía.

Cuando llegó a casa no le hicieron ningún reproche, ninguna amenaza, no hizo falta, ya habían ejecutado el peor castigo sin avisar.

Matricularon a Clara en una universidad privada para alejarla de mí, era eso o dejar sus estudios de Filosofía y Letras.

Se enfadó mucho, porque tomaron esa decisión por ella siendo mayor de edad, pero después fue la misma Clara quien les amenazó con que eso no sería suficiente para separarla de mí. Qué equivocada estaba.

Nos veíamos después de clases, y siempre que podíamos, provocando la ira de sus padres, pero poco a poco, los trabajos y exámenes en distintas fechas hacían que no pudiésemos encajar muchos momentos juntos.

Con el añadido de que Clara comenzó a hacer amistades nuevas y, aunque ella me incluía en sus planes, yo me sentía como pez fuera del agua.

Detestaba a sus compañeros, y admito que me ponía muy celoso ver cómo algunos de ellos babeaban detrás de ella.

Esto provocaba discusiones cada vez más frecuentes entre nosotros y que yo declinara ir con sus nuevos amigos.

Aunque nos amábamos, nos fuimos distanciando.

Nos dolía que sus padres ganaran la partida, pero tampoco queríamos seguir juntos y terminar la relación odiándonos.

En febrero, tras los exámenes del primer cuatrimestre, después de hacer el amor en la habitación de mi residencia, Clara estalló a llorar.

Habían sido seis meses muy duros, estaba harta de verme a escondidas, de mentir a sus padres, de las risas de sus compañeros, de mis celos absurdos.

No hizo falta decir nada más. Le acerqué a casa encoche por última vez, la besé antes de que abriera la puerta y le dije que la quería.

Salí de su vida como un cobarde, pero no quería verla sufrir más.

Los días posteriores tuve que reprimir mis ganas de llamarla o ir a buscarla a clase, tampoco contesté a las llamadas que ella hizo a la residencia preguntando por mí.

Pero lloré. Lloré tanto que me desgarré por dentro.

Nunca he vuelto a llorar, porque creo que me quedé seco. También se resecaron mis sentimientos.

—¿Puedes dejarlo aún más corto? —pregunté, a través del espejo, a Vanesa.