Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 6
18%

CAPÍTULO 6

CLARA

“

Oh, just to be with you Is having the best day of my life”

(Oh, solo por estar contigo es tener el mejor día de mi vida)

Thank you. Dido. 1998

El agudo zumbido del despertador me sobresaltó más de lo normal aquella mañana.

Todo el estrés, la ansiedad y las horas de sueño perdido habían distorsionado, por completo, mi percepción de la realidad que vive una estudiante universitaria al enfrentarse a las más duras semanas de exámenes que había tenido en toda su vida.

De verdad que habían sido unos días muy, muy complicados. Sobre todo, porque la señorita responsable, organizada y metódica que meses atrás ocupaba mi cama y vestía mi ropa se había transformado por completo en una ilusa soñadora que solo tenía en mente una cosa. Una historia.

Pero mucha culpa de ello también la tenía Manuel, que había compartido conmigo el entusiasmo y el interés por algo que, hasta ese momento, creía dormido, pero que después de aquella noche en la habitación de su residencia había tomado un color de esperanza que era casi vertiginoso.

Horas de charlas, notas y planes habían invadido la mayoría de nuestro tiempo de estudio, y eso había provocado que los exámenes semestrales se hubiesen presentado sin ningún aviso y con mucho trabajo por recuperar.

El desayuno estaba en la mesa de la cocina, como de costumbre. Mi padre ya había salido de casa sin ni siquiera despedirse, y mi madre estaba de pie, apoyada en la nevera, repasando unos papeles, sumergidos mente y cuerpo en un universo muy lejano.

—Buenos días, mamá —ella no levantó la vista de los documentos que tenía entre las manos—. Me gustaría ir a visitar a la abuela ahora que ya he terminado los exámenes parciales.

—Claro, hija, veremos si podemos ir en vacaciones —mintió.

—No... quería decir sola, con Manuel.

La sombra que ocultó de pronto su rostro desvió la atención de aquella mujer que, en aquel instante, dejaba de ser mi madre para convertirse en la abadesa del convento en el que se había convertido mi casa.

—Eso no puede ser —–su tono hosco no dejaba lugar a la réplica.

—Pero, ¿por qué? Ya le conocéis, es mi novio, y me gustaría que conociese el pueblo y a la abuela.

—He dicho que no. Veremos si podemos ir en vacaciones, pero ese chico no vendrá.

Dicho lo cual plegó los papeles, sin apenas disimular la cólera que claramente empezaba a invadir su estómago, los guardó en el bolso que reposaba sobre el banco de la cocina y, sin decir una palabra más, desapareció, con muy malos modos y demasiadas prisas,  por la puerta que daba al salón.

El primer día que mis padres conocieron a Manuel fue un domingo por la tarde, cuando, tal y como habíamos acordado, se presentó en mi casa con sus mejores vaqueros, una camiseta básica recién planchada y una americana prestada que le quedaba demasiado grande, con la intención de llevarme al cine, pero con la idea de que mi familia le conociese de forma causal y sin los formalismos que tanto les gustaba.

Por decirlo con suavidad, el encuentro fue incómodo.

Mis padres vieron en Manuel una amenaza, no hacia su hija, sino hacia su propia posición social.

Un joven de la calle, que estudia en la universidad casi mendigando el dinero que necesita para pagar la matrícula, sin más futuro que el cajero del supermercado que queda a la vuelta de la esquina.

Y cuando tras un «hola, que tal» más tenso de lo que me hubiese gustado, mis padres le permitieron pasar al salón, donde las típicas preguntas de cortesía y control fueron aprobadas por nota por el joven que acababa de cortarse de nuevo el pelo —y solo lo había hecho para pasar el examen de mis padres, algo que lo convertía en adorable—,este les confesó, con mucho entusiasmo, pero con demasiada ingenuidad, y sobre todo muy fuera del plan que ambos habíamos repasado una y otra vez, su sueño de ser escritor, a mis padres les resultó realmente difícil reprimir sus ganas de sacarlo de la casa de una patada en el culo.

Yo siempre había seguido el dogma de vida que mis padres habían elegido para mí.

Hasta que conocí a Manuel. Yo jamás les había mentido sobre dónde iba o con quién quedaba.

Hasta que conocí a Manuel. Nunca les había llevado la contraria en nada que afectase a la familia o a sus amigos. Hasta que conocí a Manuel.

Y, por supuesto, esta vez no iba a ser diferente.

El repiqueteo de la lluvia sobre el parabrisas de aquel destartalado Renault Clío era tan relajante que me costaba mantener la cabeza serena y los ojos abiertos.

—Puedes dormir un rato si quieres, nos quedan aún algo más de cuatro horas de viaje —la voz de Manuel sonó tan serena que pensé que ya estaba soñado.

—No, tranquilo, así te hago compañía.

Acabábamos de dejar atrás las zigzagueantes calles de Madrid, y el agobiante tráfico de la ciudad se había transformado en un ligero rumor casi apagado que pasaba de largo a unos pocos metros de las ventanillas cerradas del coche.

Aunque ya habíamos entrado en el mes de marzo, aquella semana que terminaba había sido un infierno de agua, viento y frío.

Lo que habíamos planeado como nuestro primer fin de semana especial había estado a punto de irse al garete con demasiada facilidad.

—No es justo —las lágrimas casi explotaron en mis ojos tan solo dos días atrás—, para un fin de semana que podíamos pasar juntos... ¡es una mierda!

—Mientras el mundo no se acabe mañana, tú y yo nos vamos de viaje el viernes.

Una de las cosas que más me enamoraron de Manuel era su capacidad para sacar algo positivo de cualquier situación, por oscura que se presentase.

Por eso, aquella mañana en la que me confesó, sincero y a tumba abierta, su sueño casi frustrado demasiado temprano de ser escritor, algo entre nosotros cambió. Y cambió para siempre.

Así que allí estábamos, a medio camino hacia nuestros sueños y esperanzas, con la maleta llena de mentiras contadas y verdades escondidas, sumergidos en una carretera que no tenía fin, rumbo a un destino que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

Aún hoy, tanto tiempo después de aquella aventura, no entiendo cómo mis padres me creyeron sin discusión cuando les dije que me iba a un concierto con un grupo de amigas de la facultad y que necesitábamos pasar el fin de semana fuera de casa, porque teníamos que viajar hasta Benidorm.

Creo que la idea de alejarme durante tres días de Manuel bien valía para ellos el sacrificio de dar permiso a su hija, sin más pruebas ni explicaciones, para pasar de viernes a domingo fuera de casa.

Tampoco estoy todavía segura de dónde sacó Manuel aquel coche rojo, con la pintura descolorida y los neumáticos demasiado gastados, pero eso nunca me importó cuando le vi aparecer girando la esquina y enfilando la calle Núñez de Balboa, donde yo le esperaba, helada de frío, resguardada en el portal de la casa de mi amiga Cristina —fiel cómplice en aquella dulce fechoría—, con la maleta a los pies y todo mi amor por él latiéndome en el corazón.

La radio sonaba difusa por las interferencias que la lluvia estaba causando en la pobre señal que llegaba hasta nosotros, pero las primeras notas de aquella canción alcanzaron nítidas mis oídos: «...

but your picture on my wall, it reminds me that it’s not so bad, it’s not so bad ...

». Dido no publicaría su primer álbum hasta un par de meses después, pero aquella canción que había aparecido en la banda sonora de Sliding Doors me tenía casi tan enamorada como aquel chico que de reojo me vigilaba con mirada tierna y gesto suave.

«... Oh, just to be with you, is having the best day of my life... ». Y entonces, agotada, me dormí.

Una mano firme sobre mi hombro me sobresaltó, sacándome de un sueño profundo que había durado demasiado.

—Perdona, Clara, pero ya hemos llegado al pueblo, y ahora necesito que me guíes.

Manuel había resultado ser un conductor muy diestro.

A pesar de que legalmente solo tenía capacidad para conducir desde hacía menos de un año, la experiencia acumulada de una vida demasiado al margen de la ley lo habían convertido en un maestro para orientarse cualquiera que fuese la carretera, el camino o la senda de montaña que se le presentase delante.

—¿Por qué me has dejado dormir tanto? —frotaba mis ojos con el dorso de la mano derecha tratando de volver lo antes posible al mundo de los vivos.

—Estabas muy guapa, y creo que me he apañado bien. Llegamos a tiempo para la cena —con el mentón señaló el reloj del salpicadero, que pasaba unos minutos de las diez de la noche.

La lluvia había desaparecido y la oscuridad cerrada, que inundaba la entrada al pueblo, no era capaz de ocultar las calles empedradas y las fachadas de piedra suavemente iluminadas por unas pocas farolas alineadas a ambos lados del río que atravesaba el municipio de parte a parte.

Zuriatxe era una aldea antigua. Vieja. Los muros de piedra enmohecidos por la humedad y las aceras cubiertas por las hojas caídas de los árboles, que nadie parecía molestarse en limpiar, ofrecían una visión casi como si del paisaje de una novela de fantasía se tratase.

La poca gente que a aquella hora todavía deambulaba por la calle lo hacía abrigada hasta las orejas, pues, si algo le sobraba al lugar, era el frío infernal que todavía a aquellas alturas del año te calaba hasta el alma.

—No es complicado, sigue todo recto y aparca frente a la primera casa tras el puente.

Con mis padres había viajado al pueblo casi en cada ocasión que habíamos tenido.

Mi familia paterna había vivido durante generaciones en aquel lugar, algo que convertía en mágico cada uno de los días que habíamos pasado allí.

Pero ya hacía casi dos años desde nuestra última visita.

Justo desde que el Alzheimer de mi abuela había avanzado a una fase en la que ya le estaba costando reconocer, en alguna ocasión, a su propio hijo.