Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—Me voy a quitar las botas y tú deberías hacer lo mismo. Vamos a manchar las sábanas. Seguro que tu madre te dice que no pises la cama con zapatos —Clara era genial. Espontánea. Natural. Siempre decía lo que pensaba. Me reí y la imité.

—Espero no tener tomates en los calcetines.

—Ja, ja, ja... eso sería muy tú.

Volvimos a tumbarnos sobre la cama. Los besos bajaron de intensidad.

Nos mirábamos, reíamos, nos dábamos picos castos.

Le acariciaba la cara y ella a mí me tocaba el pelo.

Hablamos de cine, de libros, de mi familia y mi pueblo.

Parecía que habíamos olvidado el objetivo que teníamos para quedar, el hablar sobre su historia, pero este nuevo momento que habíamos creado juntos era mucho mejor.

El tiempo voló. No me atrevía a avanzar más.

Aunque reconozco que me moría por verla desnuda dentro de mis sábanas.

Eran las diez de la noche, algo tarde para que volviera a su casa, y hoy no le iba a permitir irse sola.

—Clara, es tarde. Supongo que tendrás que regresar a casa.

—¿Me estás echando?

—Para nada, estoy encantado de que te quedes. Pero solo hay autobuses a Moncloa hasta las once.

—Puedo quedarme a dormir—mis ojos se salieron de las órbitas—. Eso sí, yo duermo en tu cama que está limpia y tú en la de tu compi.

—¿Pero qué les vas a decir a tus padres?

—Están de puente. Basta con que llame a casa y le diga a Antonia, que es la persona de servicio, que me quedo con una amiga—no sé si me sorprendió más que mintiera, que se quisiera quedar a dormir o que tuviese servicio en casa. Pero, ante su atrevimiento, me lancé.

—De acuerdo. Puedes llamar desde el teléfono de recepción. Voy a buscarte un pijama limpio.

—Clara se levantó de la cama, se calzó, cogió su bolso y salió de la habitación. En cinco minutos estaba de vuelta.

—No te lo vas a creer, ya he visto varios calcetines en las puertas.

—Hay un problema, no tengo ningún pijama, yo uso camisetas viejas.

—Con uno de esos quinquis horteras de roqueros muertos me sirve.

—¿Por qué te quieres quedar a dormir? —me armé de valor.

—Porque tengo que contarte mi historia y la noche es larga.

—¿Da miedo?

—¿Por?

—Preferiría que me la contarás en mi cama. Y de paso seguir con lo de antes...

—¡Qué atrevido!

—No tanto...

Clara me pidió que me girase para cambiarse de ropa, se puso mi camiseta de Nirvana, que de ahí en adelante siempre conservaría su olor y se convertiría en su pijama preferido.

Me vestí con un pantalón de chándal viejo y una camiseta de la peña del pueblo Los Esaboríos.

Sí, admito que el nombre me iba como anillo al dedo.

—Cómo no me vas a gustar, «Esaborío»—dijo mientras se colgaba de mi cuello para besarme.

—No tanto como tú a mí, «Rencorosilla»—le respondí, mientras la tendía en mi cama y, entre risas y explicaciones de mi pandilla del pueblo, comenzamos de nuevo a comernos a besos.

Estaba muy caliente, pero no sabía dónde Clara tenía el límite y, por supuesto, no quería sobrepasarlo sin su permiso.

—Me pones a cien—le susurré mientras me besaba el cuello, llegando a morderme el lóbulo de la oreja

—A cien... do el ridículo —me vaciló

—No te rías... me gustas mucho, hasta he soñado con este momento... Espero tus órdenes para seguir o continuar.

—Manuel, me encantas y estoy a tope, pero no te rías con mi confesión—hizo una pausa, se sonrojó y confesó—. Soy virgen.

Frené en seco según oí sus palabras. Menuda responsabilidad. Me recompuse, cesé unos segundos para pensar lo que iba a decir y fui lo más elocuente que había sido nunca.

—La primera vez es muy importante, y debes estar muy segura y convencida de cuándo y con quién quieres dar ese paso.

Si soy yo el elegido, sería un honor para mí.

Pero creo que lo debes madurar antes de tomar una decisión precipitada.

No tenemos prisa. Dormir abrazado a tu lado, que me cuentes esa misteriosa historia y despertarme junto a ti, para mí es suficiente.

—Eres el mejor tío que he conocido —me respondió—. Me apunto a lo de dormir abrazados. Aunque, no obstante, deberíamos poner un calcetín.

No me importó la decisión que tomamos en ese momento. Fue la mejor. Clara era muy especial para mí. Solo éramos amigos desde hacía dos meses. No había prisas. Yo estaba exultante al descubrir que lo que sentía por Clara era correspondido.

Me levanté de la cama y puse un calcetín en el pomo de la puerta, para no ser molestados, y volví junto a ella para abrazarla. La noté tranquila y confiada. Me miraba a los ojos y yo me derretía. Fue entonces cuando Clara se lanzó a contar su historia.

—Creo que ya te mereces que te cuente la historia.

—¿Sí? ¿Tan bien beso?

—Eres un chulo. Me gustan tus besos y tu nuevo pelo, pero me ha agradado más lo respetuoso que eres. Aunque antes me tienes que hacer dos promesas.

—Supongo que una de ellas es que no cuente a nadie lo que ha pasado entre nosotros.

—Noooo. Eso no es. Estoy deseando ver a mis amigas para contárselo. Quiero que mantengas en secreto que aún soy virgen, me da mucha vergüenza.

—Prometido. Pero que sepas que el lunes te voy a besar en medio de la facultad, como en Oficial y Caballero . ¿Y la segunda promesa?

—Quiero que me prometas que la novela la escribiremos juntos. Será nuestra historia. Pues ahora, Richard Gere, abre bien los oídos, porque vas a flipar mucho con lo que te voy a contar.

¿Podría existir en el mundo una mujer más dulce, interesante, inteligente y bella que Clara?

Y yo me sentía el hombre con más suerte de la Tierra, la tenía entre mis brazos, había saboreado sus labios, aspirado su olor, tenía grabado el tacto de su piel y ahora iba a escuchar la historia más fascinante e inspiradora.

—Mi familia paterna es de un pequeño pueblo del País Vasco.

En mi aldea hay una leyenda que cuenta que en el bosque existe una criatura llamada erraldoi zuria, que en euskera quiere decir gigante blanco.

La gente del pueblo le describe como un monstruo con forma humanoide, muy alto, con pelo albino y ojos grises.

Cuentan que algunas noches se oyen gritos, jadeos y llantos.

Cuando oscurece, nadie se atreve a ir a la zona donde los pastores vieron al erraldoi .

Presté más atención que nunca a su historia, mirando directamente a sus ojos, y Clara prosiguió con su relato.

—Mi abuela Mayte tiene Alzheimer, vive en con mi tía en el pueblo.

Las personas que padecen esta enfermedad recuerdan muy bien el pasado.

Mi abuela aún no está muy afectada, pero le sucede algo, y es que no tiene filtros cuando cuenta las cosas.

Una tarde comenzó a contarme que a la edad de veinte años, y a punto de casarse, encontró a un joven rubio y de ojos claros perdido en el bosque.

El chico no hablaba español ni euskera y ella se apiadó de él y le dio cobijo, sin que nadie lo supiera, en una cabaña que tenía su familia apartada en el bosque donde guardaban los aperos del campo.

En ese momento mi padre llegó a la habitación y la mandó a callar.

Pero yo seguí visitando a mi abuela para que me contara más cosas.

Mi amona me confesó que, cuando podía, se escapaba de noche a llevarle mantas, comida y agua.

De forma que se enamoró de él y mantuvieron una relación a escondidas.

Pero una noche que fue a visitarle, el chico se había esfumado.

Coincidiendo con la desaparición repentina del joven, los paisanos comentaban que habían visto un Rolls Royce por la zona.

Mi abuela se quedó destrozada, y más al darse cuenta de que estaba embarazada.

Mi bisabuelo se enteró de que estaba encinta, aunque no sabía de quién, y adelantó la boda.

No sé si mi abuelo supo algo, pero aceptó a mi padre como su hijo y tuvieron una hija más.

Cuando mi aita y mi tía eran pequeños, mi abuelo murió por unas altas fiebres.

Mi abuela Mayte se quedó viuda siendo muy joven y se trasladó a Madrid cuando mi padre tenía cinco años.

En la ciudad consiguió trabajo como modista de señoras de clase alta.

Asimismo, mi abuela alcanzó una buena posición económica y social, pero nunca se volvió a casar.

Unos años después de asentarse en la capital, sus hijos se trasladaron con ella.

Acudieron a un buen colegio y mi padre es el primer universitario de la familia.

Clara hizo una pausa dramática. Me tomó de las manos, me miró a los ojos y zanjó su narración.

—Desde que conozco esta historia, me planteo muchas dudas, ¿quién era ese chico de ojos azules?

¿Qué hacía escondido en el año 1946 en un pueblecito vasco?

¿El joven es el erraldoi ? ¿Volvió mi amona a ver a su amante?

¿Quién ayudó a mi abuela para que prosperase en Madrid?

De mi familia, solo mi padre y yo tenemos los ojos claros... ahí lo dejo.