CAPÍTULO 5
MANUEL
“Silver moon's sparkling, so kiss me”
(La luna plateada brilla, así que bésame)
—¿Qué tipo de historia? ¿Real o inventada? ¿Un secreto familiar? —pobre Clara, la acribillé a preguntas en solo unos segundos. Ella sonreía más que nunca.
—Echa el freno, poco a poco. No es el momento ni el lugar. Aún tengo que comprobar si te mereces que comparta esto tan íntimo contigo—su frase parecía más bien una insinuación, no obstante, no me di por aludido.
—Perdona... —me había mostrado ansioso, pero de nuevo el entusiasmo de Clara me había contagiado—. Me has generado una gran curiosidad, necesito saber. ¿Qué quieres de mí?
—Que me invites de nuevo este viernes a la residencia.
—El trabajo de Antropología está terminado.
—Ya, pero eso no lo saben mis padres. Allí tenemos intimidad para que te lo cuente y, la verdad, no tengo un plan mejor.
—Hecho. Esta vez preparo yo la merienda.
La semana se me hizo larguísima. Contaba los días y las horas para que llegara el viernes.
Ya no sabía si era la curiosidad por conocer la historia de Clara o por estar de nuevo a solas con ella y, esta vez, sin un trabajo por medio ejerciendo de barrera entre nosotros.
Parecía incluso una cita. Me consideraba tan gafe que algo tenía que torcerse.
Mis compis de residencia habían decidido organizar ese viernes una fiesta en la sala común.
Coincidiendo ese fin de semana con el puente de Todos los Santos, estaban muy ilusionados por celebrar el Halloween americano.
A mí me parecía una horterada y nunca pensé que esa fiesta importada había llegado para quedarse.
Al menos un punto a mi favor: mi compañero se iba de puente a visitar a su familia y tenía la habitación para mí solo.
Ahora lo único que tenía que hacer era explicarle a Clara los pormenores, esperando que ella no se echara para atrás.
—Clara «Rencorosilla». Tengo una mala y una buena noticia que darte sobre el viernes.
—No me digas, Manuel «Greñas», yo tengo una buena. Pero empieza tú.
—La mala es que, el viernes, la sala de la residencia que solíamos usar para hacer el trabajo estará ocupada por una fiesta de los muertos vivientes.
—¿Y la buena?
—Que mi habitación está libre. Mi compi se va de puente. ¿Y a ti que te ha sucedido?
— Mis padres se van de viaje. Yo me he librado, porque he puesto la excusa del trabajo. Sigo sin poder llevar a nadie a casa, pero no tengo hora de llegada.
—¿Te importa que nos veamos en mi habitación?
—No, estoy acostumbrada a la leonera de mis primos. No me voy a asustar. Mientras no tengas chinches.
—Noooo, somos muy limpios y ordenados. Te sorprenderás.
—¿El viernes a las 19:00 te va bien?
—Perfecto. Yo me encargo de la cena.
—¿Es una cita? Más te vale esmerarte con el vino —rápidamente, Clara rio—. Es broma, no pongas esa cara de susto. Ya sabes que con un sándwich y un refresco light me conformo.
No se trataba de una cita, ¿o sí? Pero me preparé como si lo fuese.
Limpié y ordené a fondo la habitación y fui a comprar los ingredientes para preparar mi famoso sándwich de pollo y una botella del refresco favorito de Clara.
De camino al supermercado pasé por una peluquería y se me ocurrió dar un retoque a mis greñas.
Hasta me planché la camiseta que me iba a poner esa tarde con la plancha prestada de una compañera.
Todo a contrarreloj, porque desde las 14:00 que salíamos de clase tan solo tenía cinco horas para encontrarme con Clara.
Cuando llegué con las compras a la residencia, mis compañeros estaban afanados adornando la sala común con telas de araña, bolsas de basura, cruces invertidas y lápidas de corcho pan.
No les envidié, pues mi plan era mejor. La misteriosa y bella Clara iba a confiarme un secreto.
Y yo conseguiría, al fin, estar a solas con ella, aspirar su olor, recrearme en el movimiento de sus carnosos labios mientras hablaba y deslumbrarme con el brillo de sus enormes ojos. ¿Qué más podía pedir?
Para que no se asustase y se arrepintiera al ver la que mis compañeros habían organizado, la esperé sentado en las escaleras de acceso a la residencia.
De lejos la reconocí por su manera de andar, daba pasitos cortos, pero ágiles.
No llevaba su habitual coleta, lucía el pelo suelto y ondulado.
La temperatura era suave y vestía un pantalón vaquero ajustado, un jersey negro con cuello cisne, una chaqueta de tartán rojo y unos botines con un poco de tacón.
Estaba guapísima. En cambio, ella no me reconoció hasta al llegar casi a mi altura.
—Pero, Manu, ¿dónde están tus greñas? —como hizo en otra ocasión, pasó su mano por mi cabeza, deslizándola desde el cuello hasta la coronilla y, tras ese gesto, se abalanzó a darme dos besos. Creo que era la primera vez que nos besábamos.
—Un pequeño cambio de look. Te vas a reír, pero me corta el pelo mi madre y hasta Navidad no tengo previsto ir a casa, y no quiero criar piojos.
—Estás muy mono.
—Gracias —me dejó cortado, le hubiese dicho que ella iba a reventar de guapa, pero, gracias a mi ineptitud para tratar a las chicas, opté por cambiar de tema.
—Vamos dentro, sígueme sin pararte mucho, tenemos que esquivar la sala donde está la fiesta.
Me siguió al interior, pasamos rápido por el hall de entrada, evitando la puerta que había a mano derecha y que era la que comunicaba con la sala donde se realizaba la fiesta. Nos dirigimos a la escalera principal que llevaba al primer piso donde estaban los dormitorios de chicos.
—¿La residencia es mixta?
—Sí, pero hay una planta para cada sexo. Tal y como te imaginarás, hay intercambios y trasiego entre las habitaciones.
—¿En la tuya también?
—Eres la primera invitada que traigo. Mi compi sí ha recibido alguna... visita... En esos casos usamos el código calcetín.
—¿Código calcetín? Suena a Mortadelo y Filemón.
—Si mi compi está acompañado y no puedo entrar, pone un calcetín en el pomo de la puerta. Eso quiere decir que me tengo que buscar la vida hasta que el calcetín desaparezca. Ya he dormido dos veces en el sillón de la sala de la televisión.
—Ja, ja, ja... qué ingeniosos.
Llegamos a mi dormitorio y observé cómo Clara miraba de un lado para otro, haciendo un escáner de la habitación. Se quitó la chaqueta y el bolso y lo dejó correctamente colgado del perchero.
—No está mal—dictaminó—. ¿Cuál es tu cama? Paso de sentarme en la de tu compi, me da que tiene que estar a rebosar de restos orgánicos.
—No lo dudes. La mía es la de la derecha y está limpia. Mi madre me enseñó que los viernes hay que cambiar las sábanas.
Nos sentamos en la cama. Ambos estábamos cortados.
No sabíamos por dónde empezar. «Le pregunto sobre la historia que me quiere contar, saco una conversación banal acerca de la universidad, le preparo el sándwich».
Lo habitual es que ella hubiese roto el hielo.
Pero no fue así. Seguía observando mi dormitorio en silencio. Así que me armé de valor.
—Clara, ¿por qué me quieres contar esa historia para ayudarme con mi libro? ¿Por qué a mí?
—No va a ser tu novela. Va a ser «nuestra» novela—remarcó el término nuestra y clavó sus profundos ojos sobre mí.
Yo no pude articular palabra—. Mi sueño también es ser escritora.
Desde que mi abuela me contó esta historia no paro de darle vueltas.
Pero hay que investigar sobre ello, dedicarle mucho tiempo.
Ser constantes, decididos, valientes... tú tienes esas cualidades que yo no tengo, pues yo aún no he salido del cascarón.
El otro día fue la primera vez que me pelé una clase en mi vida, hoy he mentido a mis padres para venir aquí.
Yo tengo la historia y tú eres atrevido...
—¿Atrevido? No sé yo... no sé qué decirte o qué hacer.
—Hazme la cena... no sé si es por los nervios, pero tengo un agujero en el estómago.
—¿Cómo estás tan delgada con todo lo que zampas?
—Hipertiroidismo
—¿Es grave?
—No. Mi tiroides está un poco descontrolada. Mi metabolismo es muy rápido. Una pastilla y controles periódicos con el endocrino, eso es todo lo que tengo que hacer.
Me levanté como un resorte. Me disculpé por dejarla sola un rato mientras iba a preparar los sándwiches y a coger la bebida al office de la residencia. Subí en diez minutos. Al llegar, Clara revisaba los libros de mi estantería y tenía uno de ellos en la mano. El diario de Anna Frank .
—¿Te interesan los acontecimientos sobre la Segunda Guerra Mundial?
—Sí.
—Entonces mi historia te va a encantar. Pero antes vamos a comer algo.
Clara devoró el sándwich. No preguntó qué llevaba.
Al acabar satisfecha, dio un trago del refresco, se tocó la tripa en señal de que estaba llena y resopló.
Tenía un poco de mayonesa en la comisura del labio derecho.
De manera impulsiva, llevé mi dedo a su rostro para retirárselo.
Clavó sus ojos en los míos y no se apartó.
—Creí que ibas a besarme. ¿A qué esperas para hacerlo?
En silencio, retiré los platos de nuestros regazos, dado que estábamos comiendo sentados en mi cama, rodeé su cara con mis manos, la aproximé a mí y la besé como había hecho antes en mi sueño. Fue un beso largo y profundo. En mi cabeza sonaba Kiss me, de Six pence None the Ritcher, en bucle.
Abrí los ojos mientras la besaba y observé que ella aún los tenía cerrados.
Volví a cerrarlos, pues como una adicción no podía dejar de hacerlo, y tampoco quería.
Seguimos comiéndonos a besos tendidos en la cama.
Yo estaba sobre ella muy excitado. Mis manos recorrían su cuerpo por encima de su ropa sin atreverme a nada más, esperando alguna señal de Clara.
Entonces paró, e hizo que me retirase de manera delicada.
Se sentó al borde de la cama. Me asusté, no le veía la cara y no sabía qué estaría pasando por su cabeza. Arrepentimiento, asco...