Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

MANUEL

“ Si lloré ante tu puerta, de nada sirvió”

«Me corto el pelo una y otra vez. Me quiero defender. Dame mi alma y déjame en paz. Quiero intentar no volver a caer. Pequeñas flechas para continuar en la brecha. Me siento hoy como un halcón, llamado a las filas de la insurrección».

La canción de El Último de la Fila sonaba ese día de fondo en la peluquería.«¡Qué casualidad!», pensé, aunque yo no me sentía como un halcón, sino como la presa inmunda, pequeña e insignificante que caza el rapaz.

—¿Y tan corto? ¿Te vas a la mili? —me preguntó Vane, mi peluquera de confianza en Madrid, con la máquina cortapelo en la mano ya encendida.

El servicio militar aún estaba vigente ese año en España, pero yo era objetor de conciencia.

Tras la ruptura con Clara había decidido dos cosas.

La primera, raparme la cabeza, y la segunda, iniciar mi servicio como objetor en el psiquiátrico de Leganés.

Ese hospital era la herencia de un antiguo manicomio, fundado en 1851, en el que corrían muchas leyendas sobre su pasado y esperaba que alguna de ellas me inspirara para una novela.

Pero la razón más certera es que no quería pensar en Clara, y llenando mi día con las clases, el voluntariado y el trabajo creía que lo lograría.

—Me he cansado de mis greñas.

—Pues es una pena—dijo Vane, mientras hábilmente formaba un globo de chicle entre sus labios rojos—,porque tienes unos rizos muy bonitos y seguro que a tu novia le encantan.

—Ya no hay novia —murmuré seco y escueto.

—Lo siento, ahora entiendo el corte de pelo. Yo cada vez que lo dejo con un novio, me cambio el pelo de color—observé la amalgama de mechas de colores que mi peluquera lucía y sonreí de medio lado por primera vez en días.

Cortarme el pelo no iba a solucionar nada. Los recuerdos y el dolor que sentía por la pérdida de Clara seguirían dentro de mí durante mucho tiempo. No entendía cómo, amándonos de la forma que lo hacíamos, no continuábamos juntos.

El viaje a Zuriatxe no había sido todo lo fructífero que habíamos deseado.

La abuela de Clara no se encontraba muy lúcida esos días, y su tía tampoco nos lo ponía fácil para estar a solas con ella.

En cambio, sí pudimos recoger datos suficientes del entorno para dar credibilidad y describir los escenarios de la futura novela.

El lugar tenía el encanto que Clara me había detallado antes de llegar.

Sus calles empedradas, su maravillosa iglesia románica, el sonido del río que pasaba casi a las puertas de las viviendas.

Anotamos cada detalle en un cuaderno e hicimos fotos con la cámara de Clara, que más tarde revelaríamos.

El viaje, además, sirvió para afianzar más nuestra relación y lanzarnos por fin a la pasión carnal.

Clara perdió su virginidad, pero para mí también fue la primera vez que hice el amor, porque hasta ese momento no sabía el significado de esas palabras.

Dado que su tía no nos permitía ver a la abuela, alegando que se encontraba muy confusa y alterada tras nuestra visita, indagamos entre otras personas del pueblo acerca de la leyenda del erraldoi, lo cual nos condujo hasta la zona del bosque donde se cuenta que sigue apareciendo algunas noches.

Por respeto a la superstición fuimos por la tarde a plena luz y, por precaución, nos llevamos una linterna comprada en un bazar, porque en esas tierras cuando cae la luz solar la oscuridad gana rápido la batalla, dada la falta de contaminación lumínica.

Dimos un largo paseo y esa vez me tocó a mí hacer las fotografías del lugar.

No pude evitar seguir con el objetivo a Clara y robarle bastantes instantáneas.

Estaba bellísima. Llevaba un pantalón ajustado con unas botas de agua y un abrigo verde caza, el pelo suelto bajo una boina de lana.

Caminaba por el bosque dando saltitos, muy ilusionada de poder volver al paraje donde en su infancia había sido tan feliz.

—Clara, ¿sabes dónde vamos?

—Por supuesto, me conozco bien la zona. ¿Qué ves ahí al fondo? —preguntó señalando con su delgado dedo índice.

—¿Una casa?

—No. Es la cabaña donde mi abuela se veía con el chico. Y estamos de suerte, sigue perteneciendo a mi familia, así como las tierras que la rodean.

—Y me vas a decir que tienes la llave...

—Casi... —su voz era misteriosa e insinuante—. Está escondida.

—¿En una maceta o debajo del felpudo? —me dio risa y no podía contenerme.

—¡Qué graciosillo eres! Vamos, sígueme.

Nos acercamos a la cabaña, que estaba en muy buen estado para los años de construcción que debía tener, y Clara introdujo la mano en el fondo de un tronco cortado que ejercía como elemento decorativo de la entrada del lugar.

Me pareció un sitio muy sencillo para esconder una llave, pero, por otro lado, el pueblo no era muy visitado y supongo que nadie esperaría que la familia la guardase allí.

— Voilá , aquí está mi llave—Clara pronunció «mi llave» de manera especial—. Mi amona me dio una copia hace años. Mi padre y mi tía no lo saben. Es un secreto entre mi abuela y yo, y ahora entre tú y yo. Adoramos este sitio, por eso está tan bien conservado.

Antes de entrar hice unas fotos del exterior de la cabaña, entre ellas una muy especial: Clara de espaldas a la cámara, en el quicio de la puerta, justo antes de acceder al lugar que fue testigo de la historia de amor de su abuela.

Después, la seguí al interior. Efectivamente estaba bien cuidada, pero no dejaba de ser una casita de labranza.

Era diáfana y en el centro tenía una chimenea sencilla.

Una mesa de madera con sillas alrededor y un antiguo sofá eran los únicos muebles de los que disponía.

—Cuando mi abuela escondió al chico no había más que la chimenea y aperos de campo. Después trajeron estos muebles y se usó como punto de reunión cuando venía la familia. Está bastante limpia. Mi tía debe seguir viniendo de vez en cuando.

—Molaría encender el fuego y pasar aquí la noche —propuse—. Así nos sirve de documentación para la novela.

—¡No! —exclamó Clara—. Nadie debe saber que hemos estado aquí —me miró y se acercó hacia mí insinuante—. Pero se me ocurre otra opción para recrear escenas de la novela.

Nuestras bocas se buscaron con pasión y, en unos minutos, pese a la oposición de las botas de Clara, ya estábamos desnudos sobre el sofá.

Ella era irresistible para mí. Su boca carnosa y su pequeño y delgado cuerpo eran una droga a la que ya estaba enganchado.

Con el solo roce de su piel y su olor dulce y afrutado bastaba para excitarme y desear estar dentro de ella para siempre.

«Te quiero», me susurró al oído cuando llegamos juntos al orgasmo. Así debían sentirse su abuela y aquel joven. Deseándose a escondidas. Amantes de diferente condición social. Un amor prohibido. «Te amo», le devolví yo.

—Recuerda cada detalle de este momento. Esta escena la incluiremos en la novela —sonrió pícara.

—¿Una escena de sexo explícito en una novela sobre leyendas y secretos familiares?

—¿Lo dudas? El amor lo es todo en la vida. Y el sexo es su extensión.

—Sería genial quedarnos a dormir, está anocheciendo, pero sin encender la chimenea hace frío.

Recogimos nuestra ropa. De nuevo nos dio la risa con las complicadas botas de Clara, recordando que por poco no habíamos hecho el amor con las botas puestas.

Dejamos todo en su sitio, incluida la llave, pero no sin antes hacer unas fotos al interior de la cabaña, que ahora atardeciendo tenía un aura especial.

Con la luz anaranjada del sol y la ayuda de la linterna, atravesamos el bosque hasta llegar al pueblo. Compramos unos bocadillos y unas cervezas en un bar cerca del hotel y subimos a darnos una ducha. Era nuestra última noche y queríamos aprovecharla a tope. Éramos insaciables, lo admito.

A la mañana siguiente nos fuimos a despedir de la abuela, para poner rumbo a Madrid con el destartalado coche que me había prestado mi compañero de trabajo.

—Ay, mi niña, pues la abuela sigue revuelta—dijo, falsa, su tía.

—Solo quiero despedirme y darle un abrazo —insistió Clara.

—Pero nada de cháchara, que luego no pego ojo. Por la noche habla ensueños, se levanta y me da miedo que se caiga caminando a oscuras.

—¿Y qué dice? —preguntó Clara intrigada

—Cosas sin importancia, hija.

A mi chica le costó un triunfo conseguir que su tía le dejara ver a la abuela.

Pasamos a la habitación. La mujer estaba sentada en un sillón orejero frente a una pequeña televisión donde emitían un programa matutino.

Y para nada estaba tan desconcertada como la hermana de su padre afirmaba, pues rápido reconoció a su nieta y le demandó un abrazo.

—Mi Clara. Qué guapa y mayor estás. ¿Quién es el mozo?

—Mi novio, amona . Se llama Manuel —me acerqué a petición de su abuela, la cual me abrazó por sorpresa. Olía a cítricos y me rodeó con mucha fuerza, pese a su cuerpo menudo. Después se retiró para mirarme bien y yo sonreí.

—Qué guapo, y tiene los dientes separados como Fred—se refería a mi diastema de los incisivos frontales, a Clara también le gustaba. Y, sin querer, mis dientes nos habían dado una nueva pista.

Su tía, al escuchar el nombre de Fred, hizo todo lo posible para cortar la conversación y prácticamente echarnos.

Hicimos el viaje de vuelta repletos de ilusión.

Teníamos más de lo que esperábamos tras el primer recibimiento en casa de su abuela.

Un nombre, un detalle de su aspecto, fotos de la cabaña y del pueblo, y mucha más complicidad y amor de los que cabían en el destartalado Renault Clío.

Llegamos a la hora prevista a Madrid. Siguiendo la estrategia diseñada previamente, dejé a Clara cerca de su casa, pero lo suficientemente lejos para que nadie conocido la pudiese ver conmigo.

Antes de despedirnos, nos dimos un beso apasionado y ella me entregó el carrete de la cámara para evitar que sus padres pudiesen fisgarlo.

—Ha sido el mejor viaje de mi vida. Gracias. Te quiero, Clara.

—Gracias a ti. No me he ido y ya te echo de menos.

—Nos tendremos que inventar otro viaje...