CAPÍTULO 6 #2
El gran portón de la puerta no tenía timbre —doscientos años atrás esos chismes no estaban inventados, y a las siguientes generaciones no les pareció que a nadie le hiciese falta—, así que los golpes duros de los puños de Manuel sobre la madera envejecida sonaron con eco en la profundidad de la noche que nos envolvía.
—¿Clara? —la mujer que apareció en el umbral, cincuentona de pelo blanquecino muy corto, vestía una gruesa bata descolorida por el tiempo y el olvido—. ¿Qué haces aquí, criatura?
—Tía, ¿cómo estás? Venimos a ver a la abuela.
El gesto de la mujer se relajó y una sonrisa fraternal se dibujó en su rostro.
—Por favor, pasad, que aquí fuera hace mucho frío —se apartó ligeramente de la puerta para que el calor de una estufa encendida nos golpease con fuerza en el rostro—. ¿Y este chico tan guapo? ¿Tu novio?
El rubor que coloreó las mejillas de Manuel me hizo pensar que quizás él ya no necesitase el calor del fuego para calentarse.
La casa estaba tal y como la recordaba. Repletas las paredes de fotografías de familiares que generación tras generación habían colmado de vida el lugar, los muebles antiguos que habían sobrevivido a más de una guerra y aquel olor a madera y miel que siempre me había parecido que emanaba de cada una de las mil y una de aquellas inhabitadas habitaciones.
—¿Qué tal tus padres? —mi tía era una mujer hogareña y simple, pero poco astuta a la hora de ocultar emociones o rencores.
—Bien, ya sabes, tienen mucho trabajo.
Decir que mi tía y su hermano, mi padre, habían distanciado su relación no era más que un eufemismo tonto.
Desde que a mi padre le venció el dolor por ver a su madre en aquel estado y se olvidó de la poca familia que le quedaba en el pueblo, mi tía tachó su nombre con tinta roja de la lista de personas que en algún momento fueron parte de su vida.
Por duro que resulte de decir, aquella era una circunstancia que me ayudó a terminar de tomar la decisión de hacer aquel viaje con Manuel.
Mis padres jamás se enterarían, porque mi tía nunca se los contaría.
O al menos eso es lo que me obligué a creer.
Pronto descubriría lo equivocada que estaba.
—Abuela, ¡qué guapa estás! —la anciana estaba sentada en un pequeño sofá, muy cerca de una estufa de leña que crepitaba con demasiada fuerza, tapada con una manta y con la vista perdida en el fuego que tenía delante.
—Ahora está cansada, estaba a punto de acostarla.
Me acerqué a ella en la penumbra suavemente iluminada por el fuego, apoyé mi mano sobre la suya, arrugada y manchada por la edad, y entonces posó sus ojos en los míos y pude ver la profunda tristeza grisácea que se alojaba en el fondo de su mirada.
—Hija —balbuceó—, ¿cómo está tu hermano?
Yo era hija única, por lo que comprendí al momento que mi abuela no me veía a mí, sino a la sombra de mi tía, quien, de pie al lado del sofá y con el rostro oscurecido, contemplaba cómo su madre echaba de menos a su hijo, mi padre, aunque no recordase su nombre, y preguntaba por él a la joven hija que pensaba que tenía delante.
—Está muy bien, me dice que vendrá pronto a visitarte.
Una suave sonrisa se dibujó en su rostro y, por segunda vez en aquella semana de marzo, las lágrimas asomaron en mis ojos y la angustia me encogió el corazón.
Como la excelente anfitriona que siempre había sido, mi tía nos invitó a cenar. Improvisó una porrusalda—una sencilla sopa a base de puerros y patatas— tan sabrosa que Manuel y yo la devoramos como si no existiese un mañana.
Pero dormir fue otra historia. Yo ya sabía que el médico, debido a la fase del Alzheimer en la que se encontraba mi abuela, desaconsejaba que visitas o familiares ajenos a mi tía —viuda sin hijos que se estaba encargando de sus cuidados los últimos años— deambulasen por la casa más de lo justamente necesario.
Y mucho menos que durmiesen allí y la anciana se pudiera encontrar con algún extraño desayunando por la mañana en la mesa de la cocina.
Así que, cerca ya de la medianoche, besé el rostro ya dormido de mi abuela, nos despedimos de mi tía más fríamente de lo que me hubiese gustado, y volvimos al coche para recorrer el escaso par de kilómetros que nos separaban del pequeño hostal en el que habíamos hecho la reserva para todo el fin de semana.
El lugar era bonito, sencillo, pero muy lejos de la estética antigua que reinaba en el pueblo. De reciente construcción, el edificio, aunque pequeño y simple, estaba lleno de modernidades que desentonaban con el arcaísmo de chimeneas de leña, hornos a gas y camas de hierro forjado.
Tras un sencillo trámite en recepción —nombres, documentos de identidad y un par de firmas—, la señora, intuí que dueña del lugar, nos entregó una llave de plástico blanco muy parecida a la de los más modernos hoteles del momento.
La habitación era pequeña, con las paredes pintadas en tono ocre, y una pesada cortina ocultando lo que parecía un enorme ventanal que cubría toda la pared lateral de la estancia.
Una cama de matrimonio, dos mesitas, un armario y un baño, que difícilmente íbamos a poder usar Manuel y yo a la vez, era todo lo que allí nos encontramos. Pero era suficiente.