CAPÍTULO 6 #3
—Es bonito, ¿no crees? —Manuel se había mantenido callado prácticamente desde que llamamos a la puerta de la casa de mi abuela, acompañándome únicamente con suaves gestos y agarrándome la mano en el par de momentos en el que había estado a punto de derrumbarme.
—Sí, es un pueblo muy bonito, lo he echado mucho de menos.
—Mañana me lo enseñas todo, aunque no tiene pinta de que haya mucho que ver.
—¡Qué va! —de no haber sido porque Manuel lo dijo en un tono de voz tan agradable, aquel comentario me habría molestado mucho—. Es un pueblo lleno de rincones que hay que ver con detalle, no sé si con dos días tendré tiempo de enseñártelo todo.
—Claro que sí, además, yo tengo suficiente con estar aquí contigo —entonces se acercó a mí y, por primera vez desde que salimos de Madrid, me besó.
Fue un instante eterno, mágico. Como si hubiese sido el primer beso, un escalofrío subió por mi espalda, estremeciéndome como hace mucho tiempo no lo hacía. Y fue suficiente. En ese momento sentí que estaba preparada.
—Voy al baño —separé suavemente mi cuerpo del suyo y me metí en el aseo sin mirar atrás.
La calefacción del hostal estaba muy alta, así que no fue para mí un problema demasiado grande quitarme toda la ropa.
Me duché despacio, notando como el agua caliente alimentaba el vigor de mis brazos y piernas, ligeramente entumecidos por el frío que nos había acompañado durante todo el día.
El vaho había cubierto el espejo del baño con un manto blanco, pero, al pasar la mano por él, el reflejo de mi cuerpo desnudo me provocó de repente un súbito temblor que nada tenía que ver con lo baja o lo alta que estuviese la temperatura.
Mi melena negra salpicada de gotas húmedas, mi piel canela, mis ojos claros ligeramente enrojecidos y mis pechos pequeños eran, por primera vez en mi vida, el conjunto de una mujer adulta y dueña de su propio destino.
Al abrir la puerta del baño comprobé que la luz de la habitación estaba apagada y el sonido reposado de la respiración de Manuel llegaba a mis oídos como distante, lejano, a pesar de los pocos metros que estaba segura me separaban de él.
«Ya verás que se ha quedado dormido», pensé, «me he pasado demasiado tiempo en la ducha».
Pero eso no iba a romper mis planes, así que salí de puntillas del baño, completamente desnuda, y me deslicé bajo las mantas de la cama.
Y allí le encontré, apreté mi cuerpo contra su espalda y olí profundamente el aroma de su pelo.
—¿Estás despierto? —susurré a su oído.
Él ronroneó tratando de despertar, mientras mis manos acariciaban su pecho por debajo de la camiseta de su pijama.
Cuando mis dedos rozaron el calzoncillo que tenía bajo los pantalones, el trance en el que Manuel parecía haberse sumergido desapareció de un plumazo.
Volvió su cuerpo hacia el mío bajo las pesadas sábanas y, en ese momento, se dio cuenta de que mi intención iba algo más allá de una casta caricia sobre la ropa del pijama.
—Clara, ¿estás segura? —me miró a los ojos, no con lujuria, sino con ternura y pasión.
—Completamente. No podría haber mejor momento que este.
Y entonces volvió a besarme, con intensidad y deseo, mientras me abrazaba, rodeándome con sus brazos, oprimiendo mi cuerpo contra el suyo, impidiendo que, bajo ningún concepto, mi alma se escapase de aquel momento que necesitaba que durase para siempre.
Las manos expertas de Manuel recorrieron con pausa y sensualidad todos los rincones de mi cuerpo. Mientras sus labios me besaban, nuestros cuerpos se fundían poco a poco en un baile en el que cada vez estaba más cómoda y menos aturdida.
—Manuel... ¿tienes…?—mi pregunta sonó tan ingenua que quedó a medias.
—¿Condones? Claro.
Que Manuel llevase preservativos encima hizo que más tarde me preguntase si él había planeado aquella noche así o si simplemente era algo que un hombre siempre tiene en mente, sea cual sea la circunstancia.
—Quiero hacerlo ya... —mi ruego sonó a súplica velada, así que Manuel se movió ágil, salió de un salto de la cama y, tras trastear a ciegas entre el equipaje, volvió a sumergirse entre las sábanas ya completamente desvestido.
El roce de su piel desnuda contra la mía me provocó una sensación distinta, agradable, fraternal. A medio camino entre el amor y el deseo. Por lo que ya completamente vencida a mi pasión por Manuel, me dejé llevar.
Él se colocó sobre mí y, mientras me besaba con ternura, su cadera comenzó a hacer movimientos casi indiscretos, notando sobre mis muslos el roce de su miembro totalmente erecto, en la búsqueda de mi completa rendición.
Así que, y casi sin pensarlo, mis piernas se abrieron, dejándole un paso libre que no tardó en aprovechar.
Me hizo el amor con toda la caballerosidad que esperaba de Manuel.
Fue pausado, sereno, suave, atento a cada uno de mis gestos y mis gemidos cuando entraba y salía de mí, completamente alerta a cada gesto de mi boca o mis manos, ayudándome a explorar mi recién nacida sexualidad de una forma tan dulce, que supe en aquel momento que él y yo estaríamos juntos para siempre.